¿Dónde empezó esto? ¿Cuándo empezó a joderse lo nuestro? Es difícil recordar lo que tanto tiempo se ha tratado de olvidar. El perdón y la falta de rencor me han hecho perder la memoria, me han vuelto incapaz de entender las causas del fracaso. Y si no se conocen las causas sólo se siente el deterioro. Cada día ha sido una piedra arrojada sobre la tumba de mi matrimonio, de mi juventud, de mi vida, una tumba donde yace agitada mi infancia deslavada. Una infancia atada a un futuro incierto y ese futuro es hoy. Pero, ¿qué tiene de incierto el hoy? “La vejez sólo es soportable —decía mi padre— cuando se ha logrado lo que uno se ha propuesto en la vida.” Y así, todo acto debía ser remitido a una vejez que pronto llegaría porque la vida de un hombre es corta y cuando menos se espera el tiempo se lo ha tragado a uno. “Pero hay mucho tiempo —también decía a veces— entre un niño y un viejo: una vida completa”. Las respuestas siempre las fui recibiendo en el sentido inverso de mis aseveraciones. Las palabras siempre se acomodaban al proyecto educativo que tenía para mí. Yo sería un triunfador, pero, eso sí, “en medio de la mayor cordura y ecuanimidad, sin pasiones ciegas, con equidad y mesura, sin fanatismos, siempre en el justo punto medio. Hazme caso y triunfarás en la vida. Siempre ubícate en el justo medio”. Y el justo medio era el gran legado moral que me dejaba como regla de oro para lograr sus más preciados anhelos, para compensar sus frustradas aspiraciones: triunfar y dormir tranquilo. Gran contradicción. ¿O no?
Para mí el justo medio se expresó como una indecisión, como una incapacidad de tomar partido o asumir una posición, como una duda, porque siempre existía la posible coherencia de la otra posición: la razón de ser de aquéllo que se combate. En la práctica, el justo medio se convirtió en incapacidad para elegir, en falta de pasión y en una mediocridad que seguramente mi padre nunca hubiera querido para mí. Pero lo terrible no es lo que ahora aparece como una conclusión sino el camino recorrido para llegar a serlo. Lo jodido fue la reducción cotidiana de cualquier furor juvenil, de cualquier verdad de esas que a cierta edad se persiguen como si fueran absolutas y pueden darle razón y sentido a una rutina o a una vida.
Recuerdo un día que mi mujer andaba por la casa con tubos en la cabeza, esos rollitos de plástico que yo detestaba y criticaba todo el tiempo, y le dije que aún con eso me gustaba, y “ha de ser cierto”, dijo, “porque cuanto más tiempo pasa viviendo juntos”, aseguró, “siento que me quieres más”. Y afectadamente dije: “te quiero más que ayer —citando a un poeta de mis primeras lecturas— pero menos que mañana”. “Ése sí que era chingón”, dijimos entonces, “lo tenía todo previsto”. Un minuto después nos quitamos el uno al otro la ropa a toda prisa e hicimos el amor. No dejé que se quitara los tubos y me pareció haber descubierto un maravilloso instrumento de excitación erótica. Todo era motivo y excusa para abrazarnos y desnudarnos y redescubrirnos y finalmente inventarnos a nosotros mismos y autodefiniéndonos como si no hubiéramos existido el día anterior. ¿Qué pasó? No hace tanto tiempo de eso y ya todo se fue al traste.
Como cualquier vida, la nuestra también estaba llena de sexo, ¿sí?, unos días más que otros, claro, pero siempre había el gusto por mirarnos libidinosamente, tocarnos cachondamente, rozarnos jariosamente, coger desaforadamente, y no era sensualidad sino perversión. Dejábamos cualquier pendiente para acostarnos. Colgábamos cualquier compromiso para amarnos. Siempre sucumbíamos frente a las tentaciones. Y no nos arrepentíamos. No perdíamos el tiempo con reproches o enojos: la cama era el laboratorio donde todo se experimentaba y perdonaba, donde se transmutaban los sentimientos, donde se construía el Universo. Nuestra relación estaba bien anudada con lazos sexuales y no pasaba un día sin que los estrecháramos todavía más. Comer, trabajar, pasear, ir al cine o de compras, tener amigos, cualquier cosa era una simple envoltura de nuestra excitación o a veces larga espera para hacer el amor. Dormir sólo era posible después de satisfacer hasta la última gota de deseo carnal.
