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Escuela Secundaria Técnica #31 Prof. José Santos Valdez García de León |
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Información para el periodista Mario Gill Ciudad Saucillo, Chihuahua, 18 de abril de 1970 Mi nombre completo es José Santos Valdés García de León. Nací el 1° de noviembre de 1905 en Rancho Camargo, municipio de Matamoros, Coahuila. Mis padres fueron Cristina García de León Arguijo y Pedro Valdés Rosales, ambos nacidos en Matamoros, Coahuila. A fines de 1911 inicié la escuela primaria en la ciudad de Parras, Coahuila, en la Escuela Modelo cuyo director era el Profesor Enrique Pérez Rul, después secretario particular del general Francisco Villa. Mi padre era peón de confianza de Don Evaristo Madero, el fundador de la familia Madero y a su muerte, quedó en San Lorenzo. Lo movilizaron a San Manuel rancho del municipio de Viesca, Coahuila, donde reinicié en 1912 la primaria luego en Matamoros con el profesor Justo Castro, que se alzó contra Victoriano Huerta y murió en el ejido Emiliano Zapata, municipio de Viesca, Coahuila. La seguí en Torreón unos meses y, luego, mi padre fue movilizado a la hacienda de Menfis, en San Pedro, Coahuila, y en la Escuela Centenario del mismo lugar, por fin pasé al II grado en el que me mantuve firmemente por dos años más, y en junio de 1920, terminé V grado. En septiembre fui seleccionado para disfrutar de una beca de $30.00 mensuales en la Escuela Norma de Coahuila, la que ninguno de los que terminaron VI grado quiso. La beca era municipal pero me la quitaron y me dieron otra de $25.00 pagada por el Gobierno del Estado. Al iniciar el IV grado de Normal, en septiembre de 1923, me aconsejaron irme a mi casa; después supe que por hambre me estaba tuberculizando. La orden médica fue descansar, dormir y comer mucho. Lo que en mi hogar no se podía. Conseguí una plaza de maestro rural pagada por la Casa Purcell, inglesa y latifundista, y me fui como director de la Escuela Rural de San Marcos, municipio de San Pedro, Coahuila. Éramos dos maestros. Yo atendía II y III y la ayudante el I, en una hermosa construcción de ladrillo rojo, piso de ladrillo pulido, patio cubierto, ventanas de guillotina y un campo exterior con ¡jardín y rosales! En medio del arenal de la estepa. Así me inicié en el magisterio en el año escolar de 1923-1924. El administrador de la hacienda y el mozo de la misma, me amargaron la vida. De mi estancia aquí guardo experiencias valiosas que me ayudaron en mi trabajo futuro porque, el que hice allí, en San Marcos, ese año, fue un fracaso. Aprendí que el dominio del administrador sobre el personaje era casi absoluto. Desde luego, los Purcell, estaban el Londres o en Saltillo. Casi nunca iban a sus haciendas. Narro cuatro anécdotas que ilustran lo que afirmo: -Un día, al salir de la escuela, como de costumbre los chicos me acompañaron a la Casa Grande, donde vivía. Era invierno, que en ese año fue muy crudo. Un parcionero, originario de Monterrey, mató en el Río Nazas a unos tres ó cuatro kilómetros de allí, un pelícano, aves que todavía por entonces cruzaban la Sierra Madre Occidental y de cuando en cuando aparecían por el río. Los campesinos los llamaban “patos bueyes”, por lo grande. Alrededor de Don Eduardo Garza, el parcionero, pues se mantenía montado en su caballo, estaban muchos peones y curiosos viendo el extraño animal. Llegué con los chicos y el administrador, con voz engolada, le decía a Don Eduardo y a todos los presentes: “¡Es un ibis!” El parcionero me vio y me preguntó qué animal era aquel. Le dije que mis alumnos le dirían la respuesta si les permitía bajarlo del caballo y pararlo sobre el arenoso suelo. Don Eduardo accedió y al verlo parado, con las alas extendidas y la bolsa colgando bajo el pico, los chicos empezaron a gritar: ¡Es un pelícano, es un pelícano! El administrador furioso me interrogó: Le dije que los niños tenían razón y que era un pelícano. Me vio con desprecio y volviéndose hacia los presentes, les dijo: “Este pajarote es un ibis. ¿Cómo se llama?” Ibis, le contestaron algunos, volvió a preguntar con notorio disgusto y entonces la respuesta fue unánime: ¡Es un ibis! Mis alumnos optaron por callar, salvo uno que nunca supimos quién fue, porque “la bola” se había hecho grande y ante la sorpresa general dijo: Es un pelícano, viejo pendejo... Lo chicos no tuvieron dificultad en reconocerlo porque en su libro de lectura había estudiado una lección: El pelícano ciego. El libro era Rosas de la Infancia de maría Enriqueta y la aprendieron muy bien porque, cada lección del libro, me daba oportunidad para hacer ejercicios cuando menos dos días. Nunca fui profesor de los que hacen que sus alumnos lean una lección del libro todos los días y así le dan en el año tres repasos. -Una tarde, sentados, es uno de los poyos adosados a la pared frontera de la Casa Grande y rodeados de un grupo de peones adultos y jóvenes, que pretendían ser escuchados por el administrador de la hacienda, sufrí de parte de éste, un interrogatorio que tenía el propósito –el interrogatorio- de probar que yo era ignorante, lo que además era y sigue siendo cierto, pero no en la medida que el administrador propalaba. Entre otras muchas preguntas hizo la siguiente: “Maistro, ¿De qué son las nubes?”. Mire, Don Pancho, contesté, las nubes son vapor de agua, como ese que sale por el tubo de escape de la caldera del despepitador, vapor de agua que todos voltearon a ver... Hasta entonces Don Pancho no encontraba manera de contradecir o negar mis respuestas y ante éstas, explotó porque vio cómo los campesinos seguían con interés mi explicación sobre la evaporación en lagos, lagunas, mares, etc., y de la lluvia proveniente de las nubes. “Ustedes los ‘maistrillos rurales’ son unos ignorantes. Enseñan mentiras y más mentiras. Eso de que las nubes son vapor de agua son puras ‘levas’. Las nubes son de polvo”, casi gritó Don Pancho interrumpiéndome... Y con gesto característico, metió las manos entre el pantalón y la falda de la camisa y entró muy orondo a la casa... -Una noche de noviembre, igualmente sentados en los dos poyos que había en la entrada principal de la casa y con el portón cerrado –hacía frío- platicaba con otros empleados y de pronto apareció el administrador que se había ido a su cuarto, al meternos todos al pasadizo, pues estábamos afuera contemplando las estrellas. El administrador se sentó con gesto aparatoso, como todo lo que hacía o decía, se cubrió bien con la cobija, se acomodó el sombrero grande y me preguntó con un dejo socarrón en la voz: “Oiga, ‘maistro’ ¿cuántas estrellas hay en el cielo?”. La pregunta me dejó mudo por un momento. Hice memoria de lo oído y de lo estudiado en el curso de Cosmografía y a sabiendas de que me haría una nueva perrería, le contesté: No hay hasta ahora un cálculo preciso y los sabios no se ponen de acuerdo en el número, unos afirman que 20 millones, otros que 50 pero... No me dejó terminar y saltó de nuevo: “¿Cuáles sabios?”