Leyendas Urbanas 4



7 de octubre

Víctor dormía en una rígida cama del hospital. Su madre estaba adormilada en una silla junto a su camilla: todas las noches le estaba haciendo compañía. Desde los acontecimientos sucedidos hacía una semana, Víctor había estado en tratamiento psiquiátrico. Los médicos habían dicho a sus padres que el chico tuvo un trastorno cuando fue hacia el baño, y creyó ver a alguien, lo que le causó un fuerte shock emocional.

El padre de Víctor desconfiaba de esa detallada explicación. Su estricto cerebro creía que todo era culpa de la vieja. De nada le valió las explicaciones de los vecinos, y de la propia Asunción cuando recobró el conocimiento. La vieja, durante su inconsciencia, había estado diciendo: “La luz del pasillo encendió”. Cuando recobró la noción de sí misma, y los médicos le preguntaron lo que significaba esa frase, ella no podía recordar. Lo único que recordaba era que había visto el rostro aterrorizado de Víctor y sus dedos retorcidos. La explicación que dieron los médicos fue que se pillaría los dedos con la puerta del baño. Esa explicación no era nada convincente, pero no había ninguna mejor. Si los sucesos ocurridos a Víctor hubiesen acontecido después de la muerte de la estudiante, quizás los médicos habrían aventurado la hipótesis de que había alguien más en la casa. Eso no era del todo cierto, pero se acercaba más a la teoría de “los dedos trillados por la puerta”.

El caso es que Asunción volvió a su casa la mañana del 5 de octubre, unas horas después del asesinato de la compañera de piso de Daura. Ella había tenido miedo de quedarse sola en el apartamento, pero su yerno (enfurecido por el hecho de que lo peor le haya pasado a su hijo, y no esa vieja inútil) le explicó que tras el asesinato, la zona estaría en vigilancia, y que los vecinos estarían alerta. Asunción no tuvo más remedio que volver a su casa, mientras que su nieto seguía en esa fría habitación, hablando con una psicóloga. En los ratos que estaba despierto (ahora Víctor dormía mucho) decía muy convencido que un esqueleto le había atacado. Pero los médicos creían que había sido parte del golpe emocional.

Y mientras Víctor dormía en el hospital, al lado de su madre, Asunción estaba sentada en su mesa, frente al puzzle del edificio, ya casi terminado. Durante la tarde del día cinco, para tranquilizar sus nervios, había estado trabajando duramente en el puzzle, mientras bebía un té tras otro; al final del día ya había bebido seis o siete. Con tanto té, se pasó casi toda la noche del día cinco presa del insomnio. En el tiempo que estuvo despierta pensó sobre lo que le ocurrió a Víctor. Recordó como saltó de la mesa (botando al suelo las piezas del puzzle, que recogió esa misma tarde) y corrió por el pasillo, para encontrarlo completamente aterrorizado. Con estos pensamientos en mente, y con todo ese té en el estómago, únicamente logró dormir unas tres horas bien entrada ya la mañana.

Con motivo de una noche en vela, Asunción despertó sobre el mediodía. Se preparó un abundante desayuno y luego se puso a ver la telenovela. Como sabía que no podría dormir una siesta, llamó al móvil de su hija para preguntar si había novedades. El resultado fue una gran discusión, porque Asunción había despertado a su hija, que había pasado toda la noche en vela en el hospital, junto a Víctor. Antes de colgar, la hija le dijo que no volviese a llamar, que cuando hubiese novedades, ya la llamaría. Tras las riñas con su hija, Asunción se sentó nuevamente de espaldas a la ventana para seguir trabajando con su puzzle. Y así pasó toda la tarde del día seis.

Desde el amanecer del día cinco, cuando se descubrió el cadáver de la compañera de Daura y la policía inició una investigación, a todas horas del día el edificio había estado rondado por un policía. Y esa noche del día siete, mientras Víctor dormía junto a su madre en el hospital, y Asunción estaba a punto de terminar el puzzle, el policía Luis rondaba el viejo edificio. Llevaba varias horas patrullando entre las dos farolas, las que estaban al lado de las ventanas de Daura y de Asunción. A las once de la noche se sentó en los escalones del portal para tomarse un café. Mientras sorbía el caliente líquido, pensó en lo que se iba a aburrir hasta que fuesen las dos de la mañana, hora a la cual venían a revelarle. También pensó que era innecesaria tanta vigilancia.

Mientras apuraba las gotas de la amarga bebida, ojeó el coche metalizado en violeta que estaba aparcado varios metros más allá de donde él estaba. Era el único que se veía en toda la calle Ragnarok. Debía de pertenecer a uno de los vecinos de ese edificio que estaba bajo su vigilancia. Una vez que acabó el café, Luis se levantó, miró hacia el sitio donde lo había dejado el coche de policía (y donde le dejarían el coche a las dos de la mañana, la hora del ansiado relevo) y volvió a patrullar entre las dos farolas. De las escaleras caminó hacia la farola que estaba enfrente de la ventana de Daura. Se paró un momento y luego reanudó la marcha hacia la otra farola, la que estaba al lado de la ventana de Asunción. Se paró y volvió a mirar el objeto que estaba apoyado en la esquina del edificio, a tres metros de la farola donde ahora se encontraba. No se atrevía a acercarse a ese espejo, así que dio nuevamente la vuelta y se dirigió a la otra farola. El espejo. Aunque no lo había visto de cerca, le era muy similar a aquel que había heredado de su abuelo. Dios, no le gustaba recordar ese viejo espejo. Pero no pudo evitarlo. Mientras patrullaba entre las farolas, recordaba ese espeluznante suceso que le ocurrió hacía cinco años…

