Si nos ocupamos solo un poquito respecto a este asunto, MATRIMONIO, la Biblia
es clara habla muchìsimo de ello con, con solo decirles
que con eso empieza la Biblia,
"y creó Dios al hombre, varón
y hembra los hizo" (Gén. 1:27)
"...y los dos serán una
sola carne" (Gén. 2:24) etc... Sobre el DIVORCIO, es lo mismo
si se es una sola carne , si Dios los junta el hombre no puede separarlos,
cuando se le cuestiona a Jesús en Mateo 19 es solo para probarlo y
ver que decía ante tal realidad que los fariseos y saduceos teóricamente
ya sabían que era solo lo hacían para ver que partido tomaba,
pero nuestro Señor Jesucristo con su sabiduría Divina les contesta
...Por la dureza de vuestro corazón... pero al principio no fue así.
"EL DIVORCIO NO ES LA SOLUCIÓN LA FELICIDAD SE LOGRA CUANDO AMBOS
DEJAN DE SER EGOÍSTAS. A LA LUZ DE LA BIBLIA Y EL
PLAN DE DIOS NO HAY DIVORCIO".
Algunos
han opinado y con algo de sabiduría que el matrimonio es una aventura,
es posible que algunos no compartan esta afirmación. No obstante,
es indudable que en toda iniciación matrimonial hay un elemento de
riesgo. Dos personas, que jamás han vivido juntas , de pronto hacen
un voto solemne ante Dios y los hombres de asociarse para compartir sus vidas
en la más íntimas de todas las relaciones humanas, comprometiéndose
en sus promesas "hasta que la muerte los separe". Evidentemente, un compromiso
de esta naturaleza significa asumir un gran riesgo. La presencia del amor
y la pasión obnubila, en cierto grado, a los novios de modo que no
son siempre plenamente conscientes de la real dimensión del peregrinaje
que inician. Por eso, el amor que se prometen está más
cerca del coraje que de la realización intelectual, CUIDADO ENTONCES
AL INICIAR PORQUE DICE EL DICHO, QUE EL QUE MAL INICIA MAL ACABA. Dijo
una vez Maurice Chevalier "Muchos hombres se han enamorado de una muchacha
con una luz tan tenue que con ella ni siquiera habrían podido escoger
un traje"
I. HASTA QUE LA
MUERTE LOS SEPARE
En 1936
El rey Eduardo VIII de Inglaterra abdicó al trono para casarse
con la plebeya Wallis Simpson. Ni el alto precio pagado,
ni las críticas más ácidas , ni la oposición
más cruel, lograron deshacer esta unión, que ya ha pasado al
recuerdo como una de las historias de amor más conmovedoras de los
últimos tiempos. Solo la muerte del célebre duque de Windsor,
en 1972 pudo separar lo que durante tantos años se mantuvo como testimonio
vivo de la fuerza del amor.
La literatura,
el teatro, el cine y otros canales de expresión de los sentimientos
humanos, han exaltado en gran manera los deleites de un amor compartido durante
toda la vida. La aspiración de constituir una pareja humana feliz
es uno de los ideales más acariciados por todo hombre y mujer normales,
sin embargo, la realidad muestra crudamente que no todos resultan airosos
en alcanzar la armonía total, o al menos , una relación aceptable.
En particular los últimos veinte años han mostrado cuan real
y seria es la amenaza del fracaso y la separación. En otras palabras
la universalidad e importancia del vínculo matrimonial no han logrado
impedir los frecuentes colapsos en los tiempos más recientes.
Un testimonio
patético de este hecho es el aumento del número de divorcios
y separaciones en la mayoría de los países occidentales, supuestamente
orientados por una ética cristiana. Incluso, las luchas por implantación
del divorcio bajo recaudos legales, en países hasta ahora opuestos
al mismo hablan de este fenómeno. Sin embargo, conviene aclarar que
el aumento en el número de fracasos conyugales no es indicio seguro
de una crisis en la institución misma del matrimonio, o más
allá de la propia familia. Todas las investigaciones revelan que en
su gran mayoría, las personas que se casan lo hacen con la sincera
intención de permanecer unidas toda la vida. Por otra parte es bien
cierto que muchos divorciados o separados vuelven a casarse.
