Capítulo 34: La vida en la Tierra

 

- Pásame las patatas, Hiperión.- pidió Endymión mientras removía el estofado que estaba preparando.

 

         Hiperión le dirigió una somnolienta mirada y le pasó un buen puñado.

 

- Te dije que las pelaras y que después las trocearas.- advirtió molesto.

 

- ¿Y qué crees que he hecho?.- respondió ofendido.

 

- ¿Sólo pelarlas?.- inquirió Endymión sarcástico.

 

         Hiperión miró las patatas enteras que su primo aún sostenía entre las manos y contestó con un apagado ah. Las cogió, las partió por la mitad, se las ofreció a su primo y regresó a su anterior estado de soñolencia.

 

- Esto no es... ¡bah! Olvídalo.- suspiró el príncipe.

 

         Las echó en la olla, probó un poco del estofado con un cucharón y encontrándolo algo soso le echó un poco de sal. Mientras tanto, Hiperión lo observaba con aburrimiento.

 

- Tengo la sensación de que empieza a gustarte todo esto.- lo acusó.- A este paso te convertirás en el cocinero real.

 

- Era esto o las guardias nocturnas.- lo miró de reojo.- Además, no sé de que te quejas si lo hago yo todo.

 

- ¡¿Cómo que de qué me quejo?!.- abrió los ojos de par en par escandalizado.- ¡Nos levantan a las cuatro de la mañana para entrenar! ¡Nos pasamos el día entero de maniobras y encima tenemos que preparar la cena para todo el regimiento!.- mirando a su primo acusadoramente.- Y para colmo de males llevo tres meses sin ver a una sola chica mientras que a ti viene a visitarte Beryl todas las semanas.

 

- ¡Vaya!.- fingió Endymión estar apenado.- Y yo que pensaba que andabas siempre medio dormido por escabullirte por las noches a la caza de chicas.

 

- Si siempre tengo sueño es porque los ronquidos de los otros soldados no me dejan dormir.- se cruzó de brazos con cierto rencor.

 

- No te pongas así.- sonrió el príncipe mientras cogía una patata para cortarla en trozos pequeños.- Te cedo a Beryl con gusto.

 

- No, gracias.- contestó aún molesto.- La única chica que me interesa ahora mismo es mi preciosa Minako pero a este paso para cuando consiga salir de aquí ya me habrá olvidado.

 

- Jamás pensé que te oiría decir algo así.- rió Endymión.- Te ha dado fuerte, ¿eh?

 

         Hiperión lo ignoró, se metió las manos en los bolsillos de su pantalón y movió nerviosamente los pies sin saber muy bien si hacer la pregunta o no.

 

- Tal vez.- se decidió al fin.- tía Calice nos dejara volver a palacio si hablaras con ella y te disculparas por lo que pasó.

 

         Endymión dejó de reír de golpe y golpeó la mesa con el cuchillo.

 

- Nunca.- dijo con frialdad.- Jamás en la vida.

 

-¿Por qué no?.- insistió Hiperión con suavidad.- No es que esté de acuerdo con su actitud pero no merece la pena estar a malas con ella por una relación imposible.

 

- Discúlpate tú si quieres.- respondió con sarcasmo.- Si le suplicas seguro que te deja volver a palacio.

 

- ¿Y dejarte aquí solo?¿Tan mal primo me consideras?.- fingió molestarse.

 

         Endymión no contestó y volvió a su tarea previa.

 

- Endy.- suspiró.- Serena no va a volver.

 

         Endymión se paró en seco, apretó los puños con furia y le dirigió a Hiperión una mirada cargada de dolor.

 

- Ya lo sé.- dijo con rabia.- No hace falta que me lo recuerdes.

 

- Lo siento.- se disculpó Hiperión con sinceridad.

 

- Da igual.- se derrumbó.- No es tu culpa.

 

         Tapó la olla del estofado y salió de la habitación mientras Hiperión lo veía marchar sin tener muy claro qué hacer. Desde que Serena volviera a su casa y la reina cumpliera su amenaza de enviarlos a vivir con el destacamento militar, Endymión no había vuelto a ser el mismo.

