Leyendas Urbanas 7



10:13 PM

- Yo soy el yerno de la señora que vivía en el primero derecha –dijo el padre de Víctor al policía que lo había parado.

-¿Y qué viene a hacer?

- Vengo a recoger algunas de nuestras cosas –dijo él, con gesto severo, enseñándole una llave.

- Está bien, le acompañaré.

- No hace falta, sé muy bien donde es.

Esto lo dijo apartando un poco al policía. Subió las escaleras del portal y se plantó ante la puerta de la casa donde vivía antes Asunción. Sacó la llave, abrió la puerta y entró, dejándola entornada a sus espaldas. El policía que había salido a su paso (y que le había cobrado una instantánea antipatía por sus arrogantes modales) se quedó en el portal, viendo como entraba en ese apartamento.

-¡Víctor! ¡No sale agua caliente! –gritó Claudia desde la ducha.

Víctor, que estaba sentado en la sala de estar leyendo el periódico, se aproximó al cuarto de la lavadora, donde estaba el termo.

- Vaya… se ha apagado. Me da que se gastó la bombona.

Víctor, que tenía cuarenta y tres años (los mismos que Alejandro, su vecino del piso de abajo), levantó la bombona y comprobó que, en efecto, estaba vacía.

-¡Víctor! ¡Que tengo jabón en el pelo!

- Me da que te vas a tener que duchar con agua fría: se gastó la bombona –dijo Víctor, asomándose al pasillo.

-¡Ni hablar! Vete a pedirle la bombona a Ramón.

- Por Dios, Claudia… Ya son casi las diez y media. Ramón tiene sesenta años y a lo mejor está dormido. No lo voy a…

- Pues vete a pedírsela a Alejandro o a Rubén o a Daura o a As… –Claudia se mordió la lengua. No, a Asunción no se la podía pedir. Costaba mucho asimilar la idea de que una vecina haya muerto asesinada. Pero más costaba asimilar la idea de que habían muerto dos vecinas asesinadas en tan sólo una semana.

-¡Está bien! –gritó Víctor, empezándose a enfurecer. Sacó la bombona vacía y la puso junto a la puerta de la entrada. Luego cogió sus llaves y cerró de un portazo, dejando a Claudia desnuda en la bañera.

Ramón no oyó la puerta. Estaba sentado sobre su cama, con un vaso de ginebra en la mano. Era el quinto que se bebía. Tenía sobre sus rodillas unos cuantos folios, en los que había garabateado unas fechas y unos nombres, que habían permanecido ocultos en su mente durante cincuenta años. Ramón apuró el contenido de su vaso, y luego lo dejó caer al suelo, haciéndose añicos. Había recurrido al alcohol cuando sintió que reaparecían los fantasmas del pasado: unos recuerdos que hubiese deseado olvidar. Por eso sintió miedo, y por eso estaba ahora borracho. Cuando amaneciese, él tendría que hablar con su hermano, o con la policía, o con quien quisiera escucharle sin que lo llamaran loco. Pero ahora quería dormir. Tenía los ojos enrojecidos, y le palpitaba horriblemente la cabeza.

Ramón arrugó los papeles y los lanzó contra la botella vacía, que estaba sobre el escritorio donde había pasado toda la tarde. Se recostó en su cama, recordando más y más cosas. Los malditos asesinatos eran los que habían destapado el corcho que mantenía cerrados sus recuerdos. Porque estos asesinatos no eran del todo normales, claro que no. La policía apuntaba a que había algún asesino suelto… pero Ramón sabía que no era un simple asesino. Era algo que volvía tras haber estado cincuenta años ausentes…

Víctor dejó de aporrear la puerta de Ramón. Pensó que seguramente estaría dormido. Víctor comenzó a bajar las escaleras (había veces que deseaba tener un ascensor) hasta llegar al segundo piso. Miró las dos puertas. Seguramente “el musculitos engreído” estaría haciendo gimnasia a esta hora. Por eso se encaminó a la otra puerta, a la de la casa de Alejandro. Sí, era mejor así; se entendía mejor con una persona sensata, como era Alejandro, que con un chulito de gimnasio demasiado joven.

