Leyendas Urbanas 5
“Pero eso del espejo es parte del pasado. Ya hace cinco años que se murió mi abuelo, y hace cinco años que me deshice de ese espejo” –pensó Luis, dando otra vuelta sobre sí mismo.- “Y ese espejo era normal. Quizás lo que se veía en la foto era un… yo que sé. Lo importante es que me deshice de él, y ahora debe estar sepultado bajo toneladas de escombros en el maldito vertedero”. Pero nada más pensar esto, levantó la vista y se encontró de nuevo con el espejo en la esquina del edificio. En su interior sabía que ese era el espejo del que se había deshecho. Para demostrarse a sí mismo que no tenía miedo, Luis pasó de largo (por primera vez en toda la noche) la farola en frente de la ventana de Asunción y se plantó delante del espejo.
-¿Y dónde está el problema? –dijo en voz alta. Notó una ligera nota de temor en su voz. Con la suave iluminación de la farola, el espejo (rodeado de un bonito marco con ornamentos florales) tenía un aspecto extraño y algo sobrecogedor. Luis se vio en el reflejo. Sin saber porqué, cogió el espejo y lo cargó hasta la farola. Lo apoyó junto a ella haciendo más ruido del que pretendía y se volvió a contemplar, ahora con más luz. Abrió la boca para soltar un desgarrador alarido…
Asunción estaba muy concentrada en el puzzle. A esas horas ya debería estar acostada, pero el puzzle era toda una adicción. Esa tarde no había bebido nada de té, pero se encontraba muy excitada. Ya le quedaban una docena de huecos que llenar. En efecto, el edificio del puzzle era el suyo. Acabó de poner la parte superior de la fachada al rellenar los huecos con unas piezas en las que se veía el rojizo ladrillo y unas hojas de enredaderas. Al puzzle le faltaban siete piezas, pero en la mesa sólo había tres. Asunción acabó con las piezas de la mesa (correspondientes al portal) en el momento en que Luis pasaba por debajo de su ventana. Asunción miró nuevamente la caja para comprobar si estaban allí las piezas que faltaban. No había nada. Miró encima de la mesa para cerciorarse, y luego en su regazo, por si se le habían caído mientras lo armaba. Como no las vio, Asunción se levantó y miró por el suelo de toda la sala. A lo mejor las piezas que faltaban (correspondientes a la parte baja de su ventana, donde ella se veía a sí misma haciendo un puzzle) estarían por el suelo. Puede que esas piezas cayeran cuando se levantó corriendo para socorrer a su nieto. Pero no, porque ella cuando regresó a su casa, había recogido las piezas del suelo. Bueno, pero quizás se le quedaron algunas por el suelo. La vista de una señora de más de ochenta años no es muy fiable. Asunción se arrodilló y, a cuatro patas, comenzó a buscar las piezas cómo si de oro se tratase.
“Por amor de Dios, sólo son cuatro piezas” –pensó ella. Tan grande era su concentración, que no oyó como empezaba a gotear el grifo de la cocina, ni oyó a Luis colocando el espejo contra la farola. Asunción miró hacia las patas de la mesa. Allí estaban las cuatro piezas que le faltaban. Se extrañó de no haberlas visto, estando donde estaban. Asunción gateó rápidamente y las cogió. Se incorporó (acompañada con un fuerte dolor en la cintura, pero no le prestó caso) y se sentó en la mesa, de espaldas a la ventana, con las cuatro piezas en su mano, y grandes gotas de sudor corriendo por su frente. En su rostro estaba pintada una horrible mueca de obsesión: en ese momento, lo único que importaba era acabar el maldito puzzle. Empezó a colocar las piezas correspondientes a su ventana en el momento en que Luis gritaba aterrado al pie de la farola.
Desde las profundidades del espejo había salido velozmente una mujer magullada y completamente llena de manchas de sangre seca, que se estampó contra el cristal del espejo, por la parte de dentro. Luis dio un paso atrás y gritó. Gritó como nunca lo había hecho en su vida. No quiso ver más: esa horripilante imagen superaba con creces la que había visto cinco años atrás. Torpemente se dio la vuelta y corrió.
Rubén dejó la pesa que sostenía sobre su cabeza en el suelo, mientras que se levantaba rápidamente. Eso le ocasionó un calambre en su musculoso muslo derecho. Pero pese al calambre, Rubén se acercó a la ventana y vio al policía que patrullaba el edificio huir despavorido. Rubén cogió su bata blanca de encima de la silla, se enfundó en ella y salió de su apartamento para averiguar qué pasaba. Comenzó a bajar las escaleras.
