Qué aterrador es un despertar así, envuelto
en bruma, el cuerpo medio desnudo y helado por la noche que ha apenas
transcurrido. Despertarse sacudido por el movimiento, la mente en bruma al
igual que la mirada carente de luz en qué apoyarse, la puerta resonando con los
duros golpes de la progenitora preocupada por el bienestar del heredero y la
búsqueda angustiante entre las tinieblas por una lámpara que dé nuevo sostén a
las esperanzas.
Abrir bruscamente la puerta, sacar la jaula
de los gatos, meterlos en ella, sentir los pies helados y las piernas incapaces
de sostenterte. El paso inestable buscando a qué asirse, los gritos de los
otros resonando en tus oídos.
Acabas de despertar el 21 de julio del año 2000, sacudidos tus
aposentos por el terremoto que le ha costado la vida a los tuyos.