2001: La paz en la encrucijada
por Daniel García-Peña
Jaramillo
Ex-Comisionado de Paz, Director de Planeta Paz
Seguramente ningún tema sea de mayor importancia
para el acontecer nacional y a la vez esté en un grado tan alto de incertidumbre como el
proceso de paz. Luego de dos años largos con las FARC, ni la zona de distensión, el
resultado más palpable, tiene vida asegurada más allá del fin de este mes. Con el ELN,
a pesar de existir mejores perspectivas, no se arranca en firme. Un evidente agotamiento
en la opinón pública con los diálogos y voces clamando por una salida militar hacen que
el año que entra sea crucial para la paz y la guerra en Colombia.
Lo que puede traer el nuevo año parte de lo que
pasó en el viejo. Inició con el renovado optimismo que generaron las imágenes de los
negociadores del gobierno y las FARC viajando juntos por Europa. Durante el año, se
realizaron 16 audiencias públicas en el Caguán, a las cuales asistieron 26.000 personas
y se recogieron más de 1.500 propuestas, un ejercicio de participación ciudadana sin
precedentes, desafortunadamente subvalorado.
Pero mientras los avances han sido tenues y
desapercibidos, los retroces y los tropiezos han sido muy visbles. Se anunció la nueva
versión del Plan Colombia, con su énfasis militar made in USA. Diciendo estar
respondiendo, las FARC compraron 10.000 fusiles vía Montesinos y decretaron la llamada
002, disparando el ya altísimo repudio nacional contra el secuestro. Las múltiples
suspensiones unilaterales del diálogo por las partes, el gobierno con el collar bomba y
el aeropirata y la guerrilla por el paramilitarismo, han dilatado y debilitado el proceso.
Con el tire y afloje sobre la prolongación del despeje, ambos lados parecen estar
midiéndole el aceite al otro, mientras el país se polariza y se sigue desangrando.
Para el ELN, el año pasado tampoco fue muy
productivo, en gran medida por el golpe que para su credibilidad significó el deplorable
secuestro masivo del kilometro 18. Gracias a la mediación de la sociedad civil y los
países amigos, se reviven las expectativas, aunque el atentado contra Wilson Borja es un
claro recuerdo de que la guerra sucia suele intensificarse cuando los acercamientos
parecen estar más fructíferos.
El paramilitarismo siguió siendo tema clave. Las
AUC han logrado un evidente avance hacia su reconocimiento político por parte de la
opinión pública, bien sea por habilidades propias, complicidad de sectores del poder,
abusos de la guerrilla o por una combinación de las tres.
El Presidente Pastrana ha dado los pasos más
significativos que cualquier gobierno contra los grupos paramilitares desde que esos
grupos se declararon ilegales en 1989. Sin embargo, ante la magnitud del fenómeno, éstos
aún son insuficientes. La gestión humanitaria del Ministro del Interior no constituyó
un reconocimeinto político de por sí, ni fue la primera vez que Carlos Castaño se
hubiera reunido con un ministro del despacho. Sin embargo, cuando en su momento lo hizo
Horacio Serpa, no había proceso de diálogo en curso y por tanto, las implicaciones
políticas fueron otras.
Pero a pesar de los inmensos nubarones que
ensombrecen el panorama de la paz, también hay signos de posibles fuentes de oxígeno que
en el 2001 pueden darle aire. Cuando pocos le apostarían un peso al diálogo, el más
mínimo acuerdo podría producir un inmenso impacto positivo.
Con las FARC, el intercambio humanitario de
soldados, policías y guerrilleros podría fortalecer la confianza entre las partes,
ayudar a poner el tema del DIH sobre la mesa y darle unas muestras claras de progreso al
país.
El ELN, a pesar de tener su ritmo propio, tiene
mucho que ver con lo que pase con las FARC, y viceversa. Si por fin logra arrancar, la
Convención Nacional de los elenos debería enriquecer y animar la experiencia del
Caguán, y a su vez alimentarse de ella. Pero también se corre el riesgo, contrario a las
intenciones del ELN, de que su proceso sea utilizado en contra de las FARC,
particularmente si se llegara a suspender el despeje. Con la intención de dividir
para reinar, el ELN podría ser presentada como la guerrilla buena que
sí quiere la paz y las FARC, los malos que sólo entienden a plomo. También es posible
que se siga promulgando la idea errónea de que el ELN sólo negocia por haber sido
diezmado por el paramilitarismo. De hecho, la iniciativa de impulsar la Convención
Nacional fue del Cura Pérez y data de 1996, mucho antes de los golpes que recientemente
ha recibido.
Durante el 2001, también se verá la plena
implementación del Plan Colombia: la tercera brigada antinarcóticos está programada
para estar lista en abril, los primeros Blackhawks llegarán en junio y el resto para
finales de año y la fumigación masiva con sus consecuencias sociales no tardará mucho
más. Por otra parte, difícilmente se revertirán las reacciones negativas de Europa y
América Latina, en momentos en los que el debate en USA se torna cada vez menos
predecible.
Así como Pastrana sacó la carta de USA, las FARC
sacaron la de Venezuela. Por ello, el rol de Chávez, que según el ex-presidente López
podría incluir la provisionamiento de armas a la guerrilla, el triunfo previsto de
Toledo, cercano al Departamento de Estado pero con necesidad de desmontar el fujimorismo
en el Perú, y la inestabilidad en los otros países de la región, sin duda pesarán a lo
largo de este año.
Igualmente, tendrá mucha incidencia el hecho de
que en pocos meses empiece a calentarse el debate electoral del 2002, y a no ser que el
proceso de paz produzca resultados concretos pronto, es probable que se derechicen aún
más las posiciones de los candidatos.
El futuro de la paz no depende sólo del gobierno y
la guerrilla, sino de la sociedad en su conjunto. La decisión de reunir regularmente al
Consejo Nacional de Paz puede convertirse en un escenario privilegiado de concertación y
continuidad.
Pero el afán por el día a día nos hace perder de
vista el largo plazo y no reconocer el gran valor histórico de exisitir hoy un escenario
de diálogo, los cimientos de la salida negociada. Ni siquiera se ha empezado a discutir
los temas de fondo, a los que tanto gobierno y guerrilla parecen tenerles miedo, y ya
algunos andan proclamando el fracaso de la negociación, envalentonando a los
guerreristas de lado y lado. Cada vez que fracasa la paz, es más largo y costoso
revivirla: cuando fueron rotos los primeros diálogos con las FARC en 1987, el país
tardó 4 años para sentarse de nuevo; tras el segundo rompimiento en 1992, pasaron 6.
La tragedia de la guerra colombiana es que es
inganable por la vía de las armas. Por ello, se seguirá escalando por sí sóla hasta
que no la detengamos mediante el único camino posible: el diálogo.
Hace tan sólo unos años, era nula la posibilidad
de que eso sucediera. Hoy, al menos los dos lados le están coqueteando a la salida
negociada, un avance para el país. Sin embargo, ni el establecimiento ni la insurgencia
se han decidido por la paz y ambos siguen apostándole al endurecimiento militar por
si acaso.
Por ello, este año será determinante para saber
si de esos primeros cimientos podremos seguir construyendo el complejo edificio de la
reconciliación nacional o si, por el contrario, lo dejaremos una vez más en obra negra.
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