Distribución Gratuita

FCM-UNA

Junio 2004

Número 10
Publicación digital

4 de Junio

Fausto Oliveira (Medicina)

            No puedo dejar de pronunciarme con relación a los hechos acontecidos en las últimas semanas. Llama la atención la posible malinterpretación del valor de la vida de acuerdo al estatus económico y social. Si bien la muerte de Emilio Aguirre es un hecho lamentable que amerita la queja de la ciudadanía, no podemos dejar pasar por alto los atroces delitos ocurridos en otros sectores de la sociedad, como el de Felicita Estigarribia. Pienso que este incidente fue notable sobretodo por el hecho de haber tocado a quienes no les suele tocar, quienes además tienen la posibilidad cultural y económica de indignarse. La mañana siguiente al hecho por primera vez escuché a un periodista no revelar la identidad del afectado para "respetar el derecho de privacidad", cuando seguidamente muestra los rostros ensangrentados y sufrientes de quienes asistieron a Emergencias Médicas la noche anterior. Aunque impotentes ante la fatalidad, el entorno de Emilio dispuso de los medios para convocar una movilización, reunir a personas que posiblemente participen por una única oportunidad en su vida de una manifestación popular para decir -con un micrófono desigualmente distribuido- a los gobernantes en su propia cara que ellos son en buena parte responsables de esta situación. Con mi voz de pobre les puedo decir: ¡bienvenidos a la realidad!

            Aunque lastimosamente a ellos les tocó ahora, quiero recordarles a todos que anteriormente ha sucedido esto mismo con niños y jóvenes comunes y corrientes, incluso algunos que no iban al colegio y trabajaban. Ya decía una joven al final de la movilización que Emilio no era el único, que su hermano también había sufrido una injustificada muerte violenta y que ella tuvo que esperar toda la mañana para poder recordárnoslo; en medio de tanta indignación, en ningún momento escuché mencionar el nombre de Felicita. Otras muertes no han sido tan llamativas, sino se dieron más lentamente por el hambre y la ignorancia; hambre que no solo mata el cuerpo, peor aún, mata el alma. Y es que es bien difícil pensar con el estómago vacío o muy lleno. "Apolítico", como diría algún "correligionario", te acordarás de la política cuando no tengas ni pan ni medicamentos para tus hijos y cuando te des cuenta que quienes te rigen y sus reglas son injustas.

            ¿Cuanto más vale la vida de un ser humano en relación a otro? ¿Cuan diferente es la indignación que debería producirnos observar impotentes la muerte de un paciente del Hospital de Clínicas por falta de medicamentos y la de Emilio? Evidentemente existe un problema mucho más de fondo que la simplificación a la seguridad en las calles: los criminales pueden ir armados de puñales o de un cargo público.

            Quienes tienen los medios intelectuales y económicos deberían indignarse más a menudo y colaborar continua y conjuntamente para la solución de fondo de estos problemas, que pasa por una visión integral de la sociedad, desde la creación de espacios recreativos adecuados para los jóvenes hasta la posibilidad de acceder equitativamente a trabajo, salud y educación, sin discriminación y con igualdad.

            Lamento la muerte de Emilio y Felicita tanto como la muerte innecesaria e irracional de tantos otros paraguayos.
 

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