LA RECOMPOSICION DE LAS CORRIENTES DE PENSAMIENTO

Sebastián Jans

Este trabajo fue publicado en la revista de la Asociación de Abogados de Chile, en 1998.

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Reconocer que vivimos una época de recomposición de las corrientes de pensamiento, es un ya viejo lugar común en todas las esferas de discusión de ideas, ya sea en instancias intelectuales, académicas, políticas, etc. Y también, ya es lugar común, señalar que esto es consecuencia del fin de la confrontación de los grandes bloques ideológicos, que determinaron las grandes percepciones socio-políticas de la pre y post guerra mundial de 1939-45, y del profundo cambio cultural provocado por el desarrollo tecnológico de las últimas tres décadas del siglo XX.

Sin embargo, vale tener presente también, el criterio de mas de algún cientista político, respecto a que, el siglo se aproxima a su fin, pese a todo, con los mismos conflictos y problemáticas con que se inició, especialmente comprobable al mirar los conflictos que sacuden a Europa (los problemas de Rusia y su rol de potencia blanca en un territorio eminentemente asiático, las latencias de China, los problemas de las nacionalidades y las etnias, etc.).

Desnudar la realidad planetaria del ropaje intenso de la guerra fría, permitió, por cierto, advertir la misma situación que determinó el curso de los pueblos y naciones de antes de la mencionada conflagración: Asia, determinada por dos realidades; la de una China que busca soltarse de las amarras de su pasado, encajonada tras su gran muralla cultural, introvertiéndose en su ritmo milenario; y la de una Japón impulsivo, que siempre amenaza mas allá de su ámbito regional. Europa, que trata de recomponerse en su pluralidad caótica. América, separada por su dicotomía hemisférica infranqueable, con un sur que mira siempre hacia una referencia boreal, y un norte, que solo puede ver transoceánicamente. Y Africa, arrastrando su tribalismo, su herencia secular de colonialismo y su cultura de segmentos.

Pero, esa sensación de que poco han cambiado las problemáticas, solo tiene un alcance casi anecdótico. Lo cierto es que hoy existen trascendentales problemas, que nos señalan descarnadamente que el tiempo no ha pasado en vano. Entre ellos, el más importante, el derivado del deterioro del medio ambiente y las implicancias que tiene en el futuro de la humanidad. La necesidad de perfilar lo que se ha denominado un desarrollo sostenible, nos sitúa no solo en la gran problemática del hombre del siglo XXI, sino también en términos de advertir que no solo hay que preocuparse de satisfacer las necesidades de progreso y libertad, sino también hay que asumir seriamente que la actividad humana incide y provoca efectos en el medio ambiente en que se desenvuelve. Ya no basta acceder a los beneficios del progreso material, sino que, es necesario, considerar que ello debe darse en concordancia con lo posible dentro de las potencialidades y los recursos limitados del planeta en que vivimos.

Este aspecto ha obligado ha cambiar radicalmente el situamiento histórico-cultural de la humanidad, y, por ende, su forma de pensar, obligándolo a relativizar las mas profundas afirmaciones y su basamento ideológico.

La realidad del pasado reciente.

Gran parte del siglo XIX y XX, la humanidad estuvo enfrentada a una profunda contradicción, generada por dos grandes corrientes de pensamiento: el liberalismo y el socialismo.

Nacidos de una misma raíz, vale decir, de la crítica al absolutismo y al providencialismo, así como consecuencias del renacentismo, se expresaron posteriormente en forma antagónica, al punto de dividir el mundo en dos bloques de ideas, que, al manifestarse en las esferas del poder, se transformaron en trincheras encarnizadas que provocaron una amenaza constante a la paz y la estabilidad internacional.

Coincidentemente, la concepción hegemonizadora que primó en ambas, a poco andar, fue la construcción de Estados fuertes, capaces de consolidar las ideas dominantes y el poder de los grupos conductores. Y de la constitución de los Estados fuertes y poderosos al estatismo, no hubo mas que un breve paso.

