TALLER PARA EL FESTIVAL DE CANTO LITÚRGICO MARIANO AÑO 2004

LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA

 

            La liturgia es la acción comunitaria y oficial cultual de la Iglesia, donde se vive la esencia del ser Iglesia, la adoración a Dios en Cristo y por el Espíritu. Todos unidos en un mismo Amor, en un mismo Cuerpo que nos hace ser cada vez mejores, que nos une más a Dios y nos va transfigurando en su Amor.

            No podemos pretender ser mejores sin Dios, porque la única forma de mejorar como seres humanos es relacionarse de verdad con Dios. Esta relación no nos va a dejar iguales, porque cada vez que tenemos contacto con alguien o con algo eso nos cambia de alguna manera, o nos hace mejores o nos encierra más en nuestro egoísmo y orgullo.

            La liturgia es algo vivo, es acción de Dios en su pueblo. Nadie va a una misa y sale igual a como entró, porque Dios no es cualquier cosa. Dios es el Señor de los señores, infinitamente libre y poderoso, y por medio de la liturgia actúa suavemente en las personas, desde dentro de ellas, por el poder del Espíritu Santo, transformándonos cada vez más en su semejanza, puesto que ya somos hechos a su imagen, pero poco a poco nos vamos asemejando a Él por su acción en nosotros.

            La obra de Dios consiste en que nos acerquemos a Él, que entremos a vivir en su Presencia y en su Amor. Esa es la salvación, porque sin Dios no somos nada, quedamos en el vacío de la soledad y sin sentido eternamente presos de nuestro egoísmo y soberbia. La liturgia es redención, es acción viva y eficaz de Dios que realiza su obra redentora en nosotros. La obra de Cristo no se puede detener, porque Él venció al pecado y a la muerte y nadie puede detener su Amor. La liturgia es la obra de Cristo, que sigue redimiéndonos del mal, salvándonos del pecado y de la muerte.

 

QUIÉN MANDA EN LA LITURGIA

            El jefe de la liturgia es Cristo, que realiza su obra en nosotros, su Iglesia, su pueblo, su Cuerpo, su Esposa. Y el sacerdote es el “liturgo”, es el jefe de orquesta, es quien lleva adelante la liturgia. Todos deben acoplarse en una armonía, en una expresión de alabanza al Padre, en Cristo, con Cristo y por Cristo; alabanza sin mancha, pura y santa, de corazón.

            Cristo fue el hombre que actuó en forma perfecta ante el Padre, fue puro y obediente de corazón y su humildad y mansedumbre fue tan infinita que nunca cayó en el pecado, aunque pasó por las pruebas más horribles, donde la tentación le exigía odiarnos y rechazarnos, o abandonar la voluntad del Padre. Sin embargo Él nunca pecó, ni siquiera en los momentos más terribles de su vida, cuando lo golpeaban, lo insultaban, lo crucificaban. Sus palabras finales fueron: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen (Lc 23,34) y también: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46), aunque la tentación fue tan intensa y profunda que Jesús llegó a sentir tanta soledad y miseria que exclamó en la cruz: Elí, Elí, lamac sabactaní?, ¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado? (Mt 27,46). Jesús aun en ese momento no insulta a Dios, no le es infiel, no lo deja, aunque Él mismo se siente abandonado del Padre, que ha sido la base esencial de toda su vida. Tampoco Jesús en ningún momento nos odia o nos rechaza, sino que hasta lo último sigue amándonos y perdonándonos, dando su vida por nosotros, y allí está nuestra salvación, en esa voluntad inconmovible de Jesús, de morir por nosotros, cumpliendo la exigencia de Dios su Padre, para que recuperásemos también nosotros el ser hijos amados de Dios y no simplemente criaturas encerradas en su propia soberbia y egoísmo, en su pecado, para siempre apartados de Dios.

            La obra de Cristo no se detiene; así como Dios dijo hágase la luz (Gn 1,3) y hubo luz, nadie puede acabar con la luz, así Cristo murió en la cruz para vencer el pecado y el pecado fue vencido para siempre. Nadie puede apagar a Cristo, y su obra sigue realizándose en la humanidad por medio de su Iglesia, especialmente en la proclamación de la Verdad, de su palabra eterna, y en los Sacramentos, especialmente la Sagrada Eucaristía, donde participamos como grupo de cantos para cooperar en esa obra redentora de Cristo.

