Relato 5


"...-¡Familia, bienvenidos a nuestro nuevo hogar! -dijo emocionado el señor Arrocha- ¿No es verdad que es una casa preciosa?

- Sí papá, lo que tu digas, pero hubiese querido más quedarme en nuestra antigua casa. -le contestó Fátima, su hija de trece años- Aquí no tengo amigos.

- Ya los harás, Fátima. Te lo aseguro. -le respondió su madre- Ya sabes que a tu padre y a mí nos gustó desde el primer día esta casa, así que no se hable más. Vete a tu nuevo cuarto y desenvuelve los paquetes. Los muebles ya están en la casa.

Tras un duro día de trabajo, había llegado la noche. Todos estaban agotados y con ganas de tomar una reparadora ducha caliente. Fátima se metió en su baño, abrió la llave del agua caliente y cerró la puerta corrediza de la ducha. El agua caliente empezó a resbalar por su espalda, pero se tuvo que apartar, pues para su gusto estaba demasiado fría. Ella nunca había sentido el agua caliente de la ducha, pues siempre le parecía que estaba demasiado fría. Esperó un momento.

-¡Uaau! Esto se empieza a calentar. ¡Por fin siento el agua caliente! -Pensó en voz alta.

No se veía nada a través de la puerta corrediza. El vapor del agua lo impedía. De pronto Fátima dejó escapar un gemido de dolor: aquella agua era demasiado caliente incluso para ella. Intentó cerrar la llave del agua caliente, pero se había encasquetado con el calor. Tras un nuevo intento fallido, abrió la llave del agua fría, pero para su sorpresa, salió mucho más caliente. En un último intento desesperado, intentó abrir la puerta corrediza, pero tampoco se podía abrir. Se miró los brazos llena de horror: la piel se le estaba cascando. Iba a gritar cuando un pedazo de carne de los brazos se le desprendió y se le cayó al suelo de la ducha. Después de ese cacho, le siguió otro de las piernas. La piel se le estaba deformando. Un nuevo cacho se le desprendió. Alzó la vista, y entonces percibió entre los vapores que lo que caía no era agua, sino una especie de ácido negro.

-¡¡¡Papá...mamá...socorro!!! -gritó, al mismo tiempo que un brazo se le desprendía por completo. Tres segundos después, caía muerta al suelo.

La señora Arrocha abrió la puerta del baño, al mismo tiempo que un chorro de ácido rompía la puerta corrediza y le alcanzaba de lleno.

-¡Yiaaaaaaaaaaghhhh!

El señor Arrocha se quedó mudo de asombro, pero rápidamente se tiró al suelo para esquivar un chorro de ácido. Rodó por el suelo y salió corriendo por los pasillos de la casa.

Frenó en seco al llegar al sótano, donde empezó a jadear aterrado. El sótano estaba envuelto en la oscuridad. A pesar de ella, el señor Arrocha distinguió una pequeña puerta oculta.

No pudo vencer la curiosidad y la abrió. No se volvió a saber nada de él..."

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