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El sol del verano castiga la roca caliza dilatándola hasta que se agrieta, la arcilla cocida bajo por sus rayos toma la consistencia de la cerámica, nada que ver con el quebradizo y fràgil barro seco. Mientras, en los barrancos, la sal tiende una capa blanca que brilla bajo el tórrido sol creando un espejismo de frescor que engaña nuestros sentidos.
El viento azota y arrebata la poca humedad que las plantas pueden atesorar, aún así crecen raquíticas hasta que sus raices son incapaces de absorber nada de la tierra que las sujeta o hasta que la tierra se convierte en polvo y nada las sujeta y acaban muriendo.
Las escolopendras alimentan su veneno hasta que la presa está al alcance de sus aguijones, alguna lagartija algún insecto que no las supere en tamaño suelen ser su víctima. No se oyen grillos, solo el trino de algún pájaro cantando la alegría de poder alejarse de ese infierno...
Luego
llega el invierno,
el frio hielo entra en las grietas de las rocas y la disgrega en busca
de más polvo , las
plantas se adormecen como los animales
que
buscan cobijo del frío cierzo hasta que las heladas
cesan.
Zaragoza
está
rodeada de desiertos como el que acabo de describir, tierras donde la
vida yace oculta del sol que la abrasa y del cierzo que la hiela; pero
de vez en cuando ocurre el milagro y tras
años de
sequía, por los secos barrancos baja la vida...
La sal se diluye y el agua salada se mezcla con la dulce. Del suelo
convertido en barro emerge la vida, plantas que atesoran el agua en sus
hojas, troncos o raices, animales que despiertan después de
un
largo letargo para procrear en apenas unos días,
flores
que llenan las laderas de color, insectos que acumulan el nectar y el
polen de plantas que tardarán años
en volver
a florecer.
Nuestra marcha por las sendas y barrancos de estos desiertos fue testigo de honor del milagro de la vida en el desierto. Las lluvias de las dos últimas semanas convirtieron nuestra excursión en un continuo descubrimiento, de nuestro desconocido entorno.
-Joe, menudo bosque de pinos... pues yo no imaginaba que aquí...
-Andá un trozo de nieve...ah no... si es piedra.. pero si es que da el pego!
-¿Y ese ruido? ¿sapos...? Y el resto del año ¿dónde se meten?
-Ains... que olorcito a tomillo... yo no sé cuándo van a sacar un ambientador con este mismito olor...
-Me dicen a mí que en estos barrancos había cascadas y no me lo creo... menos mal que llevo la cámara...
-Pero que colores, que formas mas pintorescas... lo que hace la erosión. Y esas piedras de cristales...
-¿Piedras de cristales? Ahora mismo el fondo del barranco es todo un crisol de cristales negros, no es una piedra es todo un suelo acristalado!
-Pues esto que veo aquí se parece mucho a las rosas del desierto.
Fue una larga caminata porque el agua escasa traza largos barrancos, y bajadas lentas, pero mereció la pena descubrir que el desierto deja de serlo de vez en cuando y que la roca desnuda, la tierra yerma tiene color y brillo y que pinta paisajes como solo el barro primero y el polvo después saben hacerlo.
TOÑA.
