Leyendas Urbanas 2
- Preferiría dejarlo solo en casa, pero como tú te empeñaste… En fin, que sea lo que Dios quiera –bajó del coche y cerró de un portazo. La hija de Asunción también bajó, y le abrió la puerta a Víctor.
Cuando estaban subiendo las escaleras del portal, Víctor señaló una caja que había en el suelo, apoyada contra la herrumbrenta barandilla. Al ver que Víctor iba a coger la caja, la madre lo atajó diciéndole que esas cosas era mejor no tocarlas. El padre de Víctor se agachó y tomó la caja en sus manos, ignorando la mirada de reproche de su mujer. Miró en su interior. Luego la cerró y la tiró al suelo, murmurando: “basura”.
-¿Qué era, papi?
- Nada importante. Era un puzzle.
- A la abuelita le gusta hacer puzzles.
- Víctor tiene razón. Podríamos llevarle ese puzzle, para que se entretenga.
Pensando que su suegra podría divertirse si le llevaban el puzzle, iba a negarse, pero Víctor ya había vuelto a coger la caja.
- Al menos, dile que lo compraste. A lo mejor te deja algo de propina –y dicho esto, se encaminó hacia el coche, dejando a su mujer y a su hijo solos ante el portal del edificio. Estaba claro que él no tenía intención de ver a su suegra, y menos aún con una sonrisa de felicidad.
Eran casi las diez cuando Víctor dijo que sentía ganas de irse al baño.
Asunción apenas había hablado con su hija, pues ésta le argumentó que tenía prisa, y que pasarían a por Víctor a la mañana siguiente. También le dejó su número del móvil por si ocurriese alguna desgracia. Una vez que se hubo marchado su hija, Asunción llevó a Víctor a la cocina, y le preparó la cena, que el niño engulló con una expresión de deleite. Cuando cenaron los dos, Asunción lo llevó a la sala de estar y los dos se sentaron en la gran mesa que estaba al lado de la ventana. En esa mesa, situada en frente de la ventana que daba a la calle, al lado de una de las dos farolas que estaban enfrente del edificio, era donde Asunción pasaba las innumerables horas muertas, haciendo puzzles. Vació el contenido de la caja que le había comprado Víctor (al final el niño le contó la versión de su padre) sobre la mesa, y con una mirada experta calculó que sería de unas cinco mil piezas. Miró nuevamente la caja, para ver si veía alguna foto de lo que iba a tratar el puzzle. Pero en la caja no había nada. Seguramente algún vecino había roto la caja, y vació las piezas del puzzle en otra distinta para tirarlas. Y así fue como Asunción, colocada de espaldas a la ventana, empezó a armar el puzzle.
- Abu, tengo ganas de ir al baño.
- Como quieras. El baño está llegando al final del pasillo. El interruptor que está empezando el pasillo no funciona, así que tendrás que avanzar a oscuras hasta que llegues a la puerta del baño. Allí hay otro interruptor.
Víctor no dijo nada a su abuela de que tenía miedo a la oscuridad. Según le decía su padre, era malo dar muestras de debilidad ante otra persona, especialmente si esa persona era un viejo. Víctor ya había puesto un primer pie en el oscuro pasillo. Presionó el interruptor para ver si, por casualidad, encendía. Pero la abuela le había dicho la verdad: estaba roto. Ahora avanzaba lentamente, apoyándose en las paredes. Con la luz de la farola al fondo de la sala de estar, Víctor vislumbró el final del pasillo, en el que estaba el dormitorio de su abuela. A los lados del pasillo estaban las habitaciones: primero pasó enfrente de la cocina, luego del cuarto de los huéspedes y por fin se encontraba a dos pasos de la puerta del baño. Ya estaba tan cerca de su objetivo que oía como goteaba el grifo del lavabo. Víctor empezó a acariciar la pared en busca del interruptor. Por fin tocó algo duro, y empezó a apretarlo esperando que se encendiese la luz.
“Que extraño” –pensó Asunción en el momento en que Víctor intentaba encender la luz.- “Este es un puzzle de este mismo edificio. Y en esta pieza de aquí, se ve mi sombra a través de la ventana, ¡y parece que estoy haciendo un puzzle!”
Pero en vez de hacerse la luz, lo que ocurrió fue que el objeto que presionaba Víctor se le escurrió de las manos y le agarró firmemente de los dedos. Antes de que Víctor chillase, notó que lo que le agarraba era una mano, pero no una mano cualquiera, sino la mano de un esqueleto. Le llegó un profundo olor a moho, a podrido y a otra cosa que se la había oído nombrar a su padre, pero que no recordaba su nombre. La blanca mano le intentaba arrastrar hacia el baño. Entonces Víctor emitió un estridente chillido, al tiempo que intentaba zafarse del letal apretón de manos.
La abuela se levantó corriendo de la mesa, dejando caer algunas piezas del puzzle al suelo. Gritando, Asunción se encaminó lo más rápido que pudo al pasillo. En su carrera, apretó el interruptor de la luz, y cuando el pasillo estuvo iluminado vio a su nieto gateando en el suelo en su dirección. El niño, que se había zafado milagrosamente de la mano huesuda, tenía la cara demacrada, y unas gruesas lágrimas le bajaban por sus blancas mejillas. Tenía los labios de un horrible color violáceo, y cuando el niño extendió su mano en dirección a la abuela (en un último gesto de querer recibir ayuda antes de desmayarse), ésta vio sus falanges distales completamente torcidas.
La puerta cedió bajo el efecto de las patadas que daban los vecinos. Entraron tres o cuatro de golpe al piso de Asunción, alarmados por los gritos. Enseguida vieron a la vieja tambaleándose en medio del pasillo: estaba a punto de desmayarse también. Rubén, el vecino del segundo derecha, que es un adicto al gimnasio, llegó a tiempo de sujetar a la anciana. Luego alzó su vista y vio al niño desmayado. Gritó a Daura, la del primero izquierda que corriese a ver lo que tenía el niño.
Rubén dejó pasar a Daura y a los otros dos vecinos a donde estaba el niño, y él llevó a Asunción a la sala de estar. A medio camino, la anciana acabó de perder el conocimiento, murmurando previamente una frase que para Rubén carecía de significado: “La luz del pasillo encendió”.
Mientras las ambulancias llegaban al edificio, en una habitación del hospital al que llevarían a Víctor y a Asunción, el cáncer arrebataba la vida a un niño de siete años.