Leyendas Urbanas 3



Madrugada del 5 de octubre

No le gustaba nada andar por esa oscura calle a esas horas de la madrugada. Pero había quedado en ir a dormir a casa de su novio, y esa idea compensaba todos sus temores. Daura vivía en el primer piso del edificio de la calle Ragnarok. Sus padres le habían comprado ese apartamento en la ciudad porque era el más cercano que encontraron de la universidad donde ella estudiaba. Daura se opuso a vivir en aquella tenebrosa zona, pero la autoridad de sus padres acabó imponiéndose. No le quedó más remedio que vivir en ese apartamento. Debido a que le daba un poco de miedo quedarse sola en ese apartamento (quizás porque la soledad le ayudaba a pensar en los macabros sucesos ocurridos en esa calle años atrás), permitió a una compañera de su clase que se fuese a vivir con ella. El apartamento solo tenía un dormitorio, pero en este había dos camas. Una era para ella y la otra para su amiga.

Daura miró su reloj. Era la una y media pasadas. En diez minutos estaría en el apartamento. Si su compañera estaba dormida, entraría sigilosamente en su habitación, cogería un par de cosas que le harían falta para pasar la noche en casa de su novio y le dejaría una nota a su explicándole donde estaba y a que hora volvería mañana.

Antes de subir las escaleras del portal, echó un vistazo a la ventana del primer piso derecha. Allí es donde vive Asunción. Daura recordaba claramente lo que había pasado tres noches atrás, más o menos. Se encontraba sola en su apartamento cuando de repente oyó gritos en el apartamento de su inmediata vecina. Recordó cómo salió de su piso al mismo tiempo que bajaba Rubén, el del segundo derecha. Mientras éste aporreaba la puerta de Asunción, Daura oyó bajar a otros dos vecinos por la escalera. Dios, que poco le gustó el aspecto de aquel niño. Sólo se sintió segura cuando la ambulancia se llevó a los dos al hospital. Los enfermeros habían dicho que la anciana sólo padecía un desmayo, pero que el niño tenía todos los síntomas de haber recibido un “shock psicológico”, o algo así. Cuando esta mañana preguntó a su vecino Rubén si sabía algo de los dos, él le contestó que mañana traerían de vuelta a la anciana, pero que el niño estaba en tratamiento psicológico, en el hospital. Daura dejó de pensar en esos sucesos y dejó de mirar la ventana de su vecina. Se encaminó hacia las escaleras del portal.

Daura abrió la puerta del portal y subió el primer tramo de las escaleras de madera hasta su apartamento, la puerta izquierda del primer piso. Introdujo la llave y giró. Se extrañó de que la puerta abriera tras el primer giro. Siempre que ella salía dejaba la casa trancada con dos vueltas de la llave. Cuando ella se fue, a las nueve, le había dado dos vueltas a la cerradura. Y su compañera le había dicho que esa noche no iba a salir. Por un momento se puso ligeramente nerviosa, y un fugaz escalofrío le recorrió la médula espinal. Luego pensó que quizás su amiga acabó saliendo, y que al entrar se olvidara de pasar dos vueltas a la puerta. Empujó suavemente la puerta. La casa estaba a oscuras. No quiso encender las luces para no despertar a su compañera. Caminó por la sala de estar guiada únicamente por la tenue luz que emitía la farola de la calle, situada al lado de la ventana del apartamento. Pasó enfrente de la cocina y avanzó por el pasillo a ciegas, tanteando las paredes. La habitación que compartía con su amiga estaba al final del pasillo.

Mientras Daura avanzaba lentamente, caminando de puntillas por el oscuro pasillo, tuvo la sensación de que algo raro pasaba. Se paró en medio de las tinieblas, esperando oír una puerta abrirse, o unos pasos detrás suya. No oyó nada. Puede que eso la asustase más. Sintió el deseo de apretar el interruptor de la luz, pero no lo hizo. Quizás porque no quería despertar a su compañera, quizás porque sentía miedo de lo que podría encontrar. Daura giró sobre sí misma. Al otro extremo del pasillo estaba la sala de estar, y al fondo de ésta estaba la ventana, con un ligero resplandor, ocasionado por la farola de la calle Ragnarok. Daura volvió a darse la vuelta, tomó aire y siguió avanzando hasta su habitación. Pasó enfrente del baño. El grifo goteaba delicadamente. Odiaba el suave repiqueteo del agua en el lavabo. Le ponía de los nervios. Pero no quería perder el tiempo cerrando la llave del baño. Quería entrar de una vez en la habitación, coger sus cosas (que suponía que estaban encima de su cama), dejarle la nota a su compañera y largarse de una vez a casa de su novio. Ya estaba enfrente de la puerta de su cuarto, que estaba entornada. Daura empujó la puerta. Luego retrocedió un paso. Le había llegado un penetrante olor del interior de la habitación. En un principio le pareció azufre, pero a medida que se disipaba dicho olor, pensó que se trataría de la ropa sucia de su amiga, o de algún porro que se habría fumado ella. Si era así, la regañaría a la mañana siguiente; Daura no soportaba que se fumase en su casa, y menos aún porros.

Pero ya habría tiempo de discutir eso a la mañana siguiente. No quiso perder más tiempo. Sin encender la luz, tanteó encima de su cama. Allí estaban sus cosas.

Abrió la mochila que llevaba a la espalda y las introdujo dentro. Sacó un papel arrugado de su mochila y escribió a oscuras que pasaría la noche en casa de su novio, le dejó su teléfono y añadió que estaría de vuelta a media mañana. Dejó el papel encima de la mesa de noche que compartían las dos, se dio la vuelta y se fue. Cuando estaba cerrando la puerta de su habitación, se percató de lo fuerte que era la respiración de su compañera. Sin prestarle atención al hecho, dejó la puerta entornada, caminó a lo largo del pasillo y salió de su apartamento. Los estúpidos temores que había sentido allá en el pasillo, ahora quedaban atrás. Mientras caminaba por la calle Ragnarok, pensaba en lo que le esperaría esta noche.

Eran las once y cuarto de la mañana cuando el teléfono sonó. Daura estaba en la cocina de casa del novio, preparándose el desayuno. Tras una noche perfecta, su novio, unos cuantos años más vieja que ella, tuvo que madrugar para ir a trabajar a la obra. El teléfono interrumpió los pensamientos de Daura sobre el examen de medicina del miércoles: estaba a sábado y todavía no lo había preparado. Daura se aproximó al teléfono y descolgó. Tras haber oído las explicaciones del policía, el frasco de jugo que sujetaba en su mano se hizo añicos contra el suelo…

Media hora después, Daura estaba enfrente de su edificio. Pagó rápidamente al taxi que la había alcanzado y se dirigió al portal. Tuvo que empujar a parte de la multitud de curiosos que se había congregado en torno a la puerta del viejo edificio. Un policía la saludó, pero ella ni lo vio. Quería ir directamente a su habitación para comprobar si era cierto lo que le habían contado por teléfono. El policía subió las escaleras detrás de ella. Daura cruzó la sala de estar y caminó a lo largo del pasillo. No se percató de que el grifo del baño ya no goteaba. Entró apresuradamente en su habitación, donde había un policía y un hombre vestido de blanco, seguramente un enfermero. Lo primero que vio fue algo que no le había contado el policía. Escrito en la pared, con enormes letras rojas (luego se daría cuenta de que estaban hechas de sangre, y un poco más tarde se percataría de que era la sangre de su amiga) alguien había escrito: “Suerte que no encendiste la luz”.



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