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Darle Gusto a un Jefe Neurótico es Difícil... 
Mas No Imposible.

Desde su primera semana de trabajo, Julia podía oler la demencia... Pero cuando el jefe arrojó una silla que casi la golpea, lo supo con seguridad.
 "Aterraba al equipo", recuerda la secretaria de 31 años. "Me sentía verdaderamente asustada", dice a pesar de saber que no era ella el blanco de los muebles voladores. "El sujeto se había enojado con alguien más". En este caso, "el sujeto" era un jefe neurótico. Los patrones lunáticos son tipos atrevidos que ocasionan que sus empleados se acobarden, tiemblen, lloren, griten o renuncien. Julia hizo lo último; buscó otro trabajo.
 "Hablaba incoherencias; decía que ciertas personas de la oficina eran las fuerzas del mal que lo querían atrapar", recuerda. Y luego se lamentaba de "cuán solitario era estar en la cumbre". 

Lo más probable es que tu jefe esté "neuras".

Bernardo —un amigo de Secretaria En-Línea— habla con conocimiento de causa. Dice que él mismo es un jefe neurótico, un ejecutivo que supervisa a ocho personas. ¿Cuándo reconoció su problema?, le preguntamos. "Cuando me molesté con mi secretaria por no haber notado mi hermoso corte de pelo", nos confía, "y cuando le grité a un subalterno por haber perdido documentos importantes que, en realidad, yo mismo había perdido".
 "Todos con los que hablé (aquí entre nos, Bernardo fue el que escribió este manual de supervivencia para sus víctimas) tenían motivos de queja en contra de uno o más jefes, dice. El problema se había convertido en un saco de amargura sin fondo".

En casos severos, los jefes pueden volver locos a sus empleados.

"Mi mejor amiga me sugirió que debía ver a un siquiatra para aprender a manejar la situación", dice Noemí, una contadora pública titulada que trabajó una vez para un grupo de bravucones.
 Un superior se enojó porque Noemí se negó a adularlo, por lo que en varias ocasiones bloqueó sus "bien merecidos" ascensos, nos dice. Incluso, otro de ellos se atrevió a lanzarle insultos como "¡O eres una mentirosa o una imbécil o las dos cosas!"
 "Me resistí a dejar el empleo", recuerda Noemí; y cuenta que sufría de depresión y sentimientos de impotencia. "No era yo la del problema".
 Pero ella corrió con suerte, porque los dos jefes renunciaron antes.
 Aunque hay una gran variedad, a continuación describimos cinco tipos básicos.

EL INTIMIDADOR

Los intimidadores viven para hacer sufrir a otros; es decir, humillar a los subalternos, especialmente en presencia de sus semejantes. "Les gusta hacer que los demás se sientan como gusanos, porque en el fondo ellos padecen de inseguridad", observa Bernardo. "Yo conocí a un intimidador que me dijo que le gustaba cerrarles la puerta en la cara a sus empleados sólo para que supieran quién era el jefe". 
 Un varón de la misma clase, a menudo les asignaba el mismo proyecto a dos trabajadores sin decírselos. ¿Por qué? "Desperdiciar un poco de materia gris no le hace daño a nadie", le dijo a Bernardo.

¿Cómo se puede evitar ser maltratada por estos fanfarrones...? 
Con tiernos y amorosos cuidados.

"Se impone la lealtad ostentosa", aconseja Bernardo. "Nunca publiquen que están en desacuerdo con ellos. Pídanles su consejo con frecuencia. En pocas palabras, tráguenlos. Pero háganlo valientemente", advierte. "Lo que el intimidador quiere es que la gente piense que sus subalternos son menos valientes que él".

EL NARCISISTA

A diferencia de los intimidadores y paranoicos, puede ser divertido tener un jefe narcisista. "Generalmente viven en una burbuja de felicidad autocomplaciente y no están dispuestos a llevar a cabo ninguna acción que los haga ver mal ante los ojos de nadie, incluyendo los de usted", dice Bernardo.
 El problema es que creen que el mundo existe para glorificarlos a ellos, y puede pagarse caro cuando las cosas no resultan a su manera. Como señala Bernardo, "Del otro lado de la bonhomía del narcisista, hay un intimidador".
 Otros defectos: A menudo están dispuestos a hacer cualquier cosa para asegurar su alta posición. Y si es necesario que tomen una decisión —dice Bernardo— no tendrá usted suerte. "Siempre están muy ocupados recibiendo las condecoraciones de la compañía".
 Para trabajar armoniosamente con un narcisista, hay que poner atención a los mínimos detalles; reírse de sus chistes tontos, permitir que el engreído se lleve el crédito por las buenas ideas de usted y, generalmente, olvidarse de ascensos o aumentos de sueldo. No cualquiera puede aguantar este grado de servilismo y tener agallas para mirarse al espejo a la mañana siguiente.

