La Ciudad Perfecta.
Era
una día sumamente tranquilo. El silencio lo dominaba todo. No oíase ni un
murmullo, ni una voz, el rugir de ningún motor. Sólo en las calles una persona
caminaba, cuyos pasos resonaban como la
única fuente de molesto ruido en la ciudad. Avanzaba lenta y desenfadadamente,
despreocupado, hacia un destino desconocido. No se percataba de lo solitario de
las calles, que parecían haber sido vaciadas de todo en un instante, evacuadas
en un santiamén, sin decir palabra. La gente, los carros, la contaminación,
todo era un paraíso. Solamente los edificios, las banquetas y los árboles
estorbaban el paisaje, pero eran lo mínimo para que pudiera llamarse esa una
ciudad. Aire puro. El gobierno de Luis Felipe Zúñiga había logrado este éxito
fenomenal.
El sujeto andaba ahí, sin rostro,
caminando sin menguar ni acelerar su velocidad. El enorme vacío que reinaba
afuera descollaba también dentro de sí mismo. Su mente, completamente vacía de
emociones y razonamientos, lo impulsaba a caminar suave pero mecánicamente, sin
chistar ni preocuparse. Ésta era la Ciudad perfecta del mundo... y no había
nadie ahí para disfrutarla.
Él era nadie y por ello, ésta era la
ciudad perfecta.