No hay Más Allá.
El desarrollo de una
persona es algo difícil de explicar. Suceden tantas cosas que definen su
destino, tantos los pensamientos que en cada uno de los momentos cubren su
existencia, tantas las experiencias que le enseñan algo más sobre sí mismo y el
mundo que le rodea que es difícil resumir todo en unas cuantas palabras. O en
unos cuantos párrafos.
O en unos cuantos libros.
La vida de un hombre es una experiencia vasta y
riquísima, diferente a todas las que jamás hayan habido y de todas aquéllas que
pueda llegar a haber. Sin embargo, hay momentos en los que se cruzan, en los
que las diferentes experiencias vividas por hombres de las más diversas épocas
colindan unas con otras, se asemejan y se pueden comparar. Gracias a ello es
posible que existan la psicología y las artes —que expresan visiones semejantes
compartidas por gran cantidad de hombres, volviéndose, incluso, paradigmáticas
de toda la Humanidad. Es por ello que alguien puede escribir algo y que muchos
otros se sientan profundamente identificados con aquello que aquél tuvo
la iniciativa de escribir. En resumidas cuentas, podemos afirmar que todos
buscamos esa identificación con los demás, esa intersección de nuestra
experiencia única con las de los demás. Gracias a esto no nos sentimos solos,
podemos entrever que muchos otros comparten nuestro sufrimiento.
Es por ello que
escribo estas líneas, para hacer patente, primero, para mí, que puedo
identificarme con muchos otros hombres y mujeres que han pasado antes por este
planeta y que pasarán por él algún día, que mi propia experiencia se intersecta
con las de muchos otros hombres y mujeres. Y, segundo, para que muchos otros
hombres y mujeres logren darse cuenta de la intersección de su propia
experiencia con respecto a la mía.
De lo que quiero
hablar es de la muerte, aquella sombra oscura que a todos en algún momento de
la vida a hecho estremecer recorriendo nuestro panorama. Todo hombre ha sentido
el miedo por la muerte y hasta podemos decir que esto es algo que nos
identifica precisamente como humanos. No el hecho de que le tengamos miedo a la
muerte, porque sabemos que todo ser vivo lucha denodadamente para impedirla, sino,
porque nosotros somos los únicos seres vivientes que nos damos perfecta cuenta
de su terrible y angustiante inexorabilidad. Ningún otro ser sobre este planeta
es conciente de que morirá. Le teme a la muerte, huye de ella, lucha por su
sobrevivencia, pero desconoce que, en el fondo, toda esta lucha será del todo
inútil y que al final habrá de unirse a todos los demás que se le han
adelantado.
En este terror
denodado que se yergue siniestro sobre todo ser humano se han forjado gran
cantidad de actividades denominadas precisamente como humanas: la religión es
una de las más representativas. En la religión buscamos huir a ese destino
inexorable, confiando en la existencia de un ser superior que nos observa y nos
protege y que, en última instancia, nos acogerá a su lado cuando fallezcamos.
En las más diversas culturas el temor por la muerte es manifiesto a través de
la religión. Nos atrevemos a decir que todas ellas involucran, de alguna u otra
forma, un modo en que nos haga sentir menos temor ante la muerte. Ésa es
su razón principal de ser. Puede haber muchas otras, y, de hecho, las hay, pero
ésa es la más importante, y la que ha movido a la Humanidad entera hacia la
creencia absoluta en lo que su religión plantea. En el fondo está siempre el
miedo a la muerte.
Pero, ¿qué pasa cuando uno es ateo, racionalista, que se
basa en las afirmaciones comprobables de otra actividad igual de
poderosa como lo es la ciencia para formar su sistema de creencias, que no se
contenta con aceptar humildemente lo que una u otra religión le plantea al
respecto del más escabroso de los temas humanos sino que cuestiona
devastadoramente todos sus argumentos ya sea con la fuerza de la razón misma o
con la de los hechos comprobables? ¿En qué situación se encuentra un ateo
cuando se haya firmemente convencido que todo lo que le dice la religión, de
acuerdo a lo que él sabe, es falso y se percata de que es precisamente el miedo
a la muerte lo que mueve a la religión? ¿Cómo aborda el tema de su
propia muerte? ¿Cómo puede soportar el más atroz de los pensamientos? ¿De qué
manera puede impedir volverse loco ante la inexorabilidad de la sombra más
negra de cuantas haya conocido y que, según todos los argumentos lógicos no es
más que eso, una sombra: la nada?
¿Qué puede hacer a ese respecto?
¿Cómo puede afirmar
que la muerte es nada, en primer lugar? Veamos:
Yo afirmo que no hay
nada más allá de la muerte, que ésta es el final más absoluto de todos, el fin
último de la existencia, la pérdida total de todo lo ganado durante la vida de
un individuo. La muerte es el fin.
¿Por qué lo afirmo?
Porque creo que la naturaleza nos da muchas pistas para así creerlo, muchas
pistas que nos indican, a nivel del individuo, que el final está ya cerca.
Todas estas reflexiones vinieron a mí en un momento de la máxima depresión,
cuando mi experiencia colindó con la de muchos otros, con la de todos aquellos
en ese momento solemne en el que se llegan a dar cuenta de la inexorabilidad de
su propia muerte. En ese momento de inmensa profundidad del pensamiento, llegué
a estas conclusiones:
1.
La paz que se siente,
según muchos, antes de morir, es una muestra de que la naturaleza sabe que se
acerca el fin y trata de hacerlo menos doloroso.
2.
Gracias a la muerte
existe la vida, sin ella no habría evolución.
3.
Si podemos
perfectamente, mientras dormimos —y no estamos soñando— dejar de existir y el
universo entero dejar de existir con nosotros, entonces no hay ningún obstáculo
para que podamos dejar de existir para siempre.
4.
Las “Near Death
Experiences” son para reconfortarnos antes de.
5.
La fuerza del instinto
de conservación es una muestra de que en verdad la muerte es el fin.