Todo sobre las mujeres * Sebastián Jans ©
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Inmaculada |
La prima Inmaculada fue siempre considerada por todo el pueblo como “la mujer del cura Nicanor”. Desde luego, era una situación que todos aceptaban como normal, dentro de aquella comunidad provinciana, porque, después de todo, el celibato no es una condición que sea creíble para los hombres y mujeres con las presas bien puestas. Quien tiene claro los apetitos que se apacentan entre las piernas, y que la carne es más fuerte que las mejores intenciones, sabe que lo que natura determina, no puede evadirse ni con los principios más inconmovibles, salvo que se trate de un fanático o de un raro.
Y el cura Nicanor, no tenía nada de fanático ni de raro. Por el contrario, era un hombre con un extraordinario sentido común, sabio, ponderado, incapaz de un reproche artero, o una condena definitiva frente a los yerros de su grey. Era un verdadero padre con sus feligreses, que nunca tuvo el más mínimo asomo de esas peculiaridades, tan en boga en estos tiempos, donde los curas son expulsados de la iglesia o sometidos a proceso, por tener apetitos subrepticios con menores de edad.
Lejos de ello, el Padre Nicolás era la decencia en persona, y el pueblo se lo reconocía. Cuando murió, tuvo un funeral digno de un Presidente de la República, desde luego, dimensionado a las proporciones del pueblo. Se fue de este mundo mientras estaba oficiando misa, anciano y decrépito. En el momento de levantar el cáliz de hostias ante el Altísimo, cayó de espaldas, fulminado por un infarto cerebral,.
Lo cierto es que los 4.000 habitantes del pueblo fueron todos, y de los pueblos cercanos llegaron otros tantos, por lo que no hubo espacio para contenerlos a todos. Hubo gente que abarrotó las dos calles principales –el pueblo eran dos calles longitudinales y quince transversales de no más de tres o cuatro cuadras de extensión -, rebasó la plaza y la antigua estación; copó las vías abandonadas del ferrocarril, se encaramó a los techos, y convirtieron el cementerio es una especie de campo arrasado por langostas: nadie reparó que bajo sus pies estaban las tumbas de los antiguos habitantes del pueblo. Tampoco, nadie reparó tampoco en que la gente venida de los pueblos aledaños tenía que comer, beber, lavarse, defecar, botar basuras.
Fue un funeral digno de un santo, aunque devastador. Pero, nadie reclamó por la orina que quedó en todos los lugares, ni por los excrementos que dejaron su pestilencia por varios meses. Tampoco hubo reclamos por las toneladas de basura que hubo que sacar por semanas, y que parecía iban a quedarse para siempre, ya que el único camión municipal no daba abasto, a pesar de que iba y venía, desde que clareaba el día hasta el anochecer. En fin, nadie reclamó porque los almacenes quedaron sin mercaderías por más de una semana, y no hubo un gramo de azúcar, ni sal, ni aceite, ni vinagre, ni arroz, ni harina, ni manteca, ni nada que se pudiera comer, porque los afuerinos se lo comieron todo.
Desde luego, todo aquel que vendía algo, quedó feliz y con una sensación de bonanza que duraría mucho tiempo, y que la abulia del pueblo no logró borrar. Porque, luego de aquel telúrico funeral, comenzaron las peregrinaciones de los que venían a ver el pueblo donde había muerto el santo varón, o a ponerle flores a su sencilla tumba, en aquel cementerio que necesitó de muchos esfuerzos para volver a ser un lugar de reposo de los muertos. Las imágenes del cura se vendían como recuerdo, donde aparecía envuelto en su hábito de franciscano, con su beatífica barba, larga y canosa, que le cubría el pecho como una coraza de bondad, a pesar de su rostro severo de misionero alemán. Para proveer de velas y cirios, un viejo librepensador instaló una fábrica en el mismo pueblo, considerando que traerlas de Temuco resultaba comercialmente menos conveniente.
Cuando el negocio decayó, a causa de la cruel versatilidad de la memoria colectiva, los personajes más prominentes del pueblo, creyentes o no creyentes, católicos o protestantes, moralmente conservadores o liberales, iniciaron las gestiones ante el Obispo de la Araucanía para que iniciara un proceso de santificación. Presidenta del comité pro-beatificación fue nombrada la prima Inmaculada. Pero, las intenciones y las gestiones se enredaron en los típicos trámites burocráticos que tanto cuestan llevar.
