Todo sobre las mujeres * Sebastián Jans ©
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Jovita |
La Jovita va a morir virgen, estoy seguro. Yo pensaba que solo las monjas podían llegar a viejas sin que las tocara el pétalo de una flor. Ahora sé que también hay otro tipo de mujeres que llegan a ese extremo, por razones que no tienen nada que ver con la religión. He sido su confidente, no sé por que razón, desde que entré a trabajar en la empresa. Tal vez sea porque es amiga de mi madrina, que hizo la gestión ante ella para que me contrataran. Seguramente, ello hace que me transfiera a mí la misma confianza que le tiene a su amiga. O tal vez sea que la pobre mujer no debe tener una persona a la cual conversarle sus cosas íntimas, y me las cuenta a mí, que tengo que mamarme todas sus trancas de vieja que no ha conocido nunca el ojo de la papa.
Conmigo es excelente como jefa, ya que, en mi trabajo de mensajero dependo exclusivamente de ella, y cuando hay un partido del Colo a mitad de la semana, me dice:
- Apúrese, Peñi, que hoy tiene que irse mas temprano. Acuérdese que tiene que ir al estadio.
¡Calculen la vieja piola! Su trato es tan familiar conmigo que me llama por mi nombre de barrero. ¡Si hasta cuando modula mi apelativo suena respetable! Ella es colocolina como yo, pero, como toda vieja pituca no ha ido nunca al estadio, pero, cuando ganamos me recibe con alegría, y cuando perdemos, se pone triste, y me dice:
- ¡Que pena, Peñi!. Pero, no hay que darle importancia. El próximo partido seguro que lo ganamos.
Estoy convencido que no tiene idea de fútbol, y capaz que, si alguna vez va a ver un encuentro, va a preguntar por qué el arquero toma la pelota con la mano, si los otros juegan solo con el pie. En todo caso, es la única que le replica al boludo del patrón, que es de la Universidad Católica, y con mayor razón al infame del contador, que es Chuncho de la "U", porque, cuando uno es un humilde mensajero y defiende su divisa deportiva, le echan el cargo encima para que se quede callado. Ella, como es secretaria y tiene mas relación con ellos, puede rebatirles y no pasa nada. ¡Es buena onda la vieja!. Para mi cumpleaños me regaló la camiseta oficial del Colo, y el año pasado me regaló un polerón con la insignia del club.
Está bastante buena de cuerpo todavía, a pesar de que ya pasó los cincuenta, y cuando se agacha a sacar papel para la impresora, aprovecho de echarle una miradita a sus piernas, que las tiene muy ricas todavía. Los años realmente se le notan en el cuello y en las mollejas, además de las patas de gallo de los ojos. Las pechugas todavía las tiene paraditas, aunque no sé si se las afirma con esos sostenes que tiene armazón de plástico. ¡Imagínense! Una vieja virgen debe tener la carrocería bastante buena si no ha tendido trajín.
A mí, la Jovita me da pena. A veces me gustaría tener algo de billete para hacerle el favor. ¡Me parece un desperdicio que nadie le haya...! ¿Me entienden? Pero, es difícil que ello ocurra, porque la pobre vieja siempre fue de un amor único, leal y derecho. Aunque perdiera, ¿se fijan?. Ahí, no más. Siempre en la suya. Es como nosotros, los barreros de la Garra Blanca. Siempre en la nuestra, aunque el equipo pierda, en la dura. Llueve o truene, en las peores condiciones. Siempre con el amor por nuestra camiseta al tope. ¡Así es la vieja! Pero, ella, mas que ganar, ha perdido.
La Jovita es de esas secretarias que no salieron de un instituto, como ahora, donde les enseñan hasta pintarse la cara. Ella no estudió para secretaria, sino que hizo un curso de taquigrafía y mecanografista. Así se llamaban en ese tiempo, cuando las secretarias usaban un moño y una falda a media canilla. Ella dice que aprendió a escribir a máquina en una Underwood planillera, que tenía unos rieles que ocupaban medio escritorio, por donde se deslizaba el carro con el papel. Una vez me mostró una foto, en que salía en su primer trabajo, con la famosa máquina planillera. Era un poquito mas chica que el Titanic. ¡No estoy bromeando, loco!
