Todo sobre las mujeres * Sebastián Jans ©
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Lucinda |
La muerte de la tía Lucinda fue demasiado repentina, tal vez como aquellas muertes que en la familia le precedieron, y causó honda consternación entre todos nosotros. Una mala conexión eléctrica en la lavadora de ropa, provocó una descarga que le paralizó su corazón. Ese generoso y tierno corazón, que, dejó de latir irremediablemente, antes de que llegara a la clínica donde se comprobó su deceso. Su velatorio, siguiendo la costumbre provinciana, fue en la casa de la mayor de mis tías, después de una discreta pugna entre sus hermanas, por tener el honor de velarla en la casa de cada cual. Nadie quería que sus restos mortales quedaran en una capilla mortuoria de una iglesia, de manera tan fría e impersonal. Es que la tía Chinda, como le conocíamos todos, gozaba de una especie de veneración por parte de las mujeres de nuestra familia, y de un evidente respeto por parte de los varones.
La recuerdo en sus últimos días, como una mujer de alrededor de 50 años, menuda, de aspecto sencillo, beneficiada por una soltería que le impidió soportar los rigores de los embarazos, que dejan huellas en el cuerpo, y con todos los elementos necesarios para ser considerada como una mujer con cierto atractivo, pero, sin la belleza facial de sus hermanas. No era fea, pero, tampoco tenía aquellos aspectos de referencia común, dentro de nuestra realidad cultural, que hacen que una mujer sea reconocida como bella. Vestía de modo conservador, generalmente con tonos opacos, y se tomaba el pelo, haciéndose un moño evidentemente anticuado, a pesar de que se lo teñía para ocultar las canas prematuras.
Era profesora de educación media, ocupación por la que optó con un marcado acento vocacional, a pesar de que pudo haber elegido una profesión de mas prestigio social, ya que los medios económicos de la familia se lo habrían permitido. Pero, ella consideró, al decir de sus hermanas, que la educación era su camino. Era realmente, una mujer muy afectuosa y consentidora, que prodigaba en sus sobrinos todo el cariño que, seguramente, pudo haber tenido para con los hijos que nunca tuvo. Para cada uno de nosotros, desde que teníamos memoria, el regalo mas esperado, aquel mas cuidadosamente elegido, era el de la tía Chinda. En cada evento familiar, en que sus hermanas se reunían con sus respectivas proles, ella tomaba una guitarra y cantaba tonadillas de amor y desamor, de antiguo origen campesino, que entonaba con su voz cálida, mientras pulsaba pulcramente las cuerdas del instrumento.
Mientras yo estaba frente al ataúd de fina madera, en comunión de dolor con todos los familiares, no pude evitar sentir un nudo en la garganta y unas profundas y sinceras ganas de llorar. No quise contemplar su rostro, a través del vidrio, para no alterar mi recuerdo de sus suaves facciones, seguramente, ahora alteradas por el rictus mortal. Contemplando los pulcros bordes del ataúd, el brillo sobrio de su barniz, sintiendo el aroma penetrante de las flores que adornaban el velatorio, mi mente comenzó a volar hacia el reciente pasado, hacia aquellos recuerdos guardados en el más profundo cofre de nuestra conciencia, bordeado de espinas y terciopelos.
Así, comencé a recordar lo ocurrido cinco años antes, poco después de haber cumplido los 16 años, cuando mi padre nos sorprendió desnudos, en su propia cama, después que ella me ayudó a enfrentar la difícil tarea de un hombre de perder su virginidad. ¡Porque, cuan difícil y traumática para un muchacho, puede ser la exigencia de tener que enfrentar la iniciación sexual! Siempre he escuchado que, la primera vez para una mujer, constituye un hecho generalmente revestido de traumas e incertidumbres. ¡Peor para un hombre, que tiene la responsabilidad de llevar siempre la iniciativa en ese tipo de coloquios!
