Satisfecho.

Satisfecho estoy

Satisfecho estoy por todo lo que he hecho en la vida

Por los lugares que he conocido

Por las personas a las que he amado

Por las aventuras que he pasado

Ahora, en mis últimos momentos de vida

refugiado en esta lejana cabaña envuelta entre brumas montañosas y bosques

contemplo el panorama

y, alegre, no le pido ya más a la vida.

 

Estoy satisfecho.

Atrás han quedado todas las luchas, todas las peleas, todos los apasionamientos

He vivido dichosa y plenamente

He disfrutado cada momento de mi vida

Y no he sentido remordimiento alguno de lo que he hecho

No por que haya sido malo y yo un insensato

Sino por que todo fue correcto y apreciado

Les dejo a todos ustedes mi legado

Les dejo mi enseñanza

y contemplo sus vidas como ustedes sólo podrán cuando estén igual que yo, ante la tumba.

 

Pero antes de irme

sólo quisiera una cosa

una sola cosa en el mundo es lo que aún deseo

aún cuando la vida no me ha negado nada

esto es lo único que nunca he tenido

y aunque en setenta años nunca volví a pensar en ello

ahora lo recuerdo.

Ante la tumba uno da un repaso a toda su existencia

y así he encontrado este pequeño hueco en mi existencia.

 

Recuerdo que una noche

antes de Navidad

cuando niño

festejaban mis padres la venida de la fiesta

el disfrute de la velada y la compañía con los seres queridos

yo, con los otros niños de la familia       --todos ya muertos hoy--

jugaba y disfrutaba despreocupado

alegremente corriendo de un lado a otro

encimándome en ellos y ellos en mí

contemplando maravillas en una varita lanzachispas

y sintiendo emoción por los regalos que al pie del árbol nos llamaban con sus moños de colores

y la chimenea ardiendo en una orilla.

 

Yo era muy feliz entonces, tan feliz como lo he sido siempre

y no pensaba que nada fuera a cambiar aquélla noche, aquélla noche, mi destino

(y no lo hizo, como he podido comprobar por el resto de mi vida

pero sí me dejó algo impresionado, y sólo setenta años después lo recuerdo plenamente).

 

Estaba yo sentado en una barda

sostenía una varita lanzachispas en mi mano

y contemplaba absorto el resplandor, tratando de entender cómo funcionaba aquél prodigio.

 

Los niños se habían retirado y jugaban cerca del patio

en la entrada de la casa

y yo me encontraba solo

con aquélla maravilla inventada por no sabía qué genios.

 

El cielo arriba lucía frío y estrellado

y me contemplaba.

Mil estrellas me veían con sus ojitos pequeñitos y que se cerraban alternativamente.

Yo a mi vez las veía con los ojos y reía, sabiendo que quizás algún día las conocería

 

Miraba de una en una

las repasaba todas

las veía y las imaginaba atrapadas en mi puño.

Reía, sabiendo que quizás las conocería algún día.

 

Y ellas me reían.

 

Pero de pronto

 

de pronto...

 

Vi que una de ellas se movía.

 

No era ilusión.

Absorto, y tratando de indagar qué era aquello

volteé a mi alrededor, y los chicos ya habían entrado y comenzado a cenar

dejándome solo afuera

y preguntándose quizá, sin darle mucha importancia, dónde era que me encontraba.

"Ya vendrá" --habrán dicho

y continuado su camino.

Pero yo, afuera

contemplaba la estrella que se movía

se hacía gradualmente más grande y mi interés crecía.

Parecía hacerse más grande y en verdad lo hacía.

 

Me levanté de la barda,

caminé hacia el patio y me detuve en seco:

la estrella parecía seguirme

Corrí hacia el campo y con sorpresa pude darme cuenta de que la estrella "corría" a la par conmigo, sin dejar de hacerse más grande momento a momento.

Corrí hacia el otro lado y el astro invariablemente repetía mis movimientos

corrí en zig-zag entre los árboles, y por entre las ramas de estos veía cómo el objeto iba y venía a mi ritmo.

Me escondí en una saliente en las rocas

y esperé

 

a ver qué ocurría.

 

Pensaba que la estrella

 

si es que eso era

—yo no sabía nada a mi edad—

 

pensaba que la estrella, repito

 

fija en un punto en el cielo

bajaría y bajaría más y más acercándose a mí

esperando alcanzarme

y que cuando yo saliera

ella estaría sobre mi cabeza

grande como un sol

brillante como un cielo

y que algo grandioso ocurriría

el espíritu de aventura en esos momentos invadía cada fibra de mi ser

 

Ansioso, esperé.

