|
No puedo dejar de
pronunciarme con relación a los hechos acontecidos en las últimas semanas.
Llama la atención la posible malinterpretación del valor de la vida de a cuerdo
al estatus económico y social. Si bien la muerte de Emilio Aguirre es un
hecho lamentable que amerita la queja de la ciudadanía, no podemos dejar
pasar por alto los atroces delitos ocurridos en otros sectores de la
sociedad, como el de Felicita Estigarribia. Pienso que este incidente fue
notable sobretodo por el hecho de haber tocado a quienes no les suele
tocar, quienes además tienen la posibilidad cultural y económica de
indignarse. La mañana siguiente al hecho por primera vez escuché a un
periodista no revelar la identidad del afectado para "respetar el derecho
de privacidad", cuando seguidamente muestra los rostros ensangrentados y
sufrientes de quienes asistieron a Emergencias Médicas la noche anterior.
Aunque impotentes ante la fatalidad, el entorno de Emilio dispuso de los
medios para convocar una movilización, reunir a personas que posiblemente
participen por una única oportunidad en su vida de una manifestación
popular para decir -con un micrófono desigualmente distribuido- a los
gobernantes en su propia cara que ellos son en buena parte responsables de
esta situación. Con mi voz de pobre les puedo decir: ¡bienvenidos a la
realidad!
Aunque lastimosamente a
ellos les tocó ahora, quiero recordarles a todos que anteriormente ha
sucedido esto mismo con niños y jóvenes comunes y corrientes, incluso
algunos que no iban al colegio y trabajaban. Ya decía una joven al final
de la movilización que Emilio no era el único, que su hermano también
había sufrido una injustificada muerte violenta y que ella tuvo que
esperar toda la mañana para poder recordárnoslo; en medio de tanta
indignación, en ningún momento escuché mencionar el nombre de Felicita.
Otras muertes no han sido tan llamativas, sino se dieron más lentamente
por el hambre y la ignorancia; hambre que no solo mata el cuerpo, peor
aún, mata el alma. Y es que es bien difícil pensar con el estómago vacío o
muy lleno. "Apolítico", como diría algún "correligionario", te acordarás
de la política cuando no tengas ni pan ni medicamentos para tus hijos y
cuando te des cuenta que quienes te rigen y sus reglas son injustas.
¿Cuanto más vale la vida de un ser
humano en relación a otro? ¿Cuan diferente es la indignación que debería
producirnos observar impotentes la muerte de un paciente del Hospital de
Clínicas por falta de medicamentos y la de Emilio? Evidentemente existe un
problema mucho más de fondo que la simplificación a la seguridad en las
calles: los criminales pueden ir armados de puñales o de un cargo público.
Quienes tienen los medios intelectuales
y económicos deberían indignarse más a menudo y colaborar continua y
conjuntamente para la solución de fondo de estos problemas, que pasa por
una visión integral de la sociedad, desde la creación de espacios
recreativos adecuados para los jóvenes hasta la posibilidad de acceder
equitativamente a trabajo, salud y educación, sin discriminación y con
igualdad.
Lamento la muerte de Emilio y Felicita
tanto como la muerte innecesaria e irracional de tantos otros paraguayos.
|