Oaxaca de Ju�rez, Oax., a 12 de octubre de 2001.
A las Iglesias Bautista de la Convenci�n
Nacional Bautista de M�xico, A.R.
����������� El prop�sito de la presente es presentarnos. Decir lo que somos, lo que hacemos y lo que anhelamos ser y hacer. Estamos seguros de que encontraremos gracia ante sus ojos y recibiremos su apoyo. Nos presentamos, pues, rogando su oraci�n y su apoyo econ�mico.
����������� Somos una instituci�n que naci� en el palpitar de un coraz�n misionero. Fue el coraz�n del Dr. George Holcombe Lacy, nacido en Arkansas, E.E. U.U., el 13 de octubre de 1868. En 1903 lleg� a nuestra tierra mexicana como misionero, y de aqu� se fue al cielo a dar cuentas a su Se�or en 1949. Ni la epidemia que mat� a casi toda su familia, ni la jubilaci�n, lo hicieron abandonar nuestro suelo. Nos am� hasta el fin.
����������� En 1935, a�o de su jubilaci�n, el Dr. Lacy present� un proyecto que la Convenci�n Nacional Bautista de M�xico aprob� y del cual surgi� la Escuela B�blica Ambulante, que actualmente es el Seminario Teol�gico Bautista ?Dr. G. H. Lacy?. El fue su Director y maestro hasta noviembre de 1949, fecha de su muerte. Como siempre fue su deseo, este Seminario desarrolla su ministerio desde el estado de Oaxaca.
����������� El estado de Oaxaca es la regi�n geogr�fica con la mayor concentraci�n �tnica de Latinoam�rica. A lo largo de su geograf�a, de 95,364 km�, alberga a 15 grupos �tnicos: Amuzgos, Cuicatecos, Chatinos, Chinantecos, Chontales, Huaves, Ixcatecos, Mazatecos, Mixes, Mixtecos, Nahuatlecos, popolocas, Triquis, Zapotecos y Zoques. Entre todos ellos hay unas 170 variantes ling��sticas, siendo los Mixtecos y Zapotecos los que m�s variantes tienen. Esta riqueza �tnica y cultural, que a la vez representa una gran necesidad espiritual y una extraordinaria oportunidad misionera, fue lo que cautiv� el coraz�n del Dr. G. H. Lacy.
����������� Hoy su Seminario Teol�gico Bautista ?Dr. G. H. Lacy?, sirve a todo M�xico desde la ciudad de Oaxaca, capital del maravilloso estado del mismo nombre. Aqu� se han preparado teol�gicamente, y se est�n preparando hoy, l�deres que vienen de esos distintos grupos �tnicos y que han ido e ir�n a ministrar a sus hermanos de etnia. Adem�s, por la experiencia misionera que se obtiene al estudiar aqu�, somos preferidos por muchos llamados del Se�or, de todo M�xico, que tienen pasi�n por la vocaci�n misionera. Actualmente contamos con unos 160 alumnos en todos nuestros programas. En mayo del presente a�o graduamos a 23 estudiantes. Somos un gran semillero de Pastores-Maestros, Profetas (predicadores) Ap�stoles (misioneros) y Evangelistas, en cuanto a capacitaci�n de los que tienen estos dones espirituales se refiere (Ef. 4:11-13).
����������� Sin embargo, por causa de las caracter�sticas de los tiempos que nos ha tocado ministrar, a toda esta riqueza hist�rica, ministerial y espiritual, hay que a�adir elementos que nos permitan ser pertinentes y claramente vigentes para el d�a de hoy. Es por ello que por este medio nos estamos presentando. Aqu� decimos lo que somos, lo que hacemos y donde estamos. Pero en los anexos 1-3 decimos aquello a lo que aspiramos, por lo cual oramos. Al presentarnos, estamos rogando de su apoyo, de su informaci�n de qui�n puede apoyarnos y/o de su generosidad de compartir con otros este nuestro proyecto. El anexo 1 es el proyecto general y representa lo que deseamos lograr en los pr�ximos 20 a�os. El anexo 2 es el detalle del proyecto general. El anexo 3 es una an�cdota que representa bien nuestras carencias, nuestro trabajo y nuestros anhelos. �Podemos contar con su ayuda y/o con la ayuda de la organizaci�n a la que usted pertenece o representa? Gracias, muchas gracias.