Por una simplificación tendenciosa, se ha hecho homólogo considerar comunes los conceptos de socialismo y estatismo, lo que, en rigor, no es exacto. El capitalismo también buscó, consolidó y se fundó, precisamente, en Estados fuertes, asegurando de este modo su perdurabilidad.

Efectivamente, mas allá de los alcances y perfiles del debate ideológico, y de las singularidades de sus propuestas, las herramientas de poder objetivas que cada corriente creó para su institucionalización y predominio, fueron similares. En ambos casos, en una etapa de su desarrollo como ideologías predominantes, mutaron en aberraciones tales como el militarismo y la dictadura; y digo aberraciones, porque conceptualmente tales fenómenos fueron dicotómicos con sus postulados fundamentales.

El otro elemento que caracterizó homólogamente a ambas corrientes, al constituirse en ideologías del poder, fue el economicismo, es decir, el predominio de las variables económicas y los objetivos estatales por sobre otras consideraciones sociales. De esa confrontación ideológica - y por lo tanto, política y militar - la Humanidad vivirá consecuencias de enorme implicancias materiales y espirituales, que la actual época aún no supera.

EL DEBATE ACTUAL.

Dijimos que ya es un lugar común reconocer la existencia de una profunda recomposición de las ideas, y, en consecuencia, estamos viendo nacer una nueva era. En el debate, sin embargo, aún no se advierte cuales serán las corrientes que predominen, y más que grandes conjuntos de ideas, pareciera que lo predominante será la multiplicidad de perspectivas, y no grandes matrices ideológicas, del modo como se dio en los doscientos años precedentes.

Esta multiplicidad de perspectivas filosóficas, sociológicas y cosmogónicas, que han ido dejando atrás el debate sobre el modernismo y el postmodernismo, empero, se relacionan de una u otra forma, en lo que podríamos llamar las cuatro grandes críticas al pensamiento de la era postindustrial, y que presentan una referencia ordinal para efectos de concebir un estudio adecuado de la génesis de la nueva racionalización humana.

a) La crítica al "progresismo".

Es la crítica que se hace a la tendencia a asumir el progreso como un fin en sí mismo, entendiéndose este como el desarrollo económico y tecnológico, rezagando al ser humano como destinatario objetivo de las disponibilidades que este crea. Se entiende, en ese contexto, según decir de Morin, que la técnica y la economía son como dos locomotoras, cuyo avance llevan al hombre a la satisfacción de sus necesidades y a la solución de sus problemas.

Ello constituye un grave error, según los críticos de esta tendencia, dado que el ser humano no es una consecuencia automática del desarrollo económico, e, incluso, en muchos casos, este progreso trae consigo la destrucción de valores y antiguas concepciones culturales, que, por carecer de un gran desarrollo en la tecnología de punta o en sus fuerzas productivas, son consideradas "atrasadas" o "subdesarrolladas".

Esta crítica tiene dos vertientes principales: una, de naturaleza religiosa, que hace especial hincapié en que el progresismo es producto del exceso de confianza en el hombre y sus medios, alejándolo de Dios; y la otra, del ecologismo, que plantea que todo progreso material, ha traído consecuencias en el medio ambiente en forma proporcional a los logros del llamado "desarrollo" o "progreso".

b) La crítica al "intervencionismo".

Esta crítica tiene dos raíces históricas: la de la antigua izquierda, expresada en el marxismo pre-stalinista, y la de la derecha de la segunda mitad del siglo XX, cuyo mayor asidero actual se encuentra en el pensamiento de Friedrich Hayek.

Respecto de la primera, se manifiesta una clara concepción crítica del Estado, en el período histórico en que aún no se advierten las características del Estado Nacional, que se perfila en los albores del siglo XX. Los trabajos del propio Marx y de su colaborador Federico Engels, conciben claramente una crítica al Estado, al señalarlo como una herramienta de subyugación de las clases dominantes. Al plantear la idea de la eliminación de las clases sociales, como producto de la acción revolucionaria de la clase obrera, indican la posibilidad de la extinción del Estado a consecuencia de la propia eliminación de la lucha de clases. Esta idea incluso será ampliamente desarrollada, posteriormente, por Lenin en su libro "El Estado y la Revolución".

