Por: Márquez Mino. Ulises.
El hombre tiene miedo a la clonación. Cuando hizo su
aparición la novela Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley, el mundo se estremeció y
alzó la voz en despecho. Al surgir los primeros seres clonados de la historia,
como la borrega Dolly o los simios de laboratorio, el pueblo se estremece, el
Presidente de los Estados Unidos se apresura a dictar leyes que impidan la
clonación de los seres humanos en un corto plazo, los noticieros de televisión
se colman de noticias sobre la clonación, recuerdos de la novela de Aldous
Huxley, imágenes terroríficas de un futuro horrendo.
¿Pero qué no es esto a lo que aspiraba el ser humano? ¿No
es al dominio de la naturaleza y de sí mismo a lo que se empeñaba en lograr?
¿Acaso no han sido todos sus intentos por entender el mundo esfuerzos por
controlarlo? ¿No se ha estudiado a sí mismo para poder dominarse y hacerse a su
entero gusto? ¿Qué no es que desde siempre hemos jugado a ser dioses y ahora
que llegamos a la máxima proeza, la de controlar la vida, empezamos a
atemorizarnos, a darnos cuenta de que hemos estado jugando con fuego?
Son muchas preguntas y a veces son absurdas las
respuestas. Si desde que se tiene memoria el hombre ha soñado con poder cambiar
su aspecto físico, sus características inherentes, su inteligencia e incluso su vida en sociedad, ¿porqué le tiene
miedo a la clonación o “creación de seres humanos a la medida” como en la
novela de Huxley? Gracias a los adelantos tecnológicos hemos podido alejar el
espectro de la muerte más de lo que nunca hubiéramos imaginado, hemos podido
hacer hombres superiores gracias a regímenes alimenticios, ejercicios físicos y
duros entrenamientos. Lo mismo hemos logrado en términos intelectuales, quizás
en menor medida, en donde se han podido “fabricar” gigantes del intelecto
gracias a los rigores de la educación. Hemos revertido en mucho los procesos
naturales del envejecimiento y los desastres en el cuerpo humano y en su
aspecto que provoca. En la clonación nos encontramos ante el control máximo de
todo esto desde la niñez, podemos acceder a un riguroso dominio de la
inteligencia, las características físicas y hasta de la ideología. Estamos
llegando a un punto en el que nuestra imagen y semejanza con Dios se hace más patente:
en la capacidad, prácticamente, de crear vida.
¿Y entonces por qué estamos tan
atemorizados? ¿Cuál es la razón de nuestro miedo? Creo que lo que mejor define esta situación es la frase que dice
“cuidado con lo que deseas, por que se puede convertir en realidad”. Estamos
logrando lo que deseamos, pero no es tan agradable como creíamos. Tal vez todo
este temor no es en sí sólo por el miedo al cambio, o a pensar “¿qué se sentirá
tener mil hermanos exactamente iguales a mí?”, sino que esta aprehensión revela
algo mucho más profundo: no es que el hombre tema a lo que puede hacer, sino
que sabe de lo que es capaz...
¿Cuántos dictadores no se sentirán atraídos por la idea
de que la clonación es un sistema increíblemente eficaz para tener una
población sumisa, sujeta en todo a sus
designios, exenta de toda queja como sucede en la novela? El temor a la bomba
atómica no es tanto por lo que puede hacer, sino por el conocimiento de que hay
muchos que desean utilizarla. Lo malo no son las tecnologías, sino la utilización
que se haga de ellas. Y el ser humano se conoce lo suficientemente bien como
para comprender hacia qué es hacia lo que más se inclina.
Así pues, la clonación nos enfrenta a nosotros mismos. Nos pone a pensar
qué tanto merecemos los éxitos que hemos
logrado, qué tanto somos capaces de sostener con nuestras propias fuerzas
nuestras creaciones y, más allá aún, qué es lo que somos realmente. ¿Será acaso
que la clonación nos está revelando lo que somos en verdad?