Mi padre llegó a casa, ese día, de manera inesperada, en circunstancias que se suponía fuera de la ciudad, realizando actividades propias de su profesión. Mi madre y mis dos hermanas mayores, habían ido a pasar el día donde otra tía. Mis malas calificaciones en matemáticas, habían hecho aconsejable que la tía Chinda me hiciera algunas clases de reforzamiento, cuestión habitual en la familia. Ni mi padre, ni yo, sabíamos entonces de los designios, que no tenían nada de coincidencias, que habían convergido para que todo fuera como ocurrió, con la inesperada salvedad de la intempestiva presencia de mi progenitor.
Mientras contemplaba la urna con sus restos, recuerdo esa tarde, en que llegó la tía Chinda, y comenzamos a ver la materia de matemáticas que no lograba comprender, sentados en torno a la mesa del comedor. Recuerdo que, después de haber transcurrido un rato, de pronto, de manera natural, me tomó las manos y me miró profundamente a los ojos, con su suave mirada, mientras me decía:
- Estás hermoso, Luchito. Ya eres todo un hombre.
Me pasó su suave y blanca mano por el pelo, y me acarició la nuca y el cuello, de modo casi maternal, mientras una electricidad me recorría entero, y mis pensamientos, aún sin discurrir sobre sus intensiones, pedían que aquellas caricias no se terminaran. Se levantó de su silla y se acercó mas, mientras el aroma de su perfume me envolvía como un manto de volátiles sedas, y mi respiración comenzaba a agitarse, al compás de mi corazón, que quería escaparse del pecho. Sus manos seguían recorriendo mi cabeza, mi cuello, mis hombres, y luego, mi pecho, mi espalda, primero sobre mis ropas, para luego meterse bajo la camisa, directamente sobre la piel.
- Eres un chiquillo lindo - me decía, y me empujaba contra su cuerpo con una leve presión, a medida que seguía recorriendo mi torso con sus manos. - No tengas miedo, no te asustes. Ya eres un machito, ya no eres un niño. Eres todo, todo, todo un hombre - decía con una voz suave, convincente, tranquilizadora, confiable. - Precioso, eres un muchacho precioso.
¿Cuánto duró aquel embriagador preámbulo que me llenó de tranquilidad y sosiego? No lo sé. Yo entrecerraba los ojos, mientras ella seguía con su arrullo y su fragancia, envolviendo mis sentidos. No supe en que momento se entreabrió la blusa y sacó de entre su blanco sostén de encajes su tibia teta de porcelana, que puso frente a mis labios, para que yo, con avidez de lactante, chupara casi inconscientemente su pequeño pezón. Perdí la noción del tiempo, tal vez volviendo a mi no tan lejana niñez. En algún momento, condujo mis manos hacia sus caderas, hacia sus blandas nalgas, primero sobre la falda, y luego bajo ellas.
- Chiquillo, chiquillo lindo - susurraba a mis oídos. - Hombrecito lindo - se corregía.>
Eran palabras que, en la forma de musitarlas, me hacían perder todo remilgo, todo complejo, toda aprehensión de pudor. Yo disfrutaba aquel calor misterioso de su cuerpo, el olor de su perfume y de su aliento, las caricias maestras de sus manos. En algún momento me llevó hacia el dormitorio de mis padres, y mis ropas fueron quedando en el camino, junto a sus prendas, que sacaba sin premura, con todo el tiempo del mundo, para que yo no perdiera la magia de su seducción, porque yo no era capaz de nada, estaba sin voluntad, como una arcilla en sus manos, que ella moldeaba a su regalado gusto. Creo haberme dado cuenta que estaba desnudo, antes de que me tendiera sobre la cama, y ella también estaba desnuda y con su pelo suelto, sin su moño habitual, rejuveneciendo sus facciones. ¿En que momento hizo brotar mis vigores, con mañas y sapiencia de diestra concubina? No lo tengo claro. Me parece que duré muy poco, pero, ella supo remontar mis flaquezas en dos o tres oportunidades, sin prisa, dándose todo el tiempo necesario para ello. Quedé exhausto y me dormí, mientras ella seguía acariciándome con la suavidad de una pluma. No sé si ella tuvo algún orgasmo, solo sé que me trataba con una infinita dulzura, con un cuidado cariño, circunstancia casi etérea que se derrumbó cuando sobrevino la desgraciada presencia de mi padre.