La muerte de su abuelo fue asimilada por Luis con bastante indiferencia. Hacía ya muchos años que no le veía, pues estaba en una ciudad bastante lejana, en compañía de su tía. Ese anciano viudo tenía dos hijas, una de las cuales era soltera y le había acogido en su hogar. Los dos vivían juntos desde que la otra hija se marchó de la ciudad para vivir con su novio. Años más tarde se casó y tuvieron un hijo. Y ese era Luis. Era el nieto único del anciano, pero casi todo el dinero que tenía ahorrado el viejo se gastó en sus medicinas y las múltiples operaciones que le hicieron. Así que sobró muy poco dinero, que se repartió entre las dos hijas y el nieto. Además, la tía de Luis se quedó con la casa en la que habían estado viviendo. Aún así, y a parte del dinero, la madre de Luis recibió varios muebles. Cuando el abuelo de Luis murió, éste estaba recién emancipado de su hogar, así que la madre le dejó unos cuantos muebles viejos para su nueva casa.

Así que la muerte de su abuelo, le proporcionó un poco de dinero y muebles para su hogar. Los muebles eran antiguos, y algunos tenían termitas, pero éstos le podrían ser útiles para ganar un poco más de dinero si los vendía a alguna tienda de antigüedades. Así que empezó a sacar fotos de todos los muebles que no le servían para mandárselos a una de esas atestadas tiendas. Ninguno de los muebles le parecía una fuente de ingresos. Empezó a calcular cuánto le podrían dar por cada uno, pero acabó desanimándose. El único que parecía tener algo de valor era el gran espejo. Era en espejo de poco más de un metro y medio de alto, y medio metro de ancho. La madera que formaba el marco estaba decorada con ornamentación floral, y a él le parecía bastante bonita. Cuando Luis llegó al espejo, pensó en no sacarle foto porque el flash impediría que se viese nada. Pero aún así, apretó el disparador. Tras pasar el espejo, siguió fotografiando el resto de los muebles. Gastó todo un rollo en fotografiar a los muebles, y a la mañana siguiente ya lo tenía revelado.

Cuando estaba ojeando las fotos, empezó a cuestionarse si realmente merecía la pena enviarlas a una tienda de antigüedades. Al llegar a la foto que le había sacado al espejo, se llevó una gran sorpresa: no había rastro del flash. La foto había quedado muy nítida, siendo perfectamente observables los detalles de la madera. Cuando sus ojos dejaron de ver el marco del espejo en la foto, se posaron el espejo en sí. Con un aterrado alarido, Luis arrojó la foto al piso. Se levantó de un salto del sillón (que a punto estuvo de caer al suelo) y se apretó contra la pared, con las piernas torcidas y las manos muy abiertas, palpando la pared. En su cara había una mueca de perplejidad y de terror. No podía ser verdad lo que había visto en esa foto.

En primer lugar, la foto no tuvo porqué haber salido: el reflejo del flash tuvo que haber impedido que se viese nada. En segundo lugar, no es muy normal que se vea en el espejo el reflejo de dos personas detrás del fotógrafo. Luis permaneció apretado junto a la pared lo que a él le parecieron horas. Poco a poco, fue acercándose a donde yacía la foto en el suelo, boca abajo. La tomó en sus nerviosas manos y la volvió a mirar, conteniendo el aliento. Nuevamente sintió cómo le daba un vuelco el corazón: en efecto, en el espejo se veía a una persona con la cara oculta tras una cámara, y tras ese fotógrafo había dos personas más. Parecían dos niños, y uno perseguía al otro. El aspecto de esas dos personas era como nebuloso, como carente de materia. Luis no quiso mirar más esa foto. Metió su mano en el bolsillo y sacó el mechero. Empezó a prenderle fuego a la foto por la esquina más próxima a los dos fantasmas del espejo. A los pocos segundos, sólo quedaban cenizas sobre la alfombra. Luis sacó del sobre del revelado de fotos los negativos. Sin mirarlos siquiera, los arrojó a la bolsa de la basura. Luego tomó las restantes fotos y las metió en el sobre que ya tenía preparado para enviarlo a la tienda de antigüedades. Introdujo la nota que ya había escrito en el sobre, lo cerró y lo echó en el buzón que había en el jardincito de su nueva casa. Luego entró nuevamente en la casa, se dirigió al cuarto donde tenía los muebles, cogió el espejo sin tan siquiera mirarlo y lo puso en su furgoneta. Luego lo llevó al vertedero de las afueras, pasando por la calle Ragnarok, donde hacía poco se había instalado Asunción en el único edificio habitado de esa desolada calle.

Días más tarde, Luis recibió una nota de la tienda de antigüedades diciéndole que no les interesaba ninguno de sus muebles, así que Luis entró en la habitación y sacó al jardín todos los muebles que no le serían útiles. Tras varios viajes al vertedero, se deshizo de esa parte de la herencia de su difunto abuelo.



Pincha aquí para volver a Leyendas Urbanas

Hosted by www.Geocities.ws

1