Hermenéutica de la Facticidad, Realidad y Pensamiento.
¿Qué es la realidad?
La
realidad no es más que aquello que percibimos. ¿Y qué es lo que percibimos?
Solamente una serie de impulsos eléctricos generados por nuestros sentidos e
interpretados por nuestro cerebro.
En este sentido, ¿cómo podemos
enfocar la cuestión de la realidad desde una perspectiva heiddeggeriana?
Partiendo de conceptos y enunciados como el desocultar, el estar presente ante
el ser y darle la espalda, el hecho de que el logos sea capaz de conjuntar en sí mismo lo co-implicado de la
naturaleza, estamos hablando de que existe un ente (el logos, el ser) que tiene ante sí a la naturaleza (physis). Desde una perspectiva
cartesiana, el logos objetualiza a la physis, la representa dentro de su mente
y le impone su pensar. No busca al objeto desde el objeto, no lo entiende desde
éste sino desde sí mismo. Digamos que está siendo “subjetivo” –por oposición a
“objetivo”, aunque debemos tomar en cuenta el problema que este término
plantea—.
En este sentido cartesiano, el Ser
está representando en sí mismo una imagen del mundo, la realidad es algo que construye él, se encuentra
condicionada por él. En cambio, Heiddegger propone que se debe estudiar al ser
desde el mismo ser, escuchar lo que dice la physis, no lo que nosotros queremos
decir de ella. Estudiarla desde sí misma, entender lo que ella es.
Estamos bien hasta aquí. Sin
embargo, ¿qué sucede con el pensar? El pensar, característica exclusiva del Dasein, es un desocultar. Desocultar,
des-cubrir lo que se encuentra velado, tapado, misterioso a nuestro
entendimiento. Pensando comprendemos, por una parte desocultando aquello que
contemplamos y, por la otra, cuando logramos entenderlo en su complejidad. Es
decir, lo desvelamos –le quitamos los velos— y, además, logramos hacernos uno
con su complejidad. A esto es a lo que Heiddegger se refiere cuando habla de
que el pensamiento es una conjunción armónica y un libre disponer vinculante.
Es conjunción armónica en tanto que logra armonizar dentro de sí la complejidad
contenida en la physis –que, de igual
forma, es conjunción armónica— y es un libre disponer vinculante en tanto que
lo que hacemos con el pensar es estar generando vínculos, hilvanando conceptos
previamente instalados en nuestra mente, con la finalidad de lograr entender la
naturaleza. Para ello, vinculamos libremente
nuestros conceptos para llegar a una construcción que se aproxime a lo que
la naturaleza es.
Lo que hace el Ser a través del
libre disponer vinculante es pretender establecer tales relaciones en su mente,
ser capaz de manejar esa complejidad armonizada. Es por ello que el pensamiento
es complejo, implica implicar –valga la rebundancia—, co-implicar. Cuando llega
a conjuntar en armonía ha logrado entender lo que la physis es. Para lograr hacer esto es necesario que escuche lo que
la physis le dice (no representándola
y condicionándola, al modo cartesiano, dentro de sí mismo). Pero existe un
problema, la physis está oculta, está
ahí pero no la vemos. El hombre llega a la tierra y tiene todo ante sí pero
todo esto no le dice nada a aquél, es necesario que haga algo para que podamos
desentrañar lo que es, para desocultarla, para des-cubrirla, arribar a su
esencia. Esta esencia es tremendamente huidiza, surge para volverse a ocultar,
se desoculta para cubrirse de nuevos velos, entificarse.
Es por ello que el pensar se dice
que es aquello que aparece y se oculta al mismo tiempo: surge, pero se esconde,
se entifica y cuando se está a punto de desocultar completamente, ocurre algo
que hace que nuevamente se vuelva a ocultar. Es muy difícil llegar a la esencia
de las cosas.
Enfocando todo esto al dilema de la
realidad, podemos decir que nos encontramos ante una realidad que se encuentra
oculta, la cual percibimos a través de los sentidos, pero lo que nos dicen
éstos no es cierto, cuando menos no lo es todo.