Pero, ella siguió bregando tras el objetivo, aún sería nada más que un sueño y una esperanza sin destino, ya que para el obispo, a pesar de toda la santidad que el pueblo vio en aquel cura extranjero, lo cierto es que el jefe diocesal nunca le perdonó su conocida trasgresión al celibato y su evidente librepensamiento ante las flaquezas que la iglesia debía condenar sin miramientos. Claro, los del comité nunca recibieron una indicación explícita de la inhabilidad del padre Nicanor para ser beatificado, sino que fueron enredados en requerimientos administrativos, en informes de complejos formatos, en precisiones de los informes, en confirmación de aspectos de los informes, en ratificaciones de las confirmaciones sobre los aspectos de los informes, y en todas las exigencias burocráticas que se fueron levantando como un muro infranqueable para impedir seguir con aquel capricho pueblerino destinado al fracaso. Claro, sin debilitar la necesaria fe de la feligresía.
Pero, para los habitantes del pueblo, que quisieron al cura, con sus flaquezas y aciertos, era un gran hombre, y como todo gran hombre, tras el cura franciscano hubo una gran mujer, y esa fue mi prima Inmaculada, que ahora, sobre los sesenta años, sigue manteniendo aquella mirada quieta de soltera desbravada, apacentada por el recuerdo de la sapiencia del ducho amansador. Con sus canas dignamente peinadas, camina por las calles del pueblo con la majestad de una ex Primera Dama republicana, recibiendo el respeto y la consideración de los antiguos habitantes del pueblo, de aquellos que se quedaron a vivir la vejez provinciana, y que la consideran con más respeto y estimación que a las esposas de los sucesivos alcaldes, sean de la época democrática o del tiempo de la dictadura.
La prima Inmaculada fue la mayor entre ocho mujeres, que un funcionario de correos provinciano y pueblerino, tuvo con su mujer legal. Siempre se habló de que tuvo otros hijos no reconocidos o reconocidos, y más de alguno fue inscrito en el registro civil con el apellido del marido de la madre. Pero, son comentarios de los que nunca tuve certezas. Me cuesta imaginar que ese señor tan callado y piadoso, estuviera subiéndole las faldas a las señoras o señoritas que iban a despachar cartas, como si se tratara de un sátiro insaciable. El cuartucho de trastienda de la oficina de correo, era pequeño, lo suficiente para tener solo un pequeño mesón y una silla para clasificar las cartas recibidas y por despachar. El mueble divisor que separaba la oficina de atención de público y el cuartucho al que me referí, era el panel de casillas con pequeñas puertecillas de vidrio, que dejaban ver difusamente si había cartas en su interior. El espacio de atención de público era un poco más grande, de la misma forma que el mesón tras el cual se movía el funcionario.
A cargo de esa oficina llegó el buen hombre, cuando recién había cumplido los 21 años, es decir, la edad necesaria para ser contratado por una repartición fiscal, como lo era la empresa de correos en esa época, más de medio siglo antes que llegaran las privatizaciones y el correo electrónico. La madre de Inmaculada contaría, en años recientes, cuando su marido ya estaba muerto, que allí mismo, en la trastienda de la oficina, siendo ella una muchacha menor de edad, él la dejó preñada, después de envolverla con palabras hermosas. Cuando se hizo evidente la barriga acusadora, fueron casados a la fuerza.
Así fue concebida Inmaculada, en forma apurada, entre despachos y recepciones de correspondencia, contribuyendo a la leyenda de que, en aquel pequeño espacio postal, ocurrían hechos lujuriosos y pecaminosos, que no iban con la solemnidad que caracterizaba al buen hombre, que todos los domingos tomaba de la mano a su hija mayor, para ir a misa. A sus confidentes, su mujer, en alguna ocasión les hizo ver que, tal vez, por culpa de su gestación fuera de la ley de Dios, la hija no tuvo marido. Sin embargo, ella misma se encargaba de desdecirse, con las mismas confidentes, afirmando que Dios había destinado a su hija para su servicio, como una religiosa sin votos, para que la parroquia pudiera cumplir mejor su misión evangelizadora.