            Cuando cantamos en una misa debemos estar claros de Quién está realizando la obra y de cuál es esa obra, de qué está ocurriendo y cuál es la importancia del hecho. Si descubrimos estas realidades cada vez mejor entonces participaremos como grupo de cantos cada vez mejor y mientras servimos y cooperamos con Cristo en su obra, estamos nosotros mismos llenándonos de su gracia, de su amor, Él sigue redimiéndonos y dándonos sus riquezas, que no son materiales sino espirituales: paz, alegría, sabiduría, bondad, amabilidad, paciencia, misericordia, perdón, esperanza, caridad, fe que se profundiza cada día más.

            La liturgia está viva; no es simplemente un acto formal, una especie de obra de teatro; es una realidad operante, una nueva creación, una redención, un cambio radical y definitivo que está ocurriendo, un nuevo nacimiento en la eternidad de Dios, libres de la muerte y el pecado. Cada vez que se celebra una Misa o una Confesión, está ocurriendo un cambio radical; Dios está realizando su obra divina en nosotros y su acción es tan profunda y contundente que nadie puede evitarla. Nos va regenerando y dando su Presencia, y su Alegría nos va invadiendo desde lo profundo de nuestro ser, porque su Amor es tan maravilloso que vamos perdiendo el sentimiento de soledad y abandono, de auto rechazo y de muerte, de depresión y opresión que normalmente nos acompaña, porque estamos sometidos a la opresión del pecado y de la muerte, de las tentaciones que nunca dejan de acosarnos.

            La mayoría de las veces y la mayoría de la gente vive en una opresión profunda pero prácticamente inconsciente, que nos deprime desde dentro, nos hace sentir menos, y nos obliga a buscar salvarnos por medio de las cosas materiales, del placer, del poder, de la fama, de los vicios, etc., pero que en el fondo nunca logramos llenar, porque ese vacío no se puede llenar con nada; es un vacío espiritual, un vacío en lo profundo de nuestro ser, que solamente se llena con la paz de Dios, con su Presencia y su Amor.

            La acción de Dios es indispensable para liberarnos de esta opresión espiritual, porque solos no podemos contra ella. No tenemos la capacidad para salvarnos por nuestras propias fuerzas, porque la raíz del mal es tan profunda que nos afecta desde lo hondo de nuestro ser y ya nuestra voluntad, nuestras ideas, nuestra conciencia, está afectada por esta acción del mal, que nos debilita, nos hace tender hacia el egoísmo y la autosatisfacción, sin pensar en los demás, nos lleva a crecer en la soberbia y en el falso yo, y al final nos deja encerrados en una situación sin sentido, solos, sin nadie a quien amar. Por nuestra propia cuenta tenemos tendencia a llegar al infierno, porque no salimos del encierro que nos va cercando, por causa del mal que nos acosa. Como león rugiente buscando a quien devorar.

            Dios actúa en la liturgia verdaderamente liberándonos del pecado y de la muerte, dándonos su gracia que nos llena de Paz y Amor, y entramos así en el lugar del Perdón, somos perdonados y perdonamos; entramos en la Misericordia de Dios y nos llenamos también de Misericordia; y así adquirimos la identidad que de verdad anhelamos como seres humanos hechos a imagen y semejanza de Dios (cf Gn 1,27).

 

CUÁNTO COSTÓ LA LITURGIA

            La base de la Liturgia es el sacrificio de Cristo en la cruz. A Él le costó todo su ser, su cuerpo, su mente, su alma, su espíritu, hasta la última gota de su sangre. Cristo entregó su vida en una forma ignominiosa, lo perdió todo para rescatarnos con su Amor. A Él le costó todo. Su sacrificio es infinitamente valioso, porque quien murió en la Cruz no fue cualquier persona, no fue cualquier malhechor, fue el Bendito Hijo de Dios, el Hijo del Padre, el Hijo del hombre, el Hijo de María. Y su muerte fue voluntariamente aceptada, por obedecer al Padre en una ofrenda pura y sin mancha, agradable al Padre para pagar por toda la desobediencia, la rebeldía y la soberbia de la humanidad entera que merecía el rechazo radical de Dios.

            Cristo realizó el sacrificio que más nadie podía hacer. Solamente y únicamente Él podía y cumplió el sacrificio agradable al Padre. El precio fue total, infinitamente valioso, irremplazable. El inocente e inmaculado Jesús murió en la cruz por nosotros, como un sacrificio que recuperase la armonía perdida de la humanidad con Dios por causa del pecado, que es el mal más profundo y origen de todos los demás males, y que de parte de la humanidad era imposible recuperar por muchas leyes o normas que cumpliésemos porque delante de Dios cualquier ofrenda era más bien repugnante, hasta que Cristo con la suya permitió que nuestras ofrendas y sacrificios ahora sí sean agradables a Dios dentro de su sacrificio. Somos libres de verdad espiritualmente porque Cristo así lo ha hecho, con su poder de Hijo de Dios. Ya nadie podrá echar atrás esa libertad ganada por Cristo, porque esa libertad entra a formar parte de la eternidad de Dios; fue Dios mismo quien realizó la liberación del mal.