. Pues los llamados astrónomos, contesté, y a continuación intenté explicarle algo de los métodos utilizados para contar -como decía él- el número de estrellas... De pronto lo vi de pie junto a mí, echándose el ala frontera del sombrero hacia atrás y hablando e hipando a la vez por la risa que a ratos le ahogaba: “Ja, ja, ja... los sabios, los astrónomos que miden pedazos de cielo... Ja, ja, ja... 20 millones de estrellas... La ciencia... ¿Cuál ciencia? Cada quien hace su ciencia. Ahí tiene eso ca... de Aureliano Mijares, Soto y Gama y Manrique que alborotan la peonada. También hablan de ciencia... Ja, ja, ja... Con sus sabios, sus astrónomos cuentan las estrellas... Ja, ja, ja... ‘Tráigame, tráigame orita’ a esos sabios, les meto cincuenta mulas en el corral y no las podrán contar, y van a contar las estrellas. Ja, ja, ja...” Y sacudido por la risa, se acomodó los pantalones, gesto muy propio de él, y la cobija y enfiló nuevamente hacia su cuarto. -Una mañana de febrero, fría por cierto, salí de la Casa Grande para desayunar e irme a la escuela; la puntualidad fue siempre algo que no se apartó de mi vida de maestro de escuela. Frente a la Casa Grande, Manuel, el mozo, un tipo socarrón, lambiscón y rastrero, adicto totalmente al administrador, andaba plantando arbolitos que por entonces, 1924, eran casi desconocidos en la Comarca Lagunera. Me detuve a ver los arbolillos ya plantados y el que estaba por plantar. Otros campesinos curiosos veían con atención los para entonces, exóticos arbolitos. Me iba cuando el mozo me detuvo y melosamente me saltó la pregunta ya esperada: “¿Cómo se llaman estos árboles?”. Sin vacilar, ni dudar, gracias a información anterior, le contesté: Eucaliptos. Son originarios creo que de Australia y los han traído por sus propiedades benéficas para la salud. Sirven para ayudar a curar enfermedades de... No dejó el mozo que acabara mi pedantesco discurso porque, de manera violenta, me interrumpió. Me di cuenta de que, repentinamente, había cambiado su actitud melosa por otra francamente agresiva para decir en voz alta -buscaba que lo oyeran los campesinos- las siguientes palabras: “Mire, estos arbolitos se llaman calizos, ca-li-zos, y se gozaban silabeando la palabra, porque así lo dice Don Pancho, el ‘almenistrador’. Aquí el único que sabe es él y son puros hijos de la tiznada los que digan que estos calizos se llaman de otra manera...” Sentí que me encendía pero se impuso la reflexión. Con pelear nada ganaba. Le vi directamente a los ojos, unos ojitos que se perdían entre la grasa de su cara de hombre obeso y sin decir más me fui a tomar mi comida mañanera, que el mozo, fiel representante del espíritu feudal de la hacienda, me acababa de amargar. Mi venganza fue magnífica. En julio, sometida la rebelión de diciembre del 23, se verificaron las elecciones presidenciales. Regresé de San Pedro, me apoyé en varios amigos adultos y jóvenes y me hice nombrar presidente de la casilla. Me llevé el paquete electoral otro día con la ayuda de José Onésimo Castro Alanís y los votos para Angel Flores generosamente, se los dimos al otro general candidato: Plutarco Elías Calles. Fue mi primera y última aventura electoral... Me pagaban $2.50 que por entonces equivalían a 3.3 veces el sueldo de los peones. Los veinte reales diarios de mi sueldo me permitían comer y ayudar un poco a mi familia. Hasta me hice mi primer traje (pantalón y saco) de casimir que me costó $30.00. pero lo narrado y mi firme decisión de no ser un “destripado”, lo que me provocaba hasta pesadillas, me hizo regresar a la Escuela Normal de Saltillo. Una mañana, en medio de un arenal donde brotaba uno que otro mezquite raquítico y espinoso, en una estación de bandera, mi padre detuvo al Coahuila y Pacífico, y después de hacerme la última recomendación, me ayudó a trepar en el carro de segunda y así volví a estudiar hasta que, el 17 de junio de 1926, presenté examen profesional y obtuve mi título de Profesor Normalista Primario, único que tengo. De mi paso por la Escuela Rural municipal de la hacienda de San Marcos, obtuve algunas experiencias: -Un día llegó un sacerdote y organizó una procesión por la tarde. Mi ayudante, en unión mía, se quedó sentada en las gradas del frente de la escuela. Ambos quedamos sin alumnos. El señor cura hizo pasar la procesión frente a la escuela. En ella iban todos nuestros alumnos con una vela en la mano. Me di cuenta, y ello me ayudó mucho después, a entender que, en el campo, el dominio de la Iglesia sobre toda la población, era irrestricto. -Comprobé que entre la hacienda y la tienda, en manos de un concesionario (y las había semejantes en toda las haciendas de La Laguna) existía un acuerdo perfecto y que, aunque no era de la propiedad del hacendado, se trataba de una verdadera tienda de raya: en ellas los vales, recados, etc., del administrador eran órdenes cumplidas puntualmente. Servía, la tienda, como instrumento auxiliar para consolidar el poder de la hacienda sobre los campesinos. -El absentismo latifundista se me reveló de manera material. En otras haciendas donde trabajé de niño, estaban allí los dueños o hacían visitas semanarias. En las de la Casa Purcell nadie los conocía y la única visita a San Marcos, la hicieron en un carro especial de ferrocarril, que llegó hasta la hacienda y para que no los ensuciara la arena y el polvo del suelo, se comentaba cómo les pusieron unas mantas largas de ixtle (por entonces se usaban mucho en la Laguna, para poner sobre ellas colchonetas y colchones y dormir en el suelo) desde la espuela de la vía férrea hasta la Casa Grande. Nunca más los volvieron a ver. Este absentismo se me había ocultado en las haciendas de Bolívar, de los alemanes Ritter o en las del perímetro de Santa Teresa, de gachupines, pero allí lo aprecié de manera material. -Me impresionó la viveza, la curiosidad insaciable de los niños de los dos grupos que atendía; la seriedad con que se desempeñaban, cumplían las tareas que les ponía y la facilidad con que aprendían cuando yo sentía que estaba explicando bien y las confusiones que en ellos provocaba cuando, me daba perfecta cuenta de ello, mis explicaciones no eran sencillas, claras, a su alcance. Entendí y me sirvió hasta ahora, que sólo se puede hacer accesible a los niños aquello que entendemos de manera completa, aquello que no deja dudas ni confusión alguna en nosotros mismos. -Aprendí en ese año escolar algo muy valioso: lo que educa no es lo que se dice sino lo que se hace. Había insistido con discursos breves, solemnes y emotivos, sobre la necesidad de atender el jardín que teníamos al frente y a los lados del norte y sur de la escuela. Los niños o no hacían o iban a trabajar de mala gana y, en consecuencia, a hacer mal el trabajo. Un día, personalmente, con pala y azadón según lo que hacía, me puse a arreglar el suelo, desyerbar, regar, etc., sin decirles nada. En unos instantes el jardincito se llenó de niños trabajadores y quedó esmeradamente limpio, arreglado de tal manera que, después, los chicos y yo nos extasiamos viéndolo por las ventanas de nuestra aula. Igual ocurrió con la puntualidad; no podíamos conseguirla porque tanto la ayudante como yo, a veces llegábamos unos minutos tarde, sobre todo los lunes. Eso significó que muchos lunes, algunos en que heló o nevó crudamente, tuve que venirme a pie, como de costumbre, de San Pedro para San Marcos, a las cuatro de la mañana. Pero los chicos no resistieron la fuerza del ejemplo. -Otra experiencia que no resisto relatar, fue la siguiente: una tarde, sentado a la sombra de unos álamos, en el talud de una colina arenosa, leía El Maestro, la revista que Don José Vasconcelos editó para la SEP. en ella, por primera vez, esa tarde leí Suave Patria de Ramón López Velarde. La estaba repasando, porque su belleza me cautivó, cuando llegó un grupo de jóvenes campesinos. Cuando les expliqué, respondiendo a su pregunta, de qué hacía, quisieron que les leyera en voz alta el poema. Lo hice una vez, me pidieron que lo repitiera, lo que hice de buen agrado ante su interés. Después, sin pedírselos, vino el alud de comentarios: -Oiga, qué bonito eso de la “Chuparrosa equilibrista” (ellos conocían, como equilibrista a los que caminaban sobre el alambre), qué bien dicho. Pero si la chuparrosa es una cirquera... -Parece que estoy