De todas formas, no fue la madre la que influyó para que aquello ocurriera. Por el contrario, Inmaculada fue conducida por su padre hacia la rigidez religiosa, consistente en concurrir a todos los oficios religiosos, por insignificante que fuera. Dichoso, contaba a quienes gustaban de escucharle, que su hija había nacido el 8 de diciembre, Día de la Inmaculada Concepción, razón por la cual le había puesto ese nombre. Y se encargaba de poner en evidencia, que todos los años, ella tenía su cumpleaños al término del Mes de María, que ambos seguían al pie de la letra, cuando terminaba la jornada diaria en la oficina de correos.
El hombre caminaba los cien metros, entre la oficina postal y su casa, y llegaba preguntando quien lo iba a acompañar al Rosario diario, que se rezaba a la madre de Cristo. “¡Yo!” exclamaba la pequeña Inmaculada, feliz de acompañar a su padre, y le ayudaba a recoger algunas flores del descuidado jardín, y partían a la capilla, donde el padre Nicanor llevaba ya varios años. Y ambos daban la pauta de la intensidad de voz, para cantar “Venid y vamos todos, con flores a María/ , con flores a María/ que madre nuestra es”. Y el padre miraba con emoción a la pequeña, cuando ella hacía coro con las demás mujeres, para cantar el “Magnificat”, entonando con su fina voz, “El Señor/ hizo en mí/ maravillas”.
La dos fiestas más grandes que se hicieron en la casa de Inmaculada, fue cuando ella hizo la Primera Comunión, que se la dio el cura Nicanor, el mismo día de la Inmaculada Concepción, cuando cumplió ocho años, y cuando recibió la Confirmación, nada menos que de manos del Obispo de la Araucanía, que llegó con su báculo dorado, a ungir a las nuevas cristianas del colegio de monjas, repartiendo bendiciones e imágenes de San Francisco de Asís. Por cierto, en esos años, Inmaculada todavía no sentía antipatía por ese anciano semi-calvo, que regañaba permanentemente al padre Nicanor, pero, que tenía en común con el párroco la intensidad de sus ojos azules, que parecían taladrar rocas o muros de cemento.
Las monjas catequistas de la Araucanía, tenían un colegio de niñas cerca de la iglesia parroquial. Seis monjas con un curso a cargo cada una. Eran como abejas obreras, pues, se daban maña para hacer clases, mantener la casa, prepararse su alimento, darles almuerzo a treinta niñas campesinas, que estaban en condición de internadas, cuidar el más hermoso jardín del pueblo, y labrar el huerto que tenían en la parte posterior del colegio, donde cultivaban buena parte de sus alimentos y de las niñas internadas. Aparte de todo ello, los sábados hacían la limpieza de la iglesia parroquial.
Inmaculada destacó en aquel colegio por sus buenas calificaciones y por su conocimiento del dogma mariano. De allí que, toda actividad desarrollada por las monjas en la iglesia parroquial, tenía a la niña como principal protagonista. Desde luego, eso provocaba algunos problemas en su casa, ya que su madre esperaba más ayuda de ella, en su condición de hija mayor. Sin embargo, en cada oportunidad intervenía el padre, para respaldar la religiosidad de la niña. La madre se quedaba refunfuñando en voz baja, diciendo que Inmaculada prefería ir a la iglesia solo para evadir sus labores de la casa, pero, acataba la decisión del marido.
Lo cierto es que la niña no lo hacía para no trabajar, puesto que las monjas no evitaban elogios para destacar su empeño y esfuerzo, ya que era la primera en tomar la escoba para barrer el piso, el plumero para sacudir los altares de los santos, el pulidor de metales para sacar brillo a los cálices. Cuando fabricaban las hostias, ella era la más prolija en cuidar que la justa proporción de masa fuera depositada en el molde, igual prolijidad con que repartía las flores en cada florero que adornaba el altar mayor.
