Relato 4


"...-¡Vaya agotamiento! -suspiró Héctor- Nos hemos pasado toda la tarde limpiando la pared del sótano. No puedo creer que nuestros padres nos hayan dejado solos con este trabajo.

-¡Cállate ya! -le gritó su hermana mayor Sandra, mientras le tiraba uno de los pocos trozos del hongo que quedaban- ¡Llevas toda la tarde quejándote!

El pedazo de hongo le dio a Héctor en la cara. Él empezó a llorar. Aunque tenía nueve años, había veces que parecía que tenía dos. Sandra tenía catorce años.

- Se lo voy a decir a mamá... -gimoteó él. Sandra suspiró. Sus padres estaban tumbados en el piso de arriba. Estaban muy cansados tras pasar la mañana limpiando la pared. Sandra jamás imaginó que una pared del sótano de su nueva casa tendría un hongo de aquel tamaño. Su padre le había dicho que era venenoso, pero ella no estaba seguro de que así fuera.

- Me has dejado la cara apestando -lloriqueó Héctor.

Sandra se empezaba a cansar de que su hermano le estuviese dando la lata. Entonces vio la puerta. Una pequeña puerta oscura con un picaporte lleno de herrumbre. La puerta estaba cubierta con un poco del hongo. La intentó abrir. Lo consiguió. La puerta se abrió un poco. Entonces se le ocurrió una malévola idea. Sin pensarlo dos veces se lanzó sobre su hermano Héctor, lo neutralizó, lo arrastró hasta donde estaba la puerta y lo metió dentro. Lo que primero hizo él fue llorar, provocando las risas de su hermana. Después, el llanto se convirtió en agudos chillidos de dolor y de horror. Más risas de Sandra. Ella se hubiese pasado allí toda la tarde, revolcándose por el suelo debido a la risa, si no hubiese sido por el grito de furia de un hombre, al otro lado de la puerta. Entonces se oyó un golpe seco. A eso le siguió un último grito de agonía de Héctor. Después se oyó una carcajada cruel y después, el silencio. Los padres, alarmados por los gritos que habían oído, bajaron al sótano.

-¿¡Dónde está Héctor!? -bramó su padre.

Sandra, temblorosa, señaló a la puerta. Su padre la empujó, y después abrió la puerta. Un chorro amarillo le alcanzó nada más abrir la puerta. Después del impacto, cerró la puerta de golpe, y con una mirada de ira que jamás había visto Sandra en él, se dirigió a ella:

- El suelo está lleno de sangre. Tú has matado a tu hermano. Lo sé.

Y diciendo aquellas extrañas palabras, sacó su navaja, y sin decir nada más, la hundió repetidas veces en el cuerpo de su hija.

-¡Iiiiiiiihhhh! -chilló la madre. Después, al ver a su marido dispuesto a atacarla a ella, salió corriendo y tras dar la vuelta a sótano, siempre perseguida por su marido, abrió la pequeña puerta.

Nuevamente chilló.

Sobre un charco de sangre, estaban un ojo, un hígado y lo que parecía ser un pulmón.

Después sintió un navajazo en la espalda..."

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