El hombre por naturaleza es un ser
pensante —que no pensador—, lo cual lo ha hecho ser Dasein (ser-ahí) y diferenciarse del resto de los entes (porque, a
todo esto, el hombre no deja de ser un ente, sólo que de naturaleza especial).
Es gracia a esto a que el hombre es
capaz de percatarse de su propia existencia y de aquélla de la naturaleza. Un
animal está frente a la realidad (la physis)
y no la percibe en su esencia. Nosotros estamos en la misma situación, pero con
la capacidad en potencia —que sólo los pensadores cristalizan— de penetrar la
realidad inmediata para arribar —o intentar cuando menos— de arribar a su
esencia.
Según todo esto, nos encontramos
viviendo en un mundo no real en cierta forma. No quiere decir esto que el mundo
en el que vivimos no exista, sino, más bien, que no lo entendemos a fondo como
es, no es tal y como lo vemos. Prueba de ello han sido la multitud de creencias
y religiones que han existido y existen sobre la faz de la Tierra. Todas ellas
son interpretaciones de lo que los
hombres han creído que es la
realidad, son interpretaciones de lo que ven, intentos de explicaciones, pero,
de ninguna manera, son la realidad.
Pueden estar cerca o lejos de la realidad, pero tal parece que nunca podemos
estar seguros de ello. Todo lo que conocemos es una interpretación de lo que
tenemos ante nosotros. Los primeros seres humanos llegaron al mundo, abrieron
los ojos y se encontraron ante una escena
escalofriante, en la más perfecta ignorancia de todo lo que les rodeaba, de
todos los fenómenos que a mares se daban a su paso e, igualmente, en completa
ignorancia de lo que eran ellos mismos. Es más, ni siquiera sabían que eran, no se percataban de su propia
existencia. Gradualmente fueron abriéndose camino en la bruma de la existencia
y, a tumbos, fueron cobrando conciencia de sí mismos por un lado —y ellos, como
parte de la naturaleza, son porciones de
la naturaleza que se cuestiona a sí misma esto, por demás, es
extremadamente asombroso en sí mismo, algo que nos debería dejar
boquiabiertos), porciones de la realidad que se cuestionan a sí misma. La
realidad cuestionándose a sí misma...
Errando incontables veces fueron
llegando a algunas conclusiones de lo que era el mundo, fueron “creando” (desde
una perspectiva poética) el mundo al conocerlo, al apalabrarlo. Al nombrar los
objetos del universo entran en la conciencia, aparecen en la existencia, claro que desde la perspectiva del
individuo, pero nos encontramos ante la filosófica pregunta de que, si no
hubiera ahí nadie para conocerlo, ¿existiría todo lo demás? ¿cómo podríamos
saberlo? Según esto, por un lado, el mundo existe porque existe el hombre y, por el otro, nunca podemos estar seguros
de cómo es el mundo, la realidad.
A lo largo de todo su recorrido
histórico, el hombre interpretó el
mundo desde las más diferentes perspectivas, le dio multitud de sentidos, lo
entendió de las más diversas formas. Nunca podía estar seguro de que lo que
sabía —o interpretaba— era correcto. El único método que tenía era el del
ensayo y el error. Cuando se daba cuenta de las inconsistencias existentes en
sus interpretaciones o entre éstas y lo que observaba, pensaba en corregirlas y
encontraba nuevas formas que parecían más ajustadas a la realidad y más congruentes
consigo mismas, en un proceso similar al descrito por Thomas Kuhn con respecto
a las revoluciones científicas, sólo que extendido a todos los aspectos de la
realidad.
