Cristina
Estaba oscuro, y silencioso.
Se encontraba satisfecha, complacida de lo que había apenas realizado. La había
hecho suya, después de todos estos años. Había contemplado su rostro de cerca,
a los ojos. Había sentido su aliento.
La había besado.
Y ahora se hallaba
complacida de saberla a su lado, desnuda, bajo las cobijas, en su misma cama.
En una cama que nunca se imaginó que compartiría con nadie.
Mucho menos con ella.
Con estos pensamientos en su
mente, se relajó un poco y se extendió sobre la cama, sus largos cabellos
desarreglados formando una almohada no planeada en la cual reposaba su cabeza,
y se quedó mirando al techo, que podía ver sólo muy tenuemente en medio de la
oscuridad.
Recordaba las caricias de la
noche, el miedo de sentir que estaba amando a otra mujer, ahí, en su propia
habitación. El palpitar de sus corazones, las miradas huidizas, las caricias
que estremecen. Recordaba cómo habían llegado juntas a su cuarto, después de
una larga jornada de trabajo y tras una muy muy grande fiesta que habían
realizado en su honor. Cómo llegaron a su habitación, en medio de la plática,
las risas y los vapores del alcohol. Cómo carcajeaban por cualquier cosa,
eufóricas y alegres, abrazada la una a la otra, como camaradas, sólo como
amigas de toda la vida.
Nadie imaginó que ese roce
fuera el preludio de toda una noche de pasión desbordante.
Recordaba cómo ella,
Cristina, le había invitado algo de beber —aunque toda la noche habían estado
bebiendo—, y aquélla lo aceptó con gusto, ingiriendo el líquido a pequeños
sorbos.
—Me siento tan bien... —le
había dicho—. Esta noche fue... maravillosa. —Se reclinó sobre el asiento en el
que estaba —. No pensé que nos recibieran con tanto entusiasmo.
—Ni yo —respondió Cristina,
tapando la botella de cristal que contenía la bebida—. Para mí también fue algo
especial. Ver toda esa gente, sentir su calor, sus buenas vibras... Y también
fue muy especial que tu estuvieras ahí conmigo en todo esto...
Sintió un escalofrío al
pronunciar aquéllas palabras y supo que ella, su amiga de toda la vida, había
sentido lo mismo, el mismo escalofrío recorrió la espalda de ambas. Había
pronunciado aquellas palabras de corazón, porque en verdad sentía lo que decía,
que había sido especial que su amiga la acompañara en tan bellos momentos...
Pero al calor de la noche, las copas y la alegría, esas palabras parecían haber
dicho más de lo que decían...
O tal vez lo hacían...
Pronto, la mente de Cristina
se puso a trabajar. Lo que había dicho parecía un guiño a su amiga, un decirle
algo más, como decirle “para mí fue muy especial que estuvieras
conmigo...”, así, con énfasis, diciéndole que en verdad había sido muy
especial que la hubiera acompañado.
Pero ¿realmente tenían ese
significado sus palabras? ¿En verdad querían decir ese “algo más...”? Ella
misma, sin querer, había develado una parte muy profunda del corazón sin querer
y, peor, sin que ella misma estuviera enterada de su existencia?
En su mente giraban todas
estas preguntas, y no se atrevía a levantar la mirada y dirigirla hacia los
ojos de su amiga. No sabía lo que podía encontrar en ellos.
Y peor, no sabría cómo
reaccionar a lo que encontrara en ellos.
Ya fuera que sus palabras
hubieran insinuado algo real o no, sí habían logrado romper con el estado
plácido en el que encontraban momentos antes. Habían abierto una posibilidad
que nunca antes habían considerado, y cuyas ... Habían dejado una posibilidad
flotando en el ambiente.
Tras unos instantes tensos,
mudos, intranquilos, su amiga comentó:
—Para mí también fue algo
muy especial, Cristina.
No había el menor dejo de
expresión en sus palabras —o tal vez no lo quería sentir—, no sabía si sólo
decían lo que decían.
Ignoraba cómo desenredar la
situación.
Lo único que se le ocurrió
fue continuar la plática, cuidando mucho las palabras.
Se sentó en un pequeño
taburete, al lado de una cómoda, en cuyos cajones comenzó a hurgar, buscándole
a sus ojos algo en qué posarlos escondidos.
—¿...Hace cuánto tiempo
crees que vendrían preparando todo esto?
—No lo sé... —Su amiga
sonaba tranquila, normal. Tal vez todo había sido sólo producto de su
imaginación—. Al juzgar por lo grande que estuvo, yo me supongo que se llevaron
mucho tiempo... —Las risas y la euforia que tenían al entrar en la habitación parecían haberse desvanecido—.
Nunca pensé que Carlo fuera tan cuidadoso, le puso empeño hasta en el mínimo
detalle.
Cristina terminó de hurgar
en el cajón cuando encontró una cajetilla de cigarros. Encendió uno —para
tranquilizarse— y acercó un cenicero de la cómoda.
Pero habría sido mejor que
no lo hubiera hecho.
Cristina sintió cómo su
amiga percibió el gesto de encender el cigarrillo y comenzar a aspirar el humo
como una señal de que quería tranquilizarse... y por ende, de que estaba
nerviosa... Dios, ¿acaso podía ser menos transparente???
Conciente de su error, optó
por dejarlo a un lado, sobre el cenicero, consumiéndose solo.