viendo, y aquí el nombre de una estirada señora campesina que se desvivía por no parecerlo, con sus “naguas” almidonadas y que le llegan hasta el huesito sabroso... -Qué bonito eso del “santo olor de la panadería”. Parece que voy entrando a San Pedro, a las seis de la mañana, por la calle real donde está “La Espiga de Oro”... -Y eso del garañón, la cuicada, los tiros y la matraca de semana santa... Y así por el estilo. Recordar esto me hizo afirmarme en aquello de que arte que no llega a las masas no es arte, con perdón de los exquisitos, en el sentido de que, llegar a las masas, es llegar a la conciencia, despertar el sentimiento del humano. -Por primera vez en mi vida me di cuenta de que la mentira, el engaño, el fraude, etc., que siendo como son, parte de la realidad social, son también recursos del que echan mano personas inescrupulosas que sirven a la educación. La escuela presentó, al terminar el año, una exposición de labores de aguja y tejido así como de trabajos manuales, que superaba, de manera inverecunda, la capacidad económica de las familias de los peones y la capacidad manual de los alumnos, niñas y niños, del primer grado. Cuando terminó la exposición, todo lo expuesto regresó a la cabecera del municipio para ser entregado a sus legítimos dueños... Este recurso, ahora, tiene sus seguidores en la educación mexicana, de la primaria, a la universidad, con manifestaciones aún peores, mucho peores, que la que aquí citó. Habiéndome titulado en junio de 1926 quise trabajar en San Pedro, pero mis propios maestros de la escuela primaria, entre ellos el más querido, me aconsejaron que no lo hiciera: sal a trabajar fuera de aquí, me aconsejaron... Esto y el que me ofreciera plaza de maestro con ochenta pesos mensuales, los que casi había ganado como no titulado hizo que me fuera al estado de Sonora. Llegué a Hermosillo. El director de Educación del Estado era Don Benjamín Muñoz, al que, con una huelga que iniciamos y capitaneamos los del segundo grado, el 4 de abril de 1922, habíamos sacado de la dirección de la Escuela Normal de Coahuila. La huelga no fue en su contra, sino del Gobernador del Estado, general Arnulfo González, que había cesado al maestro Don Apolonio M. Avilés, al que nosotros queríamos apasionadamente y que, al morir, en 1930, fue consagrado por la Legislatura y opinión unánime de los coahuilenses, como el Benemérito de la Educación en Coahuila. Los coahuilenses, contemporáneos en la Normal, habían llegado antes que yo. Don Benjamín sabía quiénes éramos y qué habíamos hecho. Sin embargo así como el año anterior había incorporado al servicio a mis dos amigos que eran Manuel García Rodríguez y Alejandro V. Soberón, me incorporó a mí. El general Álvaro Obregón tenía a sus hijos estudiando en la Escuela Superior para Varones Talamantes, en Navojoa, Sonora. Intervenía a veces y lo había hecho al terminar el ciclo 25-26 para que se colocara en la misma, personal que respondiera a las necesidades del aprendizaje y de la educación. Esta circunstancia motivó que el profesor Muñoz me llevara con el gobernador interino Don Leandro Gaxiola, de cuyos labios escuché lo anterior, y el que me conminó para que me fuera a Navojoa, me hiciera cargo de la escuela de varones e hiciera un trabajo tal que agradara a los vecinos y, claro, de manera especial, a Don Álvaro. Allá me fui, a debutar en la primera semana de septiembre, como normalista titulado y al frente de una escuela de diez o doce maestros, que no los recuerdo bien. Efectivamente Álvaro y Mayo Obregón eran alumnos del 4° y 5° grado y Francisco del mismo apellido, se inscribió en primero. Aquí aprendí algo que mucho me sirvió después para plantear y llevar al cabo mi trabajo de educador y para entender que están equivocados y fracasan en cuanto a la realización de las últimas consecuencias del ideal educativo, quienes creen que escuelas y sociedad son realidades distintas y, lo peor, que es la escuela la que condiciona a la sociedad y no al revés. -Llegó el 12 de octubre y cumpliendo con el calendario de trabajo pero sobre todo con la escuela, me dispuse a organizar una festividad que tenía que culminar, como era tradicional, con un baile. Los sonorenses, -es mi más profunda convicción- son buena, excelente gente y eufóricos, bailadores, alegres. El beber cerveza para ellos no es faltar al sentido moral, familiar y social. Yo no lo sabía. Por ello cuando, por la tarde, dábamos los últimos toques a los arreglos del foro, sillería, alumbrado, etc., vi llegar y meterse como Pedro por su casa, a los empleados de una distribuidora de cerveza llevando lo necesario para acomodarlo y vender la ahora “mexicana alegría” en cuanto se iniciara el baile. Fui a precisar con ellos la situación y engolé la voz: en una escuela no se deben vender bebidas embriagantes. -No la van a beber los niños, me contestaron. -Pero llo van a ver, que es un tanto peor que si la bebieran. -En sus casas lo ven, replicaron... Pero no quise oír más y los empleados de la empresa local, cuya fábrica estaba en Hermosillo, sonriendo socarronamente, se fueron llevándose cuanto habían llevado. Me sentí un vencedor. No había pasado media hora cuando llegaron el Inspector Escolar, unos miembros del Comité de Educación y hasta un callado pero atento representante de la autoridad municipal. Trataron de convencerme pero seguía terco, montado en mi macho. Entonces el inspector, uno de los hombres más inteligentes que he conocido y que tendría unos treinta años –yo tenía veinte cumplidos- me llevó aparte y me dijo, palabras más, palabras menos, lo que sigue. -Usted no ha estudiado no conoce el medio en que está trabajando. Estoy con usted en su lucha y lo vamos a conseguir, no lo dude, una disposición oficial para que no se baile en las escuelas y –sobre todo- para que no se vendan ni consuman bebidas embriagantes. Pero aténgase a la realidad: si usted se obstina y yo lo apoyaré, no se venderá cerveza, pero no habrá servicio de luz eléctrica, no tocarán los músicos y no habrá fiestas, no podrá desarrollar su programa... Aquí todos los hombres de negocios están estrechamente ligados: los de la cerveza tienen dinero en el servicio de alumbrado, auxilian con dinero y les dan oportunidad de trabajar a los músicos y estos hacen lo que ellos quieren... y me dijo otras que no hay para qué escribir... Inútil resulta consignar que hubo fiestas: nuestro programa escolar fue un éxito, el baile fue un éxito social –de ambos hablaron los periódicos- y supongo –por lo que vi- que la venta de cerveza fue otro éxito... -Por primera vez choqué con los intereses creados y la ambiciones y me di cuenta de que la lucha por los empleos, por alcanzar las jerarquías y la autoridad, era una lucha a fondo, a muerte. Era un extraño –un gaucho- como llamaban en esa región de Sonora a los fuereños, y desde entonces comprendí que estaba allí como director gracias a un sistema social injusto. Me caló hondo ver “a mis órdenes” a maestras y maestros que tenían más merecimientos por sus años de servicio y calidad profesional que yo, para desempeñar la dirección. Me tendieron dos o tres trampas, entre ellas hacerme leer el 16 de septiembre el informe del Presidente Municipal –documento que pusieron en mis manos- minutos antes de su lectura en público, pero salí bien gracias a la preparación que me dio la Escuela Normal. Entonces comprendí que la dureza, la exigencia a veces elevada, la crueldad de mis maestros, obedecía a una razón y me llenó el alma de limpia emoción cuando el Comité de Educación que me había dado plazo para que demostrara mi capacidad se presentó, en ese mes de octubre para decirme: Si hubiéramos sabido que se