Asunción colocó la última pieza, correspondiente a su ventana. El puzzle quedó completado. En efecto, allí estaba ella, de espaldas a la ventana, trabajando en lo que parecía ser el puzzle. Pero la última pieza que colocó unía una serie de extrañas sombras que aparecían en las piezas de su ventana. La última pieza dio forma a todas estas formas: al pie de su ventana, justo al lado de la farola, había una gran sombra, con un cuchillo en la mano, encaramándose a su ventana. Lo último que escuchó Asunción en su vida, fue el ruido de los cristales de la ventana al romperse…
Ramón, el vecino del tercero derecha (encima del apartamento de Rubén) también se asomó a su ventana, ubicada en su sala de estar. Todos los apartamentos del edificio tenían la misma forma: sala de estar con ventana y un largo pasillo a cuyo lado se encontraban distintas habitaciones, que variaban dependiendo del uso que le hayan dado sus inquilinos. Lo que vio Ramón fue al policía corriendo como quien huye del diablo, en dirección al coche metalizado aparcado en la otra acera. También vio como la ventana del primero derecha se rompía en añicos, cayendo los cristales a la calle. Desde la altura del tercer piso, Ramón vio cómo se abría el portal, y salía un hombre alto y musculoso, enfundado en una bata blanca.
Luis descargó un violento puñetazo contra el cristal del asiento del conductor. El cristal se hizo añicos, cortando su mano derecha. La alarma empezó a sonar al tiempo que la sangre escurría hacia su antebrazo, que colgaba en el interior del coche, buscando la palanquita que abriese la puerta. Una vez abierta, Luis entró en el coche, y vio como las llaves colgaban junto al volante. Sólo tenía que arrancar y salir huyendo de ese maldito espejo, de ese maldito lugar.
-¡Hijo de puta! ¡Sal de mi coche, cabrón! –vociferó Rubén corriendo en dirección al coche, que ahora estaba arrancando. Una de sus blancas zapatillas se quedó en medio de la calle, pero no se paró. Quería detener a ese maldito bastardo, que había entrado en su precioso coche.
Ramón echó un último vistazo a la escena desde su ventana, antes de dirigirse al teléfono para llamar a la policía, para denunciar un robo. Lo último que vio fue el objeto que estaba en el suelo junto a la farola. Parecía un espejo, y también parecía que tenía el cristal roto. Pero claro, eso desde las alturas no se podía apreciar bien.
Segundos más tardes de que Ramón llamase a la policía, Alejandro y Daura salían a la calle. Alejandro corrió en dirección a Rubén, que estaba arrodillado en el lugar donde anteriormente estuvo aparcado su coche, que ahora se perdía en el fondo de la calle. Daura miró a su alrededor. Se percató de que la ventana de doña Asunción estaba hecha añicos. En la calle, junto a la farola, había un montón de pequeños cristales. No le gustaba nada esa ventana rota. Se dirigió a donde estaban Rubén y Alejandro. Alejandro (el habitante del segundo izquierda, vecino inmediato de Rubén) le daba suaves palmadas en el hombro.
- Joder, era un coche nuevo –sollozaba Rubén.- ¿Pero por qué ese maldito policía me lo robó, joder? ¿¡Por qué!?
-¿El coche tenía las llaves puestas? –preguntó Daura, tendiéndole la blanca zapatilla que se le había quedado en el centro de la calle.
Rubén paró instantáneamente de lloriquear. Se había dado cuenta de que las llaves no estaban dentro del coche. Esa misma tarde, cuando volvió de su trabajo había aparcado su flamante coche y lo había cerrado, poniéndole la alarma. Luego había entrado en su apartamento, había dejado las llaves del coche en la mesita de la entrada y se había dirigido a su gimnasio particular: la sala de estar. Rubén iba a decir algo referente a las llaves, cuando oyeron los gritos de Ramón:
-¡Joder! ¡Han entrado en la casa de doña Asunción!
Pocos minutos más tarde, la policía llegaba al lugar del crimen y del robo. Retiraron el cadáver de la anciana, que había muerto en el acto cuando degollaron su cuello con un gran cuchillo. La mejor explicación del homicidio era que el asesino había entrado rompiendo la ventana y atacado por sorpresa a la anciana, a la cual encontraron apoyada contra la mesa, en la que no había nada más.
Después, la policía interrogó al resto de los habitantes del edificio: Rubén explicó cómo le habían robado el coche, pero sin mencionar lo de las llaves (el juraría que las dejó encima de su mesita de la entrada, pero al entrar en su apartamento, no estaban), Daura y Alejandro había explicado como salieron a la calle al oír los gritos de Rubén y Ramón contó cómo él oyó los gritos aterrados del policía. La policía también interrogó a los inquilinos del tercero derecha (al lado del apartamento de Ramón), pero ni Víctor ni Claudia sabían nada, ya que los dos estaban dormidos cuando ocurrieron los dramáticos hechos.
Una vez que acabaron de estudiar la habitación de Asunción y tomaron nota de los datos del coche, la policía se fue, dejando a tres agentes para vigilar el edificio.