Creo que trabajó primero en una oficina pública, luego, en una empresa extranjera, hasta que llegó a la empresa en que trabajamos ahora, cuando tenía poco mas de veinticinco. ¡Tiene que haber sido muy rica! En las fotos que me ha mostrado, aparece con unos peinados voluminosos que se usaban en los tiempos de Los Beatles, y se nota que la vieja era harto potente.
El Burton padre, que fue el primer dueño de la empresa, la contrató a prueba por un mes, y por si acaso, la dejó otros dos meses sin contrato. Cuando se convenció que la Jovita le manejaba la empresa como si fuera la propia dueña, le hizo un contrato tan indefinido, que se quedó para siempre.
- En mala hora llegué a esta empresa - dice la vieja, cuando anda algo deprimida. Pero, lo dice solo por hablar. La verdad es que nunca se va ir de la empresa, porque tiene mas raíces que un árbol.
El asunto radica en que la Jovita estuvo toda la vida enamorada del Burton padre. ¡Enamorada hasta la patas, loco! Ella me lo contó una vez que estaba lloriqueando porque el Burton hijo le había propuesto nuevamente un finiquito pactado, y le ofreció un montón de plata para que se fuera. Lo consideró un agravio, después de toda una vida, porque era como echarla de su casa, o echarla de la familia. ¡Si consideraba al Burton hijo como si ella hubiese sido la madre! Ahí fue cuando me contó todo, y me quedé pensando sobre las cosas que pueden hacer las mujeres.
Ella era una joven muy tímida, cuando llegó a la fábrica de muebles del Burton padre. Tenía cierta aprehensión a los jefes, cuando éstos vociferan a menudo y se dejan llevar por el genio. El patrón era así. Gritón, exagerado para gesticular, de gestos histriónicos cuando quería demostrar su malestar frente a las faltas o negligencias de su personal. Esperó poco mas de una semana que la Jovita se ambientara, y la llamó hasta su despacho para dictarle su primera carta. Hasta ese momento la secretaria había tratado de ordenar los kardex, constituir archivos y tratar de sistematizar el trabajo de varias secretarias anteriores, que habían fracasado, a causa del desorden descomunal con que el Burton padre había manejado la empresa. Ese llamado fue la primera oportunidad en que el jefe iba a pedirle algo en forma directa.
- Le voy a dictar una carta, Jovita - le dijo por el anexo. - Venga de inmediato, por favor.
La mujer tomó una libreta y un lápiz, y concurrió nerviosa, a tomar nota taquigráfica. El método Pitman lo manejaba al revés y al derecho, por lo cual, en ese aspecto al menos estaba confiada. Sin embargo, el Burton padre le dijo:
- Prefiero que la transcriba directamente. Traiga la máquina de escribir.
Jovita volvió a su escritorio y arrastró la mesita hasta la oficina del jefe, con la máquina de escribir eléctrica, correspondiente a un modelo que no había usado nunca. Llevó su silla y enchufó la máquina en el circuito eléctrico. Sus manos le transpiraban, mientras colocaba el papel original, con dos copias.
- Este tipo de máquina no la he usado nunca - musitó previendo un descalabro.
- Una secretaria debe saber usar cualquier máquina - le replicó el jefe, con voz definitiva, y comenzó a dictar.
Se trataba de una carta explicativa respecto a cierta calidad de muebles, que estaba ofreciendo a una casa comercial. Jovita comenzó a tipear con su celeridad acostumbrada de dactilógrafa con experiencia, pero, la máquina reaccionaba de manera distinta a las habituales Underwood mecánicas que había utilizado en sus anteriores trabajos. La breve misiva fue dictada en menos de 5 minutos, y cuando puso el punto final, Jovita vio lo que había hecho y pegó un pequeño chillido. La carta había quedado algo así como ESTINDGHFJN SEÑPRJ: POR MERUR DE PA PREWHWVD QUIENB DZXJNSOKM... Transpiraba entera y lo único que quería era hacerse invisible. El Burton padre se incorporó de su asiento al darse cuenta que algo pasaba. Sacó el papel de la máquina y trató de leer. Jovita quería morirse ahí mismo de vergüenza, y esperó la explosión del jefe. Este desvió la vista del papel, la miró divertido, lanzó una carcajada, y con las hojas le dio unos golpecitos en el pelo, como simulando un castigo.
