Leyendas Urbanas 9



11:00 PM

La madre de Víctor aún no sabía nada de lo que le había pasado al marido. Ahora estaba sentada junto a la camilla donde reposaba su hijo. Esa noche estaba sedado, pues había tenido problemas para dormir. La psicóloga decía que no avanzaba.

La madre pensaba que pronto dejaría de ir a pasar las noches junto a él, porque ya empezaba a sentir la fatiga acumulada de tantas noches sin dormir. Se levantó de la silla para estirarse. Comenzó a andar por la habitación lentamente.

Entonces lo oyó. Fue un carraspeo suave, el sonido de una tos seca, muy débil. La madre de Víctor salió de la habitación del hijo y miró por el pasillo. No había nadie. Casi todas las habitaciones estaban cerradas, pero no trancadas con llave. Oyó el ruido otra vez; parecía un lamento. Seguramente procedería de alguna de las habitaciones cercanas.

Estaban en la quinta planta del hospital, donde estaban los pacientes en peor estado. En muchas de estas habitaciones cercanas, la gente se moría poco a poco. Incluso había algunos pacientes de cáncer en estado terminal. Habían traído a Víctor a esta planta porque no quedaban habitaciones libres en la parte baja.

Otro carraspeo más. La madre de Víctor caminó a lo largo del pasillo, parándose al lado de cada puerta, para escuchar mejor. Tras pasar dos puertas, escuchó el sonido con más fuerza. Era en esa habitación, la 514; Víctor estaba en la habitación 517. Antes de empujar el pomo de la puerta, miró nuevamente el pasillo. Vio como se torcía hacia un lado al llegar a los ventanales de los extremos. Sin más perdida de tiempo, entró en la habitación.

La luz estaba apagada, pero vio una figura en la cama. Volvió a toser, carraspeó y dijo con una débil vocecita:

-¿Quién está ahí?

La luz se encendió. La madre de Víctor vio tendido en la camilla a un chico de unos siete años. El niño tenía un aspecto lamentable: estaba muy pálido, esquelético y sin pelo. Se dio cuenta de que era un paciente terminal de cáncer, y se apiadó de él, al verle tan solo.

- Hola, ¿cómo te llamas?

- Cristóbal –dijo vagamente.

- Yo me llamo Rebeca. ¿Por qué estás tan solito?

- Mis padres no vienen a verme por la noche, y yo me quedo solo.

A Rebeca se le partió el corazón al oír la calma con la que el chico dijo esto.

- Yo tengo a mi hijo tres habitaciones más allá –dijo señalando a su derecha.- Si quieres, por las noches vengo un ratito a hacerte compañía.

- Oh, muchas gracias, señora.

- Pues dentro de un ratito vuelvo, que ahora voy a bajar a cafetería a tomarme un café.

- Hasta luego.

Rebeca cerró la puerta, y si hubiese vuelto la cabeza hacia atrás, se habría percatado de que en la mirada del niño no había nada de enfermedad…

La policía había acabado de registrar el edificio y las viejas ruinas de la calle. Cuando retiraron los magullados cadáveres, se quedaron tres coches de policía para la vigilancia. La mayoría de los inquilinos (en realidad eran todos, menos Ramón que estaba demasiado borracho como para pensar) quería irse del edificio esa misma noche, pero no les dejaron. El único que se marchó fue Víctor, que se había ido con los de la ambulancia. Sin embargo, ahora el edificio sí que estaba realmente protegido: en todos los apartamentos había ahora dos policías, cuatro frente al portal y otros cuatro patrullando por toda la calle. Un total de dieciséis policías bien equipados estaban al acecho. Y todavía quedaban dos registrando la parte baja: el almacén y el sótano.

Rebeca apuró los últimos sorbos de café y abrió el bolso para sacar el monedero y pagar. Al coger el monedero, vio una cosa en el fondo del bolso. Lo sacó. Era un pequeño oso de peluche, que tenía en el bolso para que lo usase Víctor cuando despertase. Pero Víctor no quería jugar con el osito. Cuando estaba despierto, únicamente se quedaba mirando a una pared, temblando esporádicamente. Casi la mitad del día se la pasaba durmiendo, y la mayor parte del tiempo que pasaba despierto estaba en tratamiento.

Una vez que Rebeca pagó, guardó el monedero en el bolso y se encaminó hacia el ascensor. Mientras subía lentamente hasta la quinta planta, Rebeca se dio cuenta de que a Cristóbal le haría más falta el juguete que a Víctor. Sí, le regalaría el peluche a Cristóbal.