La tasa
de divorcios probablemente seguirá aumentando relativamente, por varias
razones, entre ellas, el aumento de la concentración urbana, el mayor
ingreso de la mujer al mercado laboral, las crecientes tensiones sociales
y políticas, y el aumento de la ansiedad y la soledad propias de la
vida moderna. También es posible que aquellos paises que todavía
no tienen una legislación favorable al rompimiento legal del vínculo,
tarde o temprano terminarán teniéndola, sin embargo, no hay
razón para creer que esto represente una amenaza para la estabilidad
de la sociedad o la supervivencia de la familia.
El matrimonio ya está
curtido por la historia. Durante decenas de siglos ha sobrevivido a los más
diversos cambios culturales e históricos, y no hay motivos para pensar
que ahora no ha de ser así. Al menos, es probable que ocurra lo que
profetizaba Aldous Huxley en 1932 en su célebre novela Un Mundo Feliz,
donde no sólo no existía matrimonio, sino que ni siquiera había
amor de pareja.
Seguramente,
el matrimonio como institución deberá adaptarse y quizá
asumir nuevas formas, pero su futuro será largo y floreciente. Para
que así sea, es necesario que el casamiento sea el resultado de una
elección inteligente por parte de cada uno de los que integran la
pareja y no el producto de un arrebato de amor romántico, sin más
vida que la de una flor o una mariposa.
El vínculo
matrimonial representa el establecimiento de lazos, que son asumidos voluntariamente
por las personas que lo contraen.
II. LA BIBLIA
Y EL DIVORCIO
Cuando
un hombre y una mujer casados llegan a la decisión de que su vida
en pareja carece de sentido, y que el permanecer juntos es peor que romper
su vínculo matrimonial, por cierto que se produce una seria crisis,
que se agrava si ambos son creyentes. ¿Qué es lo que la Biblia
dice acerca del divorcio y la separación?
La ley
que reglamentaba el divorcio en el Antiguo Testamento se encuentra en Deuteronomio
24:1-4. Es evidente que en este orden legal, el derecho de demandar el divorcio
o repudiar al otro cónyuge era exclusivo del esposo. El podía
divorciarse de su esposa con pleno derecho, si había visto alguna
cosa indecente (literalmente, "asunto de desnudez") en ella. No obstante,
había ciertos recaudos que pretendían amparar a la mujer repudiada.
Ella debía recibir una carta de divorcio, que certificaba su nueva
situación. Con este documento, la mujer divorciada podía casarse
de nuevo, y sobrevivír en una sociedad donde el dominio patriarcal
era absoluto. Sin embargo, una vez casada con su segundo esposo, no podía
volver al primero. El propósito de estas disposiciones era desalentar
las separaciones indiscriminadas y proteger socialmente a las partes involucradas,
especialmente a la mujer.
Había, pues, limitaciones
en cuanto al divorcio. Por ejemplo, un esposo que acusaba falsamente a su
esposa de infidelidad antes del matrimonio, no podía divorciarse de
ella jamás (Deuteronomio 22:13-19). Por otro lado, si alguien se casaba
con una virgen no desposada, pero a quien él había seducido,
jamás podía divorciarse de ella (Deuteronomio 22:28,29). Una
mujer tomada cautiva en una guerra, y luego casada con quien la tomó,
podía ser abandonada, pero no vendida como esclava (Deuteronomio 21:10-14).
La mayor parte de estas disposiciones tenían como propósito
restringir numerosas prácticas abusivas, y establecer cierto orden
social.