Un zumbido llenaba el aire

y gradualmente se iba haciendo más fuerte.

con el corazón brincándome adentro,

esperaba

 

y de pronto decidí salir

y contemplar

aquello que me esperaba.

 

Salí de mi escondite

y abrí la boca exclamando un grito

al contemplar la cosa más maravillosa que jamás hubiera visto

y que, aún ahora recuerdo

con mi experiencia de toda una vida,

era lo más hermoso que en toda mi existencia he visto.

 

Era...

 

un pequeño animalito

 

de una especie muy extraña

 

pequeño y peludo, pero que emitía un brillo singular.

 

El chiquillo permanecía sobre una esfera de cristal hecha mil pedazos

y caminaba dificultosamente.

 

Alzó los ojos

los ojos más hermosos que jamás he contemplado

más hermosos que los de cualquier dama de la cual yo haya estado enamorado

y me miraron.

Sus ojos me inundaron de la sensación más exquisita que jamás he llegado a sentir en todos estos años.

y que ahora que recuerdo vivo con igual satisfacción.

 

Emitió un pequeño ruido

sí... el más encantadoramente encantador sonido que jamás alma humana alguna haya escuchado

 

y mencionó mi nombre.

 

¡Llamó mi nombre!

Lo mencionó!

 

No podía creerlo

En aquél momento, la impresión fue tan poderosa,

que salí corriendo despavorido

aún no sé por qué

y eché a correr por el bosque rumbo a mi casa

donde los niños jugaban y reían

y mis padres, preguntando mi nombre, esperaban mi regreso para que participara en la comida.

 

Eché a correr con el terror más inusitado que jamás hubiera sentido o sentiría

la más vasta sensación de angustia invadía cada músculo, cada nervio, cada vértebra de mi pequeña existencia.

 

¡¿Cómo era posible que aquél animalillo, el más encantador de todos, el más increíblemente hermoso ser que jamás contemplaría

hubiera pronunciado mi nombre

en la inmensidad del bosque y de la noche

en la víspera de Navidad

y precisamente venido de las estrellas?

 

¿Cómo era posible aquello?

¿Cómo puede ser siquiera concebido por el hombre?

¿Cómo puedo estar seguro hoy, a tanto tiempo de ocurrido ese hecho

de que haya ocurrido en verdad?

¿Cómo puedo estar seguro de que ese hecho fue real y no producto de mi mente infantil e imaginaria?

¿Cómo puedo sentir hoy eso mismo que sentí entonces

esa sensación de felicidad que me invadió cuando lo vi

y que aún ahora después de tanto tiempo

me ha invadido de nuevo al simplemente recordarlo?

¿Cómo puede ser posible que haya sentido ahora el mismo dulce encanto

que sentí entonces cuando la pequeña criatura me miró

y cómo puedo ahora estar sintiendo el mismo terror infernal que invadió hace setenta años cuando la criaturita mencionó mi nombre y yo eché a correr despavorido por el bosque?

 

¿Cómo puede ser eso posible

siendo entonces Víspera de Navidad,

y ahora también?

¿Cómo puede ser, que aquella criaturita

caída de las estrellas

en una víspera de navidad

haya causado y cause en mí tantas sensaciones y tan poderosas?

 

¿Cómo es posible que mi mente no me engañe y me traiga recuerdos tan vívidos

aún tantos años después de que hubiera ocurrido ese suceso que jamás hubiera vuelto a presenciar en toda mi vida?

 

¿Cómo es posible que ahora

al pie de la tumba

lo recuerde con tanto esplendor?

 

Se diría que fue algo especial

que marcó, sin sentirlo

mi existencia por completo

y que ahora que por fin fallezco

se cierre el ciclo

cerrando el ciclo de la existencia más fortuita que ser humano haya tenido nunca jamás.

 

Hoy doy fin a mi existencia

hoy mi suerte me abandona

y me abandona la suerte que fue dada por aquella criaturita

 

en víspera de navidad

 

y que nunca más volví a ver

 

hasta hoy

 

hasta el día de hoy

 

en que satisfecho recuerdo la más preciosa de las existencias:

 

mi propia vida.

 

Hasta ahora.

 

hasta ahora lo comprendo

 

lo comprendo todo clara y nítidamente

 

como veía yo aquella noche clara y brillante.

 

Ahora comprendo la más exquisita de las suertes que me acompañó por toda la vida.

 

Entiendo su razón

 

su causa

 

su razón de ser.

 

La veo

 

La entiendo.

Y en una inconmesurable sensación de plenitud,

 

la agradezco.

 

Gracias por todo ello,

 

Jesucristo.

 

 

 

 

 

Hasta ahora comprendí

 

que la pequeña criaturita

 

bajo un disfraz

 

era Jesucristo.

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