Sebastián Jans

¿ES POSIBLE UN AMBIENTE HUMANO?

 

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LA CRISIS DE LA CIUDADANÍA

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           En el contexto de las múltiples crisis que determinan el carácter de muestro tiempo, en el plano de la realidad social, se advierte la crisis del ejercicio ciudadano, que se constata no solo en la baja atracción hacia los procesos electorales, que provocan una alta abstención, sino que también, lo que es más significativo, en el abandono de las estructuras de participación social, y de los espacios públicos.

Desde un punto de vista teórico, la ciudadanía ha sido abordada desde marcos muy diferentes, siendo los más importantes el enfoque socio-histórico y la tradición liberal. Desde la perspectiva del enfoque histórico, el ideal republicano tiene su punto de partida en la civilización griega, que concibió la idea ciudadana, a partir de la Ciudad-Estado, donde Atenas fue el prototipo. La tradición griega es la que separa las esferas de lo público y lo privado. Ese concepto de ciudadanía no solo dio forma a las Ciudades–Estados griegas, si no también a la concepción helenística del individuo, que se expresará también en la república romana.

Este ideal fue recuperado por el Renacimiento, y luego, de un modo más radical, por la Revolución Francesa y la Revolución Independentista de Norteamérica. En éstas últimas, la idea de ciudadanía se inspiró derechamente en los principios de la democracia griega, sobre la base de las libertades civiles: libertad de opinión, libertad de asociación, etc.

Los teóricos liberales desarrollaron el concepto de ciudadanía, teniendo como objetivo alcanzar la igualdad de derechos de los individuos frente al Estado. Es la concepción de ciudadanía que implica el acceso a los derechos políticos (señalado por Locke, p.ej). Rousseau y Hobbes, en sus concepciones del contrato social, retomaron de alguna manera el punto de vista de lo público y lo privado de los griegos, potenciando el concepto de ciudadanía a partir de la esfera pública, es decir, en la inclusión en el sistema político.

Cuando Diderot estableció su definición de ciudadanía, en la Enciclopedia, a fines de los 1700, explicaba el concepto a partir de la definición de la polis griega. La ciudadanía en Occidente, desde entonces, concibe al hombre como un individuo libre, que toma sus decisiones sobre su propio destino y que, con su opinión, contribuye al bienestar de la sociedad.

La doctrina tradicional liberal indica que los derechos de ciudadanía provienen de un contrato en el cual el ciudadano reconoce la potestad del Estado, con las obligaciones que ello involucra, y el Estado reconoce en el ciudadano determinados derechos. Por cierto, la existencia de intereses particulares en pugna, es lo que permite definir cuales son los ámbitos públicos y privados, en aquella relación. Estas dos dimensiones atraviesan la praxis social de manera constante.

La visión cívica republicana, que se impone con el Estado de Bienestar, a su vez, pone su énfasis en la inserción del individuo en la comunidad política, y potencia la participación en ella, sobre la base de la legitimidad de las demandas de los actores sociales.

En la segunda mitad del siglo XX, la referencia obligada del debate sobre el concepto de ciudadanía, es el inglés T.H. Marshall, que, a partir de sus conferencias dictadas a fines de los 1940, publicó un libro que es determinante para todo estudio al respecto. Para este autor, la ciudadanía es un status asignado a aquellos que son miembros plenos de una comunidad, y quienes poseen dicho status son iguales con respecto a deberes y derechos. Analizando las dicotomías que se producen en las sociedades modernas, Marshall planteaba que han existido dos influencias opuestas, desde sus comienzos: los efectos polarizadores de la economía capitalista, por un lado, y los efectos integradores de la ciudadanía.

En su noción de ciudadanía, Marshall la secciona en tres elementos: civil, político y social. Lo civil se refiere a los derechos necesarios para la libertad individual. Lo político se relaciona con el derecho a participar en el ejercicio del poder político. Y lo social, dice relación con el derecho al bienestar y la seguridad económica, a la herencia social y a vivir en los estándares prevalecientes en la sociedad.

Bottomore que continúa con la reflexión de Marshall, distingue entre la ciudadanía formal, definida por la membrecía de un Estado-Nación, y la ciudadanía sustantiva, que implica tener derechos y capacidad de ejercerlos. De la misma forma, sostiene que la dimensión formal de la ciudadanía ha quedado en tela de juicio a partir de la tendencia creciente en las migraciones, la internacionalización del trabajo legal, y  la relación entre residencia y ciudadanía, producto del debilitamiento de la definición nacional como generador de los derechos de ciudadanía.

En todas las visiones actuales, claramente hay consenso en que la ciudadanía no se obtiene por derechos culturales, por lo cual, debe disociarse de una idea de nacionalidad, o de lazos sanguíneos, sino que se funda en la dimensión política, y consecuentemente jurídica.