En aquellos tiempos se hacía misa de espaldas a los feligreses, y el altar estaba empotrado en la pared contraria a las puertas del ingreso principal. Era un majestuoso mueble de madera, que se coronaba casi llegando al techo con una cruz con un Cristo de yeso de expresión sufriente. Más abajo, al lado derecho, en una cavidad, había una figura de yeso de tamaño natural de la Virgen María, según la tradición de Lourdes, y al lado izquierdo, en otra cavidad, estaba la santa imagen de San Francisco de Asís, señalando la misionalidad capuchina de la parroquia. Al centro estaba el sagrario, tras una puertecilla finamente tallada, que se mantenía con llave.
Limpiar aquel armatoste, con el debido cuidado, era una tarea que hasta las monjas abordaban con sufrimiento, ya que los detalles de la madera, con pequeñas balaustradas, tallados, relieves, hendiduras y filigranas, requería de una detallada limpieza para sacar el polvo y mantener su brillo majestuoso. Sin embargo, Inmaculada lo hacía con una conmovedora dedicación. Subida a una escalera, iba con una pequeña escobilla y un par de paños, puliendo cada detalle, sacando cada partícula de polvo, mientras cantaba en voz baja canciones del misal. Esa escalera sería la causa de la discordia de las monjas con el párroco, y que terminaron con la responsabilidad de aquellas, respecto del cuidado de la iglesia parroquial. Pero, eso fue cuando ya Inmaculada era una muchacha en edad de merecer.
Las muchachas pobres, de los pueblos de la Araucanía de mediados del siglo XX, cuando llegaban al sexto año de enseñanza preparatoria, se quedaban en su casa, pues, en la mayoría de los casos, el pueblo donde vivían no tenía colegios de secundaria. Para ello, había que mandarlas a Temuco, alternativa que solo asumían las familias de mejor situación económica. El resto, quedaba esperando la edad necesaria y al hombre que las cotejara, para casarse, tener hijos y llevar la casa. Las monjas de los colegios misionales se preocupaban de prepararlas debidamente, para las labores de la casa, obviamente, haciéndoles clases de cocina, de bordado, de costura, e incluso de primeros auxilios, ya que, en la mayoría de los casos se trataba de niñas campesinas, que no tenían servicios médicos cercanos.
Como el sueldo de empleado postal, que el padre de Inmaculada obtenía por su trabajo, con 8 hijas y una esposa que alimentar, no le permitió darse el lujo de enviarlas a estudiar a Temuco, y, a medida que las niñas fueron saliendo del sexto año preparatorio, a los doce años de edad, fueron quedando en el interregno producido entre la vida de escolares y la formalización de un noviazgo que las conduciría al matrimonio. Algunas lo lograrían, otras no. En lo que respecta a Inmaculada, el abandonar el colegio no constituyó un motivo para cambiar su compromiso con la parroquia, y siguió colaborando con las monjas en la mantención de la iglesia, sin pensar mucho en el provenir.
Cuando estaba cerca de los quince, y ya había algunos pueblerinos que se estaban fijando en su sonrisa fresca y en los contornos frescos que estaba adquiriendo su cuerpo, el cura, que había destacado en varias ocasiones, durante la prédica, la laboriosidad y dedicación de Inmaculada para con la parroquia, le sugirió a su padre la posibilidad de que ella fuera al convento de Boroa, donde se formaban las monjas catequistas de la Araucanía, lugar famoso por haber indígenas de ojos verdes y pelo rubio, herencia de un naufragio inglés, cuyos sobrevivientes fueron objeto de un ataque mapuche, que mató a los varones y se apropió de las mujeres.
Cuando Inmaculada conoció de las intenciones del cura de hacerla monja, le mandó a decir con su padre que le agradecía la preocupación, pero, si ella se iba del pueblo, no habría monja que se atreviera a subir a una escalera para limpiar el altar mayor como correspondía. En realidad, el motivo de fondo, era que Inmaculada no tenía afecto por las monjas, a las que consideraba demasiado mandonas, amargadas, veleidosas, y amigas de los chismes, y no tenía intenciones de convertirse en una mujer así. Eso se lo dijo a sus hermanas y a sus confidentes, con las cuales había estudiado. Ellas se encargaron de decírselo a sus amigas, y así se supo en todo el pueblo lo que pensaba Inmaculada de las monjas, las cuales la borraron de su recuerdo como ex alumna, a pesar de que se siguieron saludando y encontrando en las labores de limpieza de la iglesia parroquial.