            Cuando Cristo en la Última Cena dio su Cuerpo y su Sangre, Él lo hizo porque quiso, Él creó esa obra que abre para siempre su entrega a nosotros, para alimentarnos y liberarnos a lo largo de la historia, en todo tiempo y en todo lugar, y esta entrega estaba basada en su muerte al día siguiente en la Cruz. La Eucaristía le costó todo a Cristo, y Él no era un mentiroso; si prometió algo de seguro que lo iba a cumplir, y su entrega no se echó atrás, siguió hasta el final cumpliendo el llamado de Dios y quedó abierta la Eucaristía y los demás sacramentos para que su gracia llegue a nosotros por siempre.

            Cuando estamos celebrando la Eucaristía realizamos la Cena del Señor, es un acto sagrado porque es acto de Cristo, realizado por su Iglesia, que es su propio Cuerpo. Si cantamos en la Misa debemos ayudar a realizar este sagrado acto, para que llegue con más suavidad y dulzura a los fieles, con más armonía y apertura de parte de los fieles.

            Nuestra presencia en la Eucaristía es un honor para nosotros, y algo debemos dar de nuestra parte, algún sacrificio debemos aportar para que se realice la Eucaristía, porque ya Cristo lo dio todo, ¿qué vamos a dar nosotros? Debemos tener cuidado de no dar simplemente una música de mala gana, o creer que gracias a nosotros se realiza la Eucaristía. Al contrario, debemos cada día ser más humildes y agradecidos de servir en la Eucaristía y de hacerlo cada vez más desde lo profundo de nuestro ser y no por buscar vanagloria sino por seguir buscando con seriedad y ardor nuestra propia salvación y la de los demás.

 

¿CUÁNTO LE COSTÓ A MARÍA?

            A Cristo le costó todo, pero a María también. No hay persona que sufra más por el sufrimiento y la muerte de un ser humano que su propia madre, y en el caso de María también se cumple esta realidad humana.

            María no entró nunca en el negocio del pecado con el mal; ella nunca pecó. Y sin embargo sufrió por causa del pecado, porque Cristo se entregó por salvarnos del pecado; Cristo murió por nuestra culpa, por el pecado del mundo, que es nuestro pecado. Nosotros matamos a Jesús, el hijo de María.

            Ella es víctima de nuestro mal, y también es sometida a una brutal opresión de parte del mal, llevando la tormenta de la vida y muerte de Jesús con un corazón humilde y puro, sin nunca pecar, a pesar de las inmensas tentaciones por las cuales pasó. María tampoco pecó, siguiendo fielmente los pasos de Jesús su Hijo y Maestro. María fue la primera cristiana de verdad, y será siempre la mejor de todos los cristianos. Ella nunca nos odió, nunca rechazó el plan y la voluntad de Dios, nunca desarrolló el odio y la venganza. Todo su dolor y sacrificio por su Hijo se volvió ofrenda y caridad y desembocó en su maternidad espiritual hacia nosotros. En ella Dios transformó el mal en amor de madre. Dios triunfó también en María y con María; ella es la primera redimida, la primera salvada a plenitud, la primera que cumplió todo el camino de Cristo, hasta la eternidad.

            María es inmaculada desde el momento de su concepción porque fue preservada del pecado original desde allí, y además luego ella nunca pecó. Por eso la llamamos Inmaculada Concepción, Toda Santa, Llena de Gracia.

            Esa persona recibió en su vientre al Verbo Encarnado, y lo aceptó desde esa pureza virginal, desde esa ausencia de pecado; lo amó y lo protegió desde su comienzo, y fue y es su madre bendita entre todas las mujeres (Cf Lc 1,42). María tuvo que huir ya desde que Jesús nació, junto con José, a Egipto, fue peregrina desde el comienzo; viajó a Belén y dio a luz en el lugar menos indicado, ni siquiera Cristo fue aceptado por la familia más pobre de la humanidad, sino por los animales, en casa de animales nació Jesús, porque los animales no entraron en el pecado, en ellos se refleja la presencia y la pureza de Dios todavía que estaba desde el origen de la creación.

            A María el anciano Simeón le profetiza que una espada le atravesará el corazón (cf Lc 2,35) en esa unión de destinos con Jesús, signo de contradicción para que los pecados salgan a la luz. Y durante toda la vida de Jesús María sufre por Él; se le pierde en el templo de Jerusalén y ella junto con José lo buscan con gran angustia, mientras que Jesús debe seguir su camino hacia el Padre cada vez más fuerte y comprometido para llegar a cumplir plenamente su vocación. Al final María está a los pies de la Cruz, recibiendo en su ser la muerte de su Hijo, que muere realmente dentro de ella, porque era la persona para la cual Jesús era de verdad un ser humano, querido, amado, aceptado, porque ella era su madre.