tituló en la Normal de Coahuila no le hubiéramos puesto el plazo que le pusimos. Usted puede seguir aquí. Todos los normalistas de Coahuila que han trabajado por acá. Han demostrado ser buenos maestros. Esperamos que usted también lo sea. Tengo la profunda convicción de que, la jornada educativa de los veintes, fue la más fecunda creadora etapa en toda la historia de la educación mexicana y una prolongación ampliada, acrecentada, en todos los aspectos, de aquella que inició la educación patria en 1523, Fray Pedro de Gante en Texcoco y que culminó en los hospitales de Michoacán con Fray Vasco de Quiroga, el real, el verdadero iniciador en América, de lo que hoy, pomposamente, llama la UNESCO educación fundamental y que tuvo su última fugaz aparición, por lo breve y porque nadie recogió la herencia, con Hidalgo, en Dolores. Vasconcelos recogió el sentido misionero de la educación sistemática escolar: servir al pueblo, ligar a la escuela con la solución de los problemas fundamentales del humano vivir, como son: la vivienda, el hogar, la alimentación, la salud, el vestido, la recreación. En La Batalla por la Cultura, le dedico un capítulo a los educadores misioneros y sostengo el punto de vista de que, los maestros rurales –y soy uno de ellos-, somos los legítimos herederos de Fray Pedro de Gante, Vasco de Quiroga, Zumárraga, Alonso de la Veracruz, etc. En El Día, me parece que fue en febrero de 1967 y en Magisterio después, se publicó un ensayo mío sobre la Escuela Rural Mexicana como promotora del mejoramiento de los pueblos. Pienso que los misioneros, y Vasconcelos lo recogió precisándole después la teoría y la práctica que fue más allá de lo que mismo Vasconcelos pensó, desde la hora y punto en que aparece la educación en México como actividad planeada, organizada, sistemática, le dieron a la escuela un carácter militante en la lucha a favor de la justicia social o del desarrollo como se dice ahora, que es progreso con justicia social. Creo que la hora más fecunda de la Escuela Rural Mexicana, cuyo aliento misionero fue su maravilloso motor fue la que vivió con Vasconcelos y que su extraordinario desarrollo lo alcanzó gracias a que, paralelamente, se desarrolló la Reforma Agraria. Su calidad académica, fue el juicio de muchos educadores extranjeros, era pobre, pero qué rico su contenido social. La lucha por la tierra y la lucha por la escuela caminaron de la mano. La escuela era aliada de los campesinos. Sabían que sin la escuela o no tendrían la tierra o no consolidarían su posesión de la misma. La lucha fundió, en el afán de hacer progresar a México, a los campesinos y a los maestros: lo maravilloso fue que los maestros rurales de la década de los veintes, eran sumamente jóvenes y la inmensa mayoría apenas habían cursado el IV y V grados primarios, muy pocos pasaron el VI y mucho más pocos aún, eran normalistas o poseían una preparación posprimaria. Todavía florece, de cuando en cuando uno que otro maestro rural con sentido misionero moderno, que liga el hacer pedagógico con el prístino aliento que la lucha por la justicia social le dio a la educación mexicana y que el Artículo Tercero Constitucional mantiene vivo, al señalar en una de sus precisiones filosóficas que, la educación, tiene como finalidad mejorar, en todos sentidos, el nivel de vida del pueblo. Ejemplo de lo anterior, uno entre muchos, es lo que hace Luis Daniel Jara Díaz, graduado en San Marcos, Zacatecas, y que narro en artículo que reprodujo Magisterio en su número de febrero de este año. Finalmente, el vigoroso empuje vasconceliano, hizo posible la estructuración de la Escuela Rural mexicana que colocó a nuestro país a la cabeza entre todos los países del mundo con su sistema: Escuela Rural y Misiones Culturales. Escuela Normal Rural que, después, en una certera planeación, no iguala ni por su teoría ni por su hacer, hasta la fecha, se convirtió en Escuela Regional Campesina. Las Misiones Culturales, creadas originalmente como instrumento para mejorar profesionalmente al improvisado magisterio rural, se convirtieron, hasta su disolución en 1937, en poderosos agentes de: -Mejoramiento de las condiciones de vida de las poblaciones rurales. -Mejoramiento profesional de maestros en servicio. -Agitación y a la vez organización social en el campo y en los pequeños centros de población donde actuaban, casi nunca con más de cinco mil habitantes, por cuanto promovían la lucha por la tierra, el agua, el crédito, etc., y, al mismo tiempo, organizaban a la población para la lucha contra la voracidad de los acaparadores de cosechas y comerciantes, expendedores de bebidas alcohólicas y sobre todo, de los bajos salarios, lo que levantó contra ellas a los poderosos intereses creados, a “las fuerzas vivas, representantes del orden, del progreso y la moralidad”. Es típico el momento en el que las disuelven: 1937. La burguesía, con el impulso revolucionario cardenista aunque parezca contradictorio, se fortalecía tremendamente, y de manera tal, que los seiscientos millonarios que había en todo México en 1934, se convertirían en DIEZ MIL... para la década de los cuarenta. Las Misiones Culturales habían resistido todos los ataques; pero cuando el Agrario y el Banco Ejidal se unieron porque los misioneros denunciaban las maniobras de ambos organismos oficiales en contra de los campesinos, aprovechando un error producto del sectarismo y de la estupidez política, cometido en Chiapas, los “defensores” de los campesinos tuvieron un excelente argumento y convencieron al Presidente de la República para que las disolvieran. Sin embargo, no las pudieron arrancar de la conciencia de la Nación: revivieron, pero fueron ya otras en la práctica aunque tremolando la vieja bandera. Pero son otras Misiones Culturales: las de la hora del crecimiento y fortalecimiento de la pequeña burguesía nacional, rural y urbana. -Por lo que hace a la educación socialista, al principio la rechacé. Me parecía un acto demagógico. Trabajaba para el PCM en Tamaulipas desde 1932. hacía méritos para que me dieran el carnet. Pero me di cuenta de que los jóvenes la recibían con entusiasmo y que por otra parte, los campesinos, en su mayoría, le daban su apoyo y eso me llevó a estudiar sus posibilidades y a clarificar en mi conciencia esta nueva posición del estado mexicano. Así fue como escribí dos folletos de 3,000 ejemplares cada uno: Motivos de Educación Socialista, del que no conservo un ejemplar. Este folleto, lo básico, se publicó en el periódico de la SEP, El Maestro Rural, creo que en 1934; La Religión y la Escuela Socialista, del que guardo un ejemplar. Inútil decir que la lucha reaccionaria y violenta en contra de la educación socialista nos colocó, a la masa de los maestros rurales, en la línea defensiva de este tipo de educación. Se rebasaron las concepciones teóricas partidarias y en la práctica encontramos que, la Educación Socialista nos permitía, con la protección del propio Estado: -Difundir la teoría revolucionaria mexicana y la del socialismo científico. -Ayudar, iniciar, promover, la organización de los trabajadores en el campo y en la ciudad. -Auxiliar a los trabajadores, y a veces orientarlos en sus huelgas. -Democratizar la organización de las Escuelas Primarias, Misiones Culturales y Escuelas Regionales Campesinas, hoy Normales Rurales. -Convertir al trabajo en actividad diaria en las escuelas. -Participar en las luchas populares a favor de mejores salarios, en contra de la carestía, los caciques, etc., e iniciar a niños y jóvenes en estas luchas. -Difundir la poesía, la, música y los coros y canciones revolucionarias. -Difundir la filosofía del materialismo dialéctico. Claro