
Dice el dicho que, en cuanto uno canta mal, llueve. Efectivamente alguien cantó y como no podía ser menos llovió. A la salida de Zaragoza ya estaba el cielo con unas tonalidades, digamos que poco luminosas, lo que nos hacía presagiar el mal tiempo ya anunciado por la “tele”. Para una vez que deberían fallar, van y aciertan. Llovió mucho en el camino hacia Trasobares, pueblo donde se iba a celebrar el magno acontecimiento. A la llegada a Trasobares ya no llovía, menos mal, por lo que se pudo colocar la tienda con tranquilidad sin apenas contratiempos mientras se hablaba, como no, del tiempo con el resto de asistentes que habían llegado horas, e incluso el día anterior a nosotros..
En esta ocasión la piscina del camping se encontraba vacía, y el bar desde donde se regenta también, por lo que gracias al alcalde que le dejó las llaves “al Antonio” el día anterior, pudimos celebrar allí la actividad principal de la acampada: comer. La verdad que fue una suerte el tener disponible el bar, ya que sino hubiéramos pillado una pulmonía, resfriado, o vayan ustedes a saber por la cantidad de agua que cayó llegada la hora de la cena. Los bancos con mesas donde años atrás nos habíamos instalado para realizar las comidas, cenas, y demás se encontraban totalmente llenos de agua, ya que los cubre un techo de cañizo y paja que poco nos podía resguardar de la lluvia. Llegó uno de los momentos esperados: ver “al Antonio” cortar el quesico y el jamón, comprados esta vez por Presen y Félix. Desde aquí la enhorabuena, pues estaban realmente buenos.
Las mujeres preparaban las ensaladas y demás comida tras la barra del bar, mientras que los hombres nos dedicábamos a lo de siempre: hablar y mirar, salvo honrosas excepciones claro está. La cena estaba ya dispuesta en las mesas, y sólo hacía falta esperar la llegada de los intrépidos pescadores, a los que nosotros aún no habíamos visto desde nuestra llegada a Trasobares. Como de costumbre, “el Armando” no consiguió engañar a ninguna trucha, dándosele mejor otros tipos de pez. Más suerte tuvo José Mari, cuatro dijo que capturó, aunque debió devolverlas al agua pues lo vimos llegar también de vacío. Les acompañaba Mesonero, que aunque no fue a pescar sí que les daba mucho apoyo moral. “La Mari” repartía parte de su ensaladilla, muy buena todo hay que decirlo, Presen hacía lo propio con su crema de calabacín, y todos los demás picábamos de las varias ensaladas preparadas anteriormente por las damas. Mientras cenábamos, se confundían en flash de las cámaras, con los relámpagos de la tormenta que estaba cayendo. Más de uno comenzaba a temer por la integridad de su tienda. Y eso que esa vez, los cánticos no tuvieron la culpa de la lluvia.
Eso sí, se habló, se rió y sobretodo, se compararon las distintas tecnologías de nuestras flamantes cámaras digitales.
Había migas preparadas para tomar de madrugada como otros años atrás, aunque la gente fue abandonando poco a poco el bar, para irse a su tienda a descansar. Quedaron los más aguerridos, aunque a diferencia de otros años, se aguantó mucho menos despierto. Tampoco se podía aguantar dormido, ya que el campanario de la torre dio todas las horas, y de forma repetida, para el que tuviera dudas. Así se fue pasando la noche hasta llegar la hora del amanecer. Esta vez no hubo cacerolada, aunque tampoco se echaba de menos.
Al día siguiente todos nos levantamos con nuestras tiendas inundadas de pequeñas hormiguitas, otros con un charco de agua en una de sus esquinas como le ocurrió a Armando, pero todos con la mirada puesta en el cielo, para que no lloviera y nos dejara recoger las tiendas lo más secas posible.
El chocolate estuvo a cargo de Félix y Presen, ya que “el Antonio y la Mari” tuvieron que abandonar el campamento temporalmente hacia Zaragoza, había fallecido Paquita, la hermana de Amalio, uno de nuestros socios y amigos, donde se iba a celebrar el funeral y posterior entierro.
A algunos les parecía poco desayuno con el chocolate con bizcochos, pues se metieron aparte un huevo frito con su jamoncico del día anterior. Todo muy rico. La mañana transcurrió con Maribel luchando por captar algunos rayos de sol, con los hombres, cómo no, de tertulia, y las mujeres que fueron a dar un paseo por Trasobares. Durante la tertulia a la sombra de los arbolitos (si, a la sombra, es decir, hacía sol) se trajo más quesico y jamón para la degustación por parte de los contertulios. Fueron llegando poco a poco otros integrantes del club que no habían pasado la noche en Trasobares. Así pudimos gozar con la presencia de Miguel, Susana y Clara, Chiqui y Miguel, de Paco y Araceli, de José Mari Quílez y Pilar, y un antiguo miembro del club, Paco, el concejal, que no alcalde de Morata y su mujer.
Hubo de nuevo pescadores que se atrevieron a desafiar a las truchas, sin ningún resultado en esta ocasión, Armando seguía gafado. Mientras se les esperaba llegaban las mujeres del pueblo cantando “desde Santurce a Bilbao”, debido a la amabilidad de un conocido del pueblo que las invitó a un exquisito vino de muchos años de antigüedad. Sin más preámbulos se procedió a llevar el asado a la panadería.
No hubo excesivo problema con la ubicación en las mesas de los recién llegados, y con las ensaladas ya dispuestas en las mesas, llegó el asado de la panadería. Tocaba a una pieza de carne con sus pataticas correspondientes. Qué buenas estaban las patatas. Y el asado. Hubo quien repitió de patatas y algún privilegiado de la poca carne que sobraba. En los postres se pudo probar el rico polo de sandía “del Antonio”, los nísperos en conserva de Begoña o el rico melón que tenían Josele y el Presi. Luego llegaron los cánticos tan típicos como el querido Bohío o el ya tarareado anteriormente Desde Santurce a Bilbao. Y no llovió. Ni siquiera comenzó a nublarse.
Como evento final quedaban los regalos. A todos nos tocó uno. Aunque estos se hicieron de rogar, pues todos esperábamos con impaciencia el fin de las labores de nuestro Presi. A Felix le tocó una muñeca, a José Mari Quílez un bolsito, al igual que a Javier aunque este era rosa, también cayeron los Bolsitos para Josele o Paco, el de Morata. Otro de los regalos fue el diccionario del fútbol, que para eso estábamos en época de Mundial.
Con las chicas tomando el sol de la tarde y algunos tumbados en las sillas o simplemente hablando de pie, se terminaba esta acampada 2.006. Sólo quedaba llegar a Zaragoza y ver las fotos que habíamos realizado con las flamantes cámaras digitales. Este año faltaron algunos por diversos motivos, pero aunque éramos pocos supimos darle ambiente y calor a la acampada. Hasta el año que viene. Colorín colorado, este cuento ha acabado.
Angel Caudevilla