 

         Casi siempre andaba de mal humor o apático y las escasas ocasiones en que lo había visto reír con ganas podían contarse con los dedos de las manos. Hiperión ya no sabía qué hacer, de hecho, empezaba a pensar que la verdadera razón por la que no quería hablar con su madre era porque no quería irse de donde estaba, la pesada jornada laboral le ayudaba a no pensar en la joven que le había robado el corazón.

 

****************

 

         La reina Calice se encontraba en sus aposentos descansando cuando su esposo tocó con suavidad la puerta y entró en la habitación tratando de no hacer ruido. Llevaba algo oculto detrás de la espalda.

 

- ¿Te encuentras mejor?.- se acercó a la cama con una cálida sonrisa en el rostro.

 

- Ya te dije que solo necesitaba descansar.- no se movió de su posición.

 

- Lo sé.- bajó la mirada.- Pero ese mareo que tuviste... no es la primera vez, ¿verdad?

 

- Ya oíste al médico, solo es cansancio.- se incorporó.- Ese asunto de los rebeldes me ha tenido demasiado ocupada últimamente.

 

- Y yo no resulto de gran ayuda.- se lamentó el rey.- Pero te prometo que eso va a cambiar.- se irguió orgulloso.- A partir de ahora descansarás y yo me ocuparé de todo.

 

         Por primera vez en tres meses, la reina sonrió.

 

- Te lo agradezco Etlio, pero no estoy tan mal como para dejarte a ti toda esa carga.

 

- Claro que sí.- insistió.- Mira, te he traído un regalo.- le mostró un hermoso ramo de rosas rojas que había mantenido escondido tras su espalda.

 

         En cuanto lo vio, la sonrisa de Calice se desvaneció.

 

- No hacia falta que cortaras rosas de mi jardín para hablarme de Endymión.- comentó fríamente.- Mi respuesta sigue siendo no.

 

- Pero... .- trató de objetar el rey.

 

- Está claro que prefiere seguir como está antes que pedirme perdón.

 

- Pero Calice.- insistió.- Nuestro hijo no está bien, la desaparición de esa joven lo ha marcado y necesita nuestro apoyo para recuperarse.

 

- ¡¿Acaso crees que no lo sé?!.- exclamó molesta.- El que lo haya enviado a la zona militar no implica que ya no me preocupe por él.

 

- Entonces.- dijo Etlio esperanzado.- Eres tú quien envía a Beryl todas las semanas a ver cómo está Endymión, por eso no tiene problemas para pasar.

 

         La reina no respondió.

 

- ¿Si tanto te preocupa por qué no lo dejas volver a palacio?.- rogó.

 

- Porque estaba equivocada.

 

- ¿Qué?

 

- Pensé que solo se trataba de un encaprichamiento.- suspiró.- pero está claro que es algo más que eso y no tienes ni idea lo que me preocupa que Endymión se haya enamorado de la princesa de la Luna.

 

- Tal vez.- sugirió Etlio.- no sea tan malo, podría ser el primer paso para una reconciliación entre la Luna y la Tierra.

 

- Abre los ojos, Etlio.- contestó la reina con pesar.- Eso jamás sucederá, Serena solo jugó con nuestro hijo para espiarnos y para poder escapar de aquí.

 

- Pero... ¿y si estuvieras equivocada y Serena si le correspondiera?

 

- No lo creo.- lo miró con dureza.

 

- Pues yo sí.- se opuso a ella por primera vez en su vida.- En realidad no era de Endymión de quién quería hablarte sino de esto.

 

         Calice miró con desconfianza el sobre que su marido le estaba mostrando.

 

- ¿Qué es eso?

 

- Un mensaje de la mismísima reina Serenity.

 

- ¡¡Qué!!.- exclamó sin poder creérselo.- ¿Lo has leído?

 

- No.

 

- Déjamelo entonces.- se lo arrebató y lo leyó en voz baja.

 

- ¿Qué dice?.- inquirió el rey ansioso.