No obstante,
es posible encontrar en el Antiguo Testamento evidencias de que Dios no aprobaba
el divorcio como su voluntad final. Por ejemplo, un sacerdote no podía
casarse con una divorciada
"porque el sacerdote es santo a su Dios"
(Levítico 21:7; Ezequiel 44:22). El sumo sacerdote no podía
casarse con una mujer divorciada, sino que debía buscar una mujer
virgen como esposa (Levítico 21:14). Más concretamente, en
Malaquías 2.15, 16 se dice que Dios "aborrece el repudio", o sea,
el divorcio.
En el
Nuevo Testamento encontramos una cantidad de pasajes que tratan específicamente
sobre la cuestión: Mateo 5:31, 32; 19:3-12; Marcos 10:2-12; Lucas
16:18; 1 Corintios 7:10,11. Algunos agregarían a la lista a Romanos
7:2,3 y 1a. Corintios 7:15.
Es incuestionable
que el ideal del Nuevo Testamento es un hombre y una mujer unidos como esposo
y esposa por toda la vida. La única causa admitida para el divorcio
es el adulterio. Sin embargo, aun en el caso de haber adulterio, el divorcio
no es obligatorio. Por otro lado, si alguien se divorcia de su mujer por
cualquier otra causa que no sea adulterio, y se casa con otra, comete adulterio.
Tal actitud hace que la mujer que ha sido divorciada cometa también
adulterio. Igualmente, la esposa que deja a su esposo y se casa con otro
hombre, comete adulterio. En apretada síntesis, estos son los conceptos
novotestamentarios sobre el divorcio.
Hay algunos
problemas que se presentan cuando queremos interpretar las enseñanzas
del Nuevo Testamento en cuanto al divorcio (1) Cuando hay divorcio por alguna
causa que la Biblia justifica, ¿existe el derecho de volver a casarse?
(2) ¿Por qué hay una diferencia entre lo que Mateo, Marcos
y Lucas escribieron respecto a lo que Jesús dijo acerca del divorcio?
(3) ¿Cómo se puede explicar la diferencia entre la enseñanza
de Jesús acerca del divorcio (según Mateo) y lo que dijo Pablo,
quien reclama la autoridad de Dios (1 Corintios 7:10, 11)? (4) ¿Trataba
Jesús de establecer una ley acerca del divorcio? (5) ¿Qué
haría Jesús con los muchos casos modernos de conflictos serios
e irreversibles entre esposos y esposas? (6) ¿Cómo juzgaría
Jesús un caso de presión psicológica, crueldad física,
violencia moral, o explotación sexual en una pareja desavenida? (7)
El llamado "privilegio paulino" (1 Corintios 7.12-16), ¿puede ser
una base que justifique el divorcio?
Estas
preguntas, que surgen al confrontar los diversos pasajes acerca del tema,
son ineludibles si se quiere tener un concepto madura en cuanto a la cuestión.
La respuesta a ellas no es un simple juego especulativo, sino el interrogarse
sobre una de las cuestiones más candentes en la actualidad. Por eso,
bajo la guía del Espíritu Santo, y renunciando a todos legalismo
ciego y falto de amor, cada creyente debe preguntarse seriamente sobre este
problema. El principio básico es el amor y la unidad. Pero es el hombre,
delante de Dios y en forma responsable, quien debe decidir cuándo
se ha llegado al límite crítico de la posibilidad de vivir
el amor y conservar la unidad.
La armonía
creativa y dinámica es el principio fundamental para la conservación
de la vida común ( 1 Corintios 7:15 ). Cuando ya se han perdido todas
las esperanzas de mantener o desarrollar, aunque más no sea en grado
mínimo, esa armonía necesaria para la promoción humana
de los integrantes de la pareja, la separación es la única
opción posible, ya que " a paz no llamó Dios". No obstante,
siempre es mejor prevenir que curar. Por ello, es bueno estar advertido sobre
los problemas que pueden romper la vital armonía y concordia de la
pareja.
