A veces pienso que la prueba más fehaciente de que

 existe vida inteligente en el universo es que nadie

ha intentado contactar con nosotros.

Bill Watterson

 

Al ser humano siempre le ha inquietado lo desconocido; no comprender el funcionamiento de las cosas nos produce inseguridad. Por ello, desde los orígenes de la humanidad se ha intentado desentrañar los misterios el universo, incluyendo nuestro planeta y nuestra propia naturaleza. Para esta labor se han empleando las herramientas de las que se ha dispuesto en cada época. Desde siempre, hemos inventado explicaciones fantásticas para aquellos  fenómenos que no comprendíamos, de tal manera que al menos resultaran justificables como caprichos de una mente, una fuerza o una energía superior e incomprensible.

Pero la mitología no es práctica. Las explicaciones sobrenaturales no sirven para realizar predicciones y no es posible basarse en una explicación fantástica para saber que ocurrirá en un momento determinado, como puede curarse a un enfermo o cual es la mejor manera de surcar los mares en naves artificiales. Durante siglos se han depositado ofrendas a los dioses o se han consultado los oráculos para preparar un largo viaje, hacer retroceder a la peste o predecir el destino humano. Los viajes han tenido éxito o fracasado aleatoriamente, las epidemias han arrasado países enteros para retroceder a continuación y la vida humana se ha desarrollado por caminos impredecibles.

Y ese es el objetivo de la ciencia, poder conocer tan perfectamente el objeto de estudio que puedan llegar a realizarse predicciones inequívocas. En algunos aspectos ya se ha conseguido, en otros queda mucho por hacer. La física nos permite predecir, por ejemplo, que una bola de acero lanzada al aire caerá de nuevo al suelo. Conociendo la masa de la bola y la fuerza con la que la empujamos, podremos predecir incluso el momento exacto de su caída. Si además controlamos exactamente la dirección en la que es lanzada, podremos saber en que punto exacto chocará contra el terreno. El desarrollo de estos cálculos han permitido situar al hombre en la luna y varias sondas espaciales en diversos planetas de nuestro sistema solar.

Los conocimientos que tenemos de la materia nos permiten saber que dos cuerpos (en este caso la Tierra y la bola de metal) se atraen en razón proporcional al tamaño de ambos y al cuadrado de la distancia que los separan, que esa fuerza de atracción es antagonista de otra que pretenda separarlos (como nuestro brazo lanzando la bola) y que el tiempo que transcurrirá entre la subida y la bajada es inversamente proporcional a la fuerza de atracción y directamente proporcional a la fuerza de lanzamiento. Esto, pasado a cálculos en un papel, nos permitirá saber la trayectoria, el tiempo transcurrido o, incluso, cual es la fuerza que debemos aplicar para que nuestra bola escape de la fuerza de atracción terrestre.

¿Qué no te lo crees? Pues pruébalo: coge una bola de metal y lánzala al aire en un sitio despejado. Te aseguro que volverá a caer al suelo. A pesar de no ser excesivamente exacto, también puedes experimentar los otros puntos: aumenta la fuerza con la que la lanzas y verás que tarda más en caer. Arrójala en una dirección determinada y verás como siempre aterriza en esa dirección, nunca se da la vuelta.

Otro aspecto curioso: esto sirve para bolas de metal, de madera o de papel, para cohetes espaciales, proyectiles balísticos o planetas y galaxias. ¿Tampoco te lo crees? Pues descárgate uno de tantos programas para predecir la situación de los planetas en la bóveda celeste, mira a ver donde tiene que estar, según este sistema, el planeta Júpiter mañana y dirige hacia allí cualquier pequeño telescopio: oh sorpresa! está en su sitio!. Si repites la experiencia dentro de un par de meses, verás que el mismo programa te informa de su ubicación exacta..