            María vive la pasión y muerte de su Hijo y es tentada junto con Jesús para caer en el odio, en la venganza, en el rechazo del plan de misericordia de Dios para la humanidad; pero María no peca, ella opta por el camino de Dios aun en esas condiciones; ella sigue amando, sigue aceptando, sigue perdonando. Su amor de madre se transforma en amor de Caridad para toda la humanidad; ahora ella es también nuestra madre, y no solamente la de Cristo. El fruto de la pasión es ya el amor de María por todos nosotros; es un regalo que nunca se apagará, Dios lo ha dado para siempre y para todos, porque ella nos ama después de habernos perdonado por haber matado a su Hijo; nadie puede vencer el amor de María, porque es el mismo Amor de Dios que se hizo definitivamente carne en ella, no nada más para darnos a Jesús, Verbo hecho carne, sino para comenzar definitivamente y con pie firme la obra de Cristo en nosotros, la Iglesia.

            El camino de María es el camino de la Iglesia, porque todos vamos por el mismo lugar, todos debemos pasar por la puerta estrecha de la Cruz de Cristo, y ya María pasó. El resultado de la Cruz en María es que ella es nuestra madre espiritual para siempre, es regalo de Dios de los más hermosos que jamás podremos tener.

            María es nuestro ejemplo para seguir a Jesús hasta la Cruz y la Resurrección, para triunfar con Él. María es el apoyo para nuestras luchas; la confianza de que Cristo vence el mal en nosotros, la madre que nos apoya y nos lleva de la mano hacia Jesús, que es nuestra salvación.

            Todo lo que le costó a María se transformó en sobreabundancia de riqueza para nosotros; donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Rom 5,20). El mal fracasó más totalmente porque en vez de encerrar a María en la opresión del sufrimiento y de la muerte la transfiguró para hacerla nuestra madre y dejó para siempre una nueva situación humana, una Nueva Madre para todos los nuevos hijos de Dios, para la nueva humanidad que nace de la Nueva Alianza de Dios con los hombres, la nueva creación, cielos nuevos y tierra nueva, donde el Cordero es el Sol, no hacen falta luces de esfuerzos humanos, de luchas por vencer las tinieblas, sino que ya Cristo es nuestra Luz y vivimos en la presencia de Dios, como hijos y herederos de su Reino.

            El mal pensaba vencer definitivamente a Dios y el resultado fue el contrario, ahora ya no hay obstáculo que impida que la gracia de Dios llegue a la humanidad, y ya María está plenamente en su Reino, ayudándonos a todos a entrar en él; el bien y la gracia son irreversibles para nosotros. Dios es quien manda, Él es Señor de los señores, Rey de los reyes, Creador, Redentor y Santificador da la humanidad nueva, en y por medio de la Iglesia.

 

REQUISITOS PARA LOS CANTOS

            Si queremos participar en la liturgia debemos quitarnos las sandalias, como Yahvé pidió a Moisés cuando la zarza ardiente (cf Ex 3,5). La liturgia no es nuestra obra, es la de Cristo total, Cabeza y Cuerpo, Jesucristo y la Iglesia; el Esposo y la Esposa. Nosotros somos la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, y estamos sirviendo en la liturgia justamente en calidad de Iglesia.

            Estamos realizando la Eucaristía entre todos, en armonía, como una música que se toca y cada instrumento aporta lo suyo. No podemos pretender sonar más que los demás; no podemos pretender ser más que el cura, no podemos pretender ser más que la asamblea de los fieles, no podemos pretender ser más que Cristo.

            Nuestra actitud en la participación litúrgica es el primer peldaño; debemos hacerlo con devoción y amor, con fe y participación profunda, porque al primero que va favorecer estar allí es a cada uno de nosotros. Si estamos allí es por gracia de Dios y debemos agradecerlo y responder de acuerdo a ese agradecimiento.

            Partiendo de esta actitud podemos trabajar en una mejor armonía con los demás fieles, primeramente con el liturgo, que es el sacerdote celebrante, y con el resto de la asamblea, para la cual estamos sirviendo, ayudando al liturgo, en el fondo ayudando a Cristo en su obra redentora. Mientras el grupo de cantos tenga una relación más armoniosa y abierta con el sacerdote, no solamente en el momento de la misa, su servicio será mejor dentro de la liturgia.

