Leyendas Urbanas 6



9 de octubre


4:00 PM

-¡Quiero ir a ver al tío Ramón! –vociferó David.

-¡Ya te he dicho que no vas a ir! ¿¡Cómo te voy a dejar ir a verle a un edificio dónde se han producido dos asesinatos!?

-¡Joder, mamá! Ahora el edificio está vigilado por muchos policías y…

-¡¡No digas tacos!! ¡Y no me da la gana que vayas a ver a tu tío! Cuando llegue tu padre me dará la razón, ya lo verás. Y no entiendo esa obsesión tuya de querer ir a ver a tu tío ahora, cuando más peligrosa está la situación.

David iba a abrir la boca, pero a sus doce años ya sabía que no tenía nada que hacer. Si su madre se oponía, él se quedaría en casa. Con motivo de los asesinatos, la madre de David le había prohibido salir por las tardes y los fines de semana. Y menos aún le dejaría ir al lugar del crimen.

Pero él tenía que hablar con su tío Ramón, porque quizás lo que él vio tuviese relación con los asesinatos de la calle Ragnarok.


9:00 PM

-¡Quieto! ¿Quién eres? –gritó con potente voz un policía, al ver acercarse una figura al portal.

- Me llamo Aarón, y vengo a visitar a mi novia, que vive aquí –dijo la figura, parándose a pocos pasos del policía.

-¿Nombre y piso? –preguntó un segundo policía, parándose al lado del primero que habló.

- Ella es Daura y vive en el primero izquierda.

El primer policía le dijo a Aarón que esperase, mientras que el segundo iba a preguntarle a Daura si podían dejar pasar a ese que decía ser su novio.

Mientras esperaba, Aarón echó un vistazo a la arreglada ventana del primero derecho. Daura le había contado que allí vivía una señora mayor, a la que le habían cortado el cuello. El grito del tercer policía cortó sus pensamientos.

-¿A dónde va?

- Voy a salir a comprar antes de que cierren la tienda, como hago casi siempre –explicó Alejandro. El inquilino del segundo izquierda era un hombre bastante grueso, con una poblada barba y grandes cejas. Trabajaba en la construcción del nuevo polideportivo del centro de la ciudad, la misma obra en la que trabajaba Aarón.

- De acuerdo. Por favor, no tarde mucho en volver. Ya está acabando de oscurecer, y no es bueno andar por esta calle a esas horas. Si quiere, puedo avisar a algún compañero para que le acompañe.

- No hace falta –dijo secamente. Luego bajó las escaleras del portal y se dirigió hacia la salida de la calle. Saludó a Aarón al pasar por su lado, y luego se perdió en la creciente oscuridad.

Al cabo de un rato, salieron el policía y Daura.

- Sí, es él. Pueden dejarle pasar –dijo Daura. Los policías dejaron paso libre a Aarón, el cual siguió a Daura a su apartamento.

Una vez dentro, Daura le explicó que, por medidas de seguridad, ahora detenían a toda persona que se aproximase al edificio.

Se creía que con tres policías vigilando, los inquilinos estarían seguros. Aún así, Daura no quería pasar sola una noche más. Por la tarde había llamado a Aarón para que se fuese a quedar en su apartamento hasta que cogiesen al asesino.


9:50 PM

Alejandro volvió a entrar en su calle. Cargaba una bolsa con legumbres y enlatados. Pasó al lado de todas las ruinas pensando (no lo podía evitar) en los historias que se contaban de esas casas. Él estaba convencido de que la mayoría eran ciertas, aunque lo que ocurrió en ellas parecía sacado de un escalofriante relato de terror. Se detuvo al pie de una farola para agacharse a atarse un zapato. Mientras lo hacía, miró hacia la casa que tenía al lado. Dios, esa era la casa en la que habían asesinado a aquella señora embarazada. Los chiquillos que se solían meter para investigar y explorar la casa salían diciendo que había extrañas caras dibujadas en las paredes, o algo así. Alejandro no sabía qué parte era real y cual era inventada.

Se estaba incorporando cuando vio moverse una sombra detrás del árbol del jardín de esa casa. A Alejandro se le paró el corazón. Esa sombra era enorme, no pertenecía a ningún animal. Allí dentro había una persona.

- Oh, Dios mío… -susurró apoyándose en la farola. Se oía el ruido de la hojarasca al ser pisada. Se oyó un profundo sonido, parecía un rugido de animal herido.

Alejandro luchaba por contener las gotas de orina cuando, con un ruido, la figura salió de detrás del árbol y corrió hacia la casa.

Alejandro vio a una forma desaparecer por el hueco de la ventana. Luego una fuerte mano se posó sobre su hombro. Gritó.

Los policías se miraron entre sí. Murmurando un juramento, dos de ellos corrieron hacia el principio de la calle, hacia donde habían oído el ruido. El otro se quedó vigilando el edificio, pero estaba atento por si requerían su ayuda. En ese momento, deseó desesperadamente que hubiese más vigilancia en el edificio.

Los dos policías llegaron a la casa en frente de la cual estaba Alejandro. Y no estaba solo.

-¿¡Qué ha pasado!? Oímos un grito.

- No me pasa nada –dijo Alejandro.- Pero Rubén me dio un susto de muerte.

Los policías miraron a la musculosa figura que estaba junto a Alejandro. Reconocieron en ella a Rubén, el habitante del segundo derecha.

- Lo siento, pero es que estaba volviendo a casa, después de mi día de trabajo, por la acera de enfrente y me veo a Alejandro abrazándose a la farola, y me aproximé a ver si le pasaba algo.

Alejandro miró con una expresión de terror a los policías.

- Es que me había parado para atarme el zapato, y entonces me pareció ver… creí oír… yo… –ahora Alejandro señalaba con un dedo tembloroso hacia la casa. Entre balbuceos, logró explicar que creyó ver a una figura entrar en la casa.

- Está bien. Echaremos un vistazo –el otro policía asintió, mostrando su conformidad. Los dos policías abrieron la verja que daba al descuidado jardín y entraron en él. Alejandro y Rubén se quedaron junto a la farola, observando.

Quince minutos después, los policías habían salido. Estaban llenos de polvo, murciécalos y otras hierbas que se les habían adherido a la ropa. Ambos dijeron que no habían visto nada fuera de lo normal. Luego, los cuatro se dirigieron hacia el edificio.



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