Por el contrario, vamos a intentar probar la energía mágica de las pirámides. ¿Qué tengo que hacer? ¿Por qué tengo que creerme que una pirámide canaliza una energía que nadie comprende y realiza hechos asombrosos que nadie ha visto? He probado a situar una rama de perejil en una maqueta de cartón de la pirámide de Keops, tal y como proponía un libro al respecto y nada, el perejil se secó como en la cocina (bueno miento, se secó más rápido, ya que en la cocina lo tengo en agua, la cual penetra por los tejidos vegetales y retrasa el secado de las hojas, eso si que puedes probarlo).

Si confío en las leyes de la física y lanzo una bola de metal hacia delante, se que no me caerá en la cabeza. Si confío en la energía de las pirámides y sustituyo mi nevera por una pirámide de cartón, el restaurante de mi calle ganará un cliente asiduo. Por lo tanto, prefiero creerme lo que me demuestran, y si puedo probarlo yo mismo, mejor.

Pero tampoco se trata de ser un maniático obsesivo, ser escéptico no significa no creer en nada, pensar que todo es mentira y que gobiernos, científicos, religiosos y políticos nos engañan sistemáticamente. Este hiperescepticismo puede ser tan irracional como la credulidad más absoluta. Lo único que pretende una mentalidad crítica (o simplemente racional) es creer lo que tiene base sólida, lo que está experimentado y lo que puede repetirse una y otra vez, no fiarse de un testimonio que no tiene mayor credibilidad que la palabra de la persona que lo emite.

 

En cuestiones de ciencia, la autoridad de mil no vale lo que

 el humilde razonamiento de un sólo individuo

 

Galileo Galilei (1564-1642)

Tu no comprarías un piso simplemente por que el vendedor te dice que es muy bonito, está muy bien situado y es una construcción excelente. Exigirías verlo, y si puede ser, te llevarías un amigo arquitecto para que echara un vistazo a la ‘excelente construcción’. De la misma forma, ¿nos vamos a creer que las pirámides conservan el perejil porque lo dicen algunas personas? No, exigiremos que nos lo demuestren.

A pesar de que muchas críticas a la ciencia se basan en afirmar que unos cuantos individuos con batas blancas dictan lo que todos debemos creer o no creer, mostrando un marco dictatorial donde las autoridades deciden por las masas, nada más lejos de la realidad. El principio de autoridad no existe en ciencia. Lo que diga un premio Nóbel tiene que estar tan demostrado como lo que afirme el aficionado más desconocido. Nadie es infalible, por mucho genio que haya demostrado tener. Muchísmos grandes científicos han cometido errores o han caído en intentar demostrar teorías indemostrables. El culto a la persona no tiene lugar en la ciencia, si no la demostración de sus afirmaciones.

¿Cuántos grandes pensadores creyeron en la Tierra Plana, en la brujería o en la inferioridad racial?. Famoso es el caso del Dr. Down, que creyó ver en el síndrome que lleva su nombre una interrupción del desarrollo embrionario humano, estancándose en un ‘estado inferior’, la raza mongoloide –de ahí viene el nombre de mongólicos-, o el caso del gran anatomista Bischof, que en la segunda mitad del siglo XIX afirmaba la superioridad mental de los varones debido a su mayor peso cerebral promedio (por cierto, cuando murió pesaron su cerebro y quedó por debajo de la media femenina).

De la misma forma, un naturópata no puede pedirnos que creamos en su mágica terapia sin más argumentos que su afirmación sobre el número de pacientes que ha curado. Para comprobarlo habría que interrogar a los pacientes uno a uno, comprobar que estaban enfermos de verdad y que ha sido la terapia alternativa y no otro tratamiento paralelo o cualquier causa ajena a la misma la que ha sanado el mal. Habría que preguntarse por los pacientes no curados de los que no habla y un sinfín de datos que sí se resumen en un estudio científico medianamente serio.

 

La ciencia son hechos; de la misma manera que las casas están hechas de piedras,

la ciencia está hecha de hechos; pero un montón de piedras no es una casa

y una colección de hechos no es necesariamente ciencia.