            En este sentido es sumamente importante participar plenamente de la liturgia; comulgar inclusive, porque es como ir a un banquete preparado con gran sacrificio donde el comensal lo ha sacrificado todo para darnos de comer y nosotros llegado el momento de la comida decimos: “no gracias, no tengo hambre”, ¿cómo no vamos a tener hambre y necesidad de Cristo? Nadie puede salvarse por sí mismo, sin Cristo no tenemos Vida, porque Él es la Vida.    Se ve muy feo, mal ejemplo, un grupo de música que canta muy bonito, pero nadie comulga, ¿dónde está la evangelización y motivación por el testimonio?

            Luego está la actitud general del grupo; una vez que cada persona está participando de verdad en la liturgia es más fácil que el grupo esté de verdad concentrado y participando en la liturgia y no sea una molestia para la misma, haciendo bulla, distrayendo a los fieles, llamando la atención y desviándola del lugar donde en verdad debe estar, que es en el Misterio de Cristo y en cada uno de nosotros, en la intimidad de nuestro ser. Ayudar a la gente a entrar dentro de la celebración, a participar de todo corazón y no al contrario, sacarlas de ésta.

            Lo que se está realizando en la liturgia es muy serio; tiene que ver con la Vida Eterna, con la suerte para siempre de las personas, y le costó a Cristo hasta la última gota de su sangre, y a María se le rompió el corazón por la espada de dolor. ¿Qué le vamos a dar nosotros a la gente? ¿Será que le daremos algo más valioso de lo que Cristo y la Iglesia, incluida María, le van a dar? Es de verdad importante no ser un obstáculo para la liturgia sino al contrario una ayuda cooperante, un enriquecimiento de amor y humildad y de los dones que el mismo Dios nos ha dado en la música y el canto y la alegría juvenil, además de nuestra fe, esperanza y caridad.

 

LOS CANTOS

            Además de la calidad de nuestra participación debemos tener cuidado con la calidad de las canciones y la música que estamos ofreciendo.

            Lo primero importante es el contenido de los cantos, su doctrina. Debe ser una doctrina de la Iglesia, que no diga algo contrario, sino que exprese su doctrina en forma pura y clara y que ayude a la gente a profundizar en el misterio de Dios.

            Cuando las letras de las canciones se apoyan más en la Sagrada Biblia tienen más tendencia a llenar en profundidad a la asamblea y a permanecer dentro de la Iglesia por más tiempo, porque la Palabra de Dios es la que más dice de Dios.

            Además las letras son fruto de la experiencia personal de fe de cada uno de nosotros; que en momentos de oración, en momentos extremos donde hemos buscado a Dios desde lo profundo de nuestras necesidades y miserias, creamos una letra que es rayo de luz que abre la historia humana y aporta la fuerza de Dios, lo que Dios abre no se cierra más, es un agua que va a seguir limpiándonos cada vez que la escuchemos.

            En el fondo es Dios mismo quien habla por medio de los cantos, dando su mensaje y llamado evangelizador a las personas que lo escuchan. Dios sigue creando la fe en nosotros, haciendo la nueva creación, también por medio de nuestros cantos; todo es obra de Dios y más aún en la liturgia, máxima obra redentora y regeneradora de Dios.

 

LA MÚSICA

            Es importante ubicarse en lo que se busca; un servicio en la liturgia; debe ser relativamente sencillo para la asamblea asumir un nuevo canto, porque el objetivo del grupo de cantos es que la asamblea cante, y que ellos no se escuchen sino en el fondo, en la base del canto de toda la asamblea, siempre allí para suplir cualquier falla de la asamblea, pero hay que estar muy claros que el protagonista de los cantos no es el grupo de cantos sino la asamblea. Un grupo que no logre que la asamblea se convierta en una asamblea participante litúrgicamente es un grupo fracasado. Su papel fundamental, más que cantar, es hacer que la asamblea cante de corazón, y que esta participación redunde en mayor apertura para todos a la gracia de Cristo.

            Por eso las canciones que se siembran en la liturgia en general no son tan complicadas, porque el pueblo tiene de todo y todos deben acceder a esos cantos, unos más capaces que otros, pero la gracia es para todos.

            Por eso existen los himnos y las canciones; los himnos son más sencillos y rígidos en tanto que las canciones son más variadas en su melodía, ambos son útiles, pero no hay que despreciar los himnos, porque logran entrar en la liturgia y mantener una base que perdura en el tiempo. Son más austeros pero tienen tendencia a mantenerse en el tiempo, en cambio a veces hay canciones que son muy pegajosas y melosas y al poco tiempo empalagan y ya nadie la canta; pasan rápido y hay que estar creando cada vez una nueva y a veces no da tiempo. Hay que tener una actitud equilibrada que cada grupo debe reflexionar de acuerdo con el sacerdote y la asamblea.

