EXCURSIÓN POR VADIELLO Y VISITA A LA CIMA DEL BORÓN
Camino del Borón
Quiero aclarar a los posibles lectores de esta crónica, que
en ella no encontrarán ningún dato geográfico,
zoológico o botánico de interés. Para
ello pueden consultar cualquiera de las innumerables guías que
sobre la Sierra de Guara hay publicadas. No hace falta decir, por tanto, que mi
conocimiento de la citada Sierra es más bien escaso. Sólo soy
experto en emociones, a las que, por cierto, a duras penas puedo dominar.
No perdamos más
tiempo y vayamos al asunto:
La excursión fue el
domingo, 5 de febrero de 2006. Se inició a las nueve y media de la mañana en la llamada casa del arquitecto de la
presa de VADIELLO. Los primeros en llegar, fueron Jose María, "El Tiro" y
Toña, (que venían de Benasque). Los demás no tardamos en llegar por el siguiente
orden: Amalio, Paquita, Blas, (estos dos últimos, de Getafe)
Maricarmen, Presen, Josele y Félix, y finalmente, Fernando y su hijo Daniel,
¡Qué chaval más estupendo!. En total, once socios del CLUB JESÚS OBRERO. Los getafenses
preguntaron por el resto de la gente del Club, (Antonio, Angelito, Paco...)
La mañana
estaba muy fría y la niebla lo envolvía
todo. Sin embargo, se adivinaba que el Sol iba a ser uno de los protagonistas de la jornada,
junto con los Mallos, los buitres planeando en el azul del cielo y la vista de
los Pirineos.
Desde el comienzo el camino es
muy empinado. A la media hora, Maricarmen dijo que "verde las han segao". Presen trató de convencerla
para que siguiera. Un servidor también lo intentó; pero Maricarmen
no se "apeó del burro", lo que a la postre, fue un acierto. Casi siempre, (aunque no en todos los caso)
es un acierto respetar en la montaña, (y también en
general, pero más en la montaña) la decisión del compañero. Sospeché
que en los días anteriores a la excursión, Josele y Maricarmen estuvieron sopesando las posibilidades:
¡Pero qué bien ha subido mi niña al Peiró! Le diría,
cargado de razón, Josele. De cualquier manera, todos los presente comprendimos y agradecimos el esfuerzo
realizado por
Maricarmen. La pareja emprendió el descenso. Al poco de la
despedida, los que continuamos, llegamos al inicio de un corredor que terminaba en un
collado. En este punto, el Sol brillaba en un cielo de azul perfecto; mientras que
por debajo de nosotros, un inmenso mar de nubes, lo cubría todo.
Un día maravilloso. Sólo quienes han visto lo que describo pueden saben de
cuánta hermosura hablo.
El Borón, aparecía frente a nosotros
como el patito feo en comparación a los picos cercanos, mucho más bellos que él. Hubo que
dar un largo rodeo y perder altura para situarnos en su falda. La subida final no es nada
deificante, y si no, que le pregunte a Toña, (¿A que
sí, mi niña?). Ya en la cima, pudimos contemplar gran parte de la cadena pirenáica. La claridad
era perfecta. El maestro en identificar los diferentes picos fue el sabiondo de
Félix, (No te me mosquées Grandullón, que sabes que lo digo con
cariño, ¿o no?). Fernando, (y los demás también, pero menos) siguió con
atención sus explicaciones. Tiro, puso también su granito de sabiduría, (aquí
hubiera sido menos problemático poner, por ejemplo, "su gran sabiduría"): Monte Perdido, Cilindro,
...Vignemale, Balaitus. "Si miras por los prismáticos,--dijo Fernando--
hasta la Gran Facha se ve". Para mí, la maravilla era total. Los de Getafe
veíamos por primera vez el espectáculo; los demás ya lo conocían.
