UN LARGO Y BULLICIOSO SILENCIO La insurgencia social contra Pinochet . Sebastián Jans

El desmovilizador discurso de Valdés    

La crisis de representación y el agotamiento de las cúpulas

La situación internacional  

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LA SITUACIÓN INTERNACIONAL.

Hacia 1983, la política mundial estaba determinad por la acción de la política conservadora, militarista y anti-comunista del “california-man”, Ronald Reagan, Presidente de los Estados Unidos, y expresión de la Derecha ultra-conservadora del Partido Republicano. Su agresiva política se basaba en un elevado presupuesto militar, que se vio incrementado en términos re ale s en un 8% anual, destinado en gran parte a la investigación y desarrollo de armas de altísima tecnología (misiles, armamento espacial,  etc.)

Así, en 1981, se habían destinado US$ 180 mil millones para modernización estratégica, para un periodo de cinco años, en un plan que se llamó “Guerra de las Galaxias”, es decir, alta tecnología militar para uso en y desde el espacio.

Caro está, este impulso militarista, necesariamente debía ir acompañado de una agresiva política exterior, en la búsqueda de la hegemonía sobre el mundo occidental, restableciendo el concepto de política de bloque para “contener el comunismo”, el linkage frente a la Unión Soviética y los países identificados bajo su órbita. Obviamente, la situación mundial volvió a los niveles de la “guerra fría” de los años 1950, y los gastos militares, especialmente en el arsenal nuclear, se elevaron a niveles demenci ale s, en el este y el oeste.

No estaba, sin embargo, en las posibilidades de las grandes potencias un conflicto directo e inminente. En lo fundamental estaba la política de las dos potencias hegemónicas de consolidar sus espacios de influencia, sobre las cu ale s, ejercían no solo liderazgo sino coacción e incluso violencia.

En esa perspectiva, por ejemplo, se inscribió la “Iniciativa para la Cuenca del Caribe”, desarrollada por Reagan, y que significaría una agresiva política en contra de todo asomo de independencia o insurgencia en la zona. En correlación con esa política, se producirá la invasión a Grenada, por la Fuerza de Desplazamiento Rápido de las Fuerzas Armadas de EE.UU. y el establecimiento de un gobierno títere, en 1984. En concreto, siendo las Américas una parte fundamental en el afianzamiento de la hegemonía norteamericana en Occidente, se impone la misma política que América del Sur vivió diez años antes: dictaduras militares, represión violenta, una fuerte escalada ideológica anti-comunista.

De esa manera, América Central comienza a vivir la misma realidad, que diez años antes había vivido el Cono Sur americano (Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay). Guatemala, Honduras, El Salvador, pasan a ser escenarios de brut ale s dictaduras que dejan un reguero de muertos y desaparecidos.

En tanto, en América Latina, entre 1983 y 1985, se vive una primavera democrática, que pone a fin a las dictaduras militares, cuyos efectos fueron dolorosos para los movimientos pro-socialistas. Luego del fracaso de sus políticas internas, las dictaduras abandonan el poder en Argentina, Brasil y Uruguay, en tanto, en Venezuela, Colombia y Ecuador, que mantuvieron su estabilidad política en los años 1970, se producían cambios constitucion ale s de gobierno sin dificultades.

Lo que predominan son gobiernos liber ale s, antimilitaristas, que reconocen los derechos democráticos para actuar dentro de la institucionalidad, de todos los movimientos y partidos políticos, pero, vetando del concurso por el poder, a aquellos que tuvieran un signo socialista. La única diferencia se advierte en Venezuela, donde accede al gobierno la socialdemocracia con el Presidente Luscinchi, y en Perú, con el joven líder aprista Alan García.

En ese marco, de desarrolla la situación chilena, donde la administración Reagan mantenía a uno de los embajadores más representativos de la nueva derecha norteamericana, James Theaberge.

En 1984, debían realizarse las elecciones presidenci ale s en EE.UU. donde Reagan postulaba a la re-elección. Para el Departamento de Estado, la situación chilena constituía un problema, ya que, lejos de atenuarse los conflictos internos, como había ocurrido con la democratización de Argentina, Brasil y Uruguay, el proceso político se estaba exacerbando con la protesta popular.

Sin embargo, para el gobierno norteamericano estaba claro que, en Chile, los partidos de izquierda eran poderosos, y que ellos estaban actuando en las expresiones insurgentes que se habían desencadenado en 1983. De allí que, para Reagan, la mantención de Pinochet era preferible, mientras tuviera la capacidad de controlar la situación, limitándose a ocasion ale s declaraciones del Departamento de Estado, donde se expresaba “la preocupación del gobierno de EE.UU. por la situación chilena”.

Sintiéndose favorecido por la actitud de Reagan, Pinochet respondió con acciones concretas a la confianza depositada. La acción de la represión se hizo más selectiva, y bajó la intensidad de la acción masiva, incluso en los difíciles meses de septiembre y octubre de 1984, cuando las protestas retomaron vigor, para reducir las denuncias internacion ale s que podían afectar la re-elección de Reagan. Cuando Reagan ganó las elecciones, Pinochet no vaciló en instaurar el Estado de Sitio, re-impuso la censura de prensa, prohibió la recuperada actividad política y procedió a confinar a centenares de dirigentes políticos, renovándose las detenciones masivas.

Reagan, entonces, envió a su Encargado para América Latina del Departamento de Estado, quien visitó el país por algunos días, dando muestras de reconocimiento a la dictadura. Cuando Montley se marchó, lo hizo agradeciendo a los militares chilenos el haber “salvado a Chile”.

 

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La insurgencia social contra Pinochet

Sebastián Jans ©


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