Las Guayabas Heroínas
La maceta cayó sobre la mesa y se quebró en mil
pedazos. La tierra se regó inmisericordemente sobre el mantel, los platos y el
suelo. Otros platos de cristal saltaron hechos añicos al caer la maceta y la comida
voló por los aires. La mezcla de tierra, spaguetti bolognesa, agua de guayaba
(spaguetti a la guayacola =) ) y la sábila que contenía la maceta, así como los
cristales rotos, hicieron una mescolanza desagradable, ponzoñosa e insana.
Pero nadie se acercó a limpiar el tiradero.
Antes digan que no se cayó el jarrón de barro que
estaba junto a la maceta que tiró el gato...
Pasó el tiempo, el spaguetti y la bologna (sea lo
que eso sea) se pudrieron, el agua de guayaba fertilizó en algunas partes la
tierra y en otras se enlamó y dos o tres semillas que sobrevivieron a la
licuadora comenzaron a germinar, entre cristales rotos, barro y otras hierbas,
en un muy poco placentero lugar de nacimiento para ellas. Pero ni modo, qué se
le va a hacer, pensaron. En estos tiempos de crisis hay que adaptarse a lo que
venga.
El gato se olvidó de lo que había hecho, hizo su
vida, tuvo hijos y un día murió. Sus gatitos crecieron y los hijos de sus hijos
tiraron un día el jarrón que alguna vez estuvo junto a la maceta y se rompió
éste igual en mil añicos, destrozando a su vez los mil trozos que ya estaban,
así como los platos que no se habían roto en la anterior carnicería y, su
contenido —el del jarrón, que no el del gato, que éste no voló en mil pedazos—,
salió volando cual tormenta por todos lados, regando la tierra que ya había
generado unos fuertes árboles de guayaba —aunque chaparritos, hay que
reconocer— y sobre cuyas ramas pendían ya sendas guayabas de amarillo.
Un día un señor llegó, vio las guayabas, hizo caso
omiso del tiradero que les dio origen y se llevó un par de ellas “pa’l camino”,
y se las guardó en una maleta mochila colgada atrás, en su espalda. Pero nunca
llegó a comerlas, porque el pobre hombre murió en un accidente cuando su camión
pasaba por las torres gemeles de Nueva York en el momento en el que se
derrumbaban por el avión que se había estrellado en ellas comandado por
terroristas musulmanes —eso dicen, aunque otros dicen que todo fue un
maquiavélico plan de Bush para atacar Afganistan—.
3000 murieron, pero las guayabas, aplastadas por
toneladas de escombros, germinaron de nuevo y se abrieron camino entre cemento,
vigas, polvos, oficinas enteras destruidas, sistemas operativos literalmente
crasheados y cientos de cadáveres en partes que les sirvieron de abono para
generar una nueva camada de 3 árboles guayaberos que nadie se explicó por qué
aparecieron justo ahí, en la zona cero.
Hasta que uno de los rescatistas, tras remover
cientos de escombros en un arduo día de trabajo, decidió tomar un par de las
guayabas que salieron de ahí —y sin saber que estaban hechas con elementos
químicos provenientes de unos 200 de sus compariotas— y le regaló una a su
primo el granjero que estaba en esos días de visita a NY, quien a su vez sembró
la guayaba junto a otras plantas y hortalizas en su granja, “nunca he sembrado
guayabas”, aunque le quedaba un extraño sabor de boca al percatarse —él sí—, de
los compatriotas que se comía al comerlas cuando se dieran.
Haciendo a un lado tales macabros pensamientos, el
caso es que el granjero sembró las guayabas y cuando él murió —muchos, muchos,
muchos años después—, su esposa —ya una ancianita venerable— se dedicó a cuidar
los árboles que ya llenaban un par de hectáreas y las guayabas que daban ella
se las daba al perro, un extraño perro vegetariano que las devoraba como si
devorara un buen filete.
Y, después de tan atribulada vida, las guayabas —que
habían sido licuadas para hacer de ellas agua, hechas volar cuando una maceta
les cayera encima, sembradas en el campo y digeridas y evacuadas por un exótico
perro vegetariano—, un día decidieron ponerse en huelga de hambre. Nadie se
puede explicar cómo es que una guayaba puede morirse de hambre ni de cómo
nosotros, los humanos, podemos enterarnos de que una guayaba toma tan drástica
decisión para luchar por sus ideales, pero lo cierto es que la pasión de las
guayabas rindió frutos —qué ironía— y, aparte de ser condecoradas por tan noble
acción y ganarse el reconocimiento de las demás guayabas que aceptaban tan de
buena gana sus sufridas vidas —más la envidia de unas cuantas de las que nunca
faltan—, las guayabas heroínas —ya son hoy consideradas héroes nacionales entre
las guayabas— recibieron una beca para estudiar en Harvard economía y así
entender las fuerzas poderosas que afectan a todas las guayabas, firmaron
contrato con un productor de Hollywood y protagonizaron la primera de sus
muchísimas películas taquillerísimas y al final se retiraron con honores,
orgullosas de haber tenido una vida bien aprovechada y sirviendo de tan buen
ejemplo a tantas y tantas otras de su condición.