El hombre al que de pronto le faltó un pedazo.

 

—¿Hola?

 

—Sí, buenos días... ¿Es usted Jerónimo Sangervacio?

 

—El mismo. Dígame.

 

—Bueno. Mire. Yo tengo un asunto pendiente con usted.

 

—¿Un asunto?

 

—Sí.

 

—Ah... ¿y qué clase de asunto es ése que me dice usted?

 

—Mire.

 

El hombre sacó un objeto de su bolsillo y se lo enseñó.

 

—¿Sabe usted lo que es esto?

 

Jerónimo contempló el objeto, confundido... y de pronto recordó.

 

—¡Sí! ¡Es mi pistolita de cuando era niño! Pero... ¿cómo pudo usted...?

 

—Tranquilo, tranquilo... En su momento lo sabrá. —El hombre sostuvo la pistolita en su mano—. Usted le metió mano a la pistola, ¿no es así?

 

—Sí, sí, me gustaba abrirla para ver qué tenía adentro y la volví a armar... pero eso fue hace 20 años y...

 

—Muy bien, y podría decirme ¿qué le hizo?

 

—¿Hacerle...? —Jerónimo estaba confundido—. Como le dije, yo sólo la abrí y...

 

Y sin decir más, el extraño le apuntó con el “arma” y disparó... De verdad. La “bala” —o lo que fuera aquello que disparaba— cruzó en un instante el espacio entre los dos y le atravesó el pecho a Jerónimo. Éste, aterrado, soltó un grito y se llevó las manos al pecho, temiendo lo peor...

 

Pero se dio cuenta que no sentía dolor y que aún seguía de pie...

 

—¿Q-qué...?

 

Alzó la mirada y vio a su interlocutor, irritado, confundido y... aliviado.

 

—Vaya que me ha pegado usted un susto... por un momento creí que usted... ja, ja, ja... olvidé que me “disparó” con una pistolita de juguete...

 

El hombre lo miró a los ojos y sonrió.

 

—¿Está usted seguro de eso...?

 

Jerónimo palideció cuando la sangre de su rostro se le escapó y, angustiado, se llevó de nuevo las manos al pecho y observó que, ahí, donde le había pegado la “bala”, tenía un agujero, completamente limpio, sin sangre, del grueso de una bala de verdad, y con los bordes afilados, como si se le hubiera cortado un pedazo. Así, sin más. Ahí donde antes tenía carne y músculo, sólo quedaba un hueco, vacío, que había atravesado la camisa y la piel.

 

Y no le ocasionaba ningún dolor.

 

Metió su dedo en el agujero y pudo palparse adentro. Qué extraño se sentía. Y no pudo tocar el fondo, el fin del agujero.

 

—Desde aquí donde lo veo, Señor Sangervacio, puedo ver al otro lado a través de usted...

 

—P-pero qué... ¿qué me ha hecho usted? — y se inclinaba para ver si era cierto lo que decía su anónimo interlocutor.

 

Se pasó la mano por detrás, por la espalda, y ahí sintió, en efecto, el agujero correspondiente por donde habría de estar de ser cierto lo que decía el extraño... y se estremeció. ¿Qué clase de locura era aquélla...?

 

—¿Qué diablos es lo que me ha hecho?— exigió.

 

—Ah... —el hombre suspiró—. Eso era justo lo que quería que me explicara usted... por lo menos, cómo lo hace...

 

—¡¡¿Y yo cómo rayos lo voy a saber...?!!

 

—Usted abrió este artefacto, Señor Sangervacio... usted lo arregló... y le provocó esto...

 

—¿Yo...?? ¿Está usted loco??? Pero si yo no...

 

—Mire usted —lo interrumpió el hombre, a pesar de que en lo que llevaba de plática no se había ni presentado—. Lo que tengo en mis manos, y con lo que le disparé hace unos instantes, es un arma antimateria. De una forma desconocida, produce un trozo de antimateria que lanza hacia quien se le ponga enfrente. Y produce los resultados que usted ha visto... y que tiene encima... si es que a un trozo vacío se le puede traer encima...