Lo vi aparecer en el umbral del dormitorio, con su maletín de ejecutivo en la mano, y en su rostro se pintó una mirada furiosa, refulgente como la de un dragón.
- ¡Que cresta pasa aquí! - lo sentí rugir, mientras la tía Chinda reaccionaba, cubriéndose con algo, aterrorizada. - ¡Que mierda pasa! ¡Vieja cochina, que le estás haciendo a mi hijo! - bufaba mi padre, mientras la pobre tía corría hacia el baño.
Mi padre parecía un energúmeno, dando patadas contra el muro, blasfemando, mientras la tía Chinda se encerraba en el baño, llorando en medio de chillidos histéricos. Yo buscaba mi ropa desesperado, embargado de vergüenza y miedo.
- ¡Mujer cochina! ¡Te voy a denunciar a la justicia! ¡Te voy a denunciar por corrupción de menores! ¡Puta! ¡Puta desgraciada! - gritaba mi padre, sin preocuparse de mí y de mi fuga hacia mi dormitorio, aterrado, sin saber lo que ocurriría con la furia incontenible del hombre.
Pasaron unos minutos en que seguí escuchando los gritos de mi padre y el llanto histérico de la pobre tía Lucinda. De pronto, mi padre entró a mi dormitorio. Su rostro estaba enrojecido, casi amoratado de furia, con las venas de la frente hinchadas, como nunca lo había visto. Sin embargo, me miró de un modo neutro.
- ¿Estás bien? - preguntó de modo inesperado e inexplicable, supongo que pensando en mí como una víctima.
Asentí afirmativamente con un movimiento de cabeza, sorprendido por la pregunta, pues, cuando lo vi entrar esperé lo peor.
- ¡Cómo se te ocurre meterte con esa mujer! - me reprochó. - ¡Que culpa tienes tu! - pareció decirse para sí mismo. - ¡Vieja cochina! - bufó de nuevo, con expresión de asco en el rostro. - ¡La voy a meter presa por corromper a menores de edad! ¡Que va a decir tu madre cuando lo sepa! - decía una y otra vez. De pronto, me miró y preguntó: - ¿Y tu madre?
- Fue donde la tía Elena... - respondí, temblando de pies a cabeza.
Fue al teléfono, mientras yo miraba hacia el baño, donde seguían los descontrolados sollozos de humillación de la tía Chinda. Cerré la puerta y terminé de vestirme. A lo lejos sentí a mi padre vociferar, discutiendo algo, reprochándole a mi madre.
- ¡Cómo quieres que me calme! ¡Es que no te das cuenta! ¡No sabes de lo que estoy hablando, no me has escuchado! ¡Pero, es que tienes que tomar conciencia de lo que te estoy diciendo!
Sentí que colgó el teléfono con violencia. Luego, se hizo un largo e interminable silencio, que solo era quebrado por los tacos de sus zapatos, paseándose de lado a lado de la sala de estar, y los pequeños hipos de llanto de la tía Lucinda, encerrada en el baño, que cada vez se iban haciendo menos audibles.
Me recosté en mi cama y traté de calmarme, ya que estaba temblando de miedo. Cerré los ojos y los momentos previos a la llegada de mi padre, vividos bajo el sublime influjo de la tía, me envolvieron como un elixir balsámico, con su éxtasis prohibido. Me quedé quieto mientras mi cuerpo se aletargaba de sensaciones efluvias.