que no podía haber educación socialista en un país cuya estructura se sentaba y se asienta hoy, firmemente, en la propiedad privada, en la iniciativa privada y en la libre empresa. Por otra parte resultaba objetivo que la educación socialista construía la preciosa oportunidad de hacer ambiente a favor del socialismo como sistema económico social y, además, una también preciosa oportunidad para luchar por el cumplimiento de la Constitución General de la República, especialmente de sus artículos 27 y 123. Es cierto que la campaña en su contra adquirió matices de bestialidad. Pero también lo es que, si en un principio la masa del pueblo evitó que sus hijos concurrieran a las aulas, pasados los primeros cuatro años de lucha violenta, 1935, 36, 37, 38, la situación mejoró notablemente con la energía de más de veinte millones de hectáreas a campesinos sin tierra, etc. Para 1942, lo recuerdo con precisión porque trabajé ese año completo y todo el anterior en el estado de México, el problema ya no era conseguir que los niños fueran a la escuela, sino el de atender en las primarias rurales, semiurbanas y urbanas, el exceso que de ellos teníamos. En cierto modo la lucha ya no era porque los niños fueran a la escuela, sino porque no se presentaran, como expresó un maestro en una reunión habida en Tenería. Más Don Manuel Ávila Camacho estaba en el plano de las concesiones y apaciguamientos. Vejar Vázquez y Bonilla revivieron, vitalizando, la llama reaccionaria y se promovió, cuando ya no era necesaria, la reforma del Artículo Tercero Constitucional. La escuela mexicana dejó de ser socialista. Se convirtió en democrática. Pero lo ineficaz de la medida política estriba en que, a la fecha, la reacción sigue viva y empeñosamente lucha por derogar el Artículo Tercero Constitucional. La Escuela Socialista pudo teóricamente constituir un acto demagógico. En la práctica favoreció la lucha revolucionaria y el haber sacado de la Constitución General de la República, favoreció todo lo que de condenable tiene nuestra educación. ¡Tan mala es nuestra educación actual que el propio Presidente de la República, y su Secretario de Educación Pública han cumplido el patriótico deber de condenarla! Los teóricos marxistas de la educación están en acuerdo, y ese es mi punto de vista, en que: -Ninguna escuela, en cuanto sistema de educación popular, ha sido ni será capaz de hacer la revolución social. Sucede así porque, al revés de lo que pensaron teóricos de la educación y políticos del siglo XIX, no es la escuela la que condiciona a la sociedad sino al revés. Cada sociedad humana, en el espacio y en el tiempo, ha organizado el tipo de escuela y de educación acordes con su estructura. -Si lo anterior es verdad, también lo es que la escuela, moderna educa más que para hoy, mucho menos que para el ayer, educa para el mañana. Por consecuencia, si la transformación de las estructuras sociales no puede hacerlas la escuela, en cambio sí, la escuela, puede favorecer el advenimiento de dicha transformación. Hay más, señalan el deber del maestro progresista para que aproveche las oportunidades que, como profesional de la enseñanza, tiene, par coadyuvar a la transformación. Es indiscutible que la educación pública en México, por lo que hace al aspecto cuantitativo, es uno de loas más sólidos logros de la Revolución Mexicana. Las cifras son en realidad impresionantes, habida cuenta de lo que teníamos en 1910, año de oro del porfirismo, y de lo que en número de escuelas primarias y secundarias, número de niños y adolescentes atendidos y de maestros de primera y segunda enseñanza, tenemos ahora. Igualmente han aumentado en número y capacidad, las universidades, institutos, etc., que se ocupan de la educación técnica y profesional. Sin embargo, por lo que hace a lo cualitativo, en México tiene mucho qué hacer para poner el sistema educacional a nivel con el crecimiento demográfico y con las necesidades cada vez más crecientes por lo que hace a una demanda, verdadera presión en los últimos años, de lugares para quienes desean, del Jardín de Niños a la Universidad, ingresar en el mundo de la cultura. Aunque todavía puede encontrarse que nuestra educación tiene mucho de privilegio, el aumento de niños y jóvenes que reciben los beneficios de nuestro sistema educativo, año con año, demuestra que la cultura nacional atiende a capas cada vez más amplias de la población mexicana. El “Plan de once años” es, para mí, una realización revolucionaria, la más trascendente de la década de los sesentas. Por primera vez se acaba con el tabú de que, siendo como somos un pueblo pobre, México carecía de recursos para, a nivel primario, darle a cada niño de 6-7 años un lugar en la escuela primaria y, en orden ascendente, absorber a todos los que, cuando menos en el nivel secundario, quieran seguir estudiando. El Plan se adelantó en su cumplimiento. Para enseñanza primaria la cifra de dos mil plazas federales anuales que, en su tiempo fue impresionante, que para maestros primarios creó el cardenismo, ha sido rebasada en más del trescientos por ciento: en los últimos tres años se han creado más de siete mil por año y la población no ha crecido en tres veces más que la que había en el sexenio 1934-1940. Sin embargo, a nivel primario, son más de dos millones de niños los que carecen de un lugar en la escuela. El fenómeno se explica porque: -Abundan los centros de población en los que el número de niños es tan bajo, que no procede comisionar un maestro para atenderlos. Muchos de estos poblados, además, están ubicados de tal manera que la distancia que los separa de otros poblados, convierte el problema en difícil de resolver. -La reprobación y deserción escolares, la que corresponde a causas puramente pedagógicas y que es la que arroja el mayor volumen, es tremenda sobre todo en el primer ciclo. Esos reprobados y buena parte de los desertores al año y en los años siguientes, se convierten en repetidores. Estos repetidores, -se ha demostrado que abundan los casos en que son grupos enteros-, constituyen un “tapón” para los niños que alcanzando la escolaridad, no pueden ocupar su lugar en la escuela primaria porque allí están los repetidores. Está probado que, en general, el niño mexicano no necesita 2-3 años escolares para cursar aprobatoriamente el primer grado. Ejemplo: en octubre-diciembre de 1969, trabajé ocho semanas en Tenancingo, Estado de México. Nuestro laboratorio para el curso de Mejoramiento Profesional, fue una escuela primaria con cuarenta y cinco grupos, de los cuales once eran de primer grado. Investigué personalmente grupo por grupo, estos once primeros años y encontré, ateniéndome al dicho de los maestros que en muchos casos, ante la afirmación de niños que decían estar repitiendo, ellos lo negaban, que, en los once grupos había doscientos cincuenta y seis repetidores. Y en una escuela en la que TODOS los maestros son titulados... Por un lado dinero gastado en sueldos, libros, etc., se pierde, por el otro si el mal no se corrige, México difícilmente podrá darle a cada niño un lugar en la escuela primaria. Los mejores planes y los mejores recursos fallarán por una sola causa: nuestra incapacidad y deshonestidad profesionales. Hay maestros, no abundan pero los hay, con preocupaciones profesionales. Hay escuelas que dentro de las normas oficiales de nuestra pedagogía o fuera de ellas, ensayan sistemas de organización y nuevos métodos de enseñanza. Obtienen buenos resultados en cuanto a dar conocimiento, transmitir habilidades y formar hábitos deseables, en los niños y jóvenes pero una verdad amarga es la de que, los realizadores, los enemigos del barrizal verbalista