Pero recordemos un detalle esencial:
que el hombre no ha sido el mismo desde los comienzos, es decir, que no ha sido
un solo hombre el que ha vivido esta evolución del pensamiento, sino generaciones de éstos que han construido
en conjunto todo aquello que hemos
venido apuntando. Unos hombres mueren y le dan paso a los siguientes, dejándoles
el conocimiento en el punto en el que aquellos se quedaron, dejándoles la interpretación del mundo a la
que llegaron. De manera tal que el individuo que nace aprende todos los
conceptos e interpretaciones que sus ancestros le heredan —éstos se los enseña,
inclusive de manera institucionalizada como
apuntábamos en otro ensayo— y no llega él como llegaron los primeros hombres al
mundo. Aquéllos se encontraban en la nada absoluta, en la completa indefensión
intelectual, en la total ignorancia de todo lo que les rodeaba. Los hombres de
hoy, en cambio, nacen en un mundo ya interpretado, donde todo está más o menos
conocido y se ha vertido ya una y mil opiniones sobre prácticamente cualquier
aspecto de la realidad que le interese. El hombre de antaño tenía una duda y tenía que sufrir tratando de hallar una
respuesta, mientras que el hombre de hoy no hace más que ir con un maestro
o con algún especialista que le resuelva todas sus dudas y hasta de manera
desbordante. Estamos en una posición muy ventajosa con respecto a la de
nuestros primeros antepasados. Y sin embargo, estamos ante un nuevo conflicto
provocado por esta circunstancia...
Damos tan por sentado que la
realidad es lo que nos dicen que no nos percatamos de la naturaleza de esta
concepción de la misma, nos cuesta mucho trabajo entender que la realidad, en
realidad, no es lo que nos dicen, sino que eso
es sólo lo que ellos piensan que es.
Todo esto lo podemos explicar con
otros términos, términos que otras personas han compuesto en su propia interpretación
de la realidad, términos que han sido justamente resultado de una
interpretación previa a la nuestra, tal y como veníamos apuntando. Esta
actitud, esta inclinación, este modo de ser de los seres humanos ante el mundo
puede conocerse como hermenéutica de la
facticidad, una actitud en la cual siempre estamos interpretando todo lo
que nos rodea, le estamos dando un sentido, estamos entendiendo algo de todo
aquello que vemos. No se entiende aquí hermenéutica como la mera acción de
interpretar una obra producida por el hombre, sino como una capacidad inherente
al Dasein, una capacidad que
demuestra en todo momento, aún sin percatarse de ello. Pero ya no es sólo
interpretar lo que le rodea, en sí mismo, al natural, sino que ahora tiene que
abrirse paso entre las interpretaciones
que todos los que lo han precedido han dado respecto al mundo.
Así pues, todo se reúne, todo se
conjunta.
Como comentario aparte, quiero hacer
constar que todo —o mucho— de lo que menciona Heiddegger en cierta medida ya lo
había yo reflexionado, aunque sin los términos utilizados por él y dándole por
ello cierta preferencia a mis propios términos, ya que me resultan más claros y
manejables, no sin dejar de entender por ellos lo que entendía Heiddegger por
los suyos. Muchas de sus concepciones ya las compartía sin haberlo leído y este
curso en gran medida me sirvió —académicamente hablando—, no para aprender
nuevas reflexiones, sino para abrirme paso en el antes inentendible lenguaje de
Heiddegger y relacionarlo con ideas y concepciones presentes ya antes en mí,
clarificarlas y depurarlas. No quiere esto decir que no haya aprendido nada,
porque obviamente no lo sé ya todo con respecto a Heiddegger y evidentemente
había algunas reflexiones que sí me parecieron nuevas, antes desconocidas, pero
me hace darme cuenta de una cosa, que, en primera, mis reflexiones no son
nuevas —aunque es placentero llegar a ciertas conclusiones por la reflexión
propia antes que alguien más nos las dé ya digeridas— y, en segunda,. que lo
dicho sobre la hermenéutica de la facticidad se confirma a sí mismo, ya que ésta
es una interpretación brindada por alguien y que es dada a los otros para que
la interpreten. El trabajo nuestro es abrirnos paso entre esas
interpretaciones, entenderlas sólo como
tales, no tomarlas como la verdad absoluta y tomar nuestras reservas al
respecto. Tomando esto en cuenta, leyendo mucho —para conocer muchas otras
interpretaciones que se han dado en la historia, erradas o no— y reflexionando
mucho nosotros mismos, podemos construir una interpretación propia, más o menos
consistente y que más tarde podemos legar a futuras generaciones para que estos
a su vez hagan lo mismo en un proceso infinito que, esperamos, algún día llegue a conocer exactamente lo que es la
realidad.