Cuando tenía diecisiete, la anciana que hacía las labores de limpieza en la casa del cura falleció de un infarto. Sabiendo de las tribulaciones económicas del empleado postal, el padre Nicanor habló con él, para proponerle que Inmaculada hiciera ese trabajo, lo que le permitiría ganarse un pequeño salario. No era mucho dinero, pero, el trabajo tampoco era tanto: aseo y cocinar. La casa no era grande: un pequeño comedor, una sala de estar, un dormitorio y la cocina. El baño era un cuartucho externo con pozo negro. El cuidado del jardín y del huerto lo hacía él mismo. La muchacha aceptó para colaborar con la feble economía familiar, con su voluntario compromiso de seguir colaborando en forma gratuita con la limpieza de la iglesia. El cura no dejó de enfrentar dificultades con las monjas por su decisión, las que criticaron la elección, no porque Inmaculada estuviera incapacitada para la labor, sino porque el resquemor con ella aún estaba latente.
Sin embargo, todo se resolvería un año después, cuando las monjas llegaron a la limpieza semanal de la iglesia, en circunstancias que, subida a la escalera, Inmaculada ya estaba en su prolija labor de desempolvar y pulir el altar mayor. Encaramada en lo alto, cantando en voz baja las canciones del misal, hacía su trabajo de todas las semanas, mientras el cura le sostenía la escalera, evidentemente, con sus azules ojos puestos en sus firmes pantorrillas.
La monja superiora llamó al sacerdote para conversar afuera de la capilla, y discutieron por largo rato, donde la monja fue incapaz de entender que Inmaculada estuvo a punto de caerse, ya que no era una niñita, y el peso de su cuerpo, más el de la escalera, hundía las tablas del piso cercano al altar, lo cual hacía su labor muy inestable en la altura. Diez veces el cura, con su acento extranjero y su vehemencia alemana, le dijo que él solo estaba sosteniendo la escalera mientras ellas llegaban, y veinte veces le aseguró que, en ningún momento, le había estado mirando las piernas a la joven, pero, la monja superiora no escuchó lo que ella esperaba: que Inmaculada dejaba las labores de la iglesia y de la casa parroquial.
La escalera fue la responsable de que las monjas, ese sábado, abandonaran para siempre sus obligaciones con la iglesia parroquial, y se iniciara una encubierta guerra civil, entre los poderes religiosos del pueblo, cuyo escenario principal fue la oficina del obispo, quien, después de dos años de escaramuzas y cartas reiteradas de las monjas, puso punto final a las odiosidades: la monja superiora fue trasladada, junto a otras tres religiosas. Una de las que se quedó, asumió la superioridad, estableciendo la paz con el padre Nicanor, y llegaron cuatro nuevas monjas desde Boroa. Se restableció la sumisión de las religiosas a la guía espiritual del cura, y cada cual en lo suyo. Estaba claro que el obispo iba a optar por apoyar al cura, al decir de las monjas que se fueron, porque los hombres se apoyan siempre, unos a otros, y por la creciente carencia de sacerdotes.
Pero, hubo algo que se mantuvo inamovible: Inmaculada siguió prestando sus servicios en la iglesia y en la casa parroquial, soberana e inmutable. El concordato de paz entre el cura y las monjas, desligó a éstas últimas de esos deberes. Así, la muchacha se dedicó por completo a la labor de apoyo del sacerdote, en los menesteres cotidianos, incluso, asumiendo como virtual secretaria, ya que llevaba los papeles y gestiones, las partidas de bautizo, la programación de las actividades, la atención de los fieles. Y decían los lenguaraces que, cuando ella limpiaba el altar mayor, el cura sostenía vehementemente la escalera para evitar que se desestabilizara.
Pero, todos los verdaderos sabedores de los secretos de la parroquia, es decir, todos los mayores de edad del pueblo, juraron siempre que el cura nunca la tocó, hasta que ella fue mayor de edad, es decir, tres años después del incidente de la escalera, que provocó el quiebre parroquial con las monjas. Y, parece ser, que la sedujo con todos los preliminares que corresponden a un bien llevado proceso de conquista: primero, sutilezas verbales; luego, chocolates; siguió con flores; avanzó terreno con algunos regalos sencillos; más sutilezas verbales, pero, con más contenido. Hasta que las palabras pudieron envolverla con matices embriagantes, y entregarla rendida, sin condiciones ni remilgos.