Había pasado un periodo indefinido de tiempo, cuando sentí llegar a mi madre, al parecer en un taxi, y entrar a la casa. Sin duda, venía sin mis hermanas. Escuché a mi padre que airadamente trataba de explicarle lo sucedido, casi a gritos, pero, ella le hizo callar subiendo también la voz, para imponer sus términos. Mi padre, a instancias de ella, salió al patio, dando un portazo tras de sí. Por mi ventana lo pude ver paseándose como fiera enjaulada. Con la salida despejada, mi madre pudo llamar a la puerta del baño.
- Lucinda, abre. Soy yo.
La puerta debió abrirse y escuché el murmullo lejano de sus voces. Obviamente, la tía estaba llorando y mi madre la consolaba. Pocos minutos después salieron del baño y la puerta de calle se abrió. Pude percatarme que la tía se había ido.
Entonces, mi madre golpeó con los nudillos a mi puerta:
- Está abierto - dije.
Ella entró tranquila, con evidente preocupación por mi estado.
- ¿Estás bien? - me preguntó, mientras me pasaba su mano por mi mejilla, a modo de cariño, sentándose al borde de mi cama. Le respondí con un movimiento afirmativo de cabeza, mientras me afloraban algunas lágrimas a los ojos. - No te preocupes. Quédate tranquilo y descansa - me dijo con voz segura. - Descansa - insistió acariciándome la cabeza. - ¡Hombres de mierda! - exclamó enseguida. - ¡Creen que es muy fácil ser mujer y cargar con sus vidas! ¡Huevones brutos! - refunfuñó, y luego me miró con su habitual gesto de severidad maternal: - ¡Ojalá que cuando seas mayor no seas igual de estúpido!
Se incorporó, después de hacerme una nueva caricia al pasar.
- Después hablaremos de todo esto - me dijo, y salió.
Sentí que llamaba a mi padre y ambos se encerraron en su dormitorio a discutir. Deben haber intercambiado gritos por varios minutos. Debió ser una trifulca memorable, ya que no tenía recuerdos de algo similar. Luego, siguieron discutiendo, pero, cada vez mas despacio, hasta terminar en una conversación que se prolongó por mas de una hora. No cenamos juntos esa noche. Mis hermanas no llegaron. Ella se preocupó de llevarme algo de comer a la cama, e insistió en que estuviera tranquilo.
Al día siguiente, mi madre me llamó al comedor, apenas sintió que yo estaba levantado. Sin embargo, el motivo de su llamado no era el desayuno. Estaba esperándome con mi padre. Había un silencio que pesaba infinitamente sobre mis hombros. El hombre tenía una expresión grave y distante, que nunca le había visto. Ella, en cambio, se veía tranquila, y parecía estar dominando la situación. Apenas los vi, el rubor subió a mis mejillas, y un sofoco de incomodidad me envolvió la piel y los huesos.
- Siéntate, hijo - me dijo ella con un marcado afecto en su tono. - Hemos estado hablando con tu padre. - ¡Hablando!, pensé irónicamente, recordando los gritos de la discusión del día anterior. - Él me ha pedido que te explique lo que pasó, y creo que es lo mejor para ti.
No tenía ganas de levantar la vista. Sentía el peso de la mirada de mi padre, y hubiera estado feliz de estar sepultado en un pozo a treinta metros de profundidad, lejos de ellos.
- Lo que ayer sucedió, yo sabía que iba a ocurrir. Por eso los dejé solos... - dijo ella. El piso se abrió bajo mis pies, y creí caer en un precipicio. La miré boquiabierto. Mi padre miraba el suelo. - Si, lo sabía. Lo único que no estaba previsto era que tu padre apareciera.
La miré perplejo, sabiendo que era una mujer muy religiosa y conservadora en temas morales. Creí que se estaba refiriendo a otro asunto. Tal vez no había comprendido bien lo que mi padre había descubierto. El rubor me tenía al borde de fundirme como un metal.
- Es difícil explicar algo así. Pero, si tu padre no hubiera llegado, esta conversación no sería necesaria, y tu tendrías tu secreto muy bien guardado, y todo habría seguido su curso normal.