 

- No... no es posible.- palideció.- Es una disculpa y una invitación para incorporarnos al Milenario de Plata.

 

- ¡¡Pero eso es fantástico!!.- exclamó Etlio.- Es lo que hemos estado esperando durante años.

 

- ¿Esperando?.- el rostro de Calice se contorsionó en una mueca de profundo odio mientras estrujaba la carta entre sus manos.- ¿Sabes por qué la reina nos pide disculpas por fin?

 

         Etlio negó con la cabeza.

 

- Porque por lo visto acaban de salir de una guerra interna y se han enterado de que no fue Tiresias quien mató al rey Helios sino el rey de Saturno.

 

- ¿Qué?

 

- ¡¡Sus disculpas no valen nada!!.- exclamó furiosa.- ¡Mi hermano ha muerto por su error y mi hijo tiene destrozado el corazón por culpa de su princesa! ¡Y encima... .- Etlio la miró asustado.- ...encima se atreven a pedirnos ayuda solo porque esa guerra ha destrozado su esplendoroso reino!

 

- Entonces... .- se atrevió a preguntar el rey.- ¿No vamos a aceptar?

 

- Nunca, antes... ah.

 

- ¡¡Calice!!.- exclamó Etlio muy preocupado al ver como su esposa perdía el conocimiento tras tocarse el pecho.

 

         Escondida entre las sombras de la habitación, Beryl lo había presenciado todo. Esperó a que entraran los médicos de palacio y comprobaran que solo había sido un mareo para desvanecerse en el aire.

 

*******************

 

         Sentado en el porche de su humilde vivienda, Áyax esperaba junto a su abuela el regreso de su hermana. Una ligera oscilación en el aire fue la señal de que acababa de llegar.

 

- ¿Y bien?.- inquirió la abuela.- ¿Le has provocado otro mareo a la reina?

 

         Beryl miró de soslayo a su hermano, después de que su abuela le confiara sus secretos y le otorgara todo el poder que siempre había anhelado había esperado que su falso hermano le tuviera algo más de respecto y miedo, pero a Áyax ni siquiera le había importado. Su objetivo siempre había sido Endymión y mientras la abuela se lo garantizara no tenía problema alguno con que la hubieran escogido a ella como su sucesora. Lástima que Beryl tuviera otros planes con respecto al apuesto príncipe de la Tierra.

 

- Sí.

 

- Estupendo.- se levantó la anciana de la mecedora que ocupaba.- Aprendes rápido, la próxima vez le provocarás un ataque al corazón así nadie sospechará cuando la matemos por fin.- miró a Áyax.- En cuanto eso ocurra tu hermano liderará a los rebeldes en el ataque a palacio.

 

- Abuela.- la interrumpió la pelirroja antes de que entrara en la cabaña.- Hay algo que debes saber.

 

- El qué.- se detuvo.

 

- La reina y el rey han recibido un mensaje de la Luna.- Áyax prestó más atención, el Milenario de Plata le había interesado desde que supo de su existencia.- La reina Serenity quiere que la Tierra se una a la alianza planetaria.- la anciana entrecerró los ojos contrariada y Beryl se apresuró a apaciguarla.- Pero no hay nada que temer, la reina Calice no está dispuesta a dar su brazo a torcer.

 

         La abuela cerró los ojos pensativa mientras los dos jóvenes esperaban una respuesta. Finalmente, la decrépita mujer se giró hacia Áyax con una sonrisa en los labios.

 

- Dime Áyax.- siseó.- ¿Qué te parecería quedarte el reino de la Luna como trofeo aparte del placer de acabar con Endymión?

 

         El brillo en los ojos de Áyax fue suficiente respuesta.

 

- En ese caso cambiaremos ligeramente nuestros planes.

 

- ¡¡Pero abuela!!.- protestó Beryl.- La Luna es...