Víctor oyó un “ya va” al otro lado de la puerta. Mientras esperaba, notó un extraño olor en el descansillo. Arrugó la nariz, pensando en el tiempo que llevaba la escalera sin ser lavada. Alejandro le abrió la puerta y le indicó que pasase. La puerta se cerró tras ellos.

Claudia seguía desnuda en la bañera. Apenas habían pasado unos minutos desde que su marido salió, pero ya se impacientaba. Seguramente había tenido que bajar a pedirle la bombona a alguno de sus vecinos de los pisos inferiores. Claudia estaba de pie en la bañera, mientras las gotas de agua caían por su cuerpo, antaño tan hermoso. Su pelo negro estaba lleno de espuma de jabón. Pensó que si Víctor tardaba mucho, tendría que acabar de lavarse con agua fría.

Una gota de agua fría cayó sobre su hombro. Luego otra. Claudia miró hacia arriba, hacia la perilla de la ducha. Otra gota le cayó en la frente. Y luego otra, y otra más. La perilla de la ducha goteaba.

Golpes en la puerta de su apartamento. Al principio, Claudia se sobresaltó. Cuando volvieron a golpear la puerta, ya estaba saliendo de la ducha. Otra gota de agua cayó sobre su talón.

-¿Te has dejado las llaves, Víctor?

No había respuesta, solo otros tres golpes. Envolvió su cuerpo con una toalla (por si su marido había tenido la feliz idea de volver acompañado de otro vecino) y caminó descalza por el pasillo, en dirección a la puerta.

El padre de Víctor ya había acabado de recorrer el apartamento. La vieja suegra apenas tenía nada de valor. Ahora estaba saliendo de la habitación de la vieja. Caminó a lo largo del pasillo pasando en frente del baño y de la habitación en la que iba a dormir Víctor. Llegó a la cocina y pulsó el interruptor de la luz del pasillo.

- Mierda, no me acordaba de que no funcionaba –dijo mientras volvía al final del pasillo para apagar la luz. Lo hizo, y se volvió a encaminar hacia la sala, con el pasillo a oscuras.

Se quedó de pie en la sala, mirando la ventana por la que algún psicópata había hecho un favor a la humanidad liquidando a ese estorbo. Él, hombre cruel y déspota, no sentía nada de pena por la muerte de su suegra. Lo único que sentía hacia ella era rabia por haber cuidado tan mal de Víctor. Echó un último vistazo a la sala para dirigirse al teléfono y hablar con su mujer. En una esquina vio algo en lo que no se había fijado la primera vez: un espejo. Se dirigió a él, y le echó un vistazo: era bastante grande y tenía un marco de madera muy bien decorado. Lo cogió (pesaba mucho más de lo que él esperaba) y lo apoyó contra la pared más alejada de la puerta de la entrada. De espaldas a esa puerta, comenzó a mirarse en el espejo.

Claudia abrió la puerta con una expresión de malhumor en el rostro. Esa expresión se convirtió rápidamente en una de sorpresa y asombro, y luego en una de absoluto terror. Con una desgarrada muestra de angustia, y medio asfixiada por el intenso olor a azufre, intentó abrir la boca para gritar.

La figura que estaba ocupando toda la puerta golpeó con el dorso de su mano cerrada la cara de Claudia, desencajándole la mandíbula. La mujer rodó por el piso, salpicándolo de gotas de sangre. La figura le descargó una patada en la base de su cintura, magullando sus vértebras lumbares. Sin poder gritar, Claudia retrocedió como pudo hasta llegar a la sala. La puerta había quedado abierta tras la negra y gigantesca figura, que avanzaba lentamente hacia ella. Cuando consiguió reunir fuerzas para gritar, ya era demasiado tarde: la mano cerrada que blandía un gigantesco cuchillo había empezado a bajar en dirección a su abdomen.



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