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NÚMERO
(III)

MATERNIDAD DIVINA
Y HUMANA DE MARÍA
Cecilia Gondra
La Santísima Virgen María es propia, real y verdaderamente Madre de Dios, puesto que engendró al Verbo de Dios encarnado. Esto es dogma de fe expresamente definido por la Iglesia (Concilio de Efeso), y es precisamente este título el que eleva a María hasta una dignidad incomparable con el resto de las creaturas y en cierto modo infinita, porque en virtud de este atributo Ella participa del Orden Hipostático, o sea del Orden relativo a la Encarnación del Verbo, que es el orden más alto del universo.
Las primeras palabras de la Sagrada Escritura sobre la Maternidad Divina de María Santísima, están en el Génesis, el primero de los Libros que escribió Moisés por inspiración divina. Es sabido que los libros canónicos de la Sagrada Escritura —es decir los admitidos como tales por la Iglesia— son directamente inspirados, dictados por Dios a sus autores materiales, conocidos unos y otros anónimos.
En el Génesis —capítulo III, versículo 15— se dice: "Inimiticias ponam ínter te et Mulierem, et semen tuum, et semen ellius: Ipsa
conteret caput tuum, et tu insidiarebus calcáneo Ejus" (Pondré enemistades entre tú y la Mujer, y entre tu descendencia y la descendencia de Ella. Ella quebrantará tu cabeza y tú tratarás de morderle el talón).
Estas palabras no pueden sino referirse a la Virgen Santísima porque solamente esta Madre Virgen, por obra directa del Espíritu Santo Dios, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, podía quebrantar la cabeza del demonio, por intermedio de su Divino Hijo. Como simple mujer, es decir, como simple ser humano, no podía vencer al demonio, ser espiritual y excelente por naturaleza (cuando era un ángel de Dios), aunque perverso por accidente, muy superior a las fuerzas todas del hombre redimido por la Pasión de Jesús.
En estas palabras misteriosas de Dios, en el momento mismo de haberse cometido el pecado original, el pecado humano más grande que se haya cometido (porque fue hecho por quienes sabían incluso más que nosotros) están contenidas la Promesa y revelación de la Virgen Madre de Dios.
En el Antiguo Testamento, el Profeta Isaías, dice en el capítulo VII, versículo 1: "Sabed que una Virgen concebirá y parirá un Hijo, y su nombre será Emmanuel, que quiere decir "Dios en nosotros". Este es anuncio indudable, pronunciado siete siglos antes del nacimiento de
Nuestro Señor Jesucristo, de la Maternidad Divina de María, porque no es posible
que una Virgen consagrada, una Virgen Purísima, dé a luz un Hijo sino por
intervención divina; por tanto el fruto de esa Virgen tiene que ser
necesariamente el Dios hecho Hombre.
Este hecho es verificado por tres evangelistas: San Mateo, San Lucas y San Juan, los cuales afirman que María era Madre de Dios hecho Hombre. El que contiene más detalles de esto es San Lucas, que es quien más minuciosamente habla del nacimiento y vida privada de Jesucristo. San Lucas no fue apóstol sino convertido por San Pablo, y probablemente gentil. Es tradición milenaria en la Iglesia que San Lucas conoció a Nuestra Señora, y hasta se afirma que fue obra suya el cuadro "Santa María del Perpetuo Socorro". En esto se basa la creencia de que se informó por boca de Ella de todos los detalles que da.
El Libro de los Hechos de los Apóstoles —escrito también por San Lucas— confirma la Maternidad Divina de María, sobre quien descendió el Espíritu Santo apareciéndose como una lengua de fuego, sobre su cabeza, en Pentecostés.
San Marcos no habla de la Maternidad Divina de María porque comienza su Evangelio con la predicación de Jesús.
En el siglo V de nuestra era, por los años 420 a 430, surgió la herejía de Nestorio (monje de Antioquía y Patriarca de Constantinopla), quien sostuvo que María no era Madre de Dios, del Verbo Divino, sino del Hombre Jesús.
Después de una serie de tentativas para convencerlo que se retractara de su error gravísimo, se reunió el Concilio de Efeso —III Ecuménico— en el año 431, el cual condenó la herejía de Nestorio, definiendo como dogma de fe las verdades que el gran San Cirilo de Alejandría levantara contra Nestorio.
Nestorio afirmaba que en Jesucristo no solamente hay dos naturalezas como enseña la Fe Católica, sino también dos personas diferentes: una persona humana y una Persona Divina. Así, según Nestorio, María fue madre de la persona humana (Cristotókos) pero no Madre de la Persona Divina (Teotókos). No sería entonces Madre de Dios sino Madre de Cristo. Esto fue condenado por el Concilio de Efeso.