 

- ¡Silencio!.- Beryl palideció de inmediato y cerró la boca.- Conozco perfectamente la fuerza del Milenario de Plata pero ahora que acaban de salir de una guerra sus defensas están muy debilitadas, es el momento perfecto para atacar.- Beryl iba a protestar pero una nueva mirada llena de veneno de su abuela la hizo callar.- Dejaremos que la reina Calice viva un poco más, el tiempo suficiente como para que se alíe con el Milenario de Plata y podamos aprovechar la alianza para infiltrarnos en la Luna.

 

- La reina nunca aceptará esa alianza.- insistió la pelirroja con la mirada baja.

 

- Lo sé.- la agarró de la barbilla y la obligó a mirarla.- Por eso tu te encargarás de que lo haga.

 

- Sí.- accedió Beryl con ira.

 

         La anciana mantuvo su presa unos minutos más hasta que estuvo segura de que no desobedecería y la soltó para desaparecer después de allí.

 

- No deberías enfrentarte a ella.- se acercó su hermano.- Te ha dado poder y te entregará el gobierno de la Tierra, no debería importarte nada más.

 

- ¡¡Cállate!!.- le gritó furiosa.- ¡¡Tú no sabes nada!!

 

- ¿Eso crees?.- sonrió con burla.- ¿No será que temes que Endymión se encuentre de nuevo con esa extraña muchacha que resultó ser la princesa de la Luna si la reina acepta la alianza?

 

- ¡¡Esa niñata no vale nada!!

 

- Sueña si quieres hermanita pero no olvides que Endymión es mío y que cuando termine de saldar mis cuentas con él ya no te servirá para nada.- sus ojos resplandecieron de solo pensar en su venganza.

 

- Piensa lo que quieras, imbécil.- se cruzó de brazos.- eres tú el que no sabe dónde se ha metido.- y despareció.

 

         Áyax contempló pensativo el lugar donde segundos antes estaba Beryl, hacia tiempo que sospechaba que la pelirroja planeaba quedarse con Endymión. Lástima que él no pensara darle la más mínima oportunidad de salirse con la suya, el príncipe de la Tierra y él tenían viejas cuentas que saldar.

 

*************

 

- Ya hemos llegado.- se detuvo el hombre que acompañaba a Euclides en medio de un claro en el bosque.

 

- No hay nadie.- señaló aparentemente indiferente.

 

         El hombre, algo bajito, de aspecto desaliñado y con un parche en el ojo izquierdo, empezó a reírse a carcajadas. Mientras lo hacía el resto de sus compinches salieron de detrás de los árboles que cercaban el claro y acorralaron a Euclides.

 

- Nadie, ¿eh?.- dejó de reírse y se puso serio.- ¡¡Matadlo!!.- ordenó.

 

         Euclides ni se inmutó, permaneció inmóvil esperando que se acercaran y cuando el primero de ellos lo hizo desenvainó la espada que llevaba en la espalda en menos de un segundo y se la hundió en el pecho mientras propinaba una fuerte patada al que se le acercaba por detrás.

 

         Furiosos por la muerte de sus compañeros, el resto de los atacantes se lanzaron contra él con sus espadas en mano. Euclides miró de reojo el lugar donde estaba el jefe de la banda y corrió hacia allí, destrozando a todo hombre que se interpusiera en su camino. Cuando lo alcanzó y, antes de que el traidor pudiera siquiera desenvainar su espada, la de Euclides ya le estaba rozando el cuello.

 

- En cuanto me mates, atacarán.- le advirtió el tuerto sin inmutarse.- Decidas lo que decidas estás muerto.

 

         Euclides miró hacia atrás, la mitad de los maleantes estaban muertos y la otra mitad se habían detenido a la espera de lo que ocurriera. Sonrió.

 

- Yo no lo creo.

 

- ¿Qué es lo que quieres?.- se mordió el labio admitiendo que el chico era muy superior a sus hombres.

 

- Unirme a la rebelión.

 

- ¿Qué te hace suponer que sé algo?

 

- Si estoy equivocado, eres mi enemigo.- sonrió con gusto.- Y morirás.

 

- Suelta entonces tu espada, Euclides.- la apartó con cuidado de su cuello.- Necesitamos a hombres como tú en la causa.- sonrió y alargó la mano.