 

Henri Poincare (1854-1912)

Ahora bien ¿Cómo podemos dudar del inocente testimonio de un enfermo que ha sanado milagrosamente de su dolencia incurable, gracias a una medicina alternativa basada en la energía positiva canalizada a través de una imposición de manos? Y... ¿si encima el paciente curado es un familiar o un amigo digno de toda nuestra credibilidad?. ¿Cómo podemos negar la existencia de los ovnis si hemos visto unas luces en el cielo que no pueden ser aviones por su extraño movimiento? o ¿cómo negar la evidencia de la reencarnación si un individuo hipnotizado ante nuestros ojos habla de su pasado como faraón en el antiguo Egipto?.

Supuestas ‘pruebas’ de este tipo son frecuentemente ofrecidas como demostración de las más descabelladas teorías. Sin embargo, un hecho no es una prueba, es simplemente algo que ha pasado y que debe ser explicado de una forma racional. No se pueden presentar una serie de fotografías borrosas y el testimonio de unos cuantos testigos supuestamente abducidos y pretender que demuestran científicamente la existencia de los extraterrestres.

Estos hechos, caso de ser ciertos, únicamente demuestran que han ocurrido, no que cualquier teoría peregrina que se invente para explicarlos sea cierta. Me explico: una fotografía borrosa de un objeto sobre París no es más que una fotografía borrosa de un objeto sobre París. El que se trate de una nave espacial extraterrestre en misión de exploración sobre la Tierra es una explicación como otra cualquiera. También podría ser un monigote que un fotógrafo aburrido pintó sobre el negativo, o una simple nube con una forma caprichosa.

Pongamos un ejemplo: cuando llueve y los rayos de sol atraviesan las gotas de agua, se forma el denominado ‘arco iris’. Esto es un hecho, lo han visto muchísimas personas y se ha fotografiado incontables veces. Vamos pues a ser lo suficientemente crédulos como para pensar que existe. Podemos imaginar que esta bella estructura es una proyección elaborada por los gnomos del bosque que se alegran que el sol salga entre las nubes, anunciando el fin de la lluvia. Siempre que aparece el arco iris está lloviendo, acaba de llover o cae agua en las proximidades. Podemos acumular miles de testimonios, grabaciones y fotografías que apoyen esta tesis y no podemos demostrar que es mentira. ¿por qué no creerlo?. Por el contrario, la hipótesis de que los rayos solares sufren un fenómeno de difracción al atravesar una gota de agua, descomponiéndose en los colores del espectro visibles en el arco iris puede ser fácilmente probada. Así, podemos generar arcoiris artificiales en un laboratorio (o una simple cocina) sin tener que engañar a los gnomos del bosque.

 

No debe haber barreras para la libertad de preguntar.

No hay sitio para el dogma en la ciencia. El científico es libre

y debe ser libre para hacer cualquier pregunta,

para dudar de cualquier aseveración, para buscar

cualquier evidencia, para corregir cualquier error

 

Julius Robert Oppenheimer (1904-1967)

Una pregunta únicamente ofende a un ignorante o a un mentiroso que teme ser cogido in fraganti. Las hipótesis existen para ser acribilladas a todas las pruebas imaginables, y solamente si resisten a ellas irán tomando forma dentro del cuerpo del conocimiento. Por lo tanto, preguntar, pedir pruebas, examinar y dudar no significa ser un insoportable quisquilloso. Significa simplemente que entre el enorme mare magnum de opiniones, explicaciones y teorías que circulan por doquier, exijamos a quien las emita una base demostrable que la apoye. Vamos, que queremos ver el piso antes de comprarlo para comprobar que es grande y luminoso.

¿Desconfiados? Posiblemente, pero evitaremos muchos engaños.

 

Cualquier mago les dirá que los científicos son las personas más fáciles de engañar del mundo[...]. En sus laboratorios, el instrumental es exactamente lo que parece. No hay espejos ocultos, ni compartimentos secretos, ni imanes escondidos[...]. El pensamiento de un científico es racional, se basa en toda una vida de experiencia con un mundo racional. Pero los métodos del mago son irracionales y totalmente ajenos a la experiencia del científico

 

Martin Gardner (1914-)

 

Aagradecemos a ciencianet (http://ciencianet.com/citas.html) la recopilación de citas.

 

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