            Hay que tener cuidado que la música no tape el mensaje, puesto que lo que de verdad importa es la obra que Dios realiza en cada persona, y lo hace básicamente por su Palabra que se encarna en los corazones y sobre todo por la Eucaristía que comulgamos y nos transfigura por el poder de Cristo. La música es un aceite que sirve para suavizar y hacer entrar mejor el mensaje, es perfume agradable que abre el espíritu con más afecto y devoción a la acción de Dios.

 

CRITERIOS PARA LOS CANTOS EN LAS PARTES DE LA MISA

            Cada parte de la Misa es un poco diferente a las demás; aunque toda la Santa Eucaristía es presencia de Dios, acción redentora y renovadora de Dios, sin embargo tiene su ritmo, su comienzo y su final, su recorrido.

            Cuando llegamos al templo necesitamos un canto de comienzo que prenda los motores, que nos abra la esperanza, la alegría, que nos anime y nos motive a practicar la fe en ese momento, en esa fiesta espiritual que todos juntos vamos a celebrar.

            El canto de ENTRADA debe ser animado, un himno o un canto donde todos canten, que prenda la asamblea al sabor de la participación, al sabor de la celebración comunitaria. La letra debe ser adecuada para comenzar la liturgia, invitar a la gente a participar, a celebrar la fe, a entrar en oración.

            El canto de OFERTORIO es justamente de ofrecer; se ofrece nuestra vida, nuestro trabajo, nuestro mundo, nuestros sufrimientos y alegrías, nuestros triunfos y fracasos, nuestras familias, nuestro amor, nuestras tribulaciones y perdones, todo lo que hacemos, tenemos y somos, incluido nuestro cuerpo, nuestro ser completo. Todo se lo debemos ofrecer a Dios sin guardar nada para nosotros, porque Él se entregó totalmente a nosotros, hasta la última gota de su sangre, y la mejor respuesta es devolverle todo también nosotros, de paso que todo lo que somos y tenemos viene de Él, en Él vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17,28). Pero todo lo entregamos no directamente como si fuésemos tan perfectos que sabemos lo que agrada a Dios. La mejor manera de ofrecer a Dios y estar seguros de que nuestra ofrenda sea agradable es hacerla dentro de la ofrenda de Cristo.

            A Dios le agrada el corazón contrito y humilde que se ofrece a sí mismo, pero no puede haber un corazón más manso y humilde que el de Cristo, y su ofrenda fue ofrecerse a sí mismo de una vez por todas al Padre. Nuestra ofrenda entra en la de Cristo, y así es agradable a Dios. María es la cristiana que más perfectamente se ofreció a Dios en Cristo, y ella sigue ayudándonos a hacerlo nosotros. El canto de ofertorio evidentemente debe ayudar a la asamblea a ofrecerse cada uno y en comunión al Padre en Cristo.

            El Canto de COMUNIÓN es para profundizar en el momento más sublime que es cuando los fieles junto con el sacerdote comen el Cuerpo de Cristo, comulgan plenamente con Él y se llenan de su Presencia; una presencia que lo invade todo, lo penetra todo; porque cuando comulgamos no es solamente cristo que se disuelve en nosotros sino más bien nosotros que nos disolvemos en Él, que nos hacemos Él. Su cuerpo nos va transfigurando y conquistando para nosotros la Gracia Eterna. Nos va redimiendo y triunfando con su Amor en nuestras vidas. Su Cuerpo nos alimenta y fortalece, y rechaza las tinieblas de nuestro ser.

            El canto de Comunión debe tomar en consideración todas estas cosas; debe ayudar a los fieles a entrar más plenamente en ese momento especial; abrirse a la gracia, dejar que Cristo actúe en su ser sin obstáculos, sin distracciones inútiles, totalmente absortos en esa comunión eucarística. Debe suavizar y arreglar más el camino para el encuentro íntimo entre Cristo y los fieles. Respecto a los fieles, es conveniente que el coro de la canción pueda ser repetido por la asamblea, o por parte de ella, y que las estrofas sean cantadas por el grupo de cantos, de esta manera los fieles meditan la comunión; o también que el grupo de cantos cante toda la canción. Hay que tener una sensibilidad adecuada para este momento.