Imagino que un buen sacerdote no puede cometer torpezas ni dejarse arrebatar por las ansias ni los desvaríos. Debe ser capaz de dominar sus impulsos para conducirlos con aplomo y temperancia, como lo hace un músico con su instrumento. Eso debe hacer un cura distinto de otro. Parece que esa escuela se ha perdido, con tanto cura mezclado en la pedofilia, incapaces de encarar el desafío de conquistar a una mujer con sapiencia y sin poner en cuestión el debido dogma del celibato.
El cura Nicanor debió ser un maestro. Inmaculada se convirtió en su consorte, sin que jamás hubiese un antecedente mínimo, un detalle preciso, para imputarles una relación carnal. El afecto era evidente, las atenciones del cura para con ella, las severidad con que él manifestaba sus discrepancias o su malestar, por algo que no estuviera en el contexto de su deseo, la dedicación de ella, en fin. Todo podía apuntar a que debía haber una relación de pareja, pero, nadie, absolutamente nadie supo jamás, en que momento tenían sus momentos de intimidad, como fue la primera vez, donde fue, si al pie del altar mayor, junto al altarsillo lateral de San Antonio, o al frente, junto al altar de Santa Ana, o en la escalera al coro, o en el acceso al campanario, o entre las plantas del huerto, o en la cama del dormitorio celival, o en la cocina.
Yo, siendo primo directo de Inmaculada, y siendo un aventajado alumno de la escuela misional, fui seleccionado por el cura, como otros alumnos lo habían sido años antes, y otros lo serían en años posteriores, para colaborarle como monaguillo. Estuve dos años en ello, todos los días, a la salida de clases, por dos horas, además de los sábados completos y domingos en la mañana. Le acompañaba a dar comunión a los enfermos, le ayudaba en las misas, me encargaba de los tres toques de campanas, para llamar a los oficios religiosos. Los días domingos debía dar el toque de mediodía, que constituía parte de la tradición del pueblo: doce campanadas. Solo los domingos, cuando ya la misa había concluido.
En esos menesteres, por los cuales, como todos mis predecesores y posteriores, recibía alguna modesta retribución económica, jamás tuve una señal o indicación que me permitiera vislumbrar cual era el momento en que ellos intimaban. Nada, absolutamente nada. Y habían mujeres de mi familia, que no vacilaban en indagar, algunas entre rodeos, otras directa y casi groseramente, sobre que hacía Inmaculada durante el día, entre tal o cual hora, entre tal o cual lugar, sobre que hablaba con el cura, sobre como se comportaba el cura con ella, y yo solo podía responderles con lo que veía: Inmaculada estaba siempre trabajando en algo relativo a la parroquia.
Tal vez, el único hecho que podía prestarse para estimular las habladurías, recatadas, sospechosas, pero, solo especulativas, era que, en oportunidades, ella viajaba a Temuco, y desaparecía por algunas semanas, para volver luego a trabajar dedicadamente en sus labores cotidianas. Entonces, las mujeres del pueblo, daban por hecho que iba a hacerse un aborto, pero, sin saber donde. Algunas decían que iba al convento de las monjas de Boroa, otras, que en Temuco había una experta comadrona al servicio de la iglesia y de los ricachones; no faltaba la que aseguraba que eso debía hacerse en Concepción, donde había una universidad agnóstica, que preparaba a los futuros médicos en esas artes de solución ilegal. Un conjunto de habladurías malsanas, propias de la imposibilidad de tener alguna constatación. Cosas que se expiaban en el confesionario del cura Nicanor, y con la comprensiva penitencia que éste les imponía, con su sabia indulgencia. “Me confieso, padre, de nadar haciendo habladurías”. “Arrepiéntete, hija, y reza diez Padre Nuestros y diez Ave Marías”. “He sospechado, padre, y levantado falso testimonio”. “Reconocer el pecado libera tu conciencia, hija, reza ante San Francisco tres Padre Nuestro y el Credo, pero, el Credo con mucha convicción”. “¡Ave María Purísima!”. “¡Sin pecado concebida!”.
