Hospital

 

Una nariz paradita.

 

Con la punta exquisitamente levantada, como señalando.

 

Cabello rojo, ondulado.

 

¿Sufre de depre postparto?

 

Alzó las cejas al pensarlo. No, no estaba depre. Sólo un poco triste, eso era todo.

 

En el cuarto se escuchaba música de jazz. Nat King Cole era el que se oía. La música le producía bienestar. El doctor le había dicho que ponerle a su hija música de jazz antes de nacer la haría más inteligente. ¿O era más sensible? Bueno, lo que fuera. Lo importante es que le provocaba algo positivo a la futura bebé.

 

“¿Se hicieron cirugía plástica?”, se preguntó al ver a dos señoras muy engoladas a su lado, con caras que parecían de plástico. “Espero no verme así en algunos años... Hacerme la cirugía es para mí como ganarme el Oscar a la mejor actuación: es andar por el mundo con un rostro que no es el tuyo. Y lo peor, que la actuación termina hasta que te mueres...”.

 

Ella había estudiado psicología, y siempre lucía glamorosa. Sus amigas la llamaban “la psicóloga glamorosa” y le encantaba que la llamaran así. Se sentía toda una estrella apareciendo en algún artículo de revista.

 

Ahora acababa de tener a su bebé y esperaba que la bebé —era niña— también llegara a ser psicóloga. “Y desde luego, glamorosa”, confirmó con el pensamiento, divertida.

 

“Cuando venga Scott espero que ya me hallan traído a Nicole”, pensó. Scott era su marido y también un importante ejecutivo de la Universal, y Nicole era la recién nacida. Había decidido que se llamara Nicole, sin consultarlo.

 

Así era como ella tomaba sus decisiones.

 

“El brillo inyecta volumen a los labios y hace que su sonrisa se vea más blanca”, siguió leyendo en su revista, pero la tuvo que hacer a un lado cuando entraron a la sala dando un portazo.

 

Un gato entró ronroneando y tras él, un hombre, alto, altísimo, parecía que quería traspasar el techo con la cabeza. Se detuvo en seco, cuando vio que ella lo veía, asustada.

 

El gato saltó sobre la cama.

 

—Lo siento... no quería espantarla... — Sonrió—. Es que perseguía a mi “Suse” y no me fijé que había alguien aquí...

 

Vio que el hombre se ruborizó cuando la “Suse” sobre ella y se había posado sobre el hueco de sus piernas.

 

—Ven acá, Suse, gatita mala... Mamá te va a regañar por andar de traviesa...

 

La gatita se consentía.

 

—No se preocupe —dijo ella—, me gustan los gatos. Y ya no me preocupo, por que me habían prohibido que me acercara a ellos durante mi embarazo, pero ahora ya estoy libre de problemas...

 

El hombre sonrió —oh, que bella sonrisa, pensó— y se inclinó para levantar a la inquieta Suse de la cama. Incluso tuvo que despegarle las patitas de la cobija, de donde se había sujetado firmemente con las garritas, sin querer irse.

 

—...Usted perdone...

 

—Halle.

 

—¿Cómo?

 

—Halle. Me llamo Halle.

 

—Ah, sí... —el hombre estaba nervioso—. Marco —le extendió la mano para saludarla, haciendo que Suse quedara incómodamente suspendida en el aire cuando la malsostenía con el otro brazo.

 

—Es una bonita minina —dijo Halle, señalándola con la barbilla.

 

—¿Qué? Ah, sí... —sonrió. De pronto parecía darse cuenta de nuevo de que tenía a una gatita cargando. ¿Dónde tenía la cabeza?

 

Esto divirtió a Halle. Estar aquí, sola, en el hospital, en el cuarto de maternidad, recién acabada de dar a luz, y con su esposo lejos, ocupadísimo —cosa “extraña” en él, pensó con ironía—, la hacía sentir un poco triste. No sabía a qué hora vendría Scott, si es que vendría en algún momento. “Tengo mucho trabajo, mi amor. Haré lo posible por llegar, lo prometo”, y le había dado un frío beso en la boca. Así había sido siempre desde que se casaron. Y, ahora que lo recordaba, desde aún antes, desde que eran novios. Perpetuamente más preocupado por su carrera que por ella. A veces se preocupaba por qué se había casado con él.

 

Hacía un año Halle había estado también embarazada pero había perdido al bebé a los dos meses. Había sufrido mucho y lo había hecho más aún el que su esposo la había dejado sola con el problema, por estar visitando no quién sabe qué país por cuestiones de su trabajo.

 

En cambio, ahora, estaba ahí, sola con este hombre, Marc, sonriéndole y tratando torpemente de poner a la gatita entre sus brazos en alguna posición que les resultara cómoda a ambos, y “la Suse” protestando. La enternecía.

 

Tal vez no hubiera sido lo mejor casarse con Scott después de todo. Tenía un futuro prometedor, sí. Pero a qué precio...

 

Marc, en cambio, con tan poco tiempo de conocerlo —poquísimo, poquísimo— curiosamente le llenaba el hueco que sentía.

 

Tal vez sólo era que estaba un poco necesitada de afecto...

 

 

 

 

 

Y así se quedó esta historia, con un continuará que nadie sabe si en algún momento se realice...

 

=)

 

 

 

La estructura de este cuento me gustó mucho porque utilicé una técnica que, desde entonces, he estado explorando poco a poco, y que es la de dejar que la historia vaya tomando un curso determinado de acuerdo a las imágenes que tenga yo a la mano, o sobre la misma hoja en la que esté escribiendo. Si, por ejemplo, en la hoja aparece una imagen de Madonna cantando, a lo mejor meter esa “escena” en el relato, en una televisión, como si alguien estuviera mirando el concierto ahí. O, dependiendo de cómo vaya la historia, puedo ir haciendo que esa imagen tome más importancia, como hacer que de repente, por alguna extraña razón de la vida, Madonna se apareciera por ahí en el hospital, como un personaje secundario en el relato. La idea es que esa imagen inyecte algo a la historia que antes no estaba ahí y que, de no haber sido por dicha imagen, no habría nunca estado.

 

Es un experimento creativo bastante interesante. Este relato en particular lo construí a partir de las imágenes y textos que aparecían al azar frente a mí cuando cambiaba las hojas de una revista femenina. Por eso aparece Nat King Cole y la depresión post parto, dos cosas que creo que, de otro modo, NUNCA habría metido en relato mío alguno. Por eso también algunos comentarios como lo de la cirugía plástica, la psicóloga “glamorosa” o lo del brillo inyectando volumen en los labios. Esto último ya estaba demasiado exótico para el relato, por lo que me vi obligado a hacer la inserción de la misma revista que yo estaba leyendo dentro de la historia. Así ya me salvaba de algunas cosas...

 

Ah, y ya saben, lo del gato fue una irrupción del mundo real... en ese momento mi gato merodeaba enfrente de mis papeles...

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