Posteriormente, en el año 451 —bajo el pontificado de San León Magno— se reunió el Concilio de Calcedonia que condenó la herejía de Eutiques
(monofisismo) que sostenía el error contrario al de Nestorio, o sea, que en Cristo no había más que una sola naturaleza, la divina.
La Iglesia definió claramente en Calcedonia que en Cristo hay dos naturalezas (una divina y otra humana)
en una sola Persona, la Persona Divina, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
Dijo el Concilio de Efeso: "No porque la Naturaleza Divina tomase principio de la Virgen, ni porque fuese necesario que el Verbo naciera por segunda vez, lo cual sería vana y ridícula creencia, puesto que el Logos es anterior a todos los siglos y coeterno con el Padre, sino porque para nuestra salvación unió a Sí la naturaleza humana y procedió de mujer. No nació primero de María el Cristo-Honibre, y luego habitó en el Verbo, sino que en las mismas virginales entrañas se hizo carne". El Papa San Celestino confirmó la decisión del Concilio. Es de notar que en Efeso había vivido la Santísima Virgen acompañada de San
Juan, y allí murió siendo inmediatamente resucitada y asunta a los Cielos.
San Alfonso María de Ligorio en su libro "Las Glorias de María" dice citando al Eclesiastés (capítulo 24, versículo 24), que la Virgen y Madre afirma: "Yo soy la Madre del Amor Hermoso", y pocos párrafos más adelante agrega recordando al Profeta David: "Salva Señor al Hijo de tu esclava". San Alfonso añade: "¿De qué esclava? —pregunta San Agustín—. De la que dijo al ángel: He aquí la esclava del Señor".
Es pues indudable por afirmaciones del Antiguo y Nuevo Testamento, que María es Madre del Verbo Divino hecho Hombre, y Madre Virgen, al decir de los teólogos: Virgen antes del parto, Virgen durante el parto y Virgen después del parto, conforme lo consigna una antiquísima tradición en la Iglesia. El Hijo de Dios hecho Hombre salió del seno de María de un modo milagroso sin romper la virginidad de su Madre. Nada es imposible para Dios; así como no le fue imposible que Ella concibiera sin intervención de elemento humano alguno.
La Santísima Virgen María, según enseña San Luis María Grignion de Montfort sabía que la profecía de Isaías estaba por cumplirse, porque Dios la hizo Sede de la Sabiduría ("Sede Sapientia"). Ella sabía que el tiempo de la llegada de la Salvación por el Mesías estaba próximo, y al mismo tiempo se veía a sí mismo dotada de gracias extraordinarias por Dios. Pero en su perfectísima humildad no se consideraba digna de ser la Madre del Mesías. No se consideraba digna siquiera de las gracias que recibía. Además había hecho voto de virginidad perpetua, como le dice el ángel que Dios le envía con la maravillosa embajada. Es la única objeción que pone y se turba diciendo aquellas palabras que son una plena aceptación del plan de Dios por un lado, y por el otro una demostración del bajo concepto que de sí misma tenía: "He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra". Más adelante lo confirma también en el Magnificat: "Ha mirado la humildad de su Sierva" (San Lucas, capítulo I, versículo 46).
En el Catecismo Mayor de San Pío X —capítulo IV, "Del Tercer Artículo", se afirma expresamente que el tercer artículo del Credo, nos enseña que el Hijo de Dios tomó cuerpo y alma como tenemos nosotros, en las purísimas entrañas de María Virgen, por obra del Espíritu Santo, y que nació de esta Virgen.
En cuanto a la maternidad humana de María, tenemos el testimonio de San Juan (capítulo XIX, versículo 26-27) que dice: "Habiendo mirado pues Jesús a su Madre y al discípulo que El amaba, el cual estaba allí, dice a su Madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice: al discípulo: Ahí tienes a tu Madre".
La forma indiscriminada y general en que Jesús habla, está indicando que en Juan se refiere a todos los hombres. De aquí nace la tradición inmemorial en la Iglesia de que María Santísima es Madre nuestra, aunque no por naturaleza, sí por adopción.
San Luis María Grignion de Montfort expresa: "Dios Padre quiere crearse hijos por María hasta la consumación del mundo y por eso le dice estas palabras: "In Jacob inhabita..." (Habita en Jacob), es
decir, haz tu morada y residencia en mis hijos, los predestinados figurados en
Jacob". Y luego agrega el mismo santo: "Así como en la generación natural y
corporal hay un padre y una madre, también en la generación sobrehumana y
espiritual, hay un Padre, que es Dios, y una Madre que es María. Todos los
verdaderos hijos de Dios y predestinados, tienen a Dios por Padre y a María por
Madre, y quien no tiene a María por Madre no puede tener a Dios por Padre"
(Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen).