Respecto de la crítica que nutre al pensamiento pro-capitalista respecto del Estado, resalta el citado Hayek, siendo una de sus obras más importantes "Los fundamentos de la libertad", que se sustenta en la idea de que la libertad es la situación, en virtud de la cual, el hombre no se encuentra sujeto a coacción, ejercida por la voluntad arbitraria de los demás hombres. De allí su critica al socialismo, al considerarlo como un sistema que "no concibe fines individuales sino colectivos".

En la actualidad, la crítica al intervencionismo del Estado, aparece ampliamente dominada por la crítica de los sectores liberales, pero, también se expresa en los sectores de la izquierda renovada. Esta crítica representa, pues, una tendencia creciente, que recoge distintas vertientes.

c) La crítica al "neutralismo".

Una de las críticas mas activas de parte de sectores conservadores y de raíz religiosa, expresada sistemáticamente, es aquella contra el neutralismo de la ley, frente a cuestiones de conciencia. En ese aspecto, el destinatario específico ha sido el pensamiento secular - sea liberal o de otro signo -, cuya raíz se encuentre en la defensa de los derechos de conciencia y la libertad del hombre en las estructuras del poder; es decir, el laicismo del Estado y la ley.

Por cierto, el Estado neutral es una conquista del humanismo y de la espiritualidad libre, pues, se reconoce en las estructuras del poder y del gobierno, la variada pluralidad que expresa la sociedad humana, reconociendo en todo grupo de conciencia sus derechos a pensar y a opinar.

El conservadurismo político, ciertos círculos religiosos - especialmente los entronizados en la jerarquía vaticana - y aquellos grupos intelectuales vinculados al integrismo religioso, han agudizado, de un tiempo a esta parte, una crítica persistente con características de campaña, a todo perfil neutral o laico del Estado y de la ley, aduciendo que toda libertad se transforma rápidamente en libertinaje, y lo que la ley permite, por su condición laicista, a poco se convierte en "permisivismo".

Es esta crítica la que abriga en Chile, por ejemplo, la presión obstructiva sobre las campañas de prevención del SIDA basada en el uso de preservativo, que presiona contra cualquier propósito de legislar sobre el divorcio vincular, o que inhibe la discusión democrática sobre el aborto terapéutico, etc.

Esa manifestación de conservadurismo, conlleva, sin lugar a dudas, la articulación progresiva de manifestaciones totalitarias en las esferas del poder, provocando que, con el tiempo, el "efecto iraní", no tenga que ser un fenómeno necesariamente posible solo dentro del influjo del Islam, sino que puede expresarse en sociedades típicamente occidentales.

d) La crítica al "iluminismo".

Esta es la crítica que expresan aquellos que reconocen una influencia agnóstica o secular, y también, ciertos niveles de creyentes que no asumen una posición integrista en sus convicciones confesionales.

Esta crítica considera que existe una presencia de tendencias iluministas, no solo en el campo religioso - aunque puede ser más recurrente -, sino también en otras tendencias de tipo mesiánicas, incluso de naturaleza agnóstica, que se expresan en grupos que siempre esconden una aspiración de poder, y que convocan a "cruzadas" o gestas emancipadoras de distinto tipo, sobre el fundamento de un fundamentalismo alienante.

En el plano religioso, es posible advertir la proliferación de segmentaciones confesionales, que exigen expresiones altamente compromitentes a sus adeptos. El iluminismo de tipo político, en tanto, siempre deriva hacia expresiones violentistas, con fuerte respaldo ideológico de tipo mesiánico. También se manifiesta un iluminismo agnóstico pseudoesotérico, que trata de ganar adeptos, sobre la base de la recuperación de raíces orientalistas ocultas.