- Lo mejor que puedes hacer, es tratar de manejar esta máquina. Toma nota y después la transcribes.
Ella estaba roja de vergüenza, pero, tuvo el temple para hacer su primer mohín de coquetería que la caracterizaría ante el jefe. Pese al incidente, a medida que se estableció la relación personal entre ambos, le quedó claro que Jovita era la secretaria que requería. Sin embargo, lo que no se percató, desde el primer momento, es que ella lo miraba no solo como un jefe, sino que también lo veía como un hombre.
Cuando Jovita hace recuerdos de aquel periodo, piensa que no había pasado mas de un mes como su secretaria, cuando su espina dorsal sufría escalofríos de solo sentirlo llegar, su piel se erizaba con una extraña sensibilidad, las piernas le temblequeaban y el corazón parecía darle tumbos. Le encantaba oír su voz, escuchar sus instrucciones, que la mandara a solicitar la cartola al banco, o determinar los presupuestos, o confeccionar las facturas. Lo encontraba muy ejecutivo, dueño de sí mismo, caballeroso, y con una subyugante arrogancia un tanto petulante. Le fascinaban las corbatas que usaba, el aroma de su loción de afeitar, la forma en que se sacaba la chaqueta.
Sin embargo, aquel embrujo se derrumbaba ante el hecho que era un hombre casado, padre de tres hijos, y con costumbres religiosas acendradas, ya que iba con su familia todos los domingos a misa, y habitualmente cumplía con el deber de la confesión y la comunión. Sin embargo, aquello último contribuía a la atracción que la secretaria sentía por su jefe, ya que ella también era rigurosa en cosas de fe, pues, iba también a misa los domingos, además de la misa de los días jueves, en el santuario de Santa Gemita.
Ella se preocupaba con mucha eficiencia de secretaria, de darle los recados de su esposa o de sus hijos, y de transmitirles a aquellos los recados de su jefe. Doña María Inés, la esposa, pronto le tomó especial afecto, y la saludaba con mucho cariño, preguntándole por su familia - su mamá, su papá, sus hermanos -, que coomo está, que donde se metió este hombre que necesito hablar con él urgente, que no me dejó plata para esto o para aquello. En fin, de las palabras de saludo a los problemas domésticos, a los recados, a los reclamos y todo aquello que ocurre en un matrimonio o en una familia con hijos que producen problemas.
Jovita lo resolvía todo, debía hacer de confidente de ella o de él, de la hija o de los dos hijos. Tenía que tener siempre una solución a la mano, ante cualquier problema de la oficina o del hogar del jefe, el cual, cada vez descansaba mas en su secretaria Le confiaba, no solo los problemas de trabajo, y los problemas de su familia, sino también sus arrancadas con amigos, sus parrandas y más de algún devaneo amoroso, que ella logró detectar sin mucho esfuerzo y con inevitables celos.
- Para eso son las secretarias - se ufanaba el Burton padre. - Para guardar secretos.
Le confiaba la chequera, le confiaba la llave de la caja de fondos. Ya no preparaba los presupuestos, ya no dictaba cartas, ya no se preocupaba del control de asistencia de los obreros, ni siquiera de los despachos de mercadería. Todo lo iba manejando la Jovita, progresivamente, que vivía dedicada al trabajo, excediendo sus horas de trabajo normales a fin de cumplir con todos los requerimientos de la fábrica que descansaban en sus manos. No había en esa empresa un ejemplo de abnegación y lealtad como ella.
Sin embargo, sabía que si tenía ese apego tan grande a la empresa, era porque el Burton padre era su amor secreto. Que todo lo hacía por él y para él, para que tuviera menos preocupaciones, para que tuviera mas tiempo disponible para hacer sus cosas, para que se divirtiera, para que no pasara malos ratos. Cambió su apariencia física, su forma de vestir, de peinarse, de maquillarse, de la manera que al jefe le gustaban las mujeres. Le robó una foto, donde él estaba solo y reluciente frente a una máquina fotográfica de estudio, y la andaba trayendo en la cartera, desde donde la sacaba un par de veces al día para mirarlo, cuando él no estaba en la oficina.
