Leyendas Urbanas 10



El sótano estaba menos atestado que el almacén del piso superior. Sin embargo, los trastos que había ahí debajo estaban mucho más deteriorados: había armarios carcomidos, una vieja tele rota, mohosos somieres de cama, oxidadas herramientas de metal y muchos más objetos plagados de pequeñas mosquitas y hongos de todo tipo y color.

Los policías, que ahora andaban juntos, pisaron un pequeño charco. Luego se dispusieron a girar uno de los pilares del edificio. Era el que más alejado estaba de las escaleras que comunicaban con el almacén. Una vez pasasen el pilar, sólo les quedarían unos ocho metros hasta llegar a la pared que marcaba fin al sótano.

Nuevamente pisaron un charco. El más valiente de los policías apuntó la linterna hacia el suelo, encandilándose con el reflejo en el agua. Pero el otro policía vio algo justo al final del charco. Palideció al decirle a su compañero que apuntase nuevamente al piso, porque creía que lo que había visto era… sí, en efecto. Eran tres gotas de sangre reseca.

-¡¡Les digo que es verdad!! –Rebeca ya no intentaba contener las lágrimas. Llevaba un buen rato suplicándoles a las dos enfermeras que la creyeran.

- Señora, por favor…

-¡¡Les digo que es verdad!! ¡El niño que está… estaba… está… ¡lo que sea!... en la habitación 514 ha muerto! ¡¡Vi su alma caminando por el pasillo!!

- Le estamos diciendo, señora, que el niño de la habitación 514 falleció la noche del 1 de octubre, un poco antes de que llegasen su hijo y su madre al hospital… y el niño no se llamaba Cristóbal, sino…

-¡Me importa un bledo como se llamara el niño! ¡Yo lo que sé es que estuve hablando con él esta misma noche!

Rebeca estaba al borde de un ataque de nervios. Por fin, las dos enfermeras accedieron (sólo para demostrarle a la histérica mujer que estaba equivocada, y para que las dejase en paz) a llevarle a la habitación 514.

- Dios mío… –susurró el cobarde.

- Tranquilo. Esta sangre tiene pinta de estar reseca. Quizás sea de algún ratón –comentó el otro policía, agachándose para inspeccionar la sangre mejor.

El policía más cobarde quedó de pie, mirando inquieto a su alrededor. Pasó el halo de luz por lo que les restaba inspeccionar de sótano. Al pasar junto a una esquina, advirtió que una figura de tamaño humano se movía.

-¡Joder! –la linterna se le escurrió de las manos y cayó al suelo, rompiéndose. Tanteó su pantalón hasta que halló la pistola, que ahora sostenía con ambas manos, por encima de su cara. Al dar un paso atrás, tropezó con su compañero, que todavía permanecía arrodillado.

-¿¡Qué tienes!? ¿Te has vuelto loco?

-¡Vi una figura moviéndose! ¡Allí! –dijo señalando la pared del sótano e incorporándose.

Nuevamente la linterna barría el sótano. Ahora los dos sostenían sus pistolas en alto. El haz de luz se paró en una figura blanca, que estaba inmóvil junto a la pared.

- Pero mira que eres estúpido: no es más que una estatua del tamaño de una persona.

Una de las enfermeras abrió la puerta de la habitación 514 y encendió la luz. Las dos enfermeras y Rebeca pasaron al interior. La madre de Víctor observó con asombro como la habitación estaba vacía. La camilla sin arrugas y todo limpio. No había rastro de que hubiese estado allí una persona en los últimos minutos.

-¿Lo ve, señora? No hay nada. Y ahora, si nos disculpa, nosotras nos volvemos a nuestro mostrador para…

Rebeca no oyó más. Su mirada se clavó en lo que vio junto a los pies de la camilla. Un sudor frío empezó a cubrir su frente. Balbuceó unas palabras que las enfermeras no entendieron. Lo que había visto era el osito de peluche que había dejado a Cristóbal unos minutos antes.

-… así que buenas noches.

La enfermera había acabado de hablar. Le dedicó una mirada a Rebeca, y luego le dijo:

-¿Se encuentra bien? Tiene muy mala cara y está pálida. Venga con nosotros a…

-¡Calle! ¡Ese osito de peluche se lo dejé a Cristóbal hace unos minutos! ¡Y está ahí!

La segunda enfermera, cuya cara empezaba a tornarse de color rojizo por la furia hacia esa histérica y estúpida mujer, bramó:

-¡¡Cállese usted de una maldita vez!! ¡¡Aquí no ha habido ningún paciente desde hace días, ni ningún Cristóbal!! ¡Ese oso lo puso usted ahí para poder armar la película, porque la habitación no estaba trancada! ¡¡Y ahora déjenos en paz!

Dicho esto, las dos enfermeras se fueron en dirección al ascensor. Rebeca les corrió detrás, gimoteando unas últimas súplicas, pidiendo que la creyeran. Las puertas del ascensor se cerraron.

La bella mujer seguía acercándosele más y más. Paulatinamente había recorrido la enorme distancia que los separaba en un principio. La espalda de Víctor chocó contra el árbol que tenía detrás. Ya había llegado hasta el final del parque, y no podía huir a ningún otro lugar. La muchacha estaba justo enfrente de él.

El sueño había sido bonito y relajado hasta que esa mujer se le apareció. Tenía una larga cabellera rubia, y era de piel pálida, pero no en exceso. Su rostro era hermoso, pero tenía una extraña sonrisa que le daba un matiz maligno a la cara.

Ahora estaba parada enfrente de él. Abrió su boca, mostrando sus blancos y parejos dientes y susurró:

- Lo siento, Víctor. Pero la cajita me indicó que ya es tu hora.

Ahora sostenía delante de la cara de Víctor una pequeña cajita de caoba, con tonalidades rojizas y pardas. Víctor pertenecía a la minoría de personas que percibe el color en sus sueños.

Una vez dichas esas misteriosas palabras, la mujer soltó la caja y echó sus manos hacia las sienes de Víctor, que no podía defenderse. Apretó con fuerza las sienes del niño y tiró hacia ella. El alma de Víctor se había desprendido del cuerpo, que empezaba a sangrar y a corroerse.

Si Rebeca no hubiese estado gimoteando junto a la puerta del ascensor, habría oído un goteo proveniente de la habitación de su hijo. Cuando la bella mujer del sueño se llevó el alma de Víctor, en la habitación 517 del hospital, un niño empezaba a sangrar por todos los orificios de su cuerpo, chorreando la sangre por sus brazos hasta que caía en el suelo, formando un monótono y siniestro goteo.



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