APRENDA A DISCIPLINAR A SUS HIJOS
(Publicado
en nuestra revista MISION SIGLO XXI Nº 14)
Día tras
día llegan a manos de las autoridades y salen por los periódicos
casos trágicos de niños golpeados, quemados y violados. A veces
estas criaturas mueren. Otros quedan lesionados y transtornados
para toda la vida, tanto física como mentalmente. Y otros mas
huyen del hogar y caen en las redes sórdidas del crimen. Cuando
estudiaron la vida de los 100 asesinos más perversos y malvados
de EE. UU. vieron que la mayoría de ellos habían sido víctimas
de atropellos en su infancia. Y todo esto por obra de sus padres
u otros adultos encargados de su cuidado.
¿Que es el maltrato infantil? Es
el empleo indebido y descontrolado de la fuerza física de los
padres sobre sus hijos. ¿Cuál es su causa? ES LA FALTA DE CONTROL
EMOCIONAL DE LOS PADRES AL CORREGIR A SUS HIJOS. ¿Los padres que
maltratan son sicópatas criminales? ¡No! La mayoría de los incidentes
de maltrato tienen su origen en un intento torpe por impartir
disciplina sin deseo de hacer daño. Los padres se irritan ante
la aparente incapacidad del niño para seguir instrucciones, o
por su mal comportamiento y rebeldía. Pierden los estribos y castigan
al pequeño con lisuras e ira violenta. Ciertamente esto no se
puede llamar crianza o educación de los hijos.
Los investigadores dicen que las
causas de que los padres maltraten a sus hijos son:
1.- La crianza que recibieron los
padres. Los adultos que ultrajan a un pequeño, ya sea física o
emocionalmente, casi siempre fueron criados de igual manera. Los
padres que lesionan a sus hijos, frecuentemente explican que a
ellos los criaron así, y aunque no les gustó, no conocen otra
manera de «ponerlos bajo control». En su niñez no les mostraron
actitudes de amor y ternura y cariño. Por eso ellos tampoco muestran
comprensión de los problemas y sentimientos de sus hijos. Los
padres que maltratan a sus hijos suelen tener una baja autoestima
y confiesan que de niños no sintieron ser amados y útiles para
sus padres. Por el contrario, fueron tratados con indiferencia
y castigos duros.
2.- Las relaciones entre padre
y madre. La buena o mala relación conyugal entre los padres influye
grandemente en la manera como estos tratan a sus hijos. Los padres
que maltratan a sus hijos suelen tener crisis y discusiones entre
sí ya sea por asuntos de dinero o por la conducta de los hijos.
Tal vez se casaron muy jóvenes y sin haberse preparado para las
responsabilidades del matrimonio y el hogar. Las irritaciones,
las frustraciones y la insatisfacción hogareñas se traducen en
resentimiento hacia los hijos.
3.- La valoración de los hijos.
Muchos hijos víctimas de atropellos vinieron al mundo sin que
sus padres los desearan; o fueron concebidos fuera del vinculo
matrimonial, o fueron la causa del matrimonio obligado de sus
padres; o son hijos adoptados, hijos políticos, hijas mujeres,
hijos con retraso mental y deformidades, hijos difíciles, etc.
El cómo los padres ven a sus hijos influye en el trato que les
dan. Y también si maltratan a unos y a otros no.
4.- Problemas emocionales de los
padres. Cuando los padres tienen desequilibrios emocionales suelen
lesionar a sus hijos. Si son iracundos suelen atacar inmediatamente
a sus hijos. Y si al contrario, son retraídos y acomplejados,
entonces suelen callarse e ignorar los problemas. Pero cuando
sus frustraciones acumuladas llegan al limite, acaban desahogándose
con los hijos.
5.- Errónea comprensión de la capacidad
del niño. Muchos padres que maltratan a sus pequeños suelen tener
una idea errónea de lo que estos pueden hacer o entender en determinada
etapa de su desarrollo. Frecuentemente esperan un grado de madurez
muy superior a lo que el niño puede dar. ¡Esperan que sus hijos
reaccionen como si fueran adultos! Y cuando el pequeño no se comporta
de la manera esperada, el padre golpea al niño «para que entienda».
Esto también sucede en mujeres que antes de ser madres creían
que los niños eran unos «angelitos lindos», pero cuando su bebé
resulta ser llorón, necio, exigente y sucio, y que requiere atención
en los momentos más inoportunos entonces le dan tremendas palizas.
LA GRAN MISION DE LOS PADRES DE
FAMILIA
Dios da a cada niño un gran potencial
a desarrollar puesto que la vida humana tiene un propósito trascendental:
ser hijos adoptivos de Dios (Efesios 1,4-5). Los padres de familia
deberían tomar conciencia de este gran propósito y del gran potencial
que hay en sus hijos para esforzarse en guiarlos hacia su plena
realización. Los niños no son pertenencias nuestras de las cuales
podamos abusar. Son personas encargadas a nosotros para que les
ayudemos a alcanzar su destino glorioso. Para ello tendremos que
educarlos y criarlos correctamente.
Los niños son como piezas de arcilla
que reciben diversas impresiones. Podemos inculcarles los valores
y los ejemplos acertados o podemos inculcarles cosas nocivas.
Nuestra primera obligación como padres es darles un ejemplo correcto
de cómo vivir. Luego nos corresponde orientar y disciplinar al
niño hasta que este sea apto para convertirse en padre a su vez
y pueda continuar el proceso que Dios está llevando a cabo.
El padre que, en nombre de la disciplina,
se deja llevar de accesos de ira y maltrata a su hijo brutalmente,
estará sembrando las semillas de problemas gravísimos hacia el
futuro. ¡La disciplina jamás se administra mediante bofetadas
o latigazos, ni torciendo los brazos o jalando las orejas, ni
pateando o causando al niño lesiones físicas!