Nadie llegaría a conocer tan profundamente lo que el hombre pensaba, lo que quería, lo que le gustaba, lo que abominaba, como su secretaria. Para ella, el patrón era como una copa de cristal transparente, que traslucía todo lo que contenía en el alma. El hombre era un libro abierto que ella podía hojear cuando quería. Pero, ese conocimiento, ella nunca lo puso en evidencia, para que el hombre no se sintiera inseguro o desconfiado.
Por eso, se dio cuenta de inmediato, después de varios años compartiendo juntos el mismo espacio de trabajo, cuando él comenzó a mirarla con otros ojos. Fue el periodo en que se produjo el primer distanciamiento entre el Burton padre y su esposa. Coincidió con un periodo de baja en los negocios. Ella se había acostumbrado a usar una falda corta, a la moda, que le permitía exhibir una de las mejores partes de su anatomía: sus piernas, lugar en que encontraba habitualmente depositada la mirada del jefe, con un brillo codicioso. Comenzó a adularla, a decirle medidos requiebros, que en los tiempos actuales no alcanzarían para acusar a un jefe de acoso sexual. Tanteaba el terreno, hasta donde llegar con su audacia. Ella le daba lugar con mucho recato, pero, dejando siempre un pequeño espacio para que el hombre sintiera que estaba avanzando.
Un día el Burton padre le dijo que debería quedarse mas tarde, ya que vendrían a instalar el télex, y tendrían que aprender a usarlo. La máquina quedó funcionando a media tarde y se dedicaron juntos a estudiar el manual de uso. Cuando quedaron solos, luego del retiro del resto del personal, él inició el asalto del modo más rudimentario. Le tomó las manos, después los antebrazos, luego los codos y todo lo demás. Viendo que ella se dejaba hacer, la besó en los labios y le introdujo la lengua en la boca, mientras sus manos la hurgueteaban entera. Ella estaba feliz, y una sensación de embriaguez le recorrió el cuerpo, junto a las manos del Burton padre, que le fue sacando la ropa con habilidad de prestidigitador, hasta dejarla desnuda sobre el escritorio, donde la recorrió a besos desde la frente hasta la planta de los pies, metiendo sus labios ardientes hasta en los lugares más íntimos de la mujer. De pronto, sonó el teléfono. Ambos se miraron sorprendidos, quedando en ascuas. El aparato sonó por mas de un minuto, hasta que dejó de hacerlo. El hombre retrocedió, se acomodó la corbata, se alisó el cabello, se frotó la cara con los dedos, buscó su chaqueta, se la puso y se marchó, sin decir palabra alguna, con un evidente rictus de incomodidad en su rostro. Jovita lo vio salir, se bajó del escritorio, recogió su ropa, y fue a vestirse al baño.
En los días siguientes, él mantuvo una actitud huidiza. Evitó hablar con ella dentro de lo posible, lo que la mujer respetó, tratando de intercambiar palabras en lo estrictamente relativo a las cosas laborales. Siguió entregándole los recados de su esposa, de sus hijos, de los clientes. Después de varias semanas de evasivas, cuando el hombre ya había recuperado el aplomo, quiso tratar el tema.
- Quisiera hablar contigo, Jovita, por lo que...por lo que ocurrió hace unos días entre tú y yo...y...
- No hay nada que hablar - le dijo ella con una sonrisa pasajera. - Son cosas... - y se encogió de hombros, haciendo su típico mohín de coquetería.
Y no se habló nunca mas del tema. Ella siguió adelantándose a los acontecimientos, solucionándole los problemas de la empresa, los problemas de la casa (que el gásfiter, que el sobregiro de la esposa, que las reuniones del colegio de los niños, que el arreglo del techo, que esto, que aquello), los compromisos sociales, en fin.
- Mi secretaria me maneja la vida - se jactaba él ante sus amigos.
Los años fueron pasando. Los conflictos entre el jefe y su esposa aumentaron. Doña María Inés llamaba a la secretaria y le contaba sus cuitas con el marido, como si estuviera hablando con un sicólogo. La Jovita le daba consejos y la consolaba. Lo mismo hacía con el jefe, que le contaba sus problemas, que ella escuchaba y guardaba en su corazón, mientras lo contemplaba pensando en lo lindo que era, con esa expresión afligida, conteniendo sus ganas de consolarlo a besos.