Su voz era firme y segura. Era mi madre de siempre, llevando las cosas dentro del orden cotidiano del hogar.
- Por lo que ocurrió, como se dieron las cosas, y para que tu vida siga en paz, quiero que sepas que yo lo había aceptado - agregó. - De esto, tu padre no sabía nada.
Se hizo un silencio abismal. Yo seguía acongojado por tener que enfrentar el asunto con mis padres, pero, la mirada limpia de mi madre, me alentaba a seguir allí, sentado, esperando el desenlace de la conversación.
Ella comenzó a hablar. De este modo, de la boca de mi madre conocí el trasfondo de lo obrado por la tía Chinda, y el origen de aquel amor que me prodigó, aquella tarde en que debí aprender matemáticas, y en que aprendí, en cambio, algo de la vida, un conocimiento que en ningún texto de matemáticas podría encontrar jamás. Fue lo mismo que mi padre conoció unas horas antes que yo.
Mi madre fue la menor de nueve hermanos, de los cuales solo dos - el primero y el quinto -, fueron varones. Era una típica familia de propietarios de la tierra, que vivía de la explotación agrícola, en el sur del país. Cuando mi madre apenas había aprendido a hablar, su padre había muerto en una reyerta en un prostíbulo de mala fama, de la pequeña ciudad provinciana en que vivían. En una discusión de ebrios recibió cinco estocadas de parte del protector de una prostituta, que le provocaron la muerte. La forma en que había muerto mi abuelo, fue la primera sorpresa de aquella conversación con mi madre. En realidad, nunca me había preocupado expresamente de conocer la causa de la muerte del abuelo, una figura que me era absolutamente desconocida, salvo por viejas fotos que mi memoria costaba de retener.
La muerte del jefe de familia, precipitó sobre los hombros del hijo mayor, la necesidad de asumir la condición de cabeza de la familia, a pesar de ser un jovenzuelo de 18 años, secundado de muy cerca, en todo caso, por mi abuela. La condición de enfrentar responsabilidades para las cuales no tenía el nivel de madurez suficiente, a pesar de la supervigilancia materna, permitió que el joven ganara mucha independencia, de la misma manera, que le indujo a asumir sus propios actos personales, sin tener que dar cuenta de ellos a nadie. Se volvió adicto a las parrandas de fin de semana, y a tener amigotes que le inducían por ese camino. De ese modo, terminó siendo víctima del mismo prostíbulo, en que su padre encontró la desgracia, pero, de un modo diferente.
Contrajo una enfermedad, que muchos meses después de sufrirla, se pondría en evidencia ante su madre y sus hermanas, luego de mantenerla en secreto por todo ese tiempo, y cuando su gravedad ya le había provocado grandes estragos. El médico que lo trató, fue muy descarnado en indicar que el contagio no había sido oportunamente tratado. Complicaciones diversas terminaron por llevarlo a la muerte, después de padecer los efectos dolorosamente, lo que consumió una importante parte del patrimonio familiar con la esperanza de sanarlo.
Las lecciones de las dos muertes, desolaron el hogar de esas mujeres, las que optaron por tomar mas preocupaciones con el único varón que quedaba en la familia. El adolescente fue cuidado en extremo, al punto que su carácter se volvió bastante pusilánime, acomplejado y tímido. Era diariamente víctima del exacerbado cuidado de sus hermanas, que terminaron por convertirlo en un individuo de temperamento ambiguo y extremadamente sensible a las dificultades propias de la vida.
Recordando el pasado y que el hermano se encaminaba hacia los 18 años, llevó a las hermanas, en acuerdo con la madre, a prepararle su iniciación sexual, como había ocurrido con los otros varones de la parentela, aspecto que constituía una tradición en esos lugares, de la que ellas no quisieron abstraerse. Desde luego, debía ser de la forma mas adecuada y aséptica posible, para no repetir los errores que las prácticas sexuales de su padre y de su hermano, habían terminado por conducirles a la muerte.