            El canto de SALIDA es un canto de alegría, de esperanza, de lucha, de compromiso; de salir al mundo a llevar a Cristo en nuestra fe y en nuestras vidas; conquistar el mundo con el amor de Cristo. Por eso el sacerdote dice: “la misa ha terminado, pueden ir en paz” “misa est” que en realidad quiere significar: vayan a la misión, ya la misión está planteada, tienen la fuerza de Cristo, vayan al mundo a transmitirle ese don que ustedes han recibido aquí en esta Eucaristía; al mismo tiempo es una esperanza de que nos veremos el próximo domingo, la próxima misa, o de que nos veremos siempre en la presencia de Dios, desde ahora hacia la eternidad.

            El canto de salida debe por lo tanto llenarse de todas estas intenciones; un canto fuerte, alegre, donde todos participen, un himno, como una especie de canto de guerra, donde el pueblo de Dios se arma para salir a luchar con su fe en el mundo, para conquistar el mundo para Dios, una conquista pacífica, pero llena de entusiasmo, llena del Espíritu de Dios.

 

LA PRESENCIA MARIANA EN LOS CANTOS LITÚRGICOS

            La finalidad de la liturgia es rendirle culto de adoración al Padre, en Cristo, con Cristo y por Cristo, con la acción del Espíritu Santo.

            María entra también en la liturgia porque rendimos culto a María, un culto de veneración, que encaja dentro del culto a Dios, lo adorna, es como la caja de resonancia de la guitarra, que hace resonar las notas musicales para que queden en el ambiente por más tiempo. María es el espejo de la gracia de Dios, la prueba de su acción; la criatura donde la acción de Dios se hace más transparente.

            María es el comienzo del triunfo de la Iglesia; es la gracia asumida en la humanidad, el fruto de la gracia de Dios más hermoso, el comienzo de la nueva creación. María es la aurora del sol sin ocaso, de la salvación que comienza para nunca acabar.

            Por eso la presencia de María es importante en la Iglesia y siempre ha tenido gran relevancia en el culto y devoción cristiana.

            Las canciones marianas para la liturgia deben ayudar a descubrir aún más la gracia de Dios, deben ayudar a los fieles a llegar a Dios más plenamente. María facilita la vida cristiana, y su presencia en la liturgia es justamente para eso; ella es una ayuda, una cooperadora para ayudar a la Iglesia, a que viva su motivo primordial, que es amar a Dios y cumplir su obra en la historia humana. María es la primera interesada en que esa obra de Dios se lleve a cabo, porque ella es la madre de Cristo y lo apoya en todo.

            Los cantos litúrgicos deben tener siempre a Dios como centro y finalidad, no hacer que las personas lleguen y se queden en María, sino que por ella lleguen a Dios con mayor plenitud.

 

EL TIEMPO LITÚRGICO

            Además de los criterios indicados, en el teocentrismo de los cantos litúrgicos, se debe tomar en cuenta los tiempos litúrgicos, es decir, a lo largo del año, cada momento de la vida de Cristo, como es el Adviento, cuando esperamos la venida de Cristo, luego la Navidad; ya llegó el Señor y está con nosotros; después viene la Cuaresma, tiempo de preparación para la Semana Santa, penitencia y conversión, para vivir a plenitud el gran misterio de la vida cristiana, la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.

            En Semana Santa también hay cantos especiales relacionados a estos días que se celebran. Después está el tiempo Pascual que celebra la resurrección de Cristo, el triunfo sobre el pecado y sobre la muerte. Al final de pascua viene Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, para pasar de nuevo al tiempo ordinario, tiempo de la vida cotidiana en la presencia del Señor, en la espera de su presencia como una actitud básica del cristiano. Tiempo para desarrollar la esperanza cristiana.

            Durante todos estos tiempos y fechas especiales se debe ir encontrando la forma de crear cantos relacionados a María y que tomen en consideración todos estos aspectos.

 

LAS VERDADES MARIANAS

            Además de la verdad de Cristo y de la Iglesia hay otras verdades que la Iglesia ha encontrado en su peregrinar histórico acerca de María y su presencia en el misterio Cristiano, algunas de estas verdades se han declarado como dogmas marianos.

María Madre de Dios es uno de ellos, María siempre virgen, la Asunción de María y la Inmaculada Concepción son los declarados dogmas por la Iglesia católica.

            Los temas para los cantos marianos también pueden tocar estos aspectos de la doctrina mariológica y así enseñar al pueblo esta doctrina y elevar su nivel de formación por medio de los cantos y la música. Es el mejor servicio que se hace por medio de la música; la enseñanza de la doctrina.

            Si la doctrina es pura, sencilla y profunda, el escuchar los cantos o el cantarlos ya limpia el corazón y alimenta el espíritu. Por eso es importante cuidar las letras de las canciones.

            Para este festival vamos a tomar en consideración el dogma de la Inmaculada Concepción, sin por eso descartar las otras verdades marianas.

