Un dulce negocio.
—Tres mil, cuatrocientos
cincuenta pesos... Con esto no nos alcanza —dijo Fulano contando los billetes
que tenía sobre la mesa.
—¿Y entonces qué vamos a
hacer? —le preguntó Sutano.
—No sé. Y tenemos que pagar
esto hoy.
—¿Tú crees que nos puedan
hacer algo si no pagamos? —preguntó Mengano, que estaba con ellos dos.
—Er... Es lo más seguro.
—Ni idea... Pero me anda por
hacerlo.
—Pues a ver. No quería, no
quería, no quería, —dijo Sutano—, pero creo que le tendremos que pedir prestado
a Perengano.
—¡¿Qué qué?! —gritó éste
cuando llegaron sus tres primos a pedirle de golpe los 65,000 —poco menos— que
les faltaba para pagarle al Sr. X.
Perengano era un tacaño
consumado, y aunque en realidad le sobraba el dinero a mares, estaba
convencido, y era muy probablemente cierto, de que su fortuna se la debía
precisamente a su tacañería, y por eso no soltaba un peso ni prestado sin antes
dar una fiera batalla para evitarlo.
—Pero primo... —suplicó
Sutano, el mayor de los tres—. ¡Estamos en peligro! Le debemos ese dinero al
Sr. X...
Perengano enmudeció al oir
estas palabras. ¿En qué andaban metidos estos muchachos? Meterse con el Sr. X
no era cualquier cosa... y deberle dinero y no pagarle equivalía a decir que
sobre uno pesa una pena de muerte de acción inmediata...
Aunque, por otro lado, sabía
que media ciudad estaba endeudada con el Sr. X, y no precisamente porque les
gustara mantener tratos con él... Digamos que le complacía que le pagaran tributo...
con entera libertad... sólo que aquél que no le pagara sabía a lo que se
exponía...
Pero aún así, Perengano negó
con la cabeza. Después de todo, ése no era su problema sino el de sus primos, y
él nunca les había pedido a ellos que le solucionaran sus problemas...
—¡¿Y entonces qué haremos?!
—inquirió Mengano alarmado, saliendo de ver a su primo el pastelero.
—No tenemos otra opción.
Presentémonos con el Sr. X.
Y abordaron el taxi que los
llevara al centro de la ciudad.
—¡¿Qué cuánto me trajeron?!
—preguntó indignadísimo el Sr. X cuando le dijeron la cantidad—. ¡¿Y yo para
qué quiero mugrosos tres mil cuatrocientos cincuenta pesos...?!
—Err... Menos lo de dos taxis...
—¡Como sea! ¡Yo para qué
quiero este dinero si ustedes me deben a mí sesenta y cinco mil! ¡Tres mil
pesos no son nada!
—Pero usted tiene que
comprender...
—¡Yo no tengo que comprender
nada! —interrumpió brusco el Sr. X —. Yo lo único que comprendo es que ustedes
me deben sesenta y cinco mil pesos. Con taxi o sin él.
Sutano, que había
permanecido en silencio, sugirió:
—Creo que hay una forma de
solucionarlo...
—¡¿Y se te ocurre hasta
ahorita?! —exclamó Fulano cuando se los contó, murmurando, ante la paciencia
impaciente de X, que ya iba de salida.
—¡Tú estás loco! —le
respondió a su vez Mengano.
—¡Qué tres días! —le gritó
enardecido X cuando Sutano le pidió ese nuevo plazo para entregarle el dinero.
¡Hoy es el plazo y ustedes me tienen que pagar ese dinero hoy!
—Está bien, está bien...
entonces tendremos que apurarnos—, y en medio de los remilgos, acordó con el
Sr. X llevarle el dinero esa misma noche. Y cuando ya salían, preguntó: —¿A qué
horas regresa usted?
—A las 8—. Y dio un puñetazo
en el escritorio—. ¡Y a esa hora quiero mi dinero!
Saliendo, Fulano preguntó,
tímido. Era un Fulano tímido.