Las dos mayores viajaron a la capital provincial y, luego de tomar contacto con algunas personas, contrataron una prostituta, que era experta en descapullar jovencitos. Previamente, antes de llegar a un trato, habían exigido las certificaciones médicas correspondientes, que demostraran que la proxeneta no tuviera ninguna enfermedad contagiosa. La llevaron al fundo, con prohibición de tener relaciones con otro hombre, mientras estuviera contratada. La hospedaron en una casa de inquilinos que estaba vacía, con las comodidades necesarias para estar varias semanas, en que se hacían los preparativos necesarios. Adornaron el dormitorio, pusieron una cama con finas sábanas, aromatizaron las paredes, pusieron lámparas de fina artesanía, instalaron una alfombra de origen árabe, prepararon una sala de estar con mullidos sillones de felpa, trajeron vajillas de porcelanas y copas de cristal, en fin. Nada fue dejado al azar. Los preparativos las mantuvo entusiastamente ocupadas por mas de un mes, con mas ahínco y preocupación que cuando debieron prepararle la primera comunión, y seguramente, con tanto entusiasmo como si estuvieran preparándole la boda. La madre dejó hacer, y se contagió con los excesos, aunque, de vez en cuando, movía la cabeza y decía:
- Demasiado esfuerzo para que un mocoso bote el gorro.
Cuando todo estuvo preparado, el capataz fue encargado de conducirlo hasta el altar de su iniciación, de modo discreto, con medios propios de hombres. Lo invitó a salir a cabalgar por el fundo, en cuyo periplo le dijo que había una dama de la ciudad que tenía mucho interés en conocerlo.
- Ustedes los hombres tienen un lenguaje para estos casos - había dicho la mayor de las hermanas, al capataz, prometiéndole algo de dinero, para que se tomara todas las molestias del caso, para que el muchacho llegara al destino previsto.
Nada hacía presagiar que sería el momento mas amargo de aquellas mujeres. Con el buen cometido del capataz, el joven fue estimulado para concurrir a donde aquella mujer enigmática, que él suponía era una arrendataria temporal de la casa de inquilinos, y que, él fue convencido, estaba ansiosa de conocerle. Nadie pensó que el carácter pusilánime del muchacho, producto del extremo cuidado que sus hermanas le prodigaban, se viera violentamente afectado por su imposibilidad de tener sexo con la joven prostituta. Pasaron toda la noche entre intento e intento, y nada. La mujer, cansada de insistir con las mejores artes de su oficio y experiencia, y perdiendo la paciencia de frustración, porque no podría ganarse el premio adicional que le habían prometido por lograr éxito en su misión, terminó por hacer burla por los fallidos intentos del muchacho. La burla, aunque discreta, hirió la honra de aquel varón aún en ciernes, que recibió el brutal impacto de la humillación, sin ser capaz de superar la vergüenza. Frustrado, humillado, tal vez, se colgó de un nogal, que estaba junto a la casa de inquilinos.
La prostituta no llegó a enterarse de su determinación. Lo vio vestirse, abatido, y salir, lo que la llevó a suponer que se iba para su casa, mientras ella se dedicó a preparar su regreso a la ciudad. Las hermanas, a algunos kilómetros de distancia, dormían, después de haberse acostado tarde, comentando, esperanzadas, las alternativas previas a la discreta partida del hermano, el que suponía que ellas estaban ignorantes de aquellos pasos nocturnos. El capataz, cumplida su misión se fue a su casa, con el compromiso de pasar a buscarlo por la mañana, si ese era su interés.
Fue éste último quien lo encontró, con el cuello roto por la tensión de la misma soga que el muchacho andaba trayendo, atada a la montura de su caballo. Colgaba de una alta rama del nogal, lo que daba a entender que había usado su cabalgadura para llevar a cabo su acto suicida.