ATENTAMENTE
Pr. Maucelio Caba�as Hern�ndez
Director
UN CONCIERTO EN LA CALLE
Era un c�lida tarde de mayo en la ciudad de Oaxaca. Mi esposa y mi hija entraron a una panader�a a comprar los panes que tanto nos gustan. Mi hijo y yo nos quedamos parados en la calle, sobre la banqueta. Nos recargamos en� la pared porque mucha gente iba y ven�a. Est�bamos en el centro de la� ciudad.
A unos cuatro metros de nosotros un hombre, de unos 45 a�os de edad, y su hijo, de aproximadamente 7, estaban trabajando. El padre tocaba un viejo viol�n. Para ser concertista de la calle, lo hac�a bien. El hijo ped�a ?una moneda? a los transe�ntes mientras extend�a su mano derecha, sujetando un descolorido vaso de pl�stico.
Tan de prisa pasaban las personas que casi lo atropellaban. Mientras les ped�a y esperaba que le dieran ?una moneda?, los miraba a los ojos. Ellos, en su gran mayor�a, simulaban no verlo ni o�rlo. No lo miraban siquiera; menos miraban sus ojos. El los dejaba de ver hasta que le daban la espalda. De una espalda pasaba a otro rostro, y as�, de manera interminable. Algunos modificaban levemente su trayectoria, queriendo pasar lo m�s lejos posible del ni�o.
�Cuanta indiferencia! Por cada rostro que se trocaba en espalda, en los ojos del ni�o crec�a la desilusi�n. El padre segu�a tocando su viejo viol�n, con la vista clavada en el suelo. De vez en cuando alzaba su rostro y posaba en el ni�o sus ojos. Luego volv�a a concentrarse en su ejecuci�n musical.
De repente, apareci� un transe�nte con m�s prisa que los dem�s. Al ver que el ni�o obstru�a su camino, lo mir� furioso y le grit�: �ponte a trabajar, harag�n, y deja de estorbar! Cuando termin� de hablar ya hab�a� dejado atr�s al ni�o. �Cuanta agresividad y desprecio hacia un ni�o que trabajaba! Era demasiada la amargura que destilaba aquel coraz�n. El indefenso ni�o se qued� at�nito. Lo sigui� con su mirada hasta que dobl� en la esquina. Lo mismo hizo el padre sin dejar de arrancar tristes notas al viejo viol�n.
Despu�s de eso, padre e hijo volvieron a lo que, en cierto modo, era normal. Volvieron a convivir con la indiferencia de la multitud. Me pareci� que las notas musicales sonaban m�s tristes y que la petici�n de ?una moneda? se volvi� m�s insegura. De la indiferencia al desprecio y de �ste a aquella.
�Papi, te compramos el pan que te gusta! Era la voz de mi hija. En ese momento sal� de la contemplaci�n de aquel drama. Saqu� dos monedas de mediano valor de la bolsa de mi pantal�n. Mis dos hijos las depositaron, una cada uno, en el descolorido vaso de pl�stico. El ni�o mir� a mis hijos con ojos de incredulidad. Quiz�s esperaba ?una moneda?, no dos, y, por cierto, de las de m�s bajo valor. Luego nos mir� a mi esposa y a mi. Nos sonri�. Mir�ndolo, le devolv� la sonrisa. El padre no sonri�. S�lo nos mir� por un instante y luego desvi� la mirada. Me alej� platicando con mis hijos acerca del� pan que para cada uno de nosotros se hab�a comprado. Mientras caminaba, iba pensando si el padre y el ni�o soportar�an todo aquel d�a la abundante indiferencia y el amargo desprecio.
D�as despu�s, volv� al mismo lugar. Busqu� al hombre del viejo viol�n y al ni�o del descolorido vaso de pl�stico. �Ah� estaban los dos, en medio de la multitud! Trabajaban los dos. Entr� a la panader�a y compr� el pan de siempre. Tambi�n compr� unas piezas aparte. Al salir, puse una moneda en el vaso de la mano derecha y una bolsa de pan en la izquierda. Me sent� feliz de verlos en el mismo lugar. Estaban trabajando como todos los d�as.
Me alej� pensando que el amor a la vida los hac�a perseverar en medio de circunstancias adversas. El amor a la vida puede m�s que la indiferencia y el desprecio. Aquel padre seguramente tiene aspiraciones para s� pero m�s para su hijo. Aquel ni�o seguramente tiene sue�os que aspira hacer realidad. El padre quiere ver a su hijo crecer. El ni�o desea crecer, y hacerlo en circunstancias mejores. Pero para crecer y vivir hay que trabajar, hay que vencer obst�culos y sobreponerse a la carencia y a la adversidad. La vida permanece y el crecimiento llega.
Maucelio Caba�as Hern�ndez
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