 

         Euclides no dudó en estrechársela.

 

***************

 

- ¿Por qué me has citado aquí, Áyax?.- fue lo primero que Amadeus preguntó cuando vio acercarse a la barra de la caverna a su amigo.- Este lugar no me gusta.

 

- Necesitaba hablar contigo.

 

- Hablar, ¿de qué?

 

- De la rebelión.

 

         Al instante, Amadeus se puso alerta y dio una discreta mirada a su alrededor esperando que nadie hubiera oído nada.

 

- Tranquilo.- sonrió el rubio.- En este lugar nadie se mete en los asuntos de los demás, casi todos son malhechores y asesinos.

 

- Razón de más para no permanecer demasiado tiempo aquí.- miró de reojo a Áyax.- La traición no es un delito cualquiera.

 

- No pareces sorprendido.

 

- Hacia tiempo que lo sospechaba.

 

- Lo cual confirma mis sospechas de que los rebeldes no somos del todo de tu desagrado.

 

- ¿Qué es lo que quieres?.- fue al grano.

 

- Que te unas a nosotros.- lo miró serio.- Sé que ni tu ni tu familia estáis de acuerdo con la política de la reina Calice y el apoyo de una familia tan poderosa como la vuestra no nos vendría nada mal.

 

         Amadeus contempló pensativo el fondo de su vaso.

 

- Aunque yo aceptara.- empezó a hablar despacio.- No es seguro que mis padres lo hicieran y si de algo estoy seguro es de que no perderé mi posición por ninguna causa, por buena que me parezca.

 

- ¿Por qué crees que se negarán a unirse a nosotros?

 

- Porque para toda mi familia la nobleza de la sangre es el eje alrededor del cual gira todo su mundo.- tomando un sorbo de su bebida.- Jamás aceptarán a un vulgar campesino ni a un soldado convicto como a su soberano.

 

         Áyax ignoró el insulto implícito en esas palabras y sonrió con satisfacción, sus ojos abiertos en apenas una rendija.

 

- ¿Y si te dijera que Endymión tiene un hermano del que nadie sabe de su existencia y que está de nuestra parte?

 

         Amadeus abrió los ojos de par en par sorprendido.

 

- Eso lo cambia todo.

 

*****************

 

         Beryl entró en la habitación de la reina con su desayuno en una bandeja. La dejó en una mesa cercana y corrió las cortinas de la habitación para que entrara la luz del sol.

 

- Majestad.- la llamó al ver que se estaba moviendo.- Ya son las diez de la mañana, la reunión es dentro de una hora.

 

         Calice se incorporó y se tocó la frente, la cabeza le dolía enormemente.

 

- Tomad esta bebida.- le ofreció la pelirroja.- Hará que os sintáis mejor.

 

- ¿Qué es?.- tomó la taza la reina.

 

- Oh, solo una receta que mi abuela me enseñó para el dolor de cabeza.

 

         La reina se tomó todo el contenido de la taza sin decir nada más, Beryl sonrió discretamente. Cuando Calice terminó de bebérselo el dolor de cabeza había desaparecido y, no solo eso, sino que además sentía la imperiosa necesidad de compartir sus inquietudes con su dama de compañía, algo que se había vuelto muy frecuente desde que exiliara de palacio a su hijo y a su sobrino.

 

- Ayer en la noche recibí una carta de la reina Serenity.- soltó de pronto.

 

- ¿En serio?.- se hizo Beryl la sorprendida, el brebaje solo incitaba a la reina de la Tierra a confiar plenamente en ella pero no la ponía bajo su control.

 

- Sí.- asintió mientras sus ojos echaban chispas y le relataba a la otra mujer todo lo ocurrido la noche anterior.

 

         Beryl hizo como si la escuchara muy atentamente y cuando terminó de hablar adoptó expresión pensativa antes de decir algo.

 

- Majestad.- habló humildemente.- ¿estáis segura de que no os conviene más aceptar las disculpas de la reina de la Luna?

 

- ¿Es que acaso no has oído nada de lo que te he dicho?.- replicó molesta.- Antes muerta que aceptar las disculpas de Serenity como si nada hubiera pasado.