El golpe emocional fue brutal para las hermanas y su madre. Un doloroso histerismo hizo presas de ellas. Se tiraban el pelo, golpeaban los muros, se rasguñaban la cara, sin poder soportar la tremenda dimensión de su tragedia. Después de sepultarlo, lloraron hasta que no tuvieron mas lágrimas. El duelo duró tres meses, en que se encerraron en la casa en penumbras, casi sin ver la luz del sol. Prácticamente no comían, y si no es por la honestidad y fidelidad de los trabajadores del fundo, la actividad agrícola se habría detenido, trayéndoles aún mas ruinas que la enorme carencia emocional que aquella muerte les produjo.
Hasta que un día, cuando estaban terminando de rezar la novena, que todos los días cumplían en recuerdo de los tres hombres muertos, Lucinda dejó de orar, levantó la vista decidida, y exclamó:
- ¡Juro que nunca mas morirá un hombre en nuestra familia!
Las demás dejaron también de rezar y la miraron sorprendidas.
- Juro que cuando se casen y tengan hijos, nunca morirá un hombre en nuestra familia, como no sea de viejo o enfermo de algo normal - ratificó.
Volvieron a la novena, tal vez sin haberle tomado el peso a aquellas palabras, que solo adquirirían sentido con el paso del tiempo, a partir del día en que se casó la mayor de las hermanas. Al año siguiente tuvo su primer hijo: un varoncito. En los años subsiguientes hubo nuevos matrimonios y nuevos hijos varones. A medida que comenzaron a crecer, la firme decisión que expresara la tía Lucinda fue haciéndose común en todas las hermanas: jamás los hombres de la familia serían iniciados nuevamente por prostitutas, ni la tragedia envolvería a los jóvenes varones debido a las urgencias de su sexualidad. Todas aceptaron y se comprometieron para que Lucinda cumpliera su promesa, aceptando y ensalzando su sacrificio. Ella no se casaría ni tendría hijos, porque ello impediría su consagración.
Cuando terminó su relato, mi madre no había variado un ápice su tono seguro y resuelto, de cuando había comenzado a develarme el misterio de los acontecimientos del día anterior. En cierto modo, me había sacado un peso de encima: aquella sensación de pecado y de haber sido sorprendido en algo moralmente reprochable. Sin embargo, no era cosa de aceptar una explicación y pensar que nada había pasado. El sentimiento de haber hecho algo indebido, que era conocido por todas mis tías, por mi madre, por mi padre, y quizá por todo el resto de la parentela, no dejaba de obsesionarme.
Trataba de imaginarme a la tía, esperando el paso de los años, hasta que los sobrinos estuvieran en edad de perder la virginidad, y me resultaba ridículo. Aunque, en verdad, antes que ello ocurriera, ya estaba operando entre las hermanas aquel tácito acuerdo de proteger a los hombres de la familia, a partir de sus propios maridos. Ello se me revelaría, meses después, cuando pude conversar con mi padre, después de la crisis matrimonial que enfrentó como consecuencia del evento en que me sorprendió con la tía Chinda.
Fue cuando descubrí que mi padre había superado su crisis, y uniendo algunos datos, comprobé que sus pasos se habían encaminado varias veces hacia el departamento en que ella vivía.
- ¿Haz ido donde la tía Chinda? - le pregunté en un momento de privacidad.
Me miró sorprendido, titubeó, y se dio cuenta que no podría evadir mi consulta. Era una situación demasiado obvia. Enrojeció y bajó la vista. Me puso una mano en el hombro y asintió. Luego, tuvimos una larga conversación, en que trató de reflexionar sobre la vida, aduciendo que, cada día que pasa, obliga a mirar las cosas desde ángulos distintos. Allí pude enterarme de la otra parte de la historia de la tía. Ella había comenzado su consagración, sirviendo de consuelo en los malos periodos matrimoniales de los maridos de sus hermanas. Estas preferían aceptar alguna visita de sus maridos a la casa de Lucinda, que permitir que éstos fueran alcanzados por la fatalidad que en el pasado había rondado en torno a sus vidas.
