Vértigo.
¿Sobre
qué no ha puesto su mirada el hombre?
Extenderse,
recorre, sumergirse
hundirse
y
salir a flote.
Eso
es el conocimiento.
Un
vertiginoso movimiento que encapsula de una mirada cuarenta siglos.
Nauseabundo
recorrido hasta extremos rasantes con lo intangible, donde nuestra propia
integridad es endeble.
Que
comprometen nuestra inteligencia.
Recorrer
todas las escuelas, todas las filosofías, todas las ideas de mil mundos
distintos, de un trillón de épocas, de un trillón de trillones de horas dedicadas
a su estudio.
Sumergirse
de un plomazo en el pasado y llegar a la enloquecedora cifra de quince mil
millones de años hasta la orilla, hasta el punto mismo de cuando fue creado el
Universo.
Cuando
nuestra vida no consta más que de una cuantas décadas.
Voltear
la cabeza en un brutal movimiento que casi la arranque
al
contemplar lo más lejos posible en el fuuro
llegar
hasta donde la imaginación alcance
y
vaciarla, verterla
llegar
al punto mismo en donde, por definición, no es posible nunca ver más allá.
Vértigo.
Llegar,
con nuestra mirada, a contemplar la orilla misma del Universo
Contemplar,
con nuestra visón,
la
más increíblemente pequeña porción que existe
rebasar
la frontera infranqueable de la luz misma
para
ver los quarks en la intimidad
de
su pequeñez.
Vértigo.
Conocer
una a una las cosas
en
todo detalle,
descubrir
sus conexiones en todos los niveles
y
ser capaces de concebir una infinitamente enmarañada y portentosa complejidad.
De
un solo vistazo.
Vértigo.
Dar
bandazos de una lado a otro,
avanzar
o retroceder en un tris nuestra mirada
para
recoger las palabras que alguien dijo
ochenta
y siete millones de horas antes que nosotros.
¿Cómo
es eso posible?
Vértigo.
Concebir
algo como DIOS..
Vértigo.
Eso
es el conocimiento.