María es un misterio de Dios. Ella existe en relación al pecado que cometió Adán, pero esto no significa que Dios no la hubiera creado igual si no existiese la culpa: los designios de Dios son inescrutables.
Lo concreto es que María fue hecha llena de gracia ("gratia plena") para ser Madre de Dios, y junto con El, ser Co-Redentora del género humano, para restablecer el desorden causado por el pecado. O sea, que Ella es Madre de Dios por gracia, y Madre nuestra por misericordia.
María es la obra maestra de Dios. Es la perfección de la gracia en una creatura humana, que nació fiel en la mente de Dios y vive fiel para siempre en el Cielo.
María Santísima es el triunfo de Dios sobre el demonio; es
nuestro único y bendito recurso (porque así lo quiso Dios) para llegar a I El. San Juan Bosco decía: "Es imposible llegar a Jesús si no es por I medio de María". Ella es la reconciliación con la Cruz, fuente de alelí gría, auxilio de los cristianos, como la Iglesia la bendice en sus letanías.
Vivamos en María y Ella nos llevará consigo, no sólo en esta tie-í rra, sino también al fin de nuestras vidas, nos llevará con Ella a Dios.
Una antigua canción española, del siglo diez y seis, decía: "¡Madre de Dios y de nos!...
que si es Madre de Dios.
lo es por nos..."
PROCLAMACIÓN DOGMÁTICA
DEL
PAPA PÍO IX
8 DE DICIEMBRE DE 1854
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"Para honor de la Santa en individua Trinidad, para gloria y ornamento de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la Fe Católica y aumento de la Cristiana Religión, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, y con la nuestra propia, declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Beatísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, por gracia y privilegio singular de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, ha sido revelada por Dios y, por tanto, debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles. Por lo cual, si algunos —lo que Dios no permita— presumieran sentir en su corazón de modo distinto a como por Nos ha sido definido, sepan y tengan por cierto que están condenados por su propio juicio, que han naufragado en la fe y que se han separado del a unidad de la Iglesia" (D. 1641).
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El dogma de la Inmaculada Concepción de María, es perfectamente armonizable con la Redención universal de Nuestro Señor Jesucristo. La Redención alcanza sin duda también a María. La explicación no es difícil, aunque la mísera razón humana demandó varios siglos para encontrarla. De dos maneras, dicen los teólogos, puede redimirse a un cautivo: 1°) Pagar el precio de su rescate para librarlo del cautiverio en que ya ha caído (redención liberativa)] o 2?) Pagar el precio anticipadamente para evitar que caiga en cautiverio (redención preventiva). Así, Dios Padre Todopoderoso, aceptó anticipadamente, y desde la eternidad, el precio de la preciosísima sangre del Hijo, para que María fuera preservada de toda mancha.
LA INMACULADA CONCEPCIÓN
El 8 de diciembre la Santa Iglesia Católica celebra la fiesta de la Inmaculada Concepción de María. Es este un privilegio singularísimo de Nuestra Señora que recién el Papa Pío IX definió dogmáticamente, pero que desde épocas primitivas de la Iglesia el pueblo sencillo y fiel celebró con piadosa certeza.
Durante la Edad Media hubo grandes controversias sobre el tema. Nada menos que San Bernardo, San Anselmo, San Buenaventura, San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino, expresaban serias dudas teológicas sobre este privilegio mariano, pues no atinaban como armonizarlo con el dogma de la Redención universal de Cristo. Pero el pueblo siguió creyendo obstinadamente.
A partir del siglo XIV las dudas sobre la Inmaculada Concepción comienzan a ceder, y su celebración se hace cada vez más frecuente en los pueblos cristianos. De modo incontenible se difunde esta devoción: oraciones, cantos, versos populares la consagran por doquier. En el Norte Argentino, sin ir más lejos, encontramos aquellas estrofas de tan hispánica altivez: "Sepa el moro y el judío, y el inglés que anda en la mar, que María es concebida sin pecado original".
Pero es en la humilde piedad franciscana, donde recogemos una de las más preciosas argumentaciones, la de Duns Scoto: "Potuit, decuit, ergo fecit" (Pudo, quiso, luego hizo). El silogismo que plantea es maravilloso:
"¿Pudo el Omnipotente a su Madre preservar?
Hízolo, era muy decente.