—¿Estás seguro de esto?
—Pues no, pero por lo menos
hay una posibilidad... y es preferible eso a tener aquí la seguridad de que el
Sr. X nos mate por no pagarle.
—Eso sí que no te lo
discuto...
Y regresaron con Perengano,
que los recibió de nueva cuenta, sorprendido en verdad de verlos con vida.
—Quiero proponerte un
negocio—. Le espetó Sutano y le explicó el plan.
Perengano
Perengano
La sonrisa regresó a los
labios de Perenganoen cuanto escuchó el plan. Era arriesgado, sí, pero
sumamente entretenido. Y tal vez pudiera funcionar. Y le gustaba este muchacho,
Sutano. Tal vez pudiera meterlo en el negocio... Tenía ideas... brillantes.
De cualquier modo, tenía que
actuar rápido.
Resulta ser que este tal Perengano
era el dueño de la cadena de pastelerías más grandes de la ciudad —y lo iba a ser próximamente de otras dos ciudades
más—. Lo que había propuesto Sutano representaba negocio, —riesgoso, pero ¿qué
negocio no lo es?— y sólo por eso le entraba. Y tenía tres horas para ponerlo
en marcha.
En seguida llamó a todas las
sucursales de la ciudad —una sola lo podría hacer, pero necesitaba ser RÁPIDO—
y entre todas se dividieron el trabajo. Una hora después, ya tenían afuera de
las oficinas del Sr. X un pastel gigantesco, con una forma sugerente y a los
tres hermanos gritandole a la gente que estaba en la calle, ofreciéndoles el
producto. Al instante los billetes corrieron y en muy poco tiempo comenzaron a
sumarse los diezmiles para pagarle al Sr. X.
Éste, preocupado por el
alboroto, bajó de su coche protegido por sus guardias y les gritó a los tres
hermanos al reconocerlos:
—¡¿Pero qué es eso?! ¡¿Qué
hacen todos ustedes aquí con ese escándalo?!
Pero habría mejor que haber
tenido un poco de cuidado, porque sus movimientos eran vigilados por una
turbamulta de personas, cada una de ellas con una buena rebanada de pastel en
la mano.
El mayor de los tres
hermanos, Sutano, se acercó al Sr. X y le dio el efectivo, contante y sonante.
—Aquí tiene su dinero, Sr.
X. 65,000 pesos cerrados.
El hombre, en su confusión,
tomó el dinero y al instante, Sutano dio la orden a los que los rodeaban:
—¡Ahora!
Y al instante volaron por
los aires cientos de rebanadas de pastel que fueron a estrellarse, en medio de
gritos y blasfemias, en la cara, piernas, hombros, pecho, panza, espalda y
demás partes del cuerpo del Sr. X y de sus guardias, que confundidos por el
tremendo y dulce ataque no supieron cómo responderle a la multitud enardecida.
Ni una sola parte de su cuerpo quedó libre de los pastelazos, y, en medio de
abucheos de la gente, y alaridos de humillación de él mismo, corrió a
esconderse en donde pudo y cerró a cal y canto las puertas de su edificio que,
sin embargo, siguieron siendo víctimas del merengue y las chispas de chocolate.
Y es que el negocio que se
le había ocurrido a Sutano había sido muy bueno. El pastel tenía toda la forma
del Sr. X, era una escultura en merengue que lo representaba. Y a todos los
transeuntes les vendieron algo cara una rebanada con el permiso de que, en
cuanto llegara el Sr X con sus hombres y le pagaran, podrían todos echárselos
encima y vengar así, de una divertida y
humillante forma, las fechorías que el Sr. X había hecho a la ciudad.
Perengano se quedó con las
ganancias, la gente sació sus iras y los hermanos Fulano, Sutano y Mengano,
aunque tuvieran que huir a esconderse a otro lugar, habían dado por terminada
su deuda.
Aunque claro... de una forma que el Sr. X jamás hubiera imaginado...