 

El susodicho caminó hasta Sangervacio, que seguía sin dar crédito a sus manos y trataba de verse a través del agujero.

 

—Ese trozo de antimateria llegó hasta su cuerpo y simplemente desvaneció lo que había de materia en usted. Lo que fuera, carne, músculo, sangre...No lo cortó, no lo quemó. Sencillamente lo desapareció.

 

—P-pero —trató de articular Jerónimo, todavía más asombrado de lo que le decía aquél desconocido y tratando de ver su reflejo en alguno de los cristales de un aparador que había cerca, para comprobar que en efecto aquél “objeto” lo hubiera atravesado por completo... —Pero... ¿cómo es esto posible...?

 

—Ah... —suspiró el hombre de nueva cuenta—. Eso es lo que yo quería que nos explicara...

 

—¿Nos...?

 

—Sí... a mí y a todos los científicos del mundo... Mire usted. —Dijo resignado—. Por lo visto usted no entiende un ápice de lo que le digo. La antimateria es algo conocido desde hace mucho tiempo en el ámbito científico, y no es otra cosa que una clase rara de “materia” que, al contacto con “materia” de verdad, la desvanece. Digamos que se combina con ella y ambas desaparecen. Y puede ser cualquier clase de materia... como usted mismo lo ha experimentado...

 

Se recargó en una pared mientras veía que Jerónimo insistía en ver a través de su agujero.

 

—Como le decía, la antimateria es conocida ya desde hace mucho tiempo... teóricamente al menos. Nadie había comprobado su existencia. Todo parecía corroborar que debía de existir la antimateria, en alguna parte. Pero nunca antes nadie la había encontrado, y, mucho menos, sabido cómo podría producirse...

 

Jerónimo se dio por vencido y preguntó, no muy interesado en lo que le decían.

 

—¿Y se me quitará el agujero pronto?

 

—No. Cuando materia y antimateria se “mezclan”, desaparecen ambas, y uno no puede traer de regreso a la existencia algo que ya no existe...

 

—Y... y... —preguntó Jerónimo alarmado... —¿Y qué voy a hacer???

 

—No lo sé... pensé que usted lo nos diría todo respecto a la antimateria, ya que sabía hasta producirla...

 

—Pero yo no... yo sólo abrí este juguete, siendo un niño y no... ¿no podría ser que así la fabricaron en donde la compraron mis papás?

 

—Ya habíamos contemplado esa posibilidad, Señor Sangervacio, y visitamos la fabrica, Empresas Jugueteras del Milenio, SA, e interrogamos a todos los trabajadores, buscamos a los que ya no trabajaban ahí... y buscamos información sobre los que ya murieron... y nada... Usted era nuestra última esperanza...

 

—¿Y cómo dio conmigo...?

 

—En el registro de clientes estaba todo... ha sido una búsqueda exhaustiva... Pero en vista de que ni usted nos puede ayudar... todo fue pérdida de tiempo...

 

El personaje comenzó a alejarse.

 

—Oiga, ¡oiga! ¡No se vaya!!! ¿Qué voy a hacer con mi agujero???

 

—Acostúmbrese a vivir con él... por lo menos mientras encontramos las respuestas...

 

—¡Oiga, pero...!

 

Y así, sin más, apretó el paso y en un redoble desapareció, como si se lo hubiera de pronto tragado la tierra.

 

Jerónimo se quedó con un palmo de narices y, confundido y resignado, partió a casa. Y aún hoy sigue Jerónimo con su agujero atravesándole el pecho —por fin pudo después mirarse a través reflejado en un espejo—, presumiéndolo entre sus amigos, consultándolo con el doctor —no había una especialidad para atender “agujeros que aparecen de pronto” y, aunque le atravesaba algunos órganos importantes, misteriosamente no le afectaba para seguir viviendo con salud. Y, por otro lado, el agujero aquél le cambió la vida, porque pronto lo contactó un businness man y hoy aparece, orgulloso, en toda clase de espectáculos   siendo conocido como “el hombre al que de pronto le faltó un pedazo”...

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