Sin embargo, debemos considerar que, en las sociedades liberales, históricamente se ha producido una contradicción entre las posibilidades del ejercicio ciudadano y los intereses que impone el mercado.

Marshall planteaba, ya en los inicios de los 1950, que los derechos soci ale s conllevan una invasión a los derechos de lucro individual, Por cierto, el lucro personal es la fuerza que rige el sistema liberal de contratos, mientras que la responsabilidad pública es el motor de los derechos sociales. Es decir, la contradicción histórica se produce entre los ide ale s individualistas que impulsan el desarrollo del capitalismo, y los valores igualitaristas que empujan hacia la formación de un sistema político democrático

Lo que exhiben estas contradicciones, en sus modalidades más emblemáticas, es que el estatismo clásico trata de imponer la lógica del Estado al mercado y a la sociedad civil. En tanto, el liberalismo y el neoliberalismo intenta imponer al Estado y a la sociedad civil la lógica del mercado.

La visión que entrega el mexicano Nestor García Canclini, apunta a que, ser ciudadano hoy, significaría tener derecho a poseer aquello que otros poseen. La ciudadanía se referiría, entonces, a prácticas sociales y culturales que dan sentido a la pertenencia, y que la globalización de la cultura lleva a la exigencia del derecho al consumo por parte de las personas. El hombre de hoy es un cosmopolita que exige acceso a los lugares de consumo, lo cual conduce a un énfasis en los derechos del consumidor, haciendo variar el concepto de ciudadanía basado solo en los derechos de participar en las decisiones de la esfera política.

Lo civil ahora tiene que ver con los derechos a consumir. Es así como el hombre post-moderno se interesa poco por la política, pero, tiene una gran participación en el consumo de bienes, aunque sea en modestas cantidades, o viviendo la sensación de consumo que implica pasear por los shopping. García Canclini sugiere que ir a los shopping center, aunque no sea para efectuar consumo directo, tiene la importancia de que, por lo menos en él, el individuo se hace parte del consumo simbólico, donde puede mostrar su status como consumidor. Esto le lleva a concluir que, objetivamente, hay más civilidad en los centros comerciales que en las mesas de sufragio.

Recogiendo esa inquietud, Ricardo Lagos Escobar, decía en un seminario del PNUD, hace poco: “El problema es que no queremos una sociedad que se haga a imagen de los consumidores, sino una sociedad que se haga a imagen y semejanza de los ciudadanos”.

Por otro lado, AlainTouraine propone que la ciudadanía significa la construcción libre y voluntaria de una organización social que combine la unidad de la ley con la diversidad de los intereses y el respeto a los derechos fundamentales. En lugar de identificar la sociedad con la nación, como lo propuso la Revolución Francesa, hay que darle un sentido concreto a la democracia, como un espacio de construcción propiamente político, ni estatal, ni mercantil.

Si así fuera, la construcción de la esfera pública, a partir de esta visión, implica la existencia de entidades y movimientos no gubernamentales, no mercantiles, no corporativos, no partidarios. En ello descansaría la potencialidad de la ciudadanía y de la democracia.

Lo cierto es que, más allá de estas aproximaciones, ser ciudadano es hacerse responsable de la civitas, de la ciudad del hombre, donde éste se potencie en sus posibilidades y en sus capacidades, para hacerlo un componente activo y decisivo en el hacer sociedad, en el hacer cultura. Obviamente, involucrarse implica la pérdida de aspectos propios de la libertad individual, porque toda responsabilidad produce limitaciones, sin embargo, hay autores, como es el caso de Quentin Skinner, quien sostiene que la participación política y la libertad individual pueden ser conciliadas.

Una ciudadanía unida a los sentimientos de pertenencia a un agrupamiento social llamado país, implica el esfuerzo para superar el aislamiento que produce la post-modernidad, para promover la comunicación de la civilidad. Ciudadanía es una decisión de solidaridad con los demás integrantes del país, es una llamada a la responsabilidad personal, frente a la ocurrencia social de cada día. Por lo tanto, mueve a disponerse a participar en los distintos órganos de decisión social, especialmente en los políticos, e implica asumir una evaluación de las políticas públicas.

 

 

 

Referencias.

 

"Citizenship and social class", Cambridge UP, 1950. En versión española está "Ciudadanía y clase social". T.H.Marshall y Tom Bottomore. Alianza Editorial. 1998, Madrid.

"Consumidores y ciudadanos. Conflictos multicultur ale s". Néstor García Canclini. Grijalbo, 1995.

 “Los fundamentos del pensamiento político moderno". Q. Skinner. Fondo de Cultura Económica, 1986.

Sebastián Jans * ¿Es posible un ambiente humano?

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