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¿Puede la historia tener un curso distinto al que traza el Plan Colombia? ¿Es viable conquistar una oportunidad para la alternativa que se está forjando? La Conferencia de Costa Rica será una valiosa ocasión para que estos interrogantes comiencen a tener respuesta. El Plan Colombia, - para el cual los Estados Unidos acaban de destinar 1300 millones de dólares focalizados en el componente militar y otros países e instituciones financieras (España, Canadá, Japón, ONU, Banco Mundial, FMI, BID, Corporación Andina de Fomento) han prometido 871 millones, parte donados, parte en créditos, focalizados en el componente económico y social -, es en conjunto una mezcla ambigua de palabras de paz y propòsitos de guerra. Este plan se abre camino porque existe una visión del mundo compartida y una confluencia de poderes liderada por el gobierno de los E.U. y el gobierno de Colombia. Ellos se asocian (jinete y caballo) e invitan al mundo entero a que comparta con ellos los costos de la nefasta aventura que, en mala hora, han decidido emprender. Comparten la visión maniquea de que al uso y abuso de sustancias psicoactivas, hay que responder no con estrategias educativas, culturales y de salud pública, sino aplastando con armas biológicas y con un abrumador aparato policivo y militar los grandes y pequeños cultivos de coca y amapola existentes en las selvas amazónicas del sur de Colombia (Putumayo), y enfrentando a quienes en virtud de una economía de guerra se convierten en sus protectores y beneficiarios armados; éstos constituyen, además, según los mentores de la estrategia, una amenaza contra "la más antigua democracia de América", el régimen político colombiano, y contra la estabilidad política de la región andina. Estamos así ante una repugnante expresión de doble moral, ante un criminal consorcio para dar curso al uso irracional de la fuerza y ante un olímpico desdén hacia la incipiente pero real lógica de paz, equidad y democracia, de un pueblo que no solo quiere sacar adelante legítimos propósitos e intereses nacionales, sino asumir la corresponsabilidad que le atañe frente a problemas innegables en el seno de la comunidad mundial. Al concebir y montar el Plan Colombia se escogió el camino del simplismo, la sinrazón y la vergüenza. De un plan hecho en la oscuridad del secreto antinacional, en capitales extranjeras y hablando en lengua extraña al supuesto beneficiario, no pueden esperarse frutos de salud, riqueza y paz. El espectáculo, si el plan llegara a desplegarse como está diseñado, será de afrenta a la dignidad tanto de la potencia que interviene como del país cuyo gobierno con fruición herodiana pide la intervención (diplomacia de paz). Estamos ante otro episodio de la globalización imperial similar a la Guerra del Golfo (1991) y a la llamada "intervención humanitaria" en Kosovo (1998). ¿Es frente a esta descomunal tramoya de dimensión planetaria que se plantea la posibilidad de levantar una alternativa creíble y viable? Ciertamente. Se trata de plantear que una vez más David puede derrotar a Goliat y, por supuesto, de decir de qué manera. Se trata de apelar a las motivaciones y estrategias de estirpe similar a las que emplearon con éxito en situaciones límite el Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Lech Walesa y Nelson Mandela. La inteligencia, la fuerza moral, la desobediencia civil, la acción masiva en plazas y calles como expresión y símbolo de la apropiación ciudadana de lo público, el discurso democrático transformador que se inspira en los derechos humanos, todos los derechos humanos incluidos los derechos de los pueblos, es decir, siguiendo el ejemplo de los líderes mencionados, la cultura de la no violencia activa deben traducirse en un nuevo poder, en poder ciudadano portador de un proyecto de cambio profundo (revolución democrática) para vivir, relacionarnos y conflictuar de otra manera. Eso es lo primero: frente a la formidable coalición de poderes de toda índole que se expresa en el Plan Colombia es preciso decidirnos a construir un poder nuevo. No es serio hablar de una alternativa al Plan Colombia si no es desde una estrategia de poder construida no sólo en el ámbito cultural y social sino sobre la movilización y acción colectiva con vocación decidida de gobierno, es decir, lo serio es tener y desarrollar sistemáticamente una consistente estrategia política, lo serio es tener política, no sólo sentidas críticas y buenas intenciones. Nadie querrá oírnos si no percibe que tenemos capacidad real para incidir en las políticas públicas del gobierno de Colombia o para definirlas, y si no ve que podemos ofrecer soluciones efectivas a los problemas que preocupan con sobrada razón a la comunidad mundial: los cultivos de uso ilícito y el narcotráfico, la vigencia integral de los derechos humanos, la salvaguarda del recurso ambiental de la amazonia. Este nuevo poder está en cierne, en ebullición, en ascenso, se gesta en múltiples y diversas manifestaciones de la sociedad civil, del país nacional, en todas las dinámicas, espacios, actores y luchas que expresan las profundas aspiraciones de democratización