en el que nuestra educación atascada chapotea, son derrotados por los simuladores, los ignorantes y oportunistas. A nivel primario y por lo que he encontrado en el secundario y normal, los trabajadores y responsables sufren presión que, no pocas veces es persecución declarada, de parte de quienes no trabajan porque dan “mal ejemplo”. Esta es una realidad AHORA. El magisterio de base que en México es extraordinario y creador, se ve reprimido por sus “líderes” y, el colmo, por sus propias autoridades. El escalafón, las concesiones, la alcahuetería, etc., son admirablemente utilizados como recursos eficaces para desanimar y ayudar a nulificar a quienes trabajan, favoreciendo la corrupción profesional. El caso de las Escuelas Normales Rurales merece un estudio aparte, especial. Como consecuencia de causas que es largo señalar y probar, las E.N.R. le han dado al pueblo de México, en los últimos diez años, los maestros normalistas más mal preparados de la educación normalista mexicana. La SEP ha promovido una reforma de la enseñanza normal pero, por lo que llevo visto hasta ahora, abril de 1970, la primera grave falla se registra en la Dirección General de Enseñanza Normal que, o no saben lo que están haciendo o deliberadamente cumplen el propósito de hacer fracasar su propia reforma. No creo en la resurrección mecánica, en que resurja algo completamente igual a la que fue. Todo cambia, todo deviene, todo se transforma. Pensar, como opinan muchos, que el ideal es volver al magisterio misionero casi apostólico de las décadas de los veintes y los treintas, es, a mi juicio, grave error. El iniciador de la Escuela Rural Mexicana, por la que velamos ante el mundo, lo mismo enseñó a niños, que a jóvenes, que a adultos. Fue maestro de letras y números y, a la vez, abría caminos, curaba enfermos, organizaba cooperativas, promovía artesanías, instruía a las gentes sobre leyes o derechos, abogaba por servicios médicos, agencias de correos, cías telegráficas, etc., y aunque parezca un poco pedestre, hasta despiojaba muchachos. Su teatro al aire libre lo convertía en actor, adiestrador de actores y director de escena. Y todavía tenía tiempo para encabezar luchas y manejar el rifle en defensa de su escuela y del derecho a la tierra. Plantaba árboles, criba animales domésticos, cultivaba hortalizas y jardines y, las maestras, lo mismo enseñaban cocina que puericultura... Este tipo polifacético y politécnico era un hombre o una mujer que vivieron su época, fueron como la hora lo exigía; cumplieron tan bien su deber que plasmaron una imagen, -a veces algunos la vuelven mito-, que se clavó hondo en la conciencia y el corazón del pueblo. Este tipo muy especial de educador vivió su hora. Nuestras condiciones sociales, económicas y políticas son otras. Otro debe nuestro maestro: pero hay algo que ningún maestro que aspire a serlo de manera cabal puede dejar de tener. Ese algo perteneció, como algo propio, a los educadores de la antigüedad, del feudalismo, del siglo de las luces y seguirá perteneciendo a los maestros en todos los lugares: la honestidad profesional, el saber científico, la capacidad pedagógica, el amor a los niños, recalco, el amor a los niños y el amor a la libertad unida al respeto profundo para la dignidad de la persona humana. Pasión por la democracia y por la grandeza y progreso de la patria y conciencia plena de derechos y deberes para ejercerlos y no convertirlos en materia de puro discurso y hueca fraseología, completan lo que ningún maestro debe dejar de poseer. Y lo anterior es válido para cualquier tiempo. Sin lo anterior no hay mística o sea la entrega del maestro a su trabajo, al que se da total, completamente, movido por su pasión creadora. Y si no es posible revivir al maestro rural que en una mano llevaba el libro y en otra el rifle, sí es posible que el maestro primario de México, en el campo y la ciudad, vulva a ser dueño de esa pasión creadora que lo define y tipifica dentro del grupo social. El maestro de ayer era desamparado social, económica y políticamente y sin embargo se entregó a su labor docente. El de ahora, rodeado de garantías sociales, económicas y políticas que nosotros los maestros rurales de los veintes ni siquiera soñamos, puede y lo que es más, quiere por favor leer bien, quiere volver a ser maestro, simplemente maestro de su hora, de su tiempo. El maestro primario es o puede ser, trabajador y responsable. Posee genio creador y, a la vez poderosas reservas morales. La práctica me ha probado que todas las virtudes inseparables del maestro, surgen, avivadas, cuando el maestro de banquillo encuentra las condiciones que le permitan revelarse tal como él quiere ser. Esto lo he vivido, lo he visto centenares de veces. ¿Por qué, pues, la degradación profesional y moral que ahora reina entre el magisterio primario y llena de sombríos vaticinios la mente de muchos? La respuesta es una sola: al maestro lo han corrompido, degradado con una hábil política de economismo y egoísmo a la vez, sus líderes sindicales y sus autoridades escolares inmediatas y de manera especial, los directores e inspectores de zona, sobre todo estos, quienes tienen contacto constante con él. El tráfico desvergonzado de concesiones, el fraude como norma en el manejo de datos e informes sociales, el cínico abandono de los deberes y tareas de sus superiores, todo ha contribuido a crear la situación actual. El estado mexicano, la organización sindical como parte de su realidad social con la eficaz colaboración de un medio social cada vez más corrupto por comerciantes, jueces, políticos, artistas, escritores, etc., inescrupulosos, a quienes solo importa la ganancia, han creado el ambiente que ha propiciado, facilitado la corrupción del magisterio. Y es que a un mundo sucio como el nuestro, en manera alguna le conviene un magisterio limpio, apasionado, creador. Por eso hoy, del Jardín de Niños a la Universidad, el campo de la educación mexicana ha visto florecer y prosperar a decenas de miles de villanos de la pedagogía. Lo anterior significa que hay francas posibilidades de que efectivamente, la educación y desde luego el educador, se ponga al servicio del pueblo. El maestro de banquillo quiere ser esto: un maestro, servir a los niños pero, aunque parezca pedagógico, NO LO DEJAN. Hoy mismo la base del magisterio federal en el estado de Chihuahua lucha porque la liberen de unos villanos de la Pedagogía, pero la “política” puede más que el interés educativo y, al proteger el interés de grupo, el maestro de banquillo contempla cómo organismo sindical y autoridad, se coluden para defender a los mejores ejemplares de la degradación profesional... ¡Huelga hablar sobre lo que este hecho, que se repite a lo largo y ancho del país, influyen en la moral profesional del maestro de banquillo! Claro que hay una escuela mexicana, típica, característicamente mexicana por cuanto que, aunque la Ciencia de la Educación es, como tal, universal en nuestro hacer pedagógico se dan circunstancias de planes de estudio, programas de enseñanza, modos de organización, etc., que no se tienen en otros lugares del mundo. Las leyes del hacer pedagógico con universales pero cada país, cada grupo social, tiene su hacer peculiar, propio, característico. Nuestro Artículo Tercero Constitucional que señala las precisiones filosóficas de la educación, su teleología como dicen los que saben, es de suyo característico en el mundo, como lo son algunas otras precisiones de orden administrativo, jurídico y social, que el mimo Artículo contiene. A los que llamo miembros del Olimpo Pedagógico, podemos responsabilizarlos de que hay quienes pienses y no sin razón, que