Los negocios se fueron viendo perjudicados por esos problemas, debido a la falta de tranquilidad del hombre para concentrarse en su trabajo. Fue en la época en que el télex fue reemplazado por el fax. Un día llegó tan abatido que rompió a llorar, con un llanto de hombre abandonado. Jovita se acercó y le acarició suavemente la cabeza, mientras le daba palabras de consuelo. El Burton padre la atrajo hacia sí y comenzó a morderle los pechos por sobre la blusa, buscando otras formas de consolación, metió sus manos intrusas bajo la falda, la levantó por la cintura y la sentó sobre el escritorio, y buscó con su boca entre las piernas de ella, sin preocuparse de que alguien podía entrar desde la fábrica. La Jovita reaccionó ante ese eminente peligro, se zafó de la situación en que estaba, y arreglándose la falda con premura, salió de la oficina del jefe, lamentándose por ser tan pudorosa, mientras sentía la humedad de sus ganas, y las sofocantes palpitaciones de sus glándulas.
Poco después vino un periodo de dificultades económicas, como nunca había vivido la empresa. Bajos precios en el mercado y poca demanda afectaron seriamente las posibilidades comerciales de la empresa y se debieron despedir varios obreros. De todo se preocupó solo la Jovita. Sin embargo, las dificultades eran tan grandes que llegaron afectar los ingresos del Burton padre, provocando serios efectos en la situación hogareña, que imposibilitaban en cumplimiento de ciertas obligaciones y compromisos.
En forma discreta y silenciosa, la secretaria no vaciló en cubrir con sus ahorros las cuotas de la Universidad de los hijos del jefe, y muchas veces cubrió con su dinero ciertas necesidades elementales del hogar de aquel, como pasarle a los hijos dinero para la locomoción, para que pudieran ir a clases, Después de todo, los sentía como propios.
Cuando las dificultades fueron superadas por una época de bonanza, el jefe nunca le devolvió el dinero, porque no llegó a enterarse de que ella había salvado muchas de sus dificultades con sus ahorros, deber que ella asumió con ese amor encubierto, que mantenía vivo en el fondo de su inquebrantable lealtad vestida de ropajes profesionales.
Un par de años después, sobrevino la repentina muerte del Burton padre. Fue algo que se precipitó con caracteres de tragedia. Un proceso de menos de 30 días, desde el momento en que se le detectó cáncer pancreático y su deceso en una clínica. Jovita lloró todo ese mes, oculta en el baño de la empresa, o entre las sábanas de su cama, hasta que le faltaron lágrimas para derramar. Sin embargo, frente a los empleados de la fábrica siguió mostrando el temple necesario, para que supieran que las cosas seguían su curso normal. Cuando sobrevino el desenlace estaba preparada para enfrentar sus deberes: consoló a doña María Inés, pagó los gastos de la clínica, contrató las pompas fúnebres y organizó y dirigió el funeral, con la dignidad que el Burton padre se merecía.
El hombre no dejó su voluntad testamentaria, por lo que su esposa y sus hijos heredaron la empresa como sucesión legal. Reunidos luego del funeral, todos aceptaron la idea de la madre de que el hijo mayor debía asumir la dirección de los negocios, ya que para eso había estudiado ingeniería comercial. Esto a pesar de que, desde que el joven había egresado de la Universidad, había efectuado varios negocios que terminaron en un rotundo fracaso.
Cuando llegó a hacerse cargo de la empresa, se encontró que todo lo manejaba la Jovita, no solo en términos administrativos, sino que de manera ejecutiva, con su firma: presupuestos, contratos, chequera, libros de cuentas, etc. Así se enteró de los niveles de confianza que su padre había tenido con ella. Una de las primeras cosas que le molestó, fue que la secretaria seguía tratándolo como un hijo, lo que inhibía su capacidad de mando.
- No quiero tener dos madres - le dijo a sus hermanos, cuando les manifestó su decisión de ir reduciendo el poder de la mujer.
De este modo, tomó una serie de determinaciones que resultaron un sonoro fracaso. La Jovita lo dejaba hacer, tomando los debidos resguardos, no dispuesta a que se fuera por la borda el esfuerzo del Burton padre, que ella había ayudado a realizar. Sin embargo, pronto el Burton hijo se dio cuenta de que sus capacidades empresariales no eran las adecuadas para ese negocio, y que, si persistía en sus propósitos, iba a llevar a la empresa a la quiebra. Discretamente fue echando pie atrás, cediendo terreno ante la secretaria, que fue reasumiendo sus responsabilidades.