III. CÓMO
ECHAR A PERDER EL MATRIMONIO
Antes
de reflexionar en torno al significado profundo del compromiso matrimonial
en términos de su carácter permanente y de por vida, conviene
repasar algunos de los factores que hacen que el ideal de estar unidos hasta
la muerte caiga por tierra. Por supuesto, la lista es más amplia y
compleja que la que aquí se presenta. Sin embargo, cada pareja puede
hacer su propio inventario de cuáles son los peligros y amenazas que
pretenden provocar el quebrantamiento de sus votos nupciales.
1. Inestabilidad del Corazón.
Si el
amor es el factor fundamental en la formación de la pareja, conviene
estar advertido de que es relativamente fácil una confusión
a nivel de los sentimientos. Esto significa tomar en cuenta la inestabilidad
del corazón. El amor es un sentimiento y, como tal, debe ser tratado
con mucha atención y cuidado, ya que es sumamente frágil. El
amor nace, crece y madura; pero también puede detenerse en su desarrollo,
enfermarse y aun morir. Por ello necesita de una disciplina enriquecedora,
que lo produce y solidifique.
El amor
requiere no sólo de la capacidad de acoger ese sentimiento, sino también
de la madurez de evaluar sus posibilidades de madurar. El corazón
es muy cambiante (Jeremías 17:9), y sólo si su ritmo es constante
encontrará el individuo base suficiente para aventurarse en la empresa
de construir una pareja.
2.La monotonía o la
Rutina.
Un segundo
enemigo, que atenta contra la adecuada integración de la pareja es
la monotonía o la rutina. La relación entre un hombre y una
mujer puede ser tan insípida, vulgar y poco atractiva y creativa,
que se torne insoportable. Cuando en la pareja se considera que toda ha sido
dicho, cuando el amor se expresa con la misma liturgia de siempre, cuando
aun los conflictos son reiterativos y no hay crecimiento en ningún
área común, entonces el futuro de la felicidad se recorta mientras
se agiganta un presente de desdicha. En una pareja donde el pasado está
más presente que el futuro, casi no hay esperanza. No se puede vivir
de recuerdos. La rutina los ha devorado.
La única
manera de neutralizar la ponzoña de la falta de creatividad es la
renovación del amor, mediante los innúmeros recursos que existen
para ello; un respeto y una comprensión, que sean promotores de la
plena realización del otro y no inmovilizadores de los impulsos; y,
un sano espíritu de aventura y búsqueda de lo novedoso, pueden
ayudar a este propósito. Sobre todo, la demostración permanente
de afecto por todos los medios posibles, debe ser la característica
si se quiere una relación plena de creatividad. Es interesante, en
este sentido, el lugar que ocupan las expresiones de cariño de la
vida conyugal en el poema de amor más extraordinario de todos los
tiempos: el Cantar de los Cantares, en la Biblia. Isaac y Rebeca fueron
observados desde una ventana mientras se acariciaban, de tal manera que Abimelec
se dio cuenta de que no podían ser otra cosa que marido y mujer (Génesis
26:8, 9). Cuando el amor es alimentado de ternura, dedicación, fidelidad,
cariño y pasión, siempre encuentra caminos por los cuales ofrecer
novedades a la pareja.
3. Los Celos.
Un tercer
obstáculo para la integración conyugal profunda son los celos.
Este sentimiento negativo, lejos de ennoblecer el amor, lo humilla y desgasta.
Terminan por estropear la sustancia del amor, ya que producen altercados
interminables. Por eso, el que tiene celos duda de la fidelidad de la persona
amada.
En Cantares
se afirma que los celos son duros como el sepulcro (Cantares 8:6), mientras
que en Proverbios se dice que son "el furor del hombre" (Proverbios 6:34).