Con seguridad, muchas mujeres de su edad, veían con envidia a la prima Inmaculada salir de su casa, cada mañana, rumbo a la parroquia, pulcramente peinada, dignamente ataviada con la sencillez de sus ropas, con el paso firme y la frente en alto, saludando a todas las personas que se le cruzaban, y con una expresión serena, ni alegre ni triste, ni ansiosa ni tediosa, sin énfasis alguno. Todos los días a las ocho de la mañana. Y la veían salir de la parroquia, de regreso, a las seis de la tarde, con el mismo talante, con el mismo tranco, con la misma estampa inalterable ni inalterada. Semana tras semana, mes tras mes, año tras año, década tras década.
Ciertamente, no había mácula alguna, nada que fuera reprochable. Era una verdadera Inmaculada. Por supuesto, la maldicencia de mis compañeros de colegio, no vacilaba en expresarse con brutalidad adolescente. Cuando el cura andaba por el colegio, mis compañeros me miraban y hacían con ambas manos el movimiento del serrucho hacia su cuerpo, para ponerme en evidencia que el cura tenía coito con mi prima. El colmo de la crueldad en sus bromas fue cuando se referían a ella, desfigurando la pronunciación de su nombre: ya no fue Inmaculada sino “Más-culiada”, refiriéndose a la grotesca costumbre chilena de decir “culiar” como sinónimo de fornicar.
En el despertar de mi adolescencia, no podía sacarme de la cabeza esas crueldades, que se transformaban en pensamientos recurrentes, y el morbo me afloraba pensando en como lo hacía el cura con mi prima, y terminaba masturbándome. Pero, luego, me sobrevenían los remordimientos e iba a confesarme con el padre Nicolás, convencido de su inocencia, porque no podía ser que ese buen cura, de sabias palabras y nobles consejos, tuviera conductas que rompieran con su célibe dedicación a la causa católica. Le decía que había tenido malos pensamientos, que había tocado mis partes pubendas, imaginando cosas con una prima, y el me daba la absolución diciéndome que aquello era normal a mi edad, pero, que debía tener la fuerza de ánimo para superarlo. Luego, las consabidas penitencias de oración. Ni un reproche.
Cuando me fui a hacer el servicio militar, destinado a un regimiento de Valdivia, estuve un año sin volver al pueblo. Luego, regresé por un par de días, pero, no la vi, ya que no estaba en el pueblo. Parece que fue la segunda vez que estuvo ausente por algunas semanas. Su hermanas decían que había ido donde la tía Isolina, cerca de Pailahueque. Nunca he establecido si en nuestra parentela hubo alguna señora de ese nombre, aunque, en realidad, nunca fui muy apegado a los lazos familiares. No la volví a ver en varios años. Mi paso por el servicio militar me abrió las puertas a la Escuela de Grumetes de la Armada. Allí aprendí electromecánica y después de deambular por distintas destinaciones, volví a la vida civil, con un taller de reparaciones que instalé con un amigo en Valparaíso.
Después de más de diez años, volví al pueblo por un corto periodo, cuando falleció mi padre. Inmaculada era una mujer treintona, de estampa señorial, que había cambiado su apariencia sencilla por una más garbosa. Ya no usaba esas largas faldas grises, sino vestidos más elegantes, recatados, pero, más lúcidos – en tonos azules, vermellones, de telas muaré, sedas – y lucía discretos aros dorados, tal vez de oro, una gargantilla del mismo juego, y algunos anillos pequeños, nada arrogantes, pero, que le daban un aspecto de dueña de casa de cierta nota, como la mujer del alcalde, o la mujer de algún comerciante del pueblo. Para cualquier afuerino podía ser una especie de secretaria de obispo o algo así. Se notaba que el pelo se lo arreglaba con esmero, tal vez con algún tipo de fijador permanente.
Dicen que el esmero que ella ponía en verse bien, fue lo que desató los soterrados conflictos entre el padre Nicanor y el obispo. No por los chismes de la gente, sino por la actitud de normalidad, que el pueblo veía en el hecho que el cura tuviera una mujer, fue como el obispo se enteró del asunto. Lo citó muchas veces a Villarrica, a sus oficinas, lo reprendió, lo amenazó, le prometió sanciones, vida de claustro, pero, el prestigio y cariño del pueblo hacia su párroco, mantuvieron al obispo a raya hasta el final de los días del cura. Aún cuando el obispo murió antes, y el que le reemplazó mantuvo la postura crítica y las amenazas. Así como el subsiguiente. Pero, cada uno tuvo que reconocer que cada grey tiene el pastor que se merece.
