Leyendas Urbanas 1



Capítulo 1: Ragnarok

El edificio era muy antiguo. Disponía de tres plantas, con dos apartamentos en cada una. Contaba con un lúgubre almacén debajo de la planta baja, e inmediatamente debajo había un sótano. Hacía mucho tiempo ya que nadie bajaba a ese lugar, puesto que estaba lleno de humedad y era pasto de las ratas. Pero tanto el misterioso sótano como el oscuro almacén estaban atrabancados de objetos. Los del sótano eran absolutamente inservibles, y nadie se había molestado en arrojarlos a la basura. Muchos objetos llevaban pudriéndose allí abajo más de dos décadas. Tampoco se solía bajar al almacén con mucha frecuencia, y siempre que se hacía era para buscar algunos viejos objetos como mesas, sillas, cuadros, etc…

Dicho edificio estaba situado en una larga calle, la calle Ragnarok, en la que habían varios descampados, alguna que otra ruina y unas casas desabitadas. Por tanto, el lugar no era muy acogedor para vivir, a no ser que lo que buscases fuera la tranquilidad: apenas pasaban coches por esa calle. Los únicos que podían molestar eran algunos chiquillos que de vez en cuando aparecían por las noches para explorar los descampados o las casas deshabitadas, a los que ellos llamaban “casas fantasmas”, debido a los horripilantes sucesos que habían ocurrido en algunas de ellas hacía bastante tiempo. Pero sin ser esos adolescentes buscadores de aventuras y los habitantes del destartalado edificio, nadie pasaba por esa calle. Y menos de noche.

Los habitantes del edificio nunca creyeron las historias sobre espíritus que contaban sobre las casas vacías los chiquillos que se aventuraban a pasar la noche por allí. Pero sí creían en lo que había pasado años atrás en ese lugar. Incluso algunos de los inquilinos no dudaban que el MAL había estado allí, cobrándose vidas de forma perversa y cruel. Pero los habitantes de dicho edificio tampoco sabían que el MAL siempre vuelve. Nunca desaparece de los lugares en los que deja huella. Siempre se queda, aletargado… esperando la ocasión de volver a sembrar el pánico. Ya pasan cincuenta años de los últimos sucesos sobrenaturales ocurridos en esa calle, y nada hace presagiar que algún día puedan volver a ocurrir hechos misteriosos y fantasmagóricos.


Capítulo 2: Historias del vecindario

1 de octubre

Asunción quedó muy contenta al colgar el teléfono. La que había llamado era su hija única, para decirle que esa noche ella y el cretino de su marido saldrían de fiesta, y que le si no le importaba hacerse cargo del pequeño Víctor. Víctor era su nietecito de cinco años, al que quería mucho. Pero casi nunca lo veía, ya que sus padres evitaban, siempre que podían, ir a visitar a la abuelita Asunción. Ella sabía que el cretino con el que se había casado su hija era el causante de que no fueran a verla.

Del mismo modo que él fue el que convenció a su mujer para llevarse a la abuela de su antigua casa, e instalarla en un apartamento que había heredado de su tío en la calle Ragnarok. De nada le sirvió a la desgraciada anciana quejarse, ya que el yerno le argumentaba que necesitaban la casa donde ella siempre había vivido porque era muy espaciosa, y vendría muy bien para una familia con tres miembros. También le dijo que ella se las apañaría muy bien en un apartamento pequeño, y también le dijo que dejase de protestar, porque si no, le podrían pasar cosas. Eso se lo dijo a solas, y a Asunción le dio miedo la cara que puso al decírselo. Desde ese momento, se mostró obediente a las órdenes de su yerno. Dos semanas más tarde, ella estaba sola en ese piso del único edificio habitado de la calle Ragnarok, mientras que el resto de su familia vivía feliz en una casita del centro de la ciudad, a poco más de media hora de donde ella estaba. En los tres años que llevaba viviendo allí, su salud había empeorado considerablemente (debido a la humedad y a la falta de cariño). La única visita que recibía era la de una mujer que venía todas las semanas a llevarle la compra, y a recoger la lista con las cosas que quería Asunción para la semana siguiente.

La vida de Asunción era muy monótona: se levantaba antes de que rayara el alba para empezar a preparar su almuerzo; una vez que estaba listo, se ponía a limpiar la casa, todo lo rápido que le permitían sus huesos de ochenta y cinco años; cuando acababa, ponía al fuego la comida que había preparado horas antes; después del almuerzo, veía la telenovela y luego dormía una pequeña siesta; a eso de media tarde se hacía un té, y se ponía a beberlo (dando sorbitos muy cortos) mientras se dedicaba a su mayor pasión: los puzzles. Desde que se mudó a ese apartamento que a menudo llamaba “su celda”, lo único que realmente la entretenía (salvando las esporádicas visitas de su hija y de su nieto) eran los puzzles. Tenía decenas de puzzles, todos de más de dos mil piezas. Así que mientras sorbía lentamente su té y maldecía a su yerno, sus cansadas manos se movían sobre la mesa, dando vida a unos animales, un paisaje, algún que otro edificio y muy pocas veces a personas. En la vida de Asunción apenas había personas.

Por esa razón se alegró Asunción cuando recibió la noticia de que su nieto iba a pasar la noche con ella. Cuando colgó el teléfono se dirigió a la pequeña habitación que hacía la función de “cuarto de huéspedes”, aunque nunca había dormido allí ningún huésped. Se dobló (sintiendo un penetrante dolor en la cintura) para abrir la gaveta inferior del armario. Allí guardaba las sábanas. Sacó un juego de sábanas y lo puso encima de una silla. Mientras hacía la cama de su nieto pensaba que le hubiese gustado lavar las sábanas, pues tenían un ligero aroma a naftalina. Luego pensó que la razón por la que no la habían llamado antes podía ser que se enfermase la niñera de Víctor. Posiblemente ellos iba a salir a divertirse dejando el niño a cuidado de una niñera, y seguramente ésta no podría ir. Entonces sólo les quedó un remedio: aventurarse a dejar al niño con la vieja loca y siniestra. Asunción notó cómo crecía en su interior la furia hacia su yerno.

A las ocho y media, un coche se paró enfrente del destartalado edificio. Cuando se paró el motor del coche, volvió a reinar el silencio.

- Maldita niñera –dijo secamente una voz, desde el asiento del conductor.

- Deja ya de quejarte. Sabes de sobra que la Señora Carmen tiene problemas con los hombros. No podía cuidar a Víctor –dijo la hija de Asunción desde el asiento de copiloto.

- Toda persona que pase de sesenta y cinco años es completamente inútil.

-¡Por Dios! Carmen sólo tiene sesenta y seis años. La mujer no tiene culpa de tener los hombros…

- Cállate –la orden de su marido resultó tajante. Ella sabía que no debía desobedecer las órdenes de su marido. Había palpado varias veces en su propio cuerpo lo que podría conllevar la desobediencia.

-¿Por qué no bajamos a ver a la abuelita? –dijo una infantil voz desde el asiento de atrás.

- Ahora vamos, Víctor. No me gusta nada tener que dejar al niño en casa de esa vieja decrépita.

- Mi madre no es ninguna... –la mirada de su marido bastó para hacerla callar.



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