 

- Pero mi reina.- insistió, solo que esta vez sus ojos brillaron débilmente.- no tenéis por qué aceptar del todo esa disculpa para uniros a la alianza.

 

- ¡¿Acaso insinúas que solo lo finja?!.- la miró con el ceño fruncido.- Eso sería aún más humillante, sería como si nada me importara con tal de formar parte de su patética alianza.

 

         Beryl incrementó la fuerza del hechizo que estaba realizando.

 

- No.- sonrió con complicidad.- si utilizáis el agravio a vuestro favor, recordándoselo a la reina de la Luna en los momentos más oportunos para despertar su compasión y conseguir ventajas dentro de la alianza.

 

- ¿Arrastrándome como una vulgar plebeya?.- se tocó la cabeza, el dolor de cabeza estaba volviendo.

 

- Solo hasta que seáis lo suficientemente poderosa como para sustituir a la reina Serenity en el cargo.- el brillo carmesí de sus ojos se extendió por todo su cuerpo, la resistencia de Calice a aceptar la alianza era fuerte.- Un pequeño sacrificio en pos de una gran causa: la venganza.

 

         Calice miró fijamente a Beryl sorprendida, al parecer había dado en el clavo, vengarse era lo que más deseaba.

 

- Pero... .- un último atisbo de rebeldía.- ... Endymión...

 

         Beryl sonrió, había esperado que la reina mencionara a su hijo desde que comenzara la conversación, la pelirroja había decidido retocar el plan de su abuela en su propio beneficio.

 

- Sé que está sufriendo mucho.- se apenó.- por culpa de esa maléfica niña.

 

         Calice asintió totalmente de acuerdo.

 

- Pero pensar en el duro golpe que le propinaríais a esa niña si consiguierais que el príncipe dejara de estar bajo su perversa influencia.

 

- No... no sé como podría conseguir tal cosa.- cerró los ojos con fuerza tratando de ocultar su debilidad.

 

- Mi reina.- se arrodilló y tomó sus manos con fingida preocupación.- podríais... podríais si le encontrarais una prometida, una mujer de vuestra confianza que supiera amarlo como él se merece y conseguir su amor, alguien para quien el príncipe siempre fuera el primero y que lograra hacerle olvidar a la perversa princesa de la Luna.

 

- Cierto.- se le iluminaron los ojos a la reina.- ¿Pero quién?

 

         Beryl apretó las manos de la reina con fuerza e intensificó la fuerza de su hechizo al máximo. Calice la miró sorprendida como si fuera la primera vez que la veía.

 

- Tú... .- murmuró.

 

         Beryl sonrió complacida, había conseguido lo que quería.

 

*****************

 

         Hiperión abrió los ojos y comprobó, a juzgar por la intensidad de los ronquidos, que todos los soldados que compartían habitación con Endymión y con él estaban dormidos. Su primo como siempre farfullaba entre sueños el nombre de su amada.

 

         El joven príncipe se vistió, sacó de debajo de su cama un saquillo con la ropa que solía utilizar antes de ir a parar a ese lugar, colocó la almohada debajo de la manta de su cama y salió de la habitación tratando de no hacer demasiado ruido.

 

         Refugiándose bajo la seguridad de las sombras y detrás de los edificios militares, consiguió esquivar a los guardias de la ronda nocturna y llegar hasta una parte del muro que daba al palacio real por lo que no estaba vigilado, de él se ocupaban los guardias de palacio. Afortunadamente, Hiperión sabía muy bien como esquivarlos.

 

-  Bien.- se frotó las manos.- Ya que los ronquidos no me dejan dormir invertiré mi tiempo en algo más provechoso.

 

         Utilizó una cuerda que llevaba consigo para escalar el muro y llegar al otro lado, la recogió y la escondió tras unos arbustos para después sacar la ropa del saquillo que había traído y cambiarse. Terminó de ponerse la camisa, se dio media vuelta y se dio de bruces con el mismísimo general Neflyte.