Poco a poco el manto de niebla que se extendía a nuestros pies desapareció. Entonces
pudimos ver plenamente VADIELLO y recrearnos con sus esbeltos Mallos. (Se comentó lo bajo que
estaba el embalse y los problemas de agua que tendría este verano Huesca
capital). Mientras tanto decidimos comer un aperitivo. Amalio llevó en su bota un
vino muy bueno. Fernando ofreció queso parmesano; Felix, unas lonchas de
lomo; Tiro, tres botas: una en cada pie y otra en la mochila de, al menos, litro y medio de
vino; los de Getafe, mucho cariño, mucho...
Llegó la hora de
emprender el regreso. Mientras bajábamos, ya en la base del Borón, me detuve un momento para contemplar
cómo caminaban "junticos" mis compañeros. Los vi felices, ¿o fue
quizás mi felicidad la que quiso verlos así? Pensé: "¡Qué buena gente son! Es
improbable que este grupo vuelva a repetirse en este sitio. El momento es único y yo soy testigo consciente
de ello". A poco de llegar al collado que conduce al corredor, Fernando sugirió
subir al Mallo de San Jorge. A Félix no le entusiasmó la idea; a
Toña y Presen, tampoco. Fue Tiro quien se decidió a acompañarlo. Al final fuimos
todos, excepto Toña y Presen.
Para subir al Mallo de San
Jorge hay que servirse de dos tramos que hay instalados de cable de acero de unos cuatro metros de largo cada uno. A
estos, les sigue unas clavijas, (aquí, en Aragón quiero
decir, llaman clavijas a unos barrotitos de hierro empotrados en la roca). Aunque no hay dificultad
para ascender por las clavijas, sin embargo la exposición es
grande. En este punto hubo gran juerga y cachondeo a costa del tembleque, (por otra parte
inexistente) de las piernas del que esto escribe. De cualquier forma, el mayor
mérito fue, sin ninguna duda, para Daniel. Cuando veáis a este
jovencito, aplaudirle: se lo merece. Arriba del San Jorge, justo debajo de nuestros pies, sobre un
mallo menor, vimos cómo platicaban entre ellos los buitres. A
juzgar por la gran cantidad de estos bichos, que planearon sobre nuestras cabezas poco
después, no es de extrañar que estuvieran hablando de cúal de
nosotros estaría más bueno. No soy buitre, pero sospecho a quién habían elegido.
Aunque sólo eran
las cuatro de la tarde, cuando llegamos al aparcamiento, los rayos de Sol se habían extinguidos. Josele nos esperaba
charlando con un montañero, ya anciano, del Club Sierra de Guara. Maricarmen
se había quedado en un tramo de la carretera al calor del Sol que allí
sí llegaba. Fuimos a su encuentro. Cuando llegamos, el Sol ya se había ido. Fue
entonces cuando Amalio se despidió camino de Zaragoza. Hasta pronto querido Amalio.
Los demás montamos en nuestros coches con la pretensión de hallar un lugar
donde comer a gusto. Felix nos llevó a un prado próximo a la ermita
llamada de los Viñedos, (cerca se levantaban unos centenarios olivos; lo que son viñas, no
vimos ninguna. Esto de los nombres de las ermitas es un misterio que solo los
lugareños conocen). Josele y yo apostamos, (la apuesta era una tontería que no
merece la pena explicar aquí), en juego estaba el pago de los
cafés y carajillos. Perdí yo.
Todos, excepto los getafenses, iban bien aprovisionados de comida.
Maricamen, caldo caliente; Félix, filetes y pimientos de piquillo con
derecho a mojar el pan en la salsa. Vino de Tiro y cerveza de Josele. Fernando, empanada
de calabaza. (Que Isabel nos perdone). Concluida la comida, y ya con e
frío en el cuerpo, dimos un rapidísimo vistazo a la ermita, (no
mereció detenerse en ella siquiera un minuto). Los carajillos y los cafés los
tomamos en una pastelería de Huesca capital muy conocidas por todos, cuyo
nombre, si no recuerdo mal, eras Bailo.
Serían las siete de
la tarde, ya anochecía. Llegó el momento de la despedida
y los besos. Todos para Zaragoza y Cadrete. Paquita y Blas,
para Getafe, ¡Qué pasada! ¿Verdad, Presen?