los mexicanos somos unos pobres copiadores, seres sin imaginación ni capacidad creadora, simples aficionados a la calca, por la que, nuestra escuela, es una mala copia de las extranjeras, especialmente europeas y norteamericanas. Un día Dottrens, indudablemente un extraordinario educador europeo, vino y habló de la letra llamada “script” y al día siguiente, los que sólo leen libros y elucubran teorías, empezaron la propaganda sin haber experimentado ni ensayado... Frente a estos “innovadores” y culpables de que el discurso y el puro blá blá haya sembrado confusiones y desorientado a los maestros mexicanos, hay una práctica sólida, seria, de maestros que, claro, aceptan la teoría universal o la que les parece mejor, pero no la imitan ni aceptan servilmente: como producto del hacer de nuestros niños. Tan no llega hondo esa actividad verbal, de mero libro, de discurso y prédica sin acción demostradora, que desde la década de los veintes, el maestro ha visto pasar fugazmente unos, más lentamente otros, métodos de enseñanza y modos de organización que no “prendieron” porque su auténtica bondad no fue probada o porque, después de la llamarada, sólo quedaron referencias de las que se hablan en las Escuelas Normales, en los centros de cooperación pedagógica o cuando se dan conferencias a educadores. Pero, el hacer, anda muy lejos de la teoría. Les pasa a nuestros educadores que, salvo excepciones Y me refiero a los destacados, a los “Olímpicos” de la Pedagogía, en lugar de ahondar en nuestra historia de la educación; en lugar de profundizar en la vida y la obra de nuestros grandes educadores, desde el Teposcalli y el Calmécac a la fecha, se pasan el tiempo leyendo, hablando y escribiendo sobre lo que, por regla no sólo no saben hacer sino ni siquiera lo han visto hacer. A propósito de la enseñanza de la llamada Matemática Moderna, la opinión unánime recogida en dos lugares a donde llegaron enviados del Olimpo, para explicar y demostrar su enseñanza, fue la misma: no sólo no enseñaron nada; dejaron a los invitados sumidos en confusiones y dudas... Todo ocurre porque siguen empecinados en el cotorreo. En cambio, en provincia, maestras y maestros que no brillan ni cobran por brillar, hacen práctica seria, responsable, fecunda. Para probarlo hay un hecho último: En el Congreso de Matemáticas, celebrado en Toluca en el mes de febrero, la delegación tamaulipeca, que llevó el resultado de una práctica científica de dos años, con centenares de grupos, fue ovacionada ruidosa, escandalosamente, tal vez para hacer sentir lo que vale el hacer frente al simple cotorreo. La escuela mexicana se apoya en la filosofía de la Revolución Mexicana y de manera precisa, en el contenido del Artículo Tercero Constitucional que juzgo ocioso analizar aquí. Simplemente resumo que nuestra educación debe ser científica, democrática, nacionalista en su mejor sentido, social e internacionalista y que, además, aspira a conseguir el progreso general del país mediante el mejoramiento constante de la vida del pueblo en lo económico, lo social y lo cultural. Para alcanzar los anteriores propósitos podemos fincar o fundar nuestra acción pedagógica en nuestros maestros antepasados: Vasco de Quiroga educó para resolver los problemas fundamentales del hombre en lo material y en lo espiritual; al educar por medio del trabajo hizo pedagogía valedera para entonces y para hoy: el trabajo es el único, el verdadero educador del hombre. Al atender las necesidades de alimentos, vivienda, vestido, recreación, salud y cultura, Tata Vasco ligó su satisfacción con el trabajo y con la organización democrática de la comunidad. Creó así el ambiente apropiado para educar, repito que lo que educa es el ambiente, porque la vida democrática significa libertad, respeto de la dignidad humana, justicia social, etc. Y cuando habló de que los niños en campos y talleres aprendieran como jugando, dejó una rica cantera para explotar al abrirle nuevos y bellos horizontes al hacer pedagógico. Esto era educación fundamental. Esto era aprender haciendo, pero tenían que venir de fuera a decirlo y a gritarlo para que hiciéramos lo que la historia nuestra siempre tuvo y tiene a nuestro alcance. Teoría, desde que soy maestro primario, nunca nos ha faltado. Tampoco, y mucho menos, hemos carecido de una filosofía clara y lúcida, que nos oriente. Lo que ocurre es que, fariseos al fin, no hacemos lo que decimos, no vivimos como predicamos. Para nosotros, me refiero a los maestros, teoría y praxis son enemigos a muerte, y, hasta ahora, la teoría pura, sagrada y a veces críptica, ha ganado la pelea. Nuestra pedagogía ha sido, como los latinajos de los curas, incomprensibles para el pueblo y el pueblo lo forman en nuestro caso, los maestros de banquillo... Estas notas las estoy redactando en Saucillo, en la Escuela Normal Rural, en el poco, poquísimo tiempo que me deja el trabajo técnico que hago con los grupos de primero y tercero. No tengo a mano el Anuario Estadístico Nacional para, cuando menos lo que hace a primarias, precisar la proporción entre escuelas particulares y oficiales. Sin embargo no creo que haga falta. Primero, porque es sumamente fácil conseguir el dato y, segundo, porque no creo en la amenaza AHORA, de la escuela particular. La situación ha cambiado notablemente en todo el país. Y por más que todavía hay curas y monjas sectarios que gozan denigrando a los héroes y se empeñan en negar el progreso del país y abominan de nuestras leyes, la verdad es la de que, los niños y los jóvenes ya no les hacen mucho caso. Tan es verdad esto que, las filas de los rebeldes juveniles, se aprietan en buena proporción, gracias a los contingentes de las escuelas confesionales. En esta época de santos descontinuados, de misas con música y cantos a gongo, de misas en castellano, de fraternización de católicos y protestantes y de abierta militancia de miles de sacerdotes en las luchas sociales y a favor de los pobres y en contra de los empresarios y demás explotadores, no creo que la escuela confesional sea un peligro por cuanto pueda, en un momento dado, hacer lo que hizo en el pasado: oponerse peligrosamente a las luchas históricas del pueblo. Hay hombres y grupos políticos que no tienen más recurso que adoptar una posición critica, aguda en contra de la religión, de los sacerdotes, de las monjas. Trasnochados, creen o cuando menos lo fingen, que lo revolucionario es la lucha contra la religión. Ya Lenin dejó completamente claro: solo la burguesía es antirreligiosa. La verdad es la de que hay monjas y curas que en sus escuelas, y eso me consta en algunos casos, son los que mejor uso hacen del libro de texto y, paradoja, los que mejor defienden los intereses económicos, sociales y culturales de niños y jóvenes. Esto es amargo decirlo, pero así es. Incluso conozco escuela dirigida, organizada, sostenida por una monja, que enseña mejor que las de maestros compañeros y vergüenza, es motivo de ataques porque no sigue la política de algunas “federales” que por todo papel le cobran a los niños: ¡hasta por la carta de buena conducta! Lo que es peligro serio es la tremenda despolitización del magisterio oficial. Hace años sabemos, cómo, muchos compañeros coadyuvan oficiosa y eficazmente para las misas de acción de gracias, al terminar los cursos; llevan formados a los niños a la doctrina y dan explicaciones religiosas en sus aulas sobre fenómenos del mundo físico, la sociedad y el pensamiento. Lo grave es que, los maestros oficiales como demanda y conquista sindical, hayan logrado que cuando desfilan o hacen acto de presencia en ceremonias cívicas, se les dé otro día libre, aunque se trate del Primero de