Y, a medida que el cura envejecía, Inmaculada adquiría más importancia en la parroquia. Organizaba todo, hacía todo, y cualquiera decisión pasaba por ella. Seguía llegando a las ocho de la mañana y se iba a las seis de la tarde. La única vez en el año, en que se alteraba esa rutina, era para la Nochebuena, donde se encargaba de preparar la Misa de Gallo. Desde la hora de su llegada a la parroquia, hasta que se iba, todo pasaba por sus manos y su decisión. Los horarios de bautizos, los documentos, las cuentas, los ingresos, los gastos, mientras el cura se dedicaba exclusivamente a su labor pastoral. Así, hasta que el hombre murió haciendo misa.
Cuando llegó el cura reemplazante ella debió dejar la parroquia. El nuevo párroco restableció las relaciones con la monjas, y estas retomaron el control de la iglesia y de la casa cural, después de treinta años. Ella se quedó en su casa, y armó un negocio de repostería. Su buena mano para las golosinas se hizo famosa, y le permitió ganarse el sustento diario. El nuevo cura se preocupó de pedirle consejos, o de pedirle algunas gestiones fuera de la parroquia; incluso iba a confesarla en su misma casa, tal vez para que evitara aparecerse por la iglesia o la casa cural. Y cuando ella acudía a misa los domingos o al rosario del Mes de María, la saludaba con respeto y le daba la comunión antes que a los demás. Nadie se molestaba por ello, porque todos consideraban que se merecía esa atención. Una vez al mes, le iba a dejar una modesta cantidad de dinero. La primera vez que lo hizo, ella reaccionó molesta, pero, el sacerdote le explicó que en todos los años que sirvió a la iglesia, jamás le hicieron imposiciones previsionales para su jubilación, por lo cual, era correcto que recibiera una especie de pensión.
La última vez que la vi, fue hace un par de años. Estaba avejentada, algo achacosa, pero, con la misma altivez cuidada, no arrogante, de primera dama de pueblo chico. Mantenía su negocio de repostería, vendiendo tortas por encargo, haciendo petit bouchés o pastelillos. Nada para enriquecerse, pero, por lo menos para cubrir los gastos mínimos de alimentación y vestuario. Vivía con otras dos hermanas solteras, las que hacían trabajos de costuras. La casa estaba algo arruinada por la falta de pintura y de un hombre que hiciera reparaciones. El huerto trasero seguía bien cuidado, y les permitía contar con verduras y papas.
Pasé a saludarlas y me atendieron con mucho cariño. Recordamos a muchos de mis amigos y los acontecimientos pasados; enumeramos las tantas familias que habían emigrado a Temuco, a Santiago, al norte. El comité pro-santificación del padre Nicanor, ya había quedado en el olvido, ante las evasivas del obispado, y mi prima había tenido que conformarse con mantener viva la esperanza, manteniendo el aseo de la tumba, que seguía recibiendo velas de agradecimientos por gracias otorgadas, de quienes dcontinuaban reconociéndolo como una animita milagrosa. En un momento, quedamos solos con la prima Inmaculada, e hicimos recuerdos de nuestras comunes actividades en la parroquia, cuando fui monaguillo. Me preguntó si había ido a dejarle flores a la tumba del padre Nicanor. Le dije que nunca iba a los cementerios, ni siquiera a ver la tumba de mis padres. Ella señaló que siempre le ponía flores a sus tumbas, cuando iba a limpiar y poner flores a la tumba del cura. Fue esa vez, la única de la que tuve conocimiento, en que ella dejó traslucir sus sentimientos por el hombre, y que me dio un dato de la relación que tuvieron. Se quedó mirando hacia el vacío y musitó: “La vida en soledad es muy dura, primo. Muy difícil de sobrellevar”. La miré con cariño, mientras unas lágrimas rodaban por sus mejillas envejecidas. No pude evitar aproximarme y abrazarla con afecto, mientras ella se secaba los ojos con el mismo recato de toda la vida.
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