La historia está plagada de ejemplos de las obras maravillosas que
han resultado del amor. Sin embargo, ¿qué contribución
significativa han hechos los celos? ¿Quién ha resultado más
feliz gracias a ellos? ¿Cuántos crecieron y maduraron como
seres humanos plenos en virtud de su ejercicio? Un simple repaso de la realidad
cotidiana nos puede ofrecer razones más que suficientes para reconocer
el peligro de esta enfermedad del espíritu y la gravedad que
su contagio entraña para la salud de la pareja.
4. La Discordia.
Un último
obstáculo para el amor entre un hombre y una mujer es la discordia.
Los escándalos rompen la felicidad. Los altercados sólo consiguen
abrir grietas muy difíciles de reparar en la arquitectura de la pareja.
Por cierto, hay que admitir que aun en la mejor de las relaciones se pueden
dar momentos de cansancio y mal humor. Las discusiones son inevitables y
forman parte de la trama compleja de las relaciones interpersonales. Pero
es necesario saber superar esos momentos de crisis, a fin de que la paz y
la armonía no se vean quebrantadas.
La Biblia
denuncia a la discordia y a sus asociadas las contiendas, la discusión,
el altercado y la rencilla como los compañeros inseparables del hombre
malo (Proverbios 6:12, 13; 26:21). Tanto al uno como a la otra Dios los desaprueba
Es más, el texto bíblico es más duro todavía
al afirmar que tales personas figuran en la lista de seis cosas que él
aborrece y abomina profundamente (Proverbios 6:16, 19).
Un hombre
y una mujer que se aman profundamente, que comparten y viven en común
los valores más significativos de la vida, que van elaborando proyectos
y planes que esperan concretar con el esfuerzo de ambos, que crece
juntos y van madurando como personas ayudándose el uno al otro hacia
su realización plena, que tienen un fondo común de confianza
que se remota al pasado y se alimenta de las vivencias que les trae el recuerdo,
dos seres humanos así pueden constituir una pareja madura y feliz.
Si, a su vez, son conscientes de los peligros que amenazan su relación,
y se esfuerzan por evaluar adecuadamente sus sentimientos y enfrentan con
lo mejor de si la red de la rutina, la tentación de los celes y la
seducción de la discordia, será posible que se encuentren con
la realización plena de los designios divinos para la pareja humana.
IV. ¿POR
QUÉ "HASTA LA MUERTE"?
No hay
ninguna receta que resulte infalible para lograr la felicidad conyugal. Por
más que se hayan escrito miles de páginas sobre el particular,
en ciertos libros y revistas populares, lo cierto es que el adorable milagro
de vivir toda una vida juntos, es una meta de logro difícil. Vivir
juntos es un arte que esposo y esposa deben aprender con el tiempo y con
mucha paciencia.
Cuando
la emoción embarga el corazón de los creyentes ante el altar,
da la impresión como que no hay otra alternativa a su deseo de compartir
la vida para siempre. Allí parados, frente a la mirada atenta
de muchos testigos, rodeados de flores y envueltos por la música suave
del órgano, todo parece muy fácil. De pronto la música
cesa y se oyen las solemnes palabra del pastor.
-- Fulano.
¿Confirmas ante Dios y nosotros, haber aceptado a Mengana como tu
legítima esposa?
-- Sí
-- responde él.
-- Y tú,
Mengana...
-- Sí
-- se oye una vez más.
Dos si
es que parecen decir: -- Sí -- "¡Para siempre y sólo
para siempre!"
1. Lo Exige Dios.
Debe ser
para siempre, porque así lo quiere Dios. Ya hemos vista que la separación
fue concesión divina a la debilidad humana (Deuteronomio 21:1), pero
no responde al propósito original de Dios para el hombre y la mujer.
El divorcio no es un privilegio, sino una simple tolerancia, concedido como
un mal menor (Mateo 19.4-7). Sólo en una unión permanente puede
lograrse el ideal de "una sola carne", que es expresión de la voluntad
final de Dios para el ser humano, y la clave de su perfeccionamiento existencial.