Era el día de nuestro cuarto aniversario de bodas. Mi mujer estudiaba una maestría; no trabajaba y se dedicara a estudiar. Más adelante me tocaría a mí hacer la maestría y a ella mantener la casa. Así lo habíamos decidido y así lo estábamos haciendo. La vida prometía mucho y nos preparábamos para enfrentarla como viniera. Cuando regresé de la oficina ella no estaba, aún no volvía de la Universidad. Mientras la esperaba me puse a leer algún informe de los muchos que en el trabajo se generaban y yo tenía que revisar. Pero, en verdad, estaba distraído. No prestaba atención a lo que leía. Sólo quería que ella llegara para irnos a bailar, a cenar fuera, a festejar cuatro años de alegría enteramente nuestra, a recordarlos, a planificar la eternidad que teníamos por delante.
Cuando llegó me saludó como siempre y antes de que pudiera preguntarle a dónde quería salir esa noche tan especial para nosotros, empezó a relatarme los pormenores de sus múltiples actividades. Yo no preguntaba nada pero ella insistía en los detalles de la jornada, especialmente en el contenido de la conferencia a la que había dicho que asistiría. No se acordaba de nuestro aniversario. Se sonrojó cuando se lo recordé. Se sentó en mis piernas y me acarició con forzada ternura mientras se disculpaba por el olvido. Tanta presión en los estudios la tenían fatigada, y con esa misma disculpa se fue a dormir.
Más que molesto, quedé frustrado. Algo me dio la pauta. Un discurso tan bien organizado me puso a la defensiva. Cuando, agotada por la conferencia que me narró en todos sus detalles, se fue a la cama, me quedé vacío. Algo pasó en mi mente. Me sentí sucio por lo que iba a hacer. Abrí su bolso de mano y ahí encontré un frasco de espuma anticonceptiva evidentemente usado. No era “nuestra”. Sin duda fue comprado con la prisa descuidada de los amantes furtivos. ¿Por qué no lo escondió? ¿Por qué no lo abandonó en el lugar donde se acostaron? No quiero recordar el frío que me corrió por las venas. No quiero recordar el rencor ni la decepción ni el odio que me invadieron. Ni siquiera hubo lugar para albergar el deseo de venganza o reclamo. Callé. No sé por qué. Sólo el dolor profundo, como la muerte inesperada, me nubló los ojos... y perduró. Recuerdo que fui al cuarto del niño. Miré a mi hijo de dos años y lloré. ¿Y ahora qué? ¿Se lo iba a llevar el carajo así nomás?
Cuando se ha construido una vida a contracorriente, cuando se ha luchado por derribar los lugares comunes de la relación de pareja, de la relación humana, de la relación con la sociedad y con el mundo, no se puede aceptar fácilmente que está uno equivocado, que todos esos mediocres que te condenan tienen la razón. Se suele persistir en lo que se viene haciendo, sobre todo cuando las cosas ya tienen demasiadas consecuencias. En la relación de pareja ocurre lo mismo si se ha construido de manera distinta de como deben ser las cosas, si ha habido la convicción de ser y hacer distinto, si ha habido el deseo y la necesidad de inventarlo todo.
No me dolió más el que se acostara con otro que la mentirosa actitud de engañarme. Entendí en toda su enormidad la palabra traición. Nuestro mundo, el mundo que creía de ambos, ese mundo labrado con cariño, quedaba evidenciado como una mentira sin futuro. Me sentí engañado como cuando te enteras que te han tomado el pelo con el cuento de los Santos Reyes o como cuando mamá y papá te sacaban de su cama. Era una mentira evidenciada por un lugar común. Hasta ese momento había pensado que si llegaba el día de la atracción por otro, con buenas o malas razones para ello, pero yo lo sabría: habría honestidad. Sólo hubo engaño. Todo había sido una gran mentira. Al final, calladamente aprendí a vivir en la mediocridad para la que fui educado.