Rebeca tocó suavemente la puerta antes de entrar. Oyó un murmullo en su interior, y ella lo interpretó como un “adelante”. La luz seguía encendida. Cristóbal tenía la cabeza ladeada, y una expresión abatida en el rostro. Alzó la mirada para encontrarse con la de Rebeca. Antes de que dijera nada, ella le enseñó el peluche y le dijo:

- Mira. Te he comprado este peluche para que te haga compañía por la noche.

- Muchas gracias, señora –dijo el chico, con una suave sonrisa de felicidad en su cara. Rebeca le dio el peluche en la mano. Al hacerlo, rozó suavemente sus dedos. Estaban muy fríos.

- Ahora me tengo que ir, que mi hijo lleva un rato solo. Pero no te preocupes, que mañana vendré a visitarte otra vez, y así seguiré haciéndolo hasta que te cures.

Cristóbal no dijo nada, simplemente apartó la vista. No había nada de esperanza en su semblante. Rebeca se volvió a despedir y salió de la habitación, apagando la luz antes de cerrar la puerta. Luego volvió a su habitación.

- En este almacén no hay nada –dijo uno de los policías.

- Tendremos que registrar el sótano –contestó el otro.

El primer policía arrugó la nariz. No le hacía gracia bajar por esas oscilantes escaleras de madera. No porque tuviera miedo de que el asesino pudiera estar allí debajo, sino porque era sobrecogedor ver esa puerta abierta, mostrando la tenebrosa oscuridad que se abría ante sus pies. Sólo se veían los dos primeros peldaños de una escalera de madera, que no tenía pinta de aguantar demasiado peso. Se cansó de apretar los tres interruptores de la luz que había junto a la puerta que accedía al sótano: las bombillas debían de estar fundidas. Se dio la vuelta y echó una ojeada al gran almacén, completamente atestado de muebles inservibles. También vio, junto al otro extremo, las escaleras que conducían a la planta baja, a la luz, a la salida de esos pútridos bajos. Le dijo a su compañero:

-¿Tú crees que es realmente necesario bajar ahí debajo?

- Eres un pedazo de marica. ¿Te da miedo la oscuridad, el olor a cadáver y la presencia de ratas gigantes?

- No bromees –dijo mientras su compañero reía.- No sabemos lo que podemos hallar ahí debajo. Quizás tengas razón y halla ratas mutantes y asesinas que…

Su compañero volvió a reír. Pero él no lo decía de broma.

- Bueno, si eres un miserable cagajón, déjame pasar a mi primero –dijo mientras sacaba su linterna.

- Bah. Da igual, bajaré yo delante –un matiz de miedo se le escapó en la voz, pero su compañero no se percató de él. Sacó la linterna del bolsillo trasero, la encendió apuntando hacia las escaleras y comenzó a bajar.

Rebeca se había quedado adormilada. Por mucho café que tomase, el cansancio acumulado era mayor. Estaba sentada junto a la camilla de Víctor, como siempre. Tenía la cabeza sostenida por un brazo cuyo codo descansaba en uno de sus muslos. Los ojos se le cerraban cada vez con más frecuencia. En una de esas veces, tardó más en abrirlos.

Despertó de su somnolencia sobresaltada. Había oído pasos cercanos. No había despertado del todo cuando ocurrió algo que le heló la sangre en las venas: por delante de la puerta de la habitación había pasado una figura traslúcida, iluminada por una leve luz azul-violácea. Lo peor era que la figura se había parado en frente de la puerta y había saludado con la mano. Rebeca reconoció a la figura: era Cristóbal. Tras haber saludado, prosiguió su camino, alejándose por el pasillo en dirección contraria a su habitación y a la habitación de Víctor. Tras parpadear dos veces, Rebeca se levantó y salió al pasillo. Las largas lámparas de luz del pasillo parpadeaban sutilmente. Al fondo, junto a los oscuros ventanales, la luminosa figura desapareció en la esquina.

Rebeca estaba aterrada. Era un fantasma, estaba segura: Cristóbal había muerto esa misma noche y su alma había abandonado el cuerpo, despidiéndose de Rebeca antes de ir al más allá. Oh, Dios… era horripilante. Rebeca volvió a la habitación donde dormía Víctor y cerró la puerta. Luego se dirigió a los ascensores para bajar a la planta cuatro, donde había un mostrador con dos enfermeras de guardia.



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