| UN LARGO Y BULLICIOSO SILENCIO | La insurgencia social contra Pinochet . Sebastián Jans |
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El desmovilizador discurso de Valdés La crisis de representación y el agotamiento de las cúpulas La situación internacional |
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EL DESMOVILIZADOR DISCURSO DE VALDÉS. Las preocupaciones que, de una u otra manera, se habían expresado en el seno de la Alianza Democrática hacia el último semestre de 1983, se volvieron a hacer patentes a partir de abril de 1984. Las tendencias expresadas, tanto en el Partido Demócrata Cristiano, en la Derecha Republicana, como en el Partido Radical, creyeron que había un alto riesgo en seguir entregando a la base social la iniciativa de las protestas. Cierta concepción conservadora de varios dirigentes de la AD, hacía que éstos miraran con desconfianza todo aquello que significara organización popular, y la insurgencia de los pobladores era un fenómeno que escapaba a sus cánones clásicos de confrontación política. Muchos de ellos tenían a percepción de que la situación chilena iba hacia una nicaragüización, es decir, presentaba las mismas condiciones del proceso vivido en Nicaragua, donde la insurgencia social había derrocado a Somoza e instaurado un gobierno revolucionario pro-socialista. Otros, por su desvinculación de la base social, veían que, en las actividades de las organizaciones populares, primaba la hegemonía de los comunistas. No eran capaces de entender lo que ocurría en las poblaciones y las barriadas, que daban cuenta de una realidad mucho más plural que la que mostraban las cúpulas políticas. Ello influirá en la morigeración del liderazgo de Valdés, y de la AD, que se expresará en un discurso que este dirigirá al país, el 13 de marzo, mientras ejercía la presidencia rotativa de la alianza opositora, por los meses de marzo y abril. En realidad, ese planteamiento era destinado a los entes y personeros que tenían decisión política. En el discurso, debatido en el comité ejecutivo de la alianza como una propuesta de la AD, se valoraba la movilización social, más que nada como una carta bajo la manga – si no se hace lo que proponemos, convocaremos -, y no como una forma de lucha contra el régimen. Nuevamente,
el centro de la propuesta, estaba en buscar un entendimiento con el régimen
y no entre las fuerzas opositoras. Derechamente planteaba un acuerdo, para
elaborar una Constitución Política, sobre la base del consenso de “las
fuerzas políticas y soci Todo esto sobre la base de que Pinochet repitiera el “ejemplo de O’Higgins”, es decir, como el Padre de la Patria que abdicó en bien de no dividir irremediablemente a la clase dirigente. Apelaba de este modo al patriotismo de Pinochet, al mismo dictador que había nacido de una estrategia antipatriótica. Habría democracia en la medida que hubiera buena voluntad de su parte para apartarse de poder. Por último, proponía un acuerdo sobre Estatuto Constitucional, que resolviera el conflicto vigente sobre la legitimidad de la Constitución de 1980, es decir, relativizaba la impugnación de las fuerzas opositoras sobre la génesis y contenido de aquella. En síntesis, nuevamente se ofrecía el diálogo a un sordo. La línea que asumía Valdés a partir de marzo de 1984, sería entusiastamente por el liberal Hugo Zepeda, que le sucedió en la presidencia de la AD, en los meses de mayo y junio, periodo que se caracterizaría por la incapacidad más absoluta de la alianza para hacer oposición a la dictadura. La misma línea se mantuvo bajo la presidencia de Enrique Silva Cimma (julio y agosto), aún cuando éste llamó a la gran jornada del 4 y 5 de septiembre de 1984. Zepeda
fue muy categórico, a pesar de su nula representación político-social:
estaba bueno de que haya protestas, ya que los asuntos políticos deben ser
materias propias de políticos. En una entrevista a la revista “Hoy”
afirmaba categóricamente: “los sectores gremi Lo que Zepeda no consideraba en su análisis era que, si él se encontraba haciendo política en ese momento, no era por sus capacidades políticas, sino por la movilización social le había abierto el espacio, y de esa misma movilización social dependía que lo siguiera haciendo. De este modo, entre abril y agosto de 1984 se vivió el periodo más ambiguo de la oposición, y la AD se convirtió en una instancia inconducente, que hacía una oposición simplemente declamatoria, canalizada perfectamente dentro del régimen dictatorial. De este modo, Pinochet podía darse el lujo de tener una “oposición legitimada”. Solo las movilizaciones del 01 y 11 de mayo, fueron los únicos logros que se realizaron para revertir la tendencia cupular del conflicto político, impuesta por la AD. El primero, con motivo del Día de los Trabajadores, que significó la mayor celebración desde 1973, y que tuvo como escenario el Parque O’Higgins. El segundo, al cumplirse el primer año de las jornadas de protesta. Para las organizaciones de base aquellos eventos constituían la oportunidad para hacer evidente su voluntad de ser protagonistas en el proceso político. Esta
voluntad sería captada por el Cardenal Raúl Silva Henríquez, el más
perceptivo político opositor a Pinochet, y que, por su investidura, estaba
privado de hacer política contingente. Viendo el empantanamiento de la AD,
y las rencillas que inmovilizaban a la clase política, resolvió tomar la
iniciativa dentro de sus medios. De esta manera convocó a un comité de
personalidades políticas, sindic La jornada tuvo lugar el 09 de agosto, teniendo como himno la canción “Gracias a la Vida” de la folklorista Violeta Parra. Millares de personas se reunieron frente a la Catedral de Santiago, portando una vela y una flor, lo que se repitió en otras ciudades donde había obispos que reconocían el liderazgo del Cardenal. Al anochecer, en gran parte de las iglesias del país, se realizaron actos religiosos con asistencia de creyentes y no creyentes, de católicos y no católicos, teniendo como idea central la defensa de la vida. Ya de noche, miles de velas fueron encendidas en los barrios y poblaciones en recuerdo de los muertos y como esperanza de vida. Fue, según señaló un cronista, “la oportunidad de expresar el anhelo porque haya justicia, solidaridad, libertad, posibilidad de crear, de vivir sin miedo, de alimentar a los hijos, de tener un trabajo estable; en síntesis, de que el pueblo recupere su dignidad”. La jornada “Chile defiende la Vida”, dejó nuevamente en claro que ninguna cúpula era dueña de la movilización social, que bastaba una señal unitaria para poner al pueblo en movimiento. Por cierto, eso seguía asustando a la clase política y a quienes temían pánico a la radicalización de la insurgencia. Sin embargo, daba también la señal de que si las cúpulas no se preocupaban positivamente de la movilización social, terminarían siendo sobrepasadas. A regañadientes, luego de intensos debates producto de la lección dada por el Cardenal, la Alianza Democrática resolvió llamar a una nueva jornada de protesta, para el 4 y 5 de septiembre. Habían pasado cinco meses de divagaciones y de ociosas explicaciones para el inmovilismo.
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La insurgencia social contra Pinochet
Sebastián Jans ©