Efectivamente, la tendencia de fines de siglo, encuentra al hombre en la búsqueda de una mayor espiritualidad, al cabo de comprobar que el exceso de materialismo le ha quitado posibilidades de crecimiento integral. De allí que, en aquellas conciencias más permeables a lo simple, exista un terreno abonado y fértil para la siembra de ideas de tipo iluminista. Estas opciones, sin embargo, cuando tienen raigambre confesional, se caracterizan pronto, coincidentemente, por ser críticas respecto de la ciencia y minimizan la sustentación de la actividad humana en el conocimiento. De la misma forma, pronto se transforman en enemigos de la pluralidad, en tanto, no hay sustento para el mesianismo en un medio de diversidad producto de la discusión libre e informada.

Las cuatro críticas fundamentales que hemos anunciado, no son, por cierto, las únicas que se manifiestan con fuerza en el actual debate de ideas, pero, si son aquellas que adquieren mas relevancia en cuanto a su alcance social directo. Como consecuencia de ello, se puede percibir ciertas tendencias que predominan en la definición de conductas y actitudes, y que perfilan nuevas visiones frente a la realidad del mundo, y en la percepción cotidiana de la realidad.

En primer lugar, es fácilmente comprobable, que en la sociedad humana, impera actualmente una fuerte tendencia hacia el individualismo. En esto ha influido grandemente el propio desarrollo tecnológico, que empuja al hombre hacia una mayor introversión. Las relaciones intrafamiliares, entre componentes de grupos naturales (laborales, culturales, etc.), han experimentado un cambio drástico, producto de la televisión y los cambios en las comunicaciones. El uso del tiempo del ocio, progresivamente es menos social y más individual. Por otro lado, la valoración de "lo social", es cada vez más instrumental que vocacional. El otro fenómeno de clara presencia, es el que tiene que ver con el consumismo. En segundo lugar, la introversión a escala del tejido social, que provoca el individualismo, ha llevado al ser humano, en determinados grupos, a la superlativización de la identidad, dándose en el terreno ideológico el fenómeno consecuencial del fundamentalismo. En tercer lugar, producto de los puntos anteriores, se expresa el nacionalismo de naturaleza xenofóbica, donde el "yo-individuo" se extiende a un "yo-racial" o el "yo-nación".

CONCLUSION.

La Humanidad está terminando un convulsionado siglo, y se apresta a entrar en un nuevo milenio. Los riesgos de continuar o repetir los ya viejos errores es altamente posible. No en vano hay quienes sostienen que, después de todo los que se ha logrado en muchos campos del conocimiento, de la ciencia y la tecnología, estamos solo viviendo la continuación de las tragedias humanas.

Sin embargo, debemos pensar las problemáticas con una espíritu optimista, con la esperanza de que las mentes más lúcidas de la sociedad humana, actúen en las nuevas configuraciones ideológicas, eliminando los riesgos de los dogmas instrumentales que conllevan el germen de la confrontación o de la opresión.

En el contexto de las ideas analizadas, creo que es fundamental, como primera tarea, patentizar la defensa de la libertad de conciencia, especialmente en las estructuras del poder. El Estado neutral o laico, es una conquista superior del hombre, frente a un pasado doloroso en la historia humana, en que el Estado se constituyó en instrumento de una opción ideológica o confesional.

La lección de destrucción y muerte provocada por el fanatismo entronizado en el poder, ha dejado un ancho e inmenso sembrío de cadáveres a través de las épocas. De allí que. cuanto más neutral sea el Estado en cuestiones de conciencia, mayor será la posibilidad que las estructuras de poder garanticen la libertad espiritual de todos los miembros de la sociedad.

En segundo lugar, la internalización cierta del pluralismo como condición esencial de toda forma de convivencia, mas allá del mero reconocimiento de las existencias institucionales, asumiéndolo como elemento vivo de lo cultural y social.

En tercer lugar, asumir un eclecticismo meliorista, es decir, una actitud capaz de desarrollar la buena síntesis o adecuada mezcla de aquellos elementos de las ideas en pugna, que puede converger hacia una contribución positiva para el desarrollo humano.

 

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