Exhaló el humo. No sabía qué
decir.
—Sí... qué cosas, ¿no?
—Cristina...
El oír su nombre de repente
en aquella incomodísima situación, la estremeció. Todas las palabras se las
había esperado en aquel momento menos su nombre.
Sabía que nada bueno podía
seguir a continuación.
¿Nada bueno...?
—Cristina... —su amiga
repitió—. Cris... la verdad me la pasé muy padre esta noche... contigo.
Cristina tragó saliva.
Marina se puso de pie y,
lenta, caminó hasta quedar atrás de ella. Sintió que le ponía las manos sobre
los hombros y comenzaba a darles un suave masaje.
¿En verdad estaba sucediendo
todo aquello?
—No estés tensa, Cris...
—Cristina se tensó más aún, si cabe—, fue una noche excepcional, una de las
mejores noches de mi vida.
Cristina sentía
misteriosamente que se ahogaba.
—La fiesta fue especialmente
para ti, Cris... Todos dijeron cuánto te aprecian... Te lo demostraron con
todos esos abrazos, con todos esos regalos...
Marina se inclinó hasta
quedar a la altura del oído de Cristina y, susurrante, agregó:
—Y yo también te quería
decir lo mucho que te aprecio...
Cristina no supo si en ese
momento se le detuvo el corazón, pero de algo sí se convenció: de que ese “mucho”
tenía toda la intención del mundo.
Y ahora todo ese mundo se
veía extrañamente borroso.
Marina se irguió nuevamente,
y posó una mano suavemente sobre la cabeza de Cristina, por su cabello de seda,
que Cristina lo sentía como de fuego.
—Desde que nos conocimos has
sido alguien muy especial para mí... Creo que nunca te lo había dicho.
No, no me lo habías dicho,
pero no quiero saberlo ahorita...
Marina pasaba su mano por el
cabello sedoso de Cristina como si estuviera acariciando a un gatito.
—Siempre te he considerado
como una muy buena amiga. La mejor de todas ellas.
Cállate, no quiero saber
todo esto. Ahorita no.
—Creo que nunca te había
dicho esto antes, Cris, pero... ¿sabías que eres... muy hermosa...?
El corazón de Cristina
pareció hacerse presente de repente y en estampida querer salírsele del cuerpo.
Marina dio la vuelta
alrededor suyo y se colocó de pie frente a ella, que continuaba sentada en el
taburete. Le tomó la barbilla con la punta de los dedos y la alzo hacia sí,
mirándola de frente, y poco a poco los ojos verdes de Cristina se atrevieron a
encontrarse con los otros.
Y ahora sí sabía justo lo
que encontrarían en ellos.
Marina murmuró:
—Muy hermosa...
_______
¿Qué tal, Jacks?
Esta idea, de la discusión
mental que puede tener uno en la cabeza, cuando esto le dice cosas que uno no
piensa —como esa donde dice “esto no podía conducir a nada bueno” y que luego
agrega ella misma, conciente de lo que acaba de decir “¿nada bueno???” me
encantan. Revelan cómo tenemos dentro de nosotros a más de uno, y que luego
entre nosotros nos peleamos.
Y esta forma también de
describir las reacciones del cuerpo de manera subjetiva “el mundo de pronto se
volvió borroso” más que objetiva “de pronto se le nublaron los ojos” me gustó
bastante, por que muestra mucho cómo uno se siente en esos momentos. Igual que esto, la descripción de esas
mismas reacciones como hablando de que esos órganos tuvieran vida propia “de
pronto el corazón pareció querer salírsele del pecho”, son muy interesantes.
Aunque esta frase en particular, la del corazón, está ya muy vista, pero
ilustra muy bien el punto al que me refiero.
Esta historia, mi primera
slash escrita en la vida no me gustó tanto cómo quedó en el papel, por que yo
mismo estaba debatiéndome —nuevamente las dos entidades mentales, yo
debatiéndome conmigo mismo—, debatiéndome, decía, sobre si hacerla real people
slash, con Cristina y Britney Spears como protagonistas, o si dejarla como por
fin quedó, como en la anécdota en la vida de dos amigas cualesquiera. Al final,
al pasarla historia a la computadora, fui puliendo esos detalles que la diluían
y creo que el resultado quedó mucho más compacto.
También la idea de
recortarle el final sin que nada físico pasara —es decir, que no se besaran ni
nada—, contribuyó a acrecentar su erotismo, por dejarlo irresistiblemente
picados por lo que sucedió después. Este sí es un buen final por ello.
En el otro, en el original,
se continua la descripción un poco más allá, pero indudablemente diluyendo la
fuerza de este final tan redondo. Parece mentira cómo unos cuántos cambios
pueden revitalizar a un texto cojo.
Ah, y se me olvidaba, también
el hecho de meter esas frases clave de repente, entre párrafo y párrafo (como
esa de “Nadie imaginó que ese roce fuera el preludio de toda una noche de
pasión desbordante”), que aclaran el camino que está llevando el texto y le dan
énfasis a ciertos puntos, me encantó. Se me hacen un poco como los estribillos
del poema de Poe El Cuervo, esos “Nunca más” que rematan cada párrafo, y que lo
van sumergiendo a uno gradual e irremisiblemente en la profundidad sombría de
su relato. Esta era la intención que yo andaba buscando.
Saludos!
=)