Si usted es padre o madre y ha
cometido estos errores con sus hijos no desespere. Tiene un recurso
restaurador: ponerse de rodillas y pedirle perdón a Dios por esta
maldad. Pídale también ayuda para tener las actitudes correctas,
el amor y la sabiduría necesarios para educar y disciplinar a
sus hijos. Y pídale que sane las heridas emocionales que pudiera
haberles causado. Confíe que Dios lo hará si usted se lo pide
con un corazón arrepentido pues El es el Padre Bondadoso de todos
los hombres. ¡Jamás es demasiado tarde para aprender, cambiar
y criar mejor a los hijos!
La buena crianza da buenos frutos:
hijos alegres, bien adaptados y felices. La buena crianza se fundamenta
en los siguientes principios: amor, expresiones de cariño y valoración,
el buen ejemplo paterno, aliento positivo, y una disciplina sabia
y efectiva. La crianza agresiva en cambio, produce niños inadaptados,
inseguros, insatisfechos y violentos.
COMO EJERCER DISCIPLINA
Muchos padres piensan erróneamente
que en la crianza de los hijos es preciso escoger entre amor y
disciplina. ¡Este es un concepto absolutamente falso! La verdad
es que en la buena educación, amor y disciplina DEBEN IR JUNTOS
DE LA MANO. Aunque es verdad también que en la mayoría de los
niños la aplicación de abundante amor y estímulo positivo da mejores
resultados que el castigo. La Palabra de Dios nos dice claramente
que corrijamos y disciplinemos a nuestros hijos cuando actúan
mal (Eclo 30,7-13). Y la disciplina implica premiar las buenas
conductas y también castigar los malos comportamientos (Proverbios
22,15 y 29,15).
La ausencia de castigos es una
actitud permisiva muy destructiva del futuro de los niños. Si
el pequeño sale corriendo a la calle riéndose de sus padres porque
no lo disciplinan, es posible que algún día lo pierdan bajo las
llantas de un automóvil. Por eso es importante que los niños aprendan
a obedecer, es por su propio bien. Tienen que aprender el significado
de la palabra NO. Podemos dirigir el crecimiento de un árbol pequeño,
pero cuando ha crecido es muy difícil enderezarlo. De igual manera,
los niños se dejan guiar cuando son pequeños, pero de jóvenes
resulta más dificil guiarlos.
Se debe castigar lo incorrecto
pero al hacerlo nunca recurrir a los castigos irracionales (Prov
19,18). Jamás hay que lesionar a un niño. ¡La disciplina por un
mal comportamiento jamás debe degenerar en maltrato! ¡Es reprobable
que un adulto pierda el control y golpee a sus hijos en un acceso
de ira descontrolada! ¡Tampoco debe permitirse las ofensas verbales
ni el desprecio humillante!
FORMAS DE DISCIPLINAR
Al disciplinar tenga presente cómo
es su hijo y su edad para aplicar con sabiduría y creatividad
la corrección adecuada a su bien. La disciplina puede tomar muchas
formas: restricciones en sus permisos, pérdida de privilegios,
expresiones molestas o tristes, tareas pesadas, suspensión temporal
de propinas, quitar la televisión, retirar el permiso de jugar
con un amigo, de ir al cine u otras actividades sociales. El castigo
debe ser corto (unos días o una semana segun la edad). Los plazos
largos no sirven, y menos con niños pequeños. Si el hijo no corrige
su conducta hay que variar el castigo. Luego se debe devolver
lo quitado.
Otra forma de castigo consiste
en hacer que el hijo asuma las consecuencias de su mala acción
o actitud. Supongamos que un niño lanza una piedra y lastima a
su hermanito. El padre debe ponerle a cuidar al herido, curar
la herida o colocar el vendaje. De este modo, «sufre» con la víctima
de su acción (1 Corintios 12:26) y sentirá remordimiento al darse
cuenta del daño que ha causado. Los niños deben aprender que una
acción mala hiere a otros.
Y los padres deben explicar al
niño porqué le están dando un castigo, así reflexionará y entrará
en corrección. El niño tiene que entender la razón de la sanción
y ver la justicia de la corrección. Por eso no hay que dar un
castigo severo por una infracción menor, o uno demasiado suave
por una infracción grave.
DISCIPLINA JUVENIL
El caso de los jóvenes requiere
consideraciones adicionales. En todos los aspectos del trato con
nuestros hijos adolescentes SEAMOS POSITIVOS. Mostrémosles que
nos interesan real y profundamente. Démosles siempre ánimo y apoyo.
Mostremos verdadero amor haciendo todo lo que esté a nuestro alcance
para guiarlos en su mejor realización. A medida que el joven crece,
la disciplina de carácter vertical (la que se da a los hijos menores
de edad) debe ir desapareciendo y transformándose en una disciplina
dialogada y por acuerdo.
La sabia disciplina da al joven
un sentido de seguridad. Para sorpresa de muchos, un «código para
los padres», redactado por un grupo de jóvenes, decía: «Sean
estrictos y constantes en la disciplina. Hágannos saber quién
tiene la autoridad en casa. Saber que hay alguien fuerte al mando
nos da seguridad. Si mentimos, robamos o nos comportamos con crueldad,
sean fuertes. Dígannos en qué hemos obrado mal. Cuando necesitemos
castigo, dénnoslo. Pero hágannos saber que nos aman MUCHO aunque
los hayamos decepcionado. Entonces pensaremos dos veces antes
de volver a cometer el mismo error. Y dejen muy en claro que hablan
en serio. No sean blandos. No cedan. Y no se dejen intimidar por
nuestras amenazas de abandonar los estudios o el hogar. Si nos
aman, SEAN FIRMES».
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