Mayo. Y si la ceremonia o desfile se realiza en sábado o domingo, el lunes siguiente no asisten a clases. Lo grave es el alejamiento cada día más distante, de nuestros compañeros maestros, de los problemas del pueblo. El que se ocupa sólo de su mejoramiento gremial. El que buena parte se sus “reivindicaciones” y “conquistas”, las hayan obtenido no del Estado o de la sociedad, sino a costa de los intereses de los niños. Es grave, muy grave, que hasta las sesiones o reuniones sindicales se realicen en los días de trabajo y se deje a los niños en el más completo abandono. A esto hay que agregar el marcado ausentismo de los maestros, de sus aulas, desde luego, y se tendrá un cuadro completo de lo que sí es, AHORA, peligroso, amenazante y contrario al interés del escolar mexicano y por ende, del pueblo. Soy partidario decidido de la educación audiovisual que, cuando menos en Coahuila, es más vieja que el hilo negro. Conmigo la aplicaron en la primaria y además de oír y ver, mis maestros de primaria, para fortuna de quienes fueron sus alumnos, le agregaron en buena medida; el hacer. No se puede estar en su contra. Aquí mismo, y en estas tres semanas últimas lo he hecho, he conseguido que las alumnas hicieran práctica utilizando aparato cuya fabricación dirigí y cuyo uso demostró su valor pedagógico. Soy partidario de la educación masiva por la TV; creo en ella sin haberla examinado ni en su realización ni en sus resultados. Con fundamento en la experiencia de mi hogar y la mía personal, creo que la TV, sujeta a determinadas condiciones, será excelente medio de educación complementaria, es decir, no única. Por eso creo en la eficiencia de la teleaula si, en cada una de ellas, hay un bien capacitado monitor. Y la base, aunque parezca extraño el juicio, de su funcionamiento, es justamente el monitor porque, además de ampliar, esclarecer, afirmar, etc., las lecciones, debe presidir el trabajo de aplicación, experimentación, observación, etc., de los alumnos. Además, el monitor realmente convive, muchas horas, con los alumnos. En lo que no creo es en la demagogia que sobre los medios masivos de comunicación se ha hecho. Ejemplo: Alfabetizar por radio. He recorrido el país y todavía, en años de viajar por él, no he encontrado un alfabetizado por radio... Y mucho menos desde las radiodifusoras de la ciudad de México, que pasan esos programas en horas totalmente impropias: La XEW, por ejemplo, alfabetiza a las seis de la mañana... ¿quién quiere que se los crea? Cuantitativamente hemos ganado la batalla por la cultura. Las cifras que precisan los alumnos inscritos en los Jardines de Niños, Escuelas Primarias y Secundarias son, como se dice ahora, impresionantes si se comparan con las de los años 40-42, cuyas estadísticas me sirvieron de base para mi libro La Batalla por la Cultura, que escribí en Chicontepec, Veracruz, en los meses de mayo a noviembre de 1943. igualmente impresionantes son las cifras que nos dan la cantidad de jóvenes que ahora estudian en las Escuelas Preparatorias, Técnicas y Profesionales. El magisterio primario rebasa, en números de hoy, los 200,000 y hace treinta años apenas rebasaban los 60,000 sumados los federales, estatales, municipales, Artículo 123 y particulares. Si la Conferencia Nacional de Educación Primaria de 1952 declaró, en la primera de sus conclusiones, que la Escuela Primaria Mexicana atravesaba por la más profunda de sus crisis y si esa crisis, en lugar de resolverse, se ha vuelto más aguda, más profunda, influenciando, como es natural, a la educación nacional en todos los demás niveles, no se debe negar que, entre adolescentes y jóvenes, por una selección natural, la educación sistemática, formal, de la Nación, ha podido producir técnicos y profesionistas calificados que, pese a su juventud, han tomado en sus manos, con resultados brillantes, la planeación, realización y conducción de tareas de infra y superestructura, para hacer la realidad mexicana de hoy, caracterizada por un progreso material que ha merecido la atención del mundo. La industria en general, la electrificación, la construcción de presas, sistemas de riego, puentes, líneas férreas, carreteras y conjuntos habitacionales y el aumento de la producción agropecuaria y la tecnificación y maquinización de la agricultura y la ganadería, por su crecimiento y resultados, nos permiten decir que somos ya un país en desarrollo. Y conviene dejar claro, muy claro que, en general, todo este gigantesco desarrollo, comprado con lo que teníamos por ejemplo en 1930, ha sido realizado por técnicos, subprofesionales mexicanos. Personalmente he comprobado en grandes obras de irrigación, electrificación y comunicaciones que he visitado, que son técnicos y profesionales mexicanos los que las planearon y las dirigen y que además, la mayoría son jóvenes, muy jóvenes a veces. Por otra parte, en fábricas, oficinas bancarias, en empresas privadas y obras de construcción de edificios, etc., de 1958, para precisar el año en que sufrí el primer impacto, a la fecha, he encontrado economistas, expertos en el manejo de máquinas de diversos tipos, soldadores, pintores, etc., jóvenes y, lo repito, a veces demasiado jóvenes y sin embargo eficaces. Conviene aunque se vuelve contra nosotros, registrar aquí un hecho: el de la fuga de cerebros. Todo el mundo sabe y se ha denunciado junto con la correspondiente protesta, que así como el imperialismo saquea las riquezas de América Latina, ha organizado desde más de un cuarto de siglo, un sistemático saqueo de técnicos y profesionales latinoamericanos: médicos especializados, ingeniero de todas las ramas, economistas y técnicos también de todas las especialidades, se fugan a los Estados Unidos, Canadá y aún a Europa. Los mejores salarios son el cebo. Pero la verdad es la de que esa fuga de cerebros es pérdida que, en dinero, se estima en centenares de millones de pesos y México aporta a esta fuga de cerebros, una cuota bastante alta. El hecho nos perjudica, sí, pero revela que la educación mexicana prepara personas calificadas para el desarrollo del mundo moderno. Considero a la cultura como un todo que abarca la vida del hombre y de la sociedad en su conjunto, en su totalidad. Para mí la cultura no se determina sólo por el número de alfabetizados, por la existencia de museos, bibliotecas, teatros, etc. Para mí la cultura es todo lo anterior pero además y de manera principal, cómo se alimenta el pueblo, cómo viste, cómo se cura cuando enferma, cómo se divierte, cómo trabaja y produce, cómo se comunica y viaja, cómo es su vivienda y cómo duerme y satisface necesidades primarias de higiene, etc. Y es indiscutible que frente a la realidad deprimente de grupos indígenas y de mestizos que llevan una vivienda infrahumana, el nivel de vida de la mayoría del pueblo mexicano ha mejorado. Y con todas sus fallas y por qué no decirlo, sus traiciones al pueblo, a ese mejoramiento ha contribuido la educación escolar y extraescolar que imparte el Estado Mexicano. No hemos ganado todavía la batalla por la cultura. Pero hemos ganado peleas y escaramuzas y estamos en vías de ganarla y para siempre. Éste año (1970) será definitivamente el último que preste servicios en el ramo educacional. Quiero escribir dos libros: El maestro primario y la filosofía y Matamoros, ciudad de Coahuila. Además dos apuntes bibliográficos: Graciano Sánchez, líder campesino y Alberto Carrera Torres, General de la Revolución. El trabajo es extenso. Aproveché para escribir algo que pueden utilizar muchas personas, que, hace muchos años y ellas saben por qué lo hacen, me están pidiendo datos personales.
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