 

- ¿No cree que éstas no son horas de andar por aquí, soldado?.- habló con firmeza.

 

         Hiperión se quedó helado sin saber qué decir.

 

- Supongo que tendrá una buena explicación que ofrecerme.- continuó.

 

- Esto... claro... .- tartamudeó Hiperión mientras pensaba.- Estaba...

 

- Por su vestimenta supongo que en una misión secreta, ¿cierto?

 

- Bueno... sí.- asintió Hiperión dubitativo.

 

- De esas que cuánto menos sepan los demás más seguro está uno.

 

- Por supuesto.- le siguió la corriente con más seguridad.

 

- En ese caso no le retrasaré más, soldado.- le guiñó un ojo y se marchó por donde había venido.- Suerte.

 

         Hiperión esperó a que se perdiera de su vista y dio las gracias mentalmente a su primo. Seguramente que el general había hecho la vista gorda en honor a la fuerte amistad que él y los generales Jedite, Zoisite y Malachite habían trabado con Endymión en los largos tres meses que llevaban exiliados de la buena vida.

 

         Silbando, tomó el camino que lo llevaría al pueblo en busca de su adorada Minako.

 

Dos horas después

 

         Cansado de dar vueltas, Hiperión se sentó junto a un árbol. Había buscado a su bella diosa sin resultado alguno y empezaba a lamentarse el haberla dejado marchar sin preguntarle su dirección. Además, debería haber supuesto que a esas horas de la noche no encontraría ninguna damisela de su gusto a la que robarle el corazón para consolarse en el caso de que no volviera a ver a Minako.

 

         Desalentado, estaba a punto de volver a la zona militar cuando una brillante luz dorada llamó su atención. Curioso, se acercó al lugar de donde procedía y cuando vio quién y qué llevaba puesto la persona que allí se encontraba casi le da un ataque al corazón.

 

         Se trataba de Sailor Venus.

 

- ¡¡Esto si que es gloria para los ojos!!.-exclamó alborotado mientras miraba a la rubia de arriba abajo (en aquella época las chicas no iban con minifalda).- ¡Mi amada Minako!.- se acercó a ella.

 

- Hiperión, no hay tiempo.- dijo la sailor extrañadamente seria.- Necesito hablar con Endymión ahora mismo.

 

- ¿Con Endymión?.- se detuvo confuso.- ¿Lo conoces?

 

- Ahora no puedo explicarte nada, solo confía en mí.- le suplicó con la mirada.

 

         Hiperión, cautivado por su belleza, asintió.

 

- No sabes cuanto te lo agradezco, amor mío.- le sonrió agradecida.- Esperaré aquí mientras vas a buscarlo.

 

- ¡¿Qué?!¡¿Ahora?!.- se sorprendió.

 

- Por favor.

 

- Está bien.- suspiró.- No sé por que últimamente todas las chicas que me gustan de verdad parecen más interesadas en mi primo que en mí.- farfulló.

 

         Un apasionado beso de la joven cortó al instante el hilo de sus pensamientos.

 

- Es por Serena.- lo tranquilizó.- Por ahora tu sigues siendo mi único amor.

 

         Atontado por el beso Hiperión ni siquiera recayó en la mención a la princesa de la Luna. Se despidió de su amada con otro beso y fue en busca de Endymión.

 

         Al cabo de cinco minutos sonó el intercomunicador de la sailor.

 

- ¿Lo has encontrado?.- preguntó Amy.

 

- Sí.- asintió alegremente.- El hechizo que hice para reunirme con mi media naranja funcionó a la perfección, hasta fue capaz de reconocerme en mi forma de sailor.- con corazones en los ojos.- Una prueba más de que Hiperión y yo estamos hechos el uno para el otro.

 

- ¡¡Céntrate Mina!!.- gritó Ray enfadada.- Recuerda que Serena nos necesita ahora más que nunca.

 

         La mención a la princesa bastó para que Venus recobrara la compostura.

 

- Lo sé.- dijo.- En cuanto venga Endymión lo teletransportaré a la Luna.

 

Continuará...

 

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