Obviamente, la resolución que la tía había expresado, después del largo luto del menor de sus hermanos, se había afirmado rotundamente en la voluntad de sus hermanas, y la aplicaban con inquebrantable decisión. Ese resuelto acuerdo de las mujeres, me había quedado claro, pocos días después de conocer la historia que mi madre me contó, para aliviar mi conciencia. Fue cuando ella me sorprendió con la vista perdida en ninguna parte, melancólico y suspirando. Me observó con una penetrante mirada y me preguntó:
- ¿Aún te afecta lo que pasó?
Respondí sin palabras, con un movimiento negativo de cabeza.
- No sufras por lo que pasó. Fue algo bueno para ti. Desgraciadamente, todo terminó mal porque no tomé las debidas precauciones.
Era la misma voz firme y confiable de siempre. No había matices que hicieran dudar. La miré sin encontrar mas palabras que agregar. Me dio un beso en la frente y me miró a los ojos con una mirada de intenso cariño:
- Quiero decirte algo - me dijo, con ese mismo tono confiable que me desorientaba. - Cuando los humores se te suban a la cabeza, no vaciles en ir a ver a tu tía Chinda.
Creo que tragué saliva, y la miré sin responder. Mi mente quedó sumergida en un mar de contradicciones, en que, pese a mi juventud, no lograba compatibilizar de manera coherente, la rigidez moral de mi madre, con aquella actitud comprensiva frente a la relación que tuve con la tía, que, desde el sentido común de la gente, constituía un hecho muy cuestionable moralmente. Mi incapacidad por asociar lo ocurrido, la actitud de mi madre, y el papel de la tía Chinda en mi familia, fue algo que quedó por mucho tiempo en la ambigüedad y la indefinición.
Ahora, desde luego, lo percibo con mas claridad y la entiendo, en su extraña lógica. En torno al féretro, durante el compungido ambiente del velatorio, miraba el rostro lloroso de mi madre y de mis tías, mientras sufrían la pérdida de aquella mujer que había sido el sustento de la continuidad de sus matrimonios y de la seguridad de sus hijos, y no me las imaginaba indiferentes a la incertidumbre que podía generar la repentina muerte de la tía Chinda. Miraba a mis parientes, a mis primos menores, algunos entrando derechamente a la adolescencia, a mis primos mayores, a mis tíos - los maridos -, y pensaba que todos ellos eran todos potenciales a sufrir el mal de "los humores que se suben a la cabeza".
Miraba a mis tías y a mi madre, y me preguntaba cuál de ellas asumiría el deber y la consagración de la difunta. No me las imaginaba a ninguna en esos menesteres. A mi madre la descarté por estar casada y tener un hijo hombre, y descarté a la otras que estaban en su misma situación. Solo quedaron la mayor de ellas, que ya había enviudado, y la tía Mariela, que tenía cuatro hijas menores. La primera, sin embargo, tenía hijos hombres. También descarté a mis primas, que tuvieran hermanos, lo que, con el mismo criterio, me permitió descartar a mis hermanas. La tía Mariela tenía aún marido, Solo alguna de sus hijas podía estar en condiciones de enfrentar el legado de la tía Chinda. Tal vez alguna de las dos mayores, mujeres profesionales y solteras, sin duda, de mas mundo y desenvoltura que la difunta.
Me burlé íntimamente de mis divagaciones, pero, terminé por corregir mis íntimas ironías, pues, conociendo a las mujeres de mi familia, su resolución y carácter, lo que ayer había sido concertado, para proteger a sus hombres, no podía quedar ahora al azar. Sin duda, cuando se percataran que los humores podían seguir subiéndose a la cabeza de sus hombres, los conducirían hacia el camino adecuado para calmar sus males. Miré a mis tíos, a mis primos, a mi padre, con sus ojos compungidos de pena, con la mirada extraviada, cavilando, de seguro, en torno a las mismas divagaciones que yo enfrentaba, esperando saber dónde conducir los pasos, de modo seguro, libres de la tragedia que marcó la juventud de la tía Lucinda y sus seis hermanas.
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