 

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

            La Inmaculada Concepción significa que María desde el mismo instante de su existencia, cuando la célula masculina y la femenina que formaron su ser se unieron y dieron comienzo a su vida, fue exenta del pecado de origen, nunca tuvo pecado, desde el primer instante de su existencia hasta el fin de su vida terrenal. Ella fue preservada del pecado original por la gracia redentora de Cristo y por motivo de que ella iba a ser su madre, una persona pura y sin mancha para recibir a Dios en su seno. María fue redimida antes de caer en el pecado, por los méritos de Cristo, en cambio nosotros somos redimidos ya después de estar en el pecado. Esto hace una gran diferencia.

            Inmaculada significa “sin mancha” y concepción significa “concebida”, desde el momento mismo del comienzo de su existencia como ser humano. La Virgen fue preservada de todo pecado, de toda mancha, desde el mismo instante del comienzo de su existencia. Esto le ocurrió a ella por pura gracia de Dios, y mirando la encarnación del Verbo, para salvarnos a todos por medio de Cristo.

            María es la nueva tierra, la Nueva Eva, la Nueva Madre de tierra pura y virginal donde comienza Dios a hacer de nuevo su obra; donde Dios regenera todo para que el ser humano ya no sea esclavo del pecado y de la muerte.

            Dios con su poder inaugura un nuevo comienzo, al llegar la plenitud de los tiempos (cf Gal 4,4), Dios restaura la humanidad caída y nos abre una nueva oportunidad de Vida y salvación. María es ya la aurora, el amanecer de este nuevo estado de vida que comienza. La Inmaculada Concepción de María es preludio de la gracia de Cristo que llega. Ella sale pura de las manos de Dios, como Eva, la Nueva Eva, madre de todos los que Viven por Cristo. Una nueva generación que no estará sometida a la antigua serpiente sino que será libre del mal y será rescatada por cristo para vivir en la presencia de Dios, gozando plenamente de su Reino.

            María no pecó nunca; ella fue fiel a esa gracia original y nunca traicionó a Dios ni a los hombres. Ella es la Nueva Eva que sí cumple con Dios, no como la primera que cae en los lazos del demonio. María se basó en esa gracia original para mantener su pureza y fidelidad a lo largo de toda su vida. La Inmaculada es tan profunda en su bondad que el mal por más que quiera no puede llegar al núcleo de María. La serpiente trata de herirla pero no lo logra. María está unida a Cristo en la lucha contar el mal, y es atacada en su ser maternal, martirizada en el sufrimiento de su hijo, y sin embargo nunca peca; siempre se mantiene fiel a Dios, siguiendo su camino, cumpliendo su voluntad, y perdonándonos, aún en los momentos más duros, cuando miraba con sus ojos y su corazón a su amado hijo atravesado en sus manos y pies, clavado en la Cruz. María siempre nos perdonó, y en ese momento siguió desde su inmaculado corazón cumpliendo el mandato de Cristo, y nos adoptó por hijos. Ella nunca perdió el estado inmaculado que Dios le regaló desde el primer instante de su existencia.

            Y ella sigue luchando contra el pecado, para rescatar a toda la humanidad caída. Ella sigue vibrando por la obra de su Hijo amado, cumpliendo su voluntad, cooperando con su amor maternal a que todos seamos redimidos. La Inmaculada Concepción de María marca un momento definitivo para la historia de la humanidad; es la intervención de Dios en la raza humana caída para salvarla y abrirle su Reino. María fue fiel a esa acción de Dios, nunca lo traicionó y nunca nos traicionó, siempre fue Inmaculada y siempre lo será. Por eso pudo decir en la aparición de Lourdes en Francia: “yo soy la Inmaculada Concepción”. Más nadie podrá nunca decir lo mismo, sólo ella, y lo mantuvo además de por la gracia de Dios, por su misma actitud de respuesta fiel y amorosa a todo el plan de Dios, donde ella se vio involucrada como madre de cristo y como creyente, y donde jugó un papel tan noble e importante en el misterio de la salvación y donde aún lo sigue teniendo.

            La Inmaculada Concepción es el llamado que Dios nos hace a todos; hacia allá vamos todos; es el origen de la Iglesia y a la vez la finalidad de la Iglesia, recuperar la inocencia perdida por los primeros padres Adán y Eva, volver a la inocencia y pureza de Dios, volver al paraíso perdido, volver al Padre, como el hijo pródigo de la parábola.

            Todas estas reflexiones y muchas más las podemos ir colocando en las letras de las canciones para la liturgia, hay que pedir la inspiración a Dios para poder escribir letras que valgan la pena y sean un aporte sustancioso a la Iglesia.

           

 

 

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