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Moncayo


1 de enero de 2007

Suena el despertador. Son las ocho de la mañana y los primeros sacrificios del año comienzan para nosotros., los siete intrépidos, que como todos los años nos aferramos a esta tradición que dura ya más de veinticinco años con la sana intención de subir al Moncayo.

Los primeros en salir de la cama se preocupan en despertar al resto de los componentes del grupo  y preparar las distintas cafeteras para el desayuno, que buena falta nos hace después de la noche que hemos pasado de fiesta en Grisel, pueblo muy pintoresco donde despedimos el año unos cuantos amigos de Zaragoza, gracias a la estimada colaboración de un componente del grupo que nos ofrece su casa para tal fin y disfrute de todos nosotros.

Después de que aparecen los más rezagados, desayunamos y nos preparamos para salir en dos coches del pueblo y acercarnos hasta las inmediaciones del sanatorio ahora convertido en hospedería y restaurante. Allí aparcamos y terminamos de calzarnos para comenzar la ascensión. Entre unas cosas y otras se nos ha pasado el tiempo volando pues son las diez y media cuando comenzamos a andar.

 Los primeros esfuerzos son considerables pues la noche ha sido muy movida y las copas muy abundantes que,  acompañado del poco dormir nos dificulta la respiración, con lo que tenemos que adaptarnos al paso lento para no asfixiarnos y poder subir con un poco de comodidad. El viento sopla bastante fuerte pero enseguida nos metemos en el bosque que nos protege y con lo cual nos sobra la ropa y tenemos que hacer una parada para quitarnos algo y guardarlo en la mochila pues sabemos por experiencia que en la cima no sobra nunca nada.

Una vez superados estos primeros contratiempos superamos el bosque y en la bifurcación decidimos el subir por la vía normal, pues el hacerlo por el centro del barranco de san Miguel nos puede costar mucho más por la falta de nieve y la tremenda pedrera existente en dicho lugar. El viento sigue soplando con fuerza ya que el tramo elegido es más expuesto que el barranco lo que nos dificulta el paso porque en ocasiones sopla con mucha fuerza y nos frena, o nos empuja, todo depende de la dirección que toma el sendero en cada momento.

Nosotros no cesamos en nuestro intento y por el camino nos encontramos con un grupo de montañeros que descienden y que resultan ser unos conocidos de Tudela que también suben todos los años en estas fechas. Después de felicitarnos el año nuevo y preguntar por el tiempo reinante en la cima, nos comunican que hace mucho aire y frío y que no hay más que unas manchas de nieve que se pueden sortear sin ningún problema para llegar ala cima.

Continuamos y el viento no cesa en ningún momento lo que es un inconveniente a la hora de guardar el equilibrio. Una vez superado esto, el camino sigue su ascenso continuo. Llegamos a la tablilla que nos indica el peligro de posibles resbalones, en este lugar encontramos unas manchas de nieve helada y la sorteamos sin ningún problema porque hay más piedras que nieve helada. Con la consiguiente caída al pozo de san Miguel. Superado este tramo el sendero sigue su empinado tramo y poco después da un giro que nos lleva al circo de san Gaudioso y nos oculta del viento. El comentario es unánime de lo bien que se está sin dicho elemento.

Esta sensación de bienestar era sólo temporal, ya que seguidamente salimos a la loma cimera o cerro de san Juan (2283m).Donde volvemos a encontrarnos con más nieve helada, siendo tan escasa que la volvemos a superar sin ningún contratiempo. Soplando el viento, si cabe, con más virulencia. A nuestra izquierda dejaremos la cima de Mórca(2283m), nosotros nos vamos a la derecha. El viento al no tener nada que lo detenga se nota mucho más que antes y la sensación de frío aumenta por momentos. Todo esfuerzo tiene su compensación pues el espectáculo que nos brinda la naturaleza bien lo merece. A la vertiente de Soria el mar de nubes es impresionante hasta donde nos alcanza la vista sobresaliendo en la lejanía el macizo de los picos de Urbión.

 A nuestra derecha podemos contemplar todo el valle del Ebro, con todos los pueblos que alcanzan nuestra visión con el Pirineo al fondo, allá en el horizonte. Todo el esfuerzo que hemos realizado bien merece la pena. Una vez en la cima del Moncayo o cima de san Miguel (2316m) toca abrigarse con toda la ropa que llevamos porque de la subida  hemos sudado un poco y nos estamos quedando fríos. Entretanto llegan nuestros compañeros que se han rezagado un poco, ya que en la montaña, no todos andamos de la misma manera.

Una vez todos juntos y después de haber almorzado y brindado por el nuevo año y la primera ascensión a tan mítico pico para nosotros, nos disponemos para el descenso, que en esta ocasión lo variaremos bajando directamente hacia el barranco de san Miguel. Aunque es la zona más empinada también la más abrigada del viento reinante en la cima. Una vez metidos al resguardo nos despojamos de las prendas de abrigo  siguiendo nuestro descenso, pero no llevábamos ni cinco minutos cuando, una intensa niebla nos cubre por completo con lo que nos perdemos de vista unos de otros.

La temperatura desciende en picado y debemos abrigamos de nuevo. El descenso lo realizamos con mucho cuidado pues es muy fácil perderse en estas condiciones ya que la visibilidad es muy escasa, de  apenas unos diez metros. Nosotros lo tenemos fácil pues no tenemos que dejar en ningún momento la barranquera o pedrera que hemos tomado nada más comenzar el descenso y que nos llevará por el medio de dicho barranco o cucharón hasta encontrarnos de nuevo en el sendero que sale del bosque, lugar donde se dividen los senderos de la vía normal, y la que nosotros hemos tomado para descender. Un año más hemos cumplido nuestro propósito sin ningún percance por parte de ningún componente de nuestro grupo, hasta el año que viene.

Angelito.

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