2. Lo Exige el Amor.
Debe ser
para siempre, porque así lo exige el amor. El amor matrimonial es
una continua donación de sí mismo al otro. Es una entrega tan
íntima y tan noble, tan total y confiada, que al tiempo que lo exige
todo, también excluye todo. El amor matrimonial no admite reservas,
provisional o anulación. Si así fuera, perdería su propia
identidad o sería un amor decapitado. Por supuesto, más que
una realidad hecha el amor es una posibilidad abierta. Su permanencia depende
de su cultivo y maduración. Por esto la pareja debe cultivar asiduamente
la firmeza de su amor. Caso contrario se deterioraría y podría
morir.
3. Lo Exigen los Hijos.
Debe ser
para siempre, porque así lo exige el bien de los hijos. La prole humana
es la más dependiente e indefensa de todos los seres vivos que habitan
el planeta. El desarrollo físico, síquico y práctico
del ser humano demanda muchos años de cuidado y entrenamiento. A diferencia
de la mayoría de los animales, el niño demanda cuidados y un
proceso de educación sumamente complejo. Esto hace que su dependencia
de sus progenitores se prolongue durante un tiempo muy considerable. En nuestra
cultura occidental la adolescencia se va dilatando cada vez más y
el logro de su independencia se logra, en buena medida, conforme sea el grado
de respaldo y apoyo paterno.
El hijo
no necesita meramente de una familia, sino de su familia; necesita de sus
padres. Su desarrollo integral, entonces, dependerá en sumo grado
del carácter de la relación de amor que sus padres mantengan.
Si descubren al padre y a la madre amorosamente juntos, se sentirán
seguros. Pero se mostrarán aprehensivos y ansiosos si tienen miedo
de perder la confianza de las dos personas más queridas en el
mundo, a las que se aferran instintivamente con todo su ser. La desavenencia
matrimonial produce un quebrantamiento en la conciencia infantil, que muchas
veces es incurable. Muchas situaciones traumáticas, desarrolladas
en la infancia, tienen que ver con los conflictos matrimoniales de los padres,
y perduran a lo largo de toda la vida del hijo.
Cuando
los padres rompen su relación los hijos quedan a merecen de un destino,
que siempre es incierto. Una encuesta científica en Francia estableció
que el 85% de la delincuencia juvenil ocurre entre los hijos de padres divorciados.
Esta estadística es válida para todo el mundo y señala
a un mismo problema: el desastre que significa para los hijos la separación
de los padres. Otras investigaciones parecen constatar que un individuo que
no conoció desde pequeño un amor constante o padeció
dolorosas desilusiones al respecto, se vuelve descreído frente al
amor que recibe, no sabe amar con confianza y, si se casa, su matrimonio
corre el riesgo de ser inseguro y de fracasar.
4. Lo Exige la Felicidad de Ambos.
Finalmente,
debe ser para siempre, porque la felicidad de los mismos esposos así
lo demanda. La plena realización del amor conyugal no resulta de la
conformación de un rosario de aventuras amorosas, sino de la persistencia
y el trabajo constante por mejorar la relación que se tiene. En otras
palabras, la dicha más grande no es un producto de una suma, sino
de una multiplicación; no se desarrolla por un proceso de adición
sino de intensificación.
CONCLUSIÓN:
Al llegar
a las últimas líneas nos preguntamos qué es lo más
importante de todo, en lo que hace a la relación de un hombre y una
mujer. Consideramos que lo más importante es el amor, el amor es el
sentimiento más fuerte que existe en el mundo y en la experiencia
humana. El cantar de los Cantares, el libro de la Biblia que presenta el
más extraordinario poema de amor, dice: " Ponme como un sello sobre
tu corazón, como una marca sobre tu brazo; porque fuerte como la muerte
es el amor; duro como el seol los celos; sus brasas, brasas de fuego, fuerte
llama. Las muchas aguas no podrán apagar el amor, no lo ahogarán
los ríos. Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este
amor, de cierto lo menospreciarían" (Cantares 8:6,7)