Leyendas Urbanas 11



El más valiente de los dos policías se había acercado a la estatua y la tocaba. El otro permanecía acurrucado junto a la columna. Ahora veía gotas de sangre reseca por todo el sótano. No, mejor dicho: veía gotas de sangre reseca en el camino que siguió su compañero para acercarse a la estatua. Y todas las gotas estaban situadas de tres en tres. Antes de dirigirse hacia la estatua, el valiente le había dejado la linterna para que apuntase con ella a la estatua.

-¿Quieres dejar de apuntar al suelo? Podrías darme un poco de luz hacia aquí.

El policía, aterrado, volvió a apuntar hacia la cara de la estatua, intentando ignorar las gotas de sangre. ¿La expresión de la cara de la estatua era la misma que hace unos segundos? No lo sabía con certeza.

“Maldito cagajón de mierda” –pensó el policía tocando el busto de la estatua. Era de su misma altura. La estatua representaba a una monja, con su hábito puesto. Los dedos del policía tocaron los ojos de la estatua.

De pronto empezó a manar sangre de la nariz de piedra de la monja.

Ajena a que su marido y su hijo habían muerto, Rebeca seguía de rodillas junto al ascensor. No dejaba de sollozar. Esas engreídas enfermeras no creían lo que había dicho. Pero ella estaba segura, ella lo había visto, ella lo había tocado, ella…

- Señora.

Rebeca se puso en pie de un brinco. Estaba muy sobresaltada. Había oído la moribunda voz de Cristóbal. ¡Por Dios, no podía ser! ¿Se estaría volviendo loca?

- Señora.

Otra vez. Con el corazón martilleándole violentamente en el pecho, Rebeca caminó hacia el pasillo, de donde venía la voz. Pasó frente a la puerta abierta de la habitación 514. Siguió avanzando y pasó por delante de la habitación 517. Dentro, su hijo estaba desangrándose lenta y misteriosamente. A la mañana siguiente, los médicos dirían que al chico le cortaron las venas, posiblemente su madre, que aparecería muerta junto a él.

Al pasar junto a la puerta, Rebeca oyó el goteo de la sangre de su hijo, pero no le prestó atención. Tampoco imaginaba lo que podía ser. Al final del pasillo, junto a los ventanales, veía la luminosa figura del niño de siete años. Cuando le faltaban unos pocos pasos para acercarse a la figura, ésta torció por el pasillo. Rebeca prosiguió su marcha y también giró. Ni siquiera le dio tiempo de gritar.

La estatua se agitó violentamente, sorprendiendo al policía que tenía enfrente suya. La sangre que manaba de su nariz llegó al suelo, salpicando los pies de piedra, que ahora dieron un paso al frente para atrapar en un letal y pétreo abrazo al policía.

La linterna y la pistola volaron por los aires cuando la estatua tuvo ese rápido espasmo. El policía se abrazó con más fuerza al pilar, y oyó como se rompía la linterna, unos cuantos pasos más allá de donde estaba. También oyó cómo caía la pistola. No tenía fuerzas para gritar. Su rostro estaba cubierto por una fina película de sudor.

Todo pasó muy rápido. Cuando la linterna se rompió, el sótano quedó inmerso en una terrible oscuridad. Hubo un destello de luz azulada procedente de la estatua, acompañado de un leve gemido de agonía y un crujir de huesos quebrantados.

Gateando, el segundo policía tanteaba el piso, esperando encontrar su pistola. No pensó en que la tendría que usar contra una estatua de piedra porque no tenía tiempo. A su alrededor oyó unos pasos pesados y un incesante goteo. Palpaba y palpaba, mientras lloriqueaba y notaba un desagradable calor en la entrepierna. Nunca había pensado que se podría mear de puro pánico. Pero en esos últimos segundos de su vida, comprendió que sí era posible.

Una de sus manos palpó algo duro. Cuando lo notó moverse bajo su mano supo que era el pie de la monja. Una rígida y fría mano le agarró por el cuello y lo levanto.

Un nuevo resplandor azulado, y sus cervicales estaban rotas.



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