Esposa, he matado un hombre.

 

Esposa mía, en el camino a casa le he quitado la vida a un hombre. No sé quién era. Sólo recuerdo que dí una vuelta en sentido contrario, iba a pasarme rápido y, de pronto, ya lo tenía ahí, quebrándose la espalda en el cofre del coche, giró y quedó tendido en el pavimento, con la cabeza ensangrentada en un charco, y, más tarde, cuando llegó la policía, una sábana cubriendo su cuerpo exánime.

Me quedé estupefacto, al verlo ahí, tirado, frente a mi coche, yo con las manos todavía en el volante, reteniendo el instruento mortal.

Bajé en seguida y me agaché a verlo. Por Dios, que se mueva.

Nada.

Que responda.

Nada.

Que se vengue.

Nada.

Saqué su cartera del bolsillo y la sostuve un momento. Sostenía las pertenencias de quien antes ni me imaginaba que existiera y que ahora se había cruzado tan dramáticamente en mi destino.

Escuché que una sirena se acercaba y huí. Guardé su cartera en mi bolsillo, tomé su portafolios, lo eché en el asiento de mi auto y aceleré. No era dueño de mis movimientos.

 

Me detuve a cuadra y media, di la vuelta, estacioné el coche y bajé. Desde la orilla de un muro me asomé y contemplé desde ahí lo que sucedía.

 

Llegó la patrulla, no sé quién la habrá llamado, y revisaron al hombre. Al notarlo muerto, se limitaron a cubrirlo, con una sábana que se tiñó de rojo a la altura de su cabeza, la mejilla contra el suelo, los cabellos empapados en el charco, los pies sin zapatos asomados por debajo: la fuerza del choque le había arrancado el calzado.

 

Nunca olvidaré aquellos pies, asomando acusadores debajo de la sábana que cubría al hombre, envueltos en unas medias negras, desgastadas hacia los talones, cruzados entre sí. Los pies apuntaban hacia mí, señalando a su asesino. Sin embargo, los policías no alcanzaron a escuchar la declaración que sus pies gritaban, “¡culpable!”, señalándome. Los hombres del deber no supieron descifrar su significado que, en cambio, para mí, resultaba asombrosamente claro.

 

Llegó la ambulancia, revisaron al occiso y levantaron al muerto en una camilla y se lo llevaron. Los policías se quedaron todavía unos momentos viendo en derredor, tomando testimonios de gente que me había visto y se marcharon.

 

Y ahí había terminado todo. Un muerto más tirado en alguna calle de la Ciudad de México, sin nadie que pudiera identificar al asesino. Una cifra más en los censos, un expediente más.

 

Y un charco de sangre en el piso.

 

¿Eso era todo?

 

Aferré la cartera en mi bolsillo, subí al coche y arranqué. Me detuve frente a un hotel y entré en el estacionamiento. Estaba convencido de que eso no podía serlo todo.

 

 

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