social y política provenientes de la base y de la periferia de la sociedad colombiana, como se percibe sin dificultad si se observan con alguna atención los procesos en curso en todas las regiones y comarcas de nuestro asombroso país. Este poder naciente no se reduce sólo a los grupos especializados que se denominan organismos no gubernamentales, o sólo a los sindicatos, unos y otros tan oportunamente activos, aquí y en el exterior, frente al Plan Colombia; el nuevo poder comprende - debe comprender - la confluencia y articulación de muchos, muchísimos hombres y mujeres de todas las edades, de innumerables ciudadanos y ciudadanas individuales, y ciudadanos colectivos, de todos los estratos y clases que a diario se echan sobre los hombros la tarea de no dejar desintegrar a Colombia y que con alegría y tezón trabajan en construir una nación pujante en su desarrollo y justa en sus relaciones sociales. El programa del nuevo poder ya se está forjando: solución política al conflicto armado colombiano, tratamiento y definición al tema de la sustitución de cultivos de uso ilícito en las negociaciones de paz, plan de desarrollo integral para el sur de Colombia, reforma agraria moderna en el país, creación de una nueva institucionalidad y adopción de formas de gobierno transitorias que hagan viables tales reformas y otras contempladas en los acuerdos de paz, impulso a la cultura de la inclusión, la convivencia, la participación y la transformación pacífica y democrática de los conflictos, incremento sustancial de la productividad de todas las formas de capital y de trabajo, compromiso con el combate al narcotráfico, la protección del ambiente y la vigencia plena e integral de los derechos humanos; el acuerdo nacional que selle la paz política y abra camino a la paz integral debe incluir al Estado, a la insurgencia y a la sociedad. El nuevo poder ya tiene virtuales aliados en actores importantes de la sociedad civil norteamericana, inclusive en algunos espacios del propio gobierno de USA, en sociedades y gobiernos de numerosos países europeos, en la Unión Europea; esta posibilidad de alianza real que le dé vida a una alternativa real al Plan Colombia pudo apreciarse claramente en el reciente encuentro de Madrid y en las tendencias que mostraron las reuniones preparatorias del mismo en Londres, Bruselas y Ginebra. Sin ilusiones, con realismo y entusiasmo hay que proseguir la tarea de hacer amigos. Ninguna nación se puede gobernar hoy sin estrechos lazos de amistad y cooperación en el marco de la aldea global. El nuevo poder tiene que abrirse camino mediante una estrategia de inclusión y no de confrontación con la insurgencia y el Estado. Diferenciarse, construir identidad, acumular fuerza organizativa y fuerza de opinión propias, construir un nosotros frente a un ellos es indispensable, pero no para echarle más leña al fuego sino para adquirir carta de ciudadanía y capacidad de interlocución que viabilice el proyecto de democratización social y política con dignidad nacional. El propósito es que la insurgencia y el Estado también lleguen a ser aliados entre sí y con nosotros. El nuevo poder cumple así una función de mediación estructural. La posibilidad de recorrer este camino está indisolublemente ligada al desescalamiento del conflicto y a la tregua con respeto para la población civil, al aporte de recursos para el sostenimiento de la fuerza insurgente durante el tiempo necesario para construir los acuerdos, a la atención efectiva de las necesidades económicas y sociales de la población durante la fase de transición de unos cultivos a otros, a la presencia facilitadora, veedora y eventualmente mediadora de la comunidad internacional, a la eficacia de la discusión de la agenda con sustancial participación ciudadana que dé como resultado el diseño de un proyecto compartido de país. Todos estamos llamados a ser grandes en las presentes circunstancias haciendo uso del sentido común para ahorrarle a Colombia, a los Estados Unidos y al mundo la torpeza, el crimen y la vergüenza de agredir con armas biológicas y armas convencionales de última tecnología a las gentes y a la naturaleza de la amazonia, al tiempo que se da al traste con la solución política al conflicto armado colombiano. La acción policiva y judicial indispensable contra narcotraficantes, contra proveedores de precursores químicos para el procesamiento de la droga y contra la cadena financiera legal e ilegal que hace posible todo el proceso debe fortalecerse, pero no puede hacerse creer que en esa línea se está actuando cuando se agrede al eslabón más débil de la cadena como son las 70.000 familias de campesinos pobres a quienes el orden social, económico y político imperante no ha dejado otra opción que dedicarse a los cultivos de uso ilícito. ¿Puede la historia tener un curso distinto al que traza el Plan Colombia? ¿Es viable conquistar una oportunidad para la alternativa que se está forjando? La Conferencia de Costa Rica será una hermosa y valiosa ocasión para que estos interrogantes comiencen a tener respuesta. Santafé de Bogotá, 16 de julio de 2000. Paz08 [email protected]
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