EL BURÓCRATA

Estos abusivos se dan en dos modalidades —el fastidioso (o pesado) y el fascista organizado— son los jefes con los que Bernardo está más familiarizado. Nos confía que él se identifica con el fastidioso, y que no es un auto-retrato del cual se pueda enorgullecer.
 Los fastidiosos se esconden tras la estructura de la organización sin tomar jamás decisiones y detestan las responsabilidades. Son precavidos en cuanto a fallas. Los fascistas organizados pueden tomar decisiones, pero demandan extrema fidelidad a la empresa, conformidad y obediencia.
 Al tratar con esta clase de bodrios, cúbrase las espaldas al máximo. Los burócratas adoran el papeleo, de modo que póngalo todo por escrito. Puede ser gravoso, pero le va a salvar el empleo si algo saliera mal y tratarán de culparla a usted por sus errores.

EL PARANOICO

Cuando la duda invade a los intimidadores, se tornan paranoicos. Como bestias temperamentales, tienden a hacer berrinches o se ponen sentimentales y hasta lloriquean. Convencidos de que todos se están confabulando en su contra, a menudo evitan todo contacto humano, prefiriendo comunicarse a través de memos.
 Martha Pérez trabajaba para un intimidador/paranoico clásico. "Intimidaba a las mujeres lanzándoles miradas de puñal durante largos periodos", recuerda Martha.
 "Siempre que tenía que salir de su oficina, cerraba la puerta con llave, aun cuando la estaban remodelando. El problema era que la mitad de la puerta era de vidrio y éste no había sido instalado. Cualquiera que necesitara entrar podía meter la mano, girar la perilla de la cerradura y pasar".
 ¿Cómo enfrenta usted este grado de patología? No se aguante, advierte Bernardo. "Los paranoicos respetan a las personas con un poco de carácter. Entienden a la gente hosca y complicada y les caen mal los que adulan demasiado.
 "Los paranoicos pueden ser divertidos: destrúyalos con su propia locura", dice Bernardo. Haga críticas negativas de su efectividad con otros. Por ejemplo, corra rumores como: "He oido malísimos conceptos acerca de nuestro plan financiero".

EL CAZADOR DE DESASTRES

El cazador de desastres es más una etapa que un tipo. Por lo general, es una composición de dos o más de los neuróticos anteriores que no aguantarán mucho la carga de su propia enfermedad. Andan tras la caza de su propia perdición y, finalmente, la encuentran. Tienden a ser adictos a algo —trabajo, sexo, drogas, alcohol (cualquier cosa). Pueden ser abiertamente racistas o sexistas, flirteando con cualquiera que les ocasione su caída. Según el consejo de Bernardo, haga usted lo posible por acelerar su "deceso".
 Acérquese a los jefes de un nivel superior inmediato al del cazador de desastres. Lo más probable es que conozcan al reptil tanto como usted. Y, muy importante, permanezca serena cuando el mundo del cazador comience a desintegrarse. Haga su trabajo, pero no el de él ni le cubra las espaldas.
 Cuando el superior del cazador le pregunte acerca de lo que está sucediendo, aconseja Bernardo, "déjese ir de la lengua y hable claramente, pero sin evidenciar placer; incluso, exhiba cierta medida de lealtad hacia el cazador de desastres, quien es la causa de todo ello".
 "Pero ponga mucha atención en la exhibición de neurosis del que será su nuevo jefe..."
 


La Mejor Defensa Contra los Jefes Neuróticos


 


Rompe el cordón: El arma más sencilla y poderosa de un jefe neurótico es la dependencia emocional de la autoridad que ejerce sobre ti. Cuando se elimina esa necesidad, el jefe corajudo se convierte solamente en un obstáculo más —como cualquier otro en una oficina— y deja de ser un oponente sicológico con indescriptible poder sobre tu personalidad.

Trabaja bien: La competencia es siempre la mejor defensa, especialmente en estos tiempos difíciles en que se le exige más y más a cualquier individuo.

Mantente impasible: Si es de esos que desvisten a las mujeres con la mirada, sábete que esta clase de jefe no tiene un verdadero control sobre sus emociones irracionales. De modo que, tienes que hacer acopio de todo tu poder para mantener tu falda en su lugar mientras tus compañeras pierden las suyas. La habilidad de saber analizar una situación te hace diferente de las demás. Determina una estrategia día por día y llévala a cabo todo el tiempo. Por comparación, cuanto más sensata aparentes ser, más neurótico se verá tu jefe.

Lávale el cerebro: ¡Es su punto más vulnerable! Todo intimidador tiene temores. Descúbrelos y aliméntalos. Cuando esté en su fase de narcisista, muy acicaladito, asegúrate de inflamarle el ego diciéndole que nadie lo merece. Si le gusta beber un poquito demasiado —y hablar igualmente— a la hora y después de la comida, concierta sus entrevistas... mmh, digamos, ¡a las cuatro de la tarde! ¿Captas? Su neurosis lo hace más vulnerable, no menos. Es tu mejor arma (si no permites que él te destruya antes).

Prepárate: El caerá, de modo que no cometas errores. Cuando caiga, tendrás que tener cierta clase de relación con los directivos que te hagan conservar el empleo a pesar de que tu jefe se haya ido. Claro que esto implica cierta duplicidad de tu parte durante los fastidiosos años de tu ejercicio. Y la duplicidad no sólo es privilegio de los altos ejecutivos, ¿lo sabías? ¡Tú también puedes hacerlo!

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