O pudo Dios y no quiso,
o quiso y no pudo Dios.
Si quiso y no pudo, no es Dios.
Ni Hijo, si pudo y no quiso.
Decid pues que pudo y quiso."
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LOS PODERES DEL SACERDOTE
De LUIS COACHE
Ediciones FE DE SIEMPRE
Un pequeño y práctico libro que responde a una pregunta candente: ¿Cómo puede el sacerdote ejercer su autoridad en épocas de crisis?
Se trata de un manual fundamental de consideraciones teológicas y canónicas acerca de las relaciones entre el sacerdote fiel y el obispo que ha perdido la fe o ha caído en la herejía. Tal sacerdote puede y debe ejercer su ministerio en cualquier lugar y condición, aunque con ello desafíe el orden de jurisdicción, siempre que no usurpe funciones de gobierno que corresponden a la dignidad episcopal. La Fe y la Caridad imponen esta solución en épocas de crisis, por encima de cualquier legalismo.
Una obra clara y precisa que apunta a soluciones prácticas para casos concretos y urgentes que hoy atenazan el corazón de tantos sacerdotes fieles. Un libro que trae luz intelectual y paz a las conciencias.
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NICEA Y EL VATICANO II
En "FIDELIDAD A LA SANTA IGLESIA", II, publicamos un breve comentario acerca de la increíble declaración hecha por Pablo VI a Monseñor Lefebvre: "El Concilio Vaticano II tiene también autoridad, el es (bajo ciertos aspectos) más importante todavía que el de Nicea".
La revista "Itineraires" (n? 215, julio-agosto 1977) ha publicado un estudio de gran profundidad y coherencia, realizado por Marcel de Corte, profesor emérito de la Universidad de Lieja, cuya autoridad en materia filosófica es mundialmente reconocida. El estudio se titula precisamente "Nicea y el Vaticano II".
El autor compara la teología doctrinal de Nicea con la llamada "teología pastoral" del Vaticano II, y la filosofía profunda que implica cada una de ellas. Demuestra que el Concilio de Nicea se apoyó sobre las realidades objetivas de la Fe revelada, incluso contra la mentalidad "moderna" de su época (neoplatonismo, Plotino, Arrio, etc.), mientras el Vaticano II ha tratado de reducir la Fe a los métodos y al lenguaje de la mentalidad moderna: se cree decir lo mismo con otras palabras, pero un cambio de lenguaje entraña en realidad un cambio de pensamiento.
Compara también el autor la difusión impresionante del arrianismo que se extendió por toda la Iglesia en el siglo IV, incluso al Papa Liberio que excomulga a San Atanasio, y la actual situación de la Iglesia. "Un nuevo arrianismo se difunde por toda la Iglesia «conciliar»
—dice—. Esa es la causa profunda de su autodemolición". Y concluye:
"Si el Vaticano II es más importante que Nicea es porque el arrianismo apenas disimulado de Pablo VI es más importante que el dato objetivo de la fe. . . En los dos casos esas herejías, porque es necesario llamarlas por su nombre, han recurrido al poder temporal para difundirse. El arrianismo obtuvo el apoyo de los emperadores romanos y de los reyes bárbaros. Se convirtió en religión del Estado. Se politizó totalmente en el curso de sus maniobras tendientes a captar el poder temporal en provecho propio. El inmaneiitismo conciliar y posconciliar halaga a la democracia, a la maquinaria de la ONU, a las organizaciones (o
desorganizaciones) internacionales, a la descolonización y su sosias el neocolonialismo, a la revolución, a todas las corrientes ideológicas
de moda. Pablo VI les dedica miles de elogios".
Y finaliza Marcel de Corte recordando que "Sabemos también,
por la historia de la Iglesia, que aquellos que permanecen irreductiblemente
fieles tienen siempre la última palabra".
SACERDOTIZAS DE LA NUEVA
RELIGIÓN POST-CONCILIAR

Entre las muchas curiosidades que giraron alegremente en torno del llamado "Congreso Eucarístico" de Filadelfia-1976, merece destacarse este "SERVICIO LITÚRGICO" celebrado por treinta y cinco "MUJERES MINISTROS", con la participación de dos monjas católicas —Judith Heffernan y Christine Debacher—. Se cantaron salmos, se leyeron y comentaron textos de la Escritura y luego se distribuyó pan y vino... No sabemos aún que las jerarquías modernistas hayan condenado este tipo de actos. Mientras, la Misa católica de San Pío V sigue proscripta y perseguida por esas mismas jerarquías.

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"FIDELIDAD A LA SANTA IGLESIA
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