Ella no varió en nada su actitud, y siguió adelante con la misma dedicación y esmero de los años en que sirvió al padre. Esa misma lealtad y compromiso que el hijo veía y que terminó por producirle la misma afectación que tuvo su padre. No pudo abstraerse, pues, a la atractiva madurez de la mujer, cuyo bien cuidado físico mantenía la vitalidad de los tiempos anteriores. El Burton hijo, a pesar de que había pasado los 30 años, no se había casado, y no había mostrado por las mujeres las inclinaciones aventureras de su padre. Sin embargo, poco a poco, el deseo fue despertando, lo que se fue haciendo evidente para la mujer. Trataba de aproximarse a ella con pretextos pueriles. Le hacía preguntas obvias sobre aspectos del trabajo. Buscaba pretextos tontos para que fuera a su despacho. La miraba con impertinencia.
Un día no controló sus impulsos y la llamó a su despacho. Ella acudió al llamado, y cuando entró sintió que él había puesto pestillo a la puerta. La mujer no alcanzó a reaccionar, ya se encontró aprisionada contra la pared, sintiendo que le tocaba el cuerpo, que le mordía el cuello, que le palpaba los pechos, con el mismo loco impulso, la misma prisa del padre.
- ¡Que haces!- exclamó ella, tratando de zafarse. -¡Que haces! ¡Suéltame!
- Me gustas, Jovita. Me gustas - le decía él como un hechizado.
Forcejeó hasta sentirse libre de la situación en que estaba, mientras él le reprochaba despechado:
- ¿Acaso conmigo no puedes hacerlo? ¿Conmigo no? ¡Con mi padre podías, conmigo no!
Abrió la puerta, temblando entera y volvió a su escritorio, sintiendo el mismo fuego que antes le había encendido la piel y las glándulas, pero, que trataba de dominar ante el doloroso conflicto de sus sentimientos. Aspiró aire, mientras se ordenaba la ropa y el pelo, tratando de recobrar la tranquilidad Entonces se incorporó de su silla y volvió al despacho del Burton hijo. Cerró con pestillo tras de sí y se dirigió directamente al hombre, que la vio venir sorprendido. Lo tomó por la nuca y le besó los labios con violencia, al punto de dejarlo sin aliento. Le empapó la trompa con su saliva y sus lágrimas, hasta que los labios le quedaron insensibles con el roce frenético. Entonces le atrapó los labios con los dientes hasta casi rompérselos, mientras él trataba de soportar el embate tratando de afirmarse en los brazos de su sillón de ejecutivo.
De pronto lo soltó, y lo golpeó con sus puños en el pecho, y lo cacheteó en el rostro, furibunda.
- ¡Imbécil! ¡Estúpido! ¡Imbécil! ¡Podría ser tu madre! - le gritaba mientras le golpeaba. - ¡Imbécil! ¡Podría ser tu madre!
Cuando las fuerzas no le dieron mas, volvió a su escritorio y rompió a llorar a gritos. Sus lamentos profundos y roncos, resonaron hasta los últimos rincones de la fábrica, mientras los obreros se miraban sorprendidos, sin saber lo que estaba ocurriendo.
Poco después de ese suceso fue cuando el Burton hijo quiso negociar con ella, por primera vez, su retiro de la empresa, lo que ella rechazó con un categórico y definitivo "no". En los años subsiguientes le haría el mismo ofrecimiento, cuando notaba que su libido despertaba incontrolablemente, de tanto estar con ella compartiendo los mismos metros cuadrados de espacio.
El último intento del Burton hijo, de sacar a la Jovita de su vida, fue poco después que yo entré a trabajar de mensajero. Le pregunté por que no había aceptado la oferta. Ella me miró casi incrédula ante la pregunta.
- ¿Estás loco, Peñi? ¿Quieres que todo lo que hizo el Burton padre se venga al suelo como castillo de naipes? Estos niños no saben hacer las cosas bien. Todavía tienen mucho que aprender de la vida. Tu sabes que son como mis hijos.
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