Leyendas Urbanas 8



Ramón dormía la borrachera mientras Claudia emitió su último sonido. En el piso de abajo, Rubén tenía la música lo suficientemente alta como para no oír nada. Alejandro y Víctor habían dejado caer con estrépito la bombona, eclipsando el grito de Claudia. En el primer piso, la cama en la que estaban Aarón y Daura emitía el ruido suficiente como para impedir a los jóvenes oír cualquier otro ruido tan lejano como el grito de Claudia. En la calle, los policías seguían con su patrulla, y no oyeron el corto grito de la mujer. Y en el apartamento de Asunción, el yerno estaba a punto de gritar mucho más fuerte de lo que había gritado la ya fallecida Claudia.

En vez de mostrar su imagen, en el espejo aparecía una mujer enfundada en un vestido blanco y lleno de sangre, con los pelos alborotados y encartonados debido a los grumos de sangre seca que tenían pegados.

Su cara (por llamarla de algún modo) estaba llena de cortes, en los que aparecían gotas de sangre seca, y horriblemente magullada. Uno de los ojos pendía sobre la mejilla, y en el otro había una horrible expresión de maldad. En el cuello había enormes moretones y todos sus huesos parecían desfigurados. Uno de sus antebrazos colgaba inerte, posiblemente por tener los huesos fracturados. El otro brazo lo tenía alzado sobre su cabeza, blandiendo un cuchillo también lleno de sangre.

El hombre perdió en ese momento la noción de sí mismo. Su boca se abrió y gritó. En realidad no gritó, lo que hizo fue bramar, soltar un grave alarido de pánico. La luz se había apagado, y él notó su garganta dolorida por el grito que había acabado de soltar. En todo el edificio se hizo el silencio. Todas las personas que estaban en el edificio y sus alrededores oyeron ese grito agónico.

Los policías se miraron entre sí, y sólo uno tuvo el valor de ascender lentamente las escaleras del portal para dirigirse a la habitación de donde había salido el grito.

Aarón se levantó de la cama, se puso un albornoz y Daura le imitó. Ambos jóvenes se dirigían a la puerta, para averiguar quién había emitido tal alarido.

Rubén apagó la música y salió precipitadamente de su apartamento, vestido únicamente con unos calzones, y con el torso lleno de sudor. Al salir al rellano se encontró con los perplejos Víctor y Alejandro, que también acababan de salir. Rubén apenas se fijó en los moretones que tenía Alejandro en sus dedos, consecuencia de haber dejado caer la bombona. Los tres bajaron a la primera planta, muy lentamente, todavía sobrecogidos.

El grito había sacado a Ramón de su sueño. El hombre se llevó la mano a la cabeza, que todavía le dolía monstruosamente, y se levantó de la cama. Al pisar el suelo se clavó los pedacitos de cristal del vaso roto. Retiró rápidamente los pies y lanzó un juramento. Multitud de astillas de vidrio estaban enterradas en las plantas de sus pies. Se las empezó a quitar lo más rápido que le permitía su resaca, para luego poder preguntar a algún vecino que era lo que había pasado.

Mientras caminaba hacia la puerta de la entrada para pulsar el interruptor de la luz y salir huyendo de esa habitación (él había dejado la puerta abierta al entrar), notó una suave y escalofriante risita, que vino seguida del ruido de unos cristales rotos.

Se hizo la luz, y no pudo dominar la tentación de darse la vuelta para echarle un último vistazo al espejo y a la imagen que le mostraba.

Pero el espejo ya no estaba. Estaba el marco de madera, del que colgaban pequeños trozos del cristal que antes formaba el espejo, y en el suelo había muchos cristales; pero lo que era el espejo, ya no estaba.

Un horrible dolor en su costado. Al mirar, vio la hoja de un cuchillo clavada en su riñón izquierdo. Tras la hoja del cuchillo estaba el mango, y agarrando éste estaba la mano de aquella criatura que antes estaba en el espejo.

Cuando el policía irrumpió en la habitación, se llevó las manos a la cara, horrorizado. El cuerpo del hombre estaba absolutamente masacrado. Presentaba media docena de puñaladas en el torso y los costados. La cara estaba llena de pequeños cortes, uno de los cuales atravesaba su ojo, dividiéndolo en dos. La sangre del ojo se mezclaba con la de la nariz y la de la boca y la del torso en un enorme charco que había en el suelo.

Aarón abrió la puerta del apartamento de Daura y lo primero que vio fue al policía apoyado en la puerta del apartamento contiguo, con la mano en la cabeza. Luego lo vio arrodillarse, y posteriormente lo vio vomitar.

Rubén, Alejandro y Víctor bajaron al poco tiempo, y también se sintieron asqueados ante el aspecto del cadáver. Un segundo policía entró en la habitación y dijo que había pedido refuerzos: tenían que rastrear toda la calle, y también los apartamentos y los bajos de ese edificio. Así se encontraban todos, rodeando el cadáver, cuando alguien gritó en lo alto de la escalera. Al asomarse, vieron a Ramón sujetándose a la barandilla.

-¿Qué pasa arriba? –preguntó el segundo policía.

- Esta… puerta… ¡hip!… está abierta… y hay vino derramado… ¡hip!... aquí fueraaargh… -Ramón devolvió por la barandilla, y el vómito llegó a la primera planta chocando contra los escalones y salpicando a todos. Pero eso no importaba. Lo que importaba era lo que estaba diciendo ese ebrio hombre.

Víctor y el policía iban a la cabeza del grupo. En efecto, la puerta estaba abierta, y tal como suponía Víctor, lo que había visto Ramón no era vino. Era sangre. Temiendo lo peor, Víctor entró en el apartamento y siguió el resto de sangre, que pasaba por la sala (donde había un pequeño depósito) y llevaba luego al pasillo. Víctor corrió por el pasillo y luego entró en el baño.

-¡¡Dios!! –gritó dando la vuelta y tropezando. Cayó de bruces en el piso, y comenzó a llorar amargamente. El policía, pistola en mano, entró en el baño, y en seguida apartó la vista de la bañera.

Metida en ella estaban las dos partes de lo que hace unos minutos fue una mujer: Claudia estaba partida en dos. Piernas a un lado y torso al otro. El fondo de la bañera era un charco de sangre. De la parte baja del torso asomaba lo que parecía